Series TV – Dark (Netflix, 2017) – Una nueva localización para la isla de Perdidos y las montañas de Twin Peaks

Es más que probable que ya hayas oído hablar de Dark, la primera serie alemana distribuida por Netflix, pero vamos a dedicar un artículo para resumir los aciertos y errores de esta cuidadísima producción que, desde ya, te animamos a que veas.

Lo primero que atrapa de Dark es su estética, crudísima en tonos, muy parecida al metálico cromatismo de las producciones que David Fincher ha realizado también para Netflix. Colores ocres y contrastes reforzados, como ese chubasquero amarillo que reluce en la pantalla. A esto ayuda la localización, una ciudad de la Alemania profunda, Winden,  que no tiene nada que envidiar al Hawkins de Stranger Things y que explica alguno de los paralelismos entre ambas series que provoca su etiquetado conjunto.

Los paralelismos entre Dark y Stranger Things son evidentes e incluso han sido aprovechados por Netflix para aumentar la repercusión de esta producción alemana de manera internacional. Esto, sin embargo, no lastra la serie para nada. Stranger Things y Dark juegan en espectros de ficción totalmente diferentes y, además, compatibles.

Sin embargo, Dark tiene una intención más adulta y coloca en un entorno de fantasía probable, más o menos justificado con la física (vamos a decir) cuántica, al verdadero monstruo, aquel que reside en algunas personas y que las empuja a realizar las mayores atrocidades posibles.

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Es esa patina realista la que envuelve toda la serie, desde los planteamientos tirando a científicos que explican la trama, para lo que una central nuclear a pleno rendimiento sirve como excelente mcguffing, hasta el casting, excepcional en cada una de las minitramas.

Para todo este trabajo de producción es fundamental el giro del uso de la cuarta dimensión que sirve de cambio de paradigma total. La pregunta no es el dónde sino el cuándo. Este, en principio, simple planteamiento abre una vía infinita de posibilidades y hace que una ciudad pequeña con un número limitado de personas crezca en posibilidades de forma matricial para plantear mil y una tramas.

La pregunta no es dónde sino cuándo. Ese es verdadero descubrimiento de esta serie, volver a utilizar el recurso del tiempo para dar una dimensión mayor a un, aparentemente, pequeño universo.

Jonas es un adolescente que ha perdido a su padre, lo que le ha provocado una depresión severa de la que parece recuperado. Tiene que regresar al instituto para el curso 2018-2019 y no sabe muy bien cómo lo va a llevar. A las afueras de la ciudad hay una gruta en la que un camello local ha guardado algo de hierba. Bartozt, el mejor amigo de Jonas, lía a este y al resto de sus amigos para ir a la cueva y robar algo de esa hierba. Algo pasa y Mikkel, el hermano de otro de los amigos y de la novia de Bartozt, desaparece sin rastro.

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Este es el planteamiento inicial de la serie, que como vemos vuelve a coincidir con su espejo americano Stranger Things en el gatillo accionador de la trama pero, como hemos comentado, incluyendo el factor tiempo y eliminado los monstruos más o menos increibles de la serie de Once y compañía.

A partir de aquí iremos viajando para adelante y para atrás en la historia de esta localidad y de sus habitantes, sorprendiéndonos un poco de cómo se realizan estos viajes y de cómo evolucionan los protagonistas. De como una ciudad en apariencia normal, habitada por familias en apariencia normales, guarda una sentina de relaciones tóxicas y corruptas. En muchos aspectos recuerda a los episodios de Perdidos aquellos en los que se viajaba al mecanismo accionador de la isla y se daban saltos en el tiempo moviendo un aparente naif volante y en otros muchos a los episodios de Twin Peaks en los que íbamos descubriendo cómo personas aparentemente normales escondían actos inconfesables.

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Como en la serie de J.J. Abrahams o en la David Lynch, hay momentos en los que todo lo que nos cuentan parece más allá de lo irreal que puede resultar una historia de ficción y te hace preguntarte cuánto de la propia visión del personaje principal está intoxicando la narración y si estás viendo, como el espectador omnisciente que parece que eres, realmente lo que ocurre o si, sin embargo, estás viendo sólo lo que te dejan ver los verdaderos narradores de la historia. Esto, como en el caso de Perdidos, lastra la narración transcurridos los primeros capítulos, aunque quizá la inflexión o el repunte hacia abajo llega con la aparición de un personaje hacia el capítulo seis, siete, que resulta fundamental y parece, literalmente, sacado de una chistera.

Tirando hacia los últimos capítulos, la serie empieza a flaquear un poco. Es normal. La presentación del entorno y los personajes tiene que ir cerrándose y debemos acabar en cliffhanger y, llegar hasta ahí, se revela complicado una vez abierta la caja de Pandora de la trama.

Este recurso que rompe el transcurso de la causalidad de la trama, recuerda muchísimo a Perdidos y a sus mil y una líneas brillantes de argumentos que el equipo de Abrahams lanzaba en cada temporada y que, haciendo balance, nunca fueron cerradas.

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Añadido a este punto negativo tenemos el uso excesivo de los efectos de sonido. La banda sonora de los capítulos está demasiado poblada de volumen y al final cansa un poco. Eso sí, las canciones seleccionadas son excelentes y, de nuevo, recurren al ochenterismo de una forma muy parecida a Stranger Things, aunque desde el punto de vista europeo.

Como resumen podemos decir que la serie Dark es un muy buen ejercicio de ficción, con un casting excepcional, en el que destaca el actor Lois Hoffman, una producción cuidadísima, una trama que te atrapa, con algún que otro truco de guión, y una banda sonora muy bien seleccionada.

En definitiva, mientras en Alemania Netflix lanza esta serie aquí nos tenemos que conformar con Las Chicas del Cable y similares, algo para reflexionar. Esperemos que el éxito de La Casa de Papel haga que la cadena de las letras rojas apueste por otro tipo de producciones también en España.

Dark. Nota Interludio 7.5.

 

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