El Hombre Encadenado – Capítulo 3 – Sus Ojos

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A partir de aquí, el Capítulo 3 de El Hombre Encadenado – Sus Ojos.


Travis estaba mirándose en el espejo de la habitación de su casa. Todos los días, durante al menos una hora, Travis realizaba la misma rutina. En frente del espejo imaginaba los acontecimientos a los que se enfrentaría a lo largo del día y trataba de recordar las expresiones de otras personas en situaciones similares. Y frente al espejo, las representaba con su propio rostro. “Risa. Sorpresa. Asco. Decepción”, repasaba mentalmente, mientras movía las cejas, la comisura de los labios, arrugaba la frente e incluso abría la boca. “Amor”… Esa siempre le costaba más que ninguna otra. “Satisfacción. No olvides palmearte en la tripa”. Una tras otra. Mecánicamente hasta lograr alinear sus pensamientos con los músculos de su cara. Como un baile ensayado durante horas, días y años. Travis no era una persona normal. Y eso no se debía sólo a que fuese el Guardián de Lento Fluir desde hacía ya tiempo, casi veinte años. Tampoco porque debido a esto, ser el Guardián, dominaba los caminos de la Magia y tenía acceso al Poder. Travis Cloud era especial porque no sentía nada. Nada en absoluto. Y su rostro permanecía vacío de expresión de continuo.

De pequeño nadie le tenía en consideración. En su pueblo natal, Orilla Azul, la gente pensaba que el pequeño de los Cloud, el tal Travis, tenía alguna tara, alguna deformación mental, algún tipo de retraso. La gente solía palmear en la espalda a su padre con comprensión cuando al viejo le daba por hablar de su hijo.

“El pequeño retardado” le solían llamar.

El rostro de Travis no transmitía emoción alguna, y no es que eso le molestase pues poco o nada sentía. Todo lo que ocurría a su alrededor le daba bastante igual y permanecía alejado de los demás siempre que podía. Solía observar a la gente y se preguntaba qué sería aquello que les hacía sonreír, gritar furibundos o agarrarse por el cuello cuando bebían en alguna de las fiestas de su pequeño pueblo. Nada de eso tenía sentido para el pequeño Travis, que permanecía impasible y hierático, sin responder a ningún estímulo y hablando muy de vez en cuando.

Cuando el pequeño tuvo seis años, sus padres acudieron al Guardián de su zona para que lo inspeccionará. El Guardián, el viejo Torben Scrum, se quedó mirando al chaval y pidió a sus padres que abandonasen la habitación y les dejasen solos. Cuando sus padres se marcharon, el viejo Guardián se dirigió a Travis de manera dura.

“¿Qué quieres que pase, pequeño?”, le preguntó secamente. “No sé a qué te refieres, viejo”, respondió el pequeño Travis. El viejo lo golpeó en la cara. ¿Qué quieres que pase, pequeño?”, volvió a repetirle. Travis sintió el golpe sin comprender qué quería el viejo. La segunda vez que el viejo lo golpeó algo, como una comezón, empezó a poseerle. Con el tercer y cuarto golpe, aquella sensación se multiplicó por mil. Cuando el viejo iba a golpearle por quinta vez, el pequeño Travis detuvo su mano y fue él quien lo golpeó. Una, dos, tres… cogió el banquete en el que había estado sentado y, agarrándolo muy fuerte, lo estampó en el cráneo del Guardián cubriendo a patadas el cuerpo del anciano en cuanto este cayó al suelo. Poseído por algo que nunca había sentido, buscó por toda la habitación como un loco algo que hiciese realmente daño al anciano. Encontró un abrecartas bastante puntiagudo encima de la mesa que había en la habitación, medio oculto por unos papeles. Gritando con el abrecartas en la mano, listo para clavarlo, avanzó a la carrera hacia el viejo. Cuando le separaba sólo un palmo de su víctima y ya sentía cómo esa sensación nueva lo iba poseyendo, una fuerza mil veces más poderosa que él mismo lo paró en secó, haciendo que sus pequeños huesos crujieran bajo el envite. Esa fuerza que había aparecido de ningún lado, lo sacudió y lanzó por los aires, golpeándolo contra la pared y haciendo que el dolor de alguna costilla rota lo atrapase. Respirando con dificultad, acertó a levantarse mientras veía cómo el viejo Guardián, que parecía cerca de la muerte minutos antes, se ponía en pie y sonriendo maliciosamente le preguntaba, “¿has descubierto ahora lo que quieres que pasé?” Travis volvió a su expresión vacía y respondió. “Creo que sí. Quiero que mueras. Que ellos mueran. Que todos mueran. Que pueda hacer eso que has hecho tú. Sentir que ese poder que me ha atrapado, aplaste a los demás”. El viejo lo miró con una expresión divertida y le dijo “Para eso necesitarás hacer algo antes”.

