Series TV – Fariña (2018, AtresMedia/Bambú Producciones) – Mucho más que Narcos Galicia

Teniendo siempre presente la realidad por detrás de la serie y las consecuencias terribles para la zona de las rias baixas así como los miles y miles de afectados, enfermos, víctimas, familiares, etc… del tráfico de drogas y toda la actividad relacionada comentamos la serie Fariña. Lo primero de todo es sencillo y categórico. Estamos ante una muy buena serie.

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Esta serie se abastece de una trama que de lo real que es, parece ficción. El ascenso y caída de un personaje como Sito Miñanco, su paralelismo con Escobar, su vida como estrella de Hollywood. El clan, la mafia de malhechores con un código de honor que finalmente es sustituido por la ambición y la ausencia de escrúpulos. La penetración en toda la vida pública de una zona de Galicia de la corrupción, el chantaje y la amenaza. La connivencia de los poderes políticos, judiciales y policiales y la dificultad de encontrar a un hombre justo. Y la travesía por el desierto de ese sargento honrado ayudado finalmente por los outsiders, los únicos que no están contaminados por todo lo anterior, no porque sean mejores que los paisanos sino porque, básicamente, no tienen raíces en la zona.

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El western, en definitiva. Estamos ante Solo ante el peligro, Raíces profundas, o cualquiera de los clásicos de Zinemann, Hawks o Mann, pero por capítulos y dolorosamente real. Porque todo esto ha pasado. Quizá no en el detalle pero si en lo macro, y eso ya es suficiente.

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Para dar un toque de clase al conjunto se han cuidado, y mucho, los aspectos que últimamente se cuidan en las series que se estrenan en AtresMedia. A saber. Un casting espectacular, de lo acertado que es. En el último capítulo podemos observar lo que se han ajustado los actores de la producción a los personajes reales en esas clásicas imágenes partidas en las que se enfrentan el actor vs. el personaje real. No sólo los principales, los secundarios, los recurrentes, todos. Y no físicamente sino en el aire, en el look, en las miradas. De esa manera que las buenas producciones saben hacer. De esa manera en la que, aunque físicamente no sean como gotas de agua, las diferencias quedan diluidas por el oficio actoral.

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Unos actores que dan el máximo de sí mismos. Un Javier Rey inmenso como Sito, magnético, atractivo. Un Antonio Durán como Manuel Charlín, odioso, adusto, mafioso, genial. Un Tristán Ulloa sólido, arisco, honesto, comido por dentro de los pecados ajenos. Una Jana Pérez que, aún perdiendo algunas veces el acento panameño, resulta arrebatadoramente atractiva y creíble, con un rol cosmopolita y peligroso. En definitiva, sin un pero. Los charlines en su conjunto, los Bustelo, Oterito, el juez.

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Un apartado de fotografía cuidadísimo. Unas luces que siempre aparecen maqueadas, una ambientación ochentera auténtica. Una cuidadísima coreografía de personajes que hace que cada escena tenga un lay out pensado para que los muchos personajes que las pueblan nunca se amontonen y tengan cada uno su espacio.

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Los diez capítulos que la componen separan los años en los que la costa de las rias baixas pasaron de albergar el tráfico de tabaco, el Winston rubio que todo el mundo fumaba en esos años, a las descargas de cocaina colombiana. Una conexión colombiana que transformó a pequeños contrabandistas en grandes narcotraficantes hasta el punto de que llamaron la atención de Madrid y se activó la operación Nécora, comandada por Garzón, y que los desactivó por completo.

Algunos capítulos caen en la abulia del relleno pero la mayoría mantienen el interés. Un par de ellos son literalmente electrizantes.

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En definitiva, Netflix cuenta ya entre su catálogo con Cocaine Coast. Mucho más que Narcos Galicia.

Nota Interludio: 8.

 

 

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