El Cine según Hitchcock (François Truffaut, 1966)

“No diga cine, diga Hitchcock” rezaban los carteles publicitarios de medio mundo cuando una película del inglés se estrenaba. Nunca antes en la historia del cine un director había sido un símbolo tan eficaz de una película de género y de un éxito asegurado. Los espectadores de todo el mundo adoraban al director británico, acudían en masa a sus películas, disfrutaban buscándole en las escenas de sus películas, “allí, allí está Alfredo” se gritaba en las salas españolas cuando un avispado le localizaba cogiendo el autobús o comprando un periódico mientras Cary Grant o Tippi Hedren progresaban en mitad de la historia.

Seguramente Alfred Hitchcock es el director-estrella que más ha representado el cine de éxito a lo largo del siglo XX, hasta que cedió el testigo a la nueva hornada americana que lucharon contra los estudios en los setenta ( Coppola, Lucas, Spielberg, de Palma, Cimino, …) y, a su manera, los vencieron. Y sin embargo, a principios de los sesenta era un director repudiado en Europa por efectista y en los Estados Unidos por poco serio. Es decir, los Estudios y los Productores con mayúsculas de la Historia del cine, el gran O´Selnizk, Samuel Goldwyn, etc… siempre le apoyaron, pero la crítica le catalogaba como puro entertainment con estrellas de Hollywood y música efectista. Nunca ganó un óscar.

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Tuvo que llegar una generación de jóvenes franceses declarados seguidores de Hitchcock que ejercían como críticos en las revistas de cine de los cincuenta y sesenta, con la mítica Cahiers du Cinema a la cabeza, y que terminarían debutando como directores y formando la corriente renovadora novelle vague,  para que la Cultura con mayúsculas comenzase a tomarse en serio no sólo los resultados comerciales de sus películas sino las verdaderas razones de que Hitchcock siempre acertase y siempre conectase con el público. Es decir, a poner en valor el increible oficio que se escondía detrás de cada trabajo del inglés.

Uno de los mayores seguidores de Hitchcock de esa corriente era Fraçoise Truffaut, quizá el director francés más americano de la historia. Pero no hay que olvidar que los otros componentes de la corriente también siguieron las enseñanzas del inglés, se puede comprobar en cualquier película de Chabrol, Rohmer, Resnais, … Es más, quizá la admiración que les despertaba la forma de hacer cine del inglés fue lo que ejerció de catalizador y cohesionador de este grupo pleno de talento y, por tanto, de discrepancias contínuas. Sin embargo, cómo manejaba los tiempos y los planos el inglés fue algo en lo que todos coincidían en admirar.

El libro que nos ocupa es una joya. Es un libro que cualquiera con un mínimo interés en el cine del siglo XX puede leer sin necesidad de conocer a fondo la obra del gran Alfredo. Se estructura en una pequeña introducción de Truffaut seguida de una extensísima entrevista con el director dividida en capítulos que empaquetan años de la obra del autor. La estructura preguntas y respuestas hace que sea muy dinámica, de fácil lectura y plena de pequeños descubrimientos que nos ofrecen los dos participantes, uno el autor admirado y otro el admirador formado.

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Hitchcock va descubriéndose como una figura poliédrica y que somatiza en su cine todos sus traúmas irresueltos de infancia y juventud. También nos desvela su interés denodado por la técnica, su vocación frustrada por la ingeniería que sin embargo de alguna manera ejerció en cada uno de sus films, desarrollando técnicas novedosas que sobrecogieron a los espectadores. Su preocupación por mantener en vilo al espectador, la creación del término mcguffin y el uso que hacía de él en cada película como azuzador del suspense del guión. Cómo hábilmente manejaba los tiempos, cómo implantó un sistema que ahora se sigue utilizando, juntando a un grupo elegido de espectadores que visionaban cada una de sus películas e iban dibujando en un gráfico a lo largo del metraje el estado de interés que les iba despertando la película, modificando el montaje si los resultados no eran tal y como esperaba.

En definitiva, cómo Hitchcock trabajaba cada historia, cada música, cada plano, cada actor, cada uno de los movimientos que aparecían en el plano de cada una de sus obras para que resultase en el mecanismo de reloj suizo que él consideraba que debía ser una película. Mucha gente cree que Hitchcock fue un genio y lo fue, pero en este libro en el que se detalla específicamente cada una de sus obras y sus circunstancias, lo que relamente se despide es que Hitchcock fue un trabajador total, un perfeccionista incansable y alguien que tenía claro que si una obra llevaba el “Alfred Hitchcock presenta…” debía ser porque lo merecía, porque él y su equipo se había vaciado en que fuese perfecta, a pesar de que ello conllevase machacar hasta la extenuación al equipo de trabajo.

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También Hitchcok nos cuenta pasajes de su infancia que marcaron de una manera asombrosa su obra. Su historia personal plasmada de alguna manera en la película El hombre equivocado es increible. Y como este muchos más.

Quisiera de esta reseña que sólo quedase una idea en el lector. Es este libro una lectura que no olvidará, por lo rápido que se lee, por la cantidad de secretos que desvela y por la calidad de las enseñanzas que destila. Seguramente la siguiente película de Hitchcock que visione la afrontará de otra manera, reconociendo el momento en el que el mcguffin es presentado, cuándo la tensión baja y desaparece el sonido o cuándo la tensión comienza a subir y cómo la música de Hermann le ayuda a elevarla precediendo al climax. Nada de todo ello es casual, a pesar de que quizá hasta ese momento no se había percatado. Nada es casual todo sigue un plan perfectamente planificado por una persona. Alfred Hitchcock.

El Cine según Hitchcock. Françoise Truffaut, 1966. Alianza Editorial.

Nota Interludio: 10.

PD: Hitchcock nunca ganó un oscar pero su admirador Truffaut sí. Lo logró en 1974 con La Noche Americana. Algunas veces estas paradojas se dan. De todas formas, ambos autores ocupan lugares en el Olimpo cinematográfico del siglo XX.

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