Desde aquel día, observaba a los demás en todas las situaciones imaginables. Anotaba mentalmente sus expresiones, sus palabras e interjecciones. Y las reproducía mecánicamente en frente del espejo de su casa tal y como el viejo le había enseñado. “Muy bien” solía decirle “pero no olvides sonreír. Sonríe casi siempre, si puedes. La gente cree que alguien que sonríe a menudo no puede ser muy peligroso. Sonríeles y les tendrás más a tu merced de lo que te imaginas. Todo el mundo confía en alguien alegre. Sólo los taciturnos son raros y peligrosos.”

Torben, el viejo Guardián, tomó bajo su protección a Travis y se aseguró que el año que el joven Cloud cumplía quince años, era elegido en La Selección Anual de la Marca del Sur para entrar a formar parte de los aprendices de Mago de la Fortaleza del Norte. La Selección era especialmente complicada para alguien como Travis ya que tenía que pasar por muchas entrevistas con otros Guardianes pero gracias a los trucos que su viejo mentor le había enseñado, fue capaz de simular casi todos los sentimientos que estos esperaban. Rabia, decepción, alegría, arrogancia,… cada uno de esos sentimientos perfectamente catalogados y reproducidos hasta la saciedad en frente de un espejo, de tal manera que era capaz de acudir a ellos y utilizarlos cuando le convenía.

Por fin, tras la Selección, Travis llegó a la Fortaleza a continuar su aprendizaje de los caminos de la Magia con una pequeña sensación muy al fondo de su mente. Una pequeña intranquilidad, algo parecido a cuando un picor poseía una parte de su cuerpo y no era capaz de llegar a rascarse. Torben le dijo que aunque estuviese lejos de él siempre debía hacer lo mismo. Observar y reproducir. Observar y reproducir. Y así, poco a poco, pasó los años de estudio y aprendizaje.

El Poder no le fue ofrecido en cantidades apreciables hasta el cuarto o quinto año de estudio en la Fortaleza. Pequeñas migajas que un profesor ofrecía a sus alumnos para que pudiesen comprobar que todo aquello que explicaban era verdad. Nada más. Pero al cabo de ese tiempo, llegó el momento para el que llevaba preparándose desde que el viejo Torben le había acogido. “Cuando recibas el Poder sabrás qué es sentir. Sabrás qué es eso que los otros llaman amor. Sabrás por qué los demás hacen guerras y se matan unos a otros. Por qué el mundo gira y por qué tú has venido a él”, le repetía y él se preguntaba qué sería aquello que merecía la pena tanto como para permitir que el resto del mundo viviese. “No te dejes vencer por cómo eres”, le solía decir Torben, “si acabas con los demás, ¿a quién someterás cuando recibas el Poder? Permíteles que vivan sabiendo que te deben su existencia”.

Travis fue llamado por el Gran Guardián Magnus Sparks, que le esperaba a la entrada de la Sala, esa sala de la Fortaleza del Norte donde el Hombre Encadenado permanecía preso desde hacía siglos. Atado a un poste mediante cadenas físicas y mágicas para evitar que escapase y los Magos quedasen si su único método de acceso a la Magia, sin su Fuente de Poder.

– Travis – le dijo el Gran Guardián, mirándole a los ojos -. Hoy pasarás a formar parte de nuestra Hermandad. Ningún hombre será más poderoso que tú a partir de ahora. Todo lo que has aprendido será por fin de utilidad. Sin embargo, todo Mago debe pasar una prueba que hará que sepamos si es merecedor de este Honor.

– Decidme señor qué he de hacer – respondió de manera ritual el aprendiz reproduciendo, de la mejor manera que supo, servidumbre en su mirada -. No dudéis que os serviré.

– Entrad en la Sala. Salid de ella tras comprobar vuestra valía.

La Sala del Hombre Encadenado era un recinto espacioso sin techumbre. Un suelo de obsidiana reproducía dos círculos concéntricos cuyo centro era un pilote en el que una figura humana encadenada descansaba respirando de manera dificultosa.

“No sientas piedad por él”, le habían dicho sus maestros a Travis y realmente Travís no sentía piedad por ese hombre. Por ninguno, en realidad.

El círculo interior estaba teñido de rojo y el exterior de un color violeta pálido. Por todo el perímetro del exterior, múltiples pilotes a los que morían las cadenas que amarraban al hombre del centro.

La sala sólo tenía una entrada, la que acababa de franquear Travis, y la misma debía servir de salida. Los muros tendrían veinte metros de altura, y la piedra de la que estaban hechos no ofrecía ningún resquicio que pudiese ser utilizado para apoyar un pie o una herramienta. Era una superficie plana y bruñida, imposible de escalar.

Travis había aprendido, a lo largo de sus años de estudio en la Fortaleza, la topología de la sala y entendía la finalidad de cada uno de los elementos que la formaban. El círculo interior representaba a la la pequeña luna París, con su tono rojizo. El círculo exterior, pálido y violeta, la mayor, Tánger. Y los pilotes exteriores, unidos por cadenas al pilote central, estaban situados de tal manera que los Guardianes podían colocarse en cada uno de ellos y recibir la descarga de Poder de una manera segura, alejados del Hombre, a salvo de sus coletazos de ira. Travis sabía que todo aquello estaba construido esperando la noche de cada mes en la que la pequeña París se interponía a la mayor Tánger y el rayo azul daba de pleno al Hombre Encadenado. Y éste estallaba en Poder para volver a reconstruirse, unos pocos segundos después. Cada mes. Unos tras otro. Desde hacía siglos.

Sin embargo, esa noche no era una de esas y el rayo azul no surgiría del cielo, ni atravesaría la estancia ni, de ninguna manera, el Hombre Encadenado explotaría en luz. El Poder no saldría de él a no ser que él quisiera y esa era la prueba a la que debía enfrentarse el aprendiz para lograr ser considerado Guardián, para entrar a formar parte de los Magos. ¿Sería capaz de acercarse a él, desafiarlo y obtener su preciado regalo?

Travis avanzó por el pasillo que conectaba la puerta con el círculo exterior viendo cómo la obsidiana del suelo reflejaba un gemelo suyo oscuro e invertido. La Sala era enorme. Un cálculo por lo bajo del diámetro del círculo exterior daría unos cien metros. En el centro, la pequeña figura del Encadenado, permanecía inmóvil, sin percatarse de la nueva presencia que cruzaba la Sala.

Travis tocó uno de los pilotes externos. La madera que lo formaba tenía el extremo superior ligeramente chamuscado, como un testigo mudo de la infinidad de descargas que había presenciado. La cadena que moría en el pilote estaba formada por eslabones de un metal brillante. Cada eslabón de un tamaño similar a la cabeza del aprendiz. La cadena permanecía en suspensión, vibrando ligeramente pero no en tensión.

Atravesó el perímetro exterior y se encaminó, siguiendo una de las cadenas, al círculo interior. Contó mentalmente dieciséis cadenas. El círculo interior tenía un diámetro aproximado de cincuenta metros. Travis paró sobre el perímetro rojizo que representaba la lunar menor, París, y se dio la vuelta para otear dónde quedaba la puerta de entrada. A unos cien metros de esa posición. Si corría podría llegar en unos veinte segundos. Nunca había sido un gran velocista.

Los profesores les habían contado que dos de cada tres aprendices no superaban ese círculo en la primera cita con el Hombre Encadenado. Pánico, congoja, ansiedad. La mayoría paraba y corría hacia la puerta, golpeándola y pidiendo a gritos que la abrieran cuanto antes. Travis no sentía nada. Como siempre.

Siguió su camino hacia el centro. Ahora ya era evidente que había un hombre ahí. Esperando. Travis trató de ver si podía ver su cara pero permanecía oculta, dándole la espalda. Quedaba veinte metros cuando algunas de las cadenas empezaron a tensarse y el ambiente comenzó a crepitar, primero suavemente pero luego con una fuerza desatada. Una corriente de viento circular empezó a descender del cielo tomando como centro el pilote del hombre. Travis estaba a menos de cinco metros y en las crónicas con las que les habían preparado para ese momento nunca ningún profesor había hablado de nada igual. La figura encadenada comenzó a incorporarse y las descargas de electricidad eran cada vez más seguidas e intensas. Continuó acercándose. Ya distinguía claramente la figura, de espaldas a él y veía como todas las cadenas que lo amarraban e impedían que se moviera estaban totalmente en tensión bajo la fuerza sobre humana que el prisionero estaba desplegando. La figura, desnuda bajo las cadenas, se levantó por completo. Era más alto que el propio Travis, casi alcanzaba los dos metros de altura, y su melena hasta la cintura se movía con el viento que dominaba toda la sala. El aprendiz no tuvo miedo pero supo que estaba en una situación en la que lo normal es que acabase en su propia muerte. Siguió avanzando y rodeó al hombre para poder verle el rostro. El hombre tenía la cabeza enhiesta, mirando hacia arriba y con los ojos cerrados.

– Eh, tú – le interpeló Travis -. Mírame. He venido aquí por ti. Mírame.

El Hombre abrió los ojos. La descarga que siguió fue de una potencia inusitada. Travis fue despedido por la onda expansiva y voló. Fue tomando velocidad y por un momento creyó que iba a estrellarse con uno de los muros brillantes de la sala pero justo cuando cualquier otro se hubiera desmayado ante lo inevitable, movió ligeramente una mano y, suavemente, paró hasta detenerse en el aire. Al momento, se incorporó justo al lado de la puerta que se abrió para descubrir al Gran Guardián, Magnus Sparks.

– Puede pasar Guardián Travis Cloud – le dijo sonriente.

De aquel día, Travis siempre recordaría dos cosas. La primera, la sensación plena de felicidad cuando recibió el Poder del Hombre Encadenado. Aunque esa sensación se había repetido en las incontables ocasiones en la que había vuelto a estar en contacto con la Fuente de Poder, nunca había sido tan intensa como la que sintió aquel día. Para alguien como Travis, que la mayor parte de su existencia no había sentido más que la nada, esa plenitud de recibir el Poder y utilizarlo a su antojo, era algo que muy pocos podrían entender.

Lo segundo que recordaba, incluso más que lo anterior, era algo del rostro del Hombre. Un detalle. Sus ojos. De aquel color violeta sobrehumano. Un color que nunca más había vuelto a ver. Nunca más hasta que la vio a ella. La pequeña hija pirata del Herrero y de la Maestra de Lento Fluir.

El Hombre Encadenado – Capítulo 2 – Darle la vuelta

Si no has leído el capítulo 1 de El Hombre Encadenado, por favor léelo aquí
De aquí en adelante, el Capítulo 2 de El Hombre Encadenado: Darle la Vuelta.


Tánger empujó con todas sus fuerzas la puerta marcada oon el símbolo del triángulo. Nada. Buscó algo para auparse, un pequeño tocón de madera que encontró como tope de la puerta del estudio de su madre París y, no sin esfuerzo, lo aproximó a la puerta del triángulo. Encaramada a él giro la manilla y empujó de nuevo. Lo hizo con tal fuerza que estuvo a punto de caerse del impulso. “Aquí está”, pensó.

Tres cosas gustaban a Tánger sobre todas las cosas. La primera, el chocolate con leche de la nana Till. La abuela preparaba el mejor chocolate de la región y Tánger tenía la suerte de probarlo siempre que quería. A veces había que convencer a la abuela, darle muchos besos para conseguirlo o hacerle muchas cosquillas. Pero, si le daba los mimos suficientes, Tánger sabía que podría disfrutar de la mejor taza de chocolate con leche en muchos kilómetros a la redonda.

La segunda era dar sustos a mamá y papá. Le encantaba buscar un rincón muy escondido, o meterse en un armario, o detrás de una puerta y de ahí, saltarles encima poniendo una cara muy fea. Los gritos que daban la hacían reír más que ninguna otra cosa en el mundo. Y, ¡las caras! Como si un Guardián fuera a hacerlos desaparecer desintegrándolos con un sortilegio. Era verdad que, desde que mamá llevaba un bebé en la tripa, Tánger tenía cuidado de sólo darle sustos a papá, pero también era cierto que papá era el más despistado de los dos y la presa más fácil, así que la diversión estaba asegurada.

Por último, la tercera cosa que más le gustaba a Tánger en el mundo, era curiosear en el estudio de su papá. El de mamá estaba también bien, pero mamá era tan ordenada, tenía todo colocado en su exacto lugar, que las pocas veces que Tánger había entrado y tocado un papel, había sido llamada de inmediato para recibir una charla sobre lo malo que era no respetar las cosas privadas de cada uno. Tánger no quería hacer nada con lo que encontraba en el cuarto de papá, sólo curiosear un poquito. Y si podía, darle uno de sus sustos para verle la cara que se le quedaba.

El estudio era espaciosa, con el techo inclinado siguiendo la forma del tejado de la casa. En el centro de la estancia, una gran mesa en la que su padre dibujaba sus inventos. Siempre estaba dibujando, y los papeles azules de gran tamaño con líneas blancas garabateada que producía, se multiplicaban por toda la estancia. Al fondo, una gran estantería llena de libros y papeles azules doblados o enrollados sobresaliendo por muchos sitios y, más a la derecha, una mesa larga con muchos cachivaches de los que Tánger no conocía el nombre pero que le parecían que servirían para hacer Magia: una vasija transparente con un tubito de cristal por dentro colocados ambos sobre una pequeña estufita, un brazo largo con una lupa gigante a través de la cual alguna vez había mirado Tánger y casi se había mareado de lo grande que le parecía todo… Cacharros de ese estilo: extraños y misteriosos. Sobre todos ellos destacaba el espejo bola que tanto le gustaba. Un espejo cóncavo, en el que si te ponías delante, tu cara se alargaba a lo largo de toda su superficie, hinchándose y deformándose, formando caras que asustaban y daban risa a la vez.

A pesar de todo estos utensilios misteriosos, la pequeña sabía que la gran mesa de dibujo era el mejor sitio para curiosear. Grande, de roble, con dos columnas de cajones y un tablero que tapaba su frontal, de tal manera que si ella se escondía en el hueco que dejaba por dentro, no la podían ver desde la puerta y, mientras, podía mirar en los cajones sin ser descubierta. Hacía unas semanas había encontrado un pequeño cajón disimulado en lo que parecía un nudo de la madera y había descubierto algo parecido a unos botones de metal. Ella no sabía qué eran, pero algo importante y secreto debían ser si su padre los había guardado allí.

Mientras se afanaba en tratar de abrir todos los cajones secretos que pudiera, escuchó unas voces. “Vaya, es papá, quizá pueda asustarle”, se dijo. Pero enseguida se dio cuenta de que su padre no estaba sólo. Al principio no distinguió la voz de su acompañante, pero tras prestar un poco de atención y fruncir el ceño para concentrarse, lo identificó. “El tío Tiago”, susurró con fastidio. Tánger sabía que su padre se enfadaría mucho si lo asustaba en presencia de su hermano mayor Tiago. El tío Tiago era representante de Lento Fluir en el Consejo de la Marca del Sur y era muy serio y respetable. “Y aburrido” pensó Tánger. “Nada que ver con papá y mamá”, concluyó. Ya no tenía tiempo de esconderse en ningún otro lado, pues la puerta con el triángulo marcado, se abría y su padre y su tío iban a entrar, así que optó por quedarse muy quieta en el hueco de la mesa sin meter nada de ruido. Pasándose por la lengua por la parte de encía en donde hacía poco dos paletas de leche habían ocupado su lugar, Tánger frunció de nuevo el ceño tratando de no moverse y escuchar todo lo que su padre y su tío contaban.

– Pero al final, ¿aceptan implantar el sistema o no, Tiago? – preguntó Luca mientras se sentaba detrás de la mesa y colocaba los pies a escasos centímetros de la pequeña Tánger-. Por un lado dices que a todo el mundo le parece mala idea, pero por otro lado parece que el Guardián de la Marca ha dado su brazo a torcer.

– Es complicado, Luca. Todos los trámites en el Consejo lo son- respondió Tiago con un tono en la voz que a Tánger le volvió a parecer “aburrido”-. Algunos de los colegas de las otras poblaciones de la Marca pensaban que todo esto del sistema de comunicaciones les olía mucho a Ciencia y no estaban de acuerdo en hacer nada que pudiese hacer creer a los Guardianes que la Marca que promovían estudios científicos, sea eso lo que sea. Pero por otro lado, muchos de los integrantes del Consejo han sido marinos o han convivido con marinos. En los barcos, las comunicaciones a larga distancia mediante banderas o espejos son muy extendidas. Y no digamos las piratas. Ellas utilizan esos sistemas de continuo, y nadie diría que están ejerciendo la Ciencia.

– ¡Qué manía con lo de la Ciencia! – resoplo Luca.

– Está prohibida desde que tuvo lugar el Evento, Luca – respondió con calma su hermano.

– Eso fue hace mucho… Siglos, incluso – dijo levantando las manos, Luca-. Hace tanto que dudo que nadie sepa ni qué es lo que pasó, ni qué es eso que temen tanto y llaman Ciencia.

– Puede que tengas razón. Pero no olvides que el Hombre sigue encadenado en la Torre del Norte y que los Guardianes continúan utilizándolo para mantener el escudo alrededor de La Zona. Y para hacer Magia.

– Magia. Hace años que no veo a un Guardián hacer magia. ¿Qué es lo último que has visto tú mágico, querido hermano? ¿Unos fuegos artificiales en la fiestas del solsticio?

– Yo volé, hermano. No lo olvides nunca.

Luca calló un poco enfadado. Tiago le llevaba más de diez años y había sido aspirante a Guardián. Como aspirante le fueron revelados algunos pequeños sortilegios junto con la Fuente de Poder, el enlace directo con el Hombre Encadenado. Una pequeña cantidad, nada más y Tiago, con esa pequeña cantidad y ese pequeño conjunto de frases y sortilegios, fue capaz de volar durante un día entero por toda la región. Luca sólo tenía seis o siete años cuando ocurrió, pero todo el pueblo lo recordaba cómo si hubiese sido ayer.

– Un aspirante, nada más, un par de conjuros y una mínima fracción de Poder y pude volar. ¿Qué podrán hacer los Guardianes Principales en la Fortaleza del Norte? – era un pregunta retórica, claro, pero Luca se atrevió a contestar.

– ¿Y si no pueden hacer nada?, ¿y si el Hombre está agotado después de siglos de ser exprimido para obtener Poder?

– Eres incorregible, hermano – concluyó desganado Tiago-. Que sepas que en el Consejo algunos ya me llaman “el hermano del científico”, y te puedes imaginar lo humillante que eso es para mí y para Lento Fluir.

Luca sonrió.

– Diles que no soy más que un pequeño Herrero. Un técnico de muy bajo nivel , quizá. “El hermano del Técnico” no queda igual de rimbombante.

– No es una broma, Luca- dijo severo Tiago-. Lento Fluir puede ayudar al resto de la Marca con tus ideas, pero hay que saber cómo plantearlas. Por ahora, la comunicación mediante tus espejos cóncavos ha sido aprobada. Incluso los Guardianes permitirán colocarlos en las torres de sus centros en cada población.

– Controlando así todo lo que se transmita, una buena jugada por parte del Guardián de la Marca- interrumpió Luca.

– Supervisión, creo que lo llamó – dijo Tiago sonriendo por primera vez-. Está claro que nada que pase en la Marca les debe ser ajeno.

– Pues, mi siguiente propuesta va un poco en ese sentido.

– ¿A qué te refieres? – preguntó intrigado Tiago.

– Permíteme una pregunta, ¿por qué estamos tranquilos en Lento Fluir, o en el resto de la Marca, si a un lado tenemos a las Piratas más fieras del Continente y al sur están los esclavistas y todos los señores de la guerra que te puedas imaginar?

– Supongo que porque los Guardianes y su Magia, por mucho que dudes de ella, nos protegen como lo llevan haciendo desde hace siglos.

– Ya – dijo pensativo Luca, mirando hacia bajo y encontrándose con la mirada violeta de Tánger-. Mira qué tenemos aquí – dijo mientras cogía a la pequeña por la pechera y la sentaba en su regazo-. ¿Tratando de asustar a tu anciano padre, señorita?

– Luca, no tienes ni treinta y cinco años, por Dios. ¿Qué tal estás, Tánger? Dichosos los ojos, no te veo mucho pequeña sobrina – dijo Tiago, mientras trataba de hacer un arrumaco a la pequeña que ésta sorteo sin disimulo.

– Mira Tiago, te voy a contar algo con ayuda de Tánger. A ver, Tánger, ¿qué hacemos con un problema para el que no encontramos solución? – preguntó Luca a su hija.

Tánger se tocó con la lengua la encía, sintiendo los piquitos de las nuevas paletas y frunció mucho el ceño. Al cabo de unos segundos dijo triunfante.

– ¡Darle la vuelta! – gritó la niña.

– ¡Eso es! – dijo sonriendo Luca – Eso es. Darle la vuelta. Durante muchos años, diez, todos los Guardianes de la Marca nos dijeron a París y a mí que no podíamos ser padres. Sometieron a París a mil encantamientos. Las noches de dos lunas debíamos seguir un ritual exhaustivo que no voy a describir. Imposiciones de manos y filtros curativos. Nada de nada. Después de adoptar a Tánger decidir volver a repasar todos los puntos y ¿sabes de qué me di cuenta? – su hermano negó lentamente, sin saber muy bien a dónde iba el razonamiento de Luca-. Pues me di cuenta de que todos esos practicantes de Magia se habían centrado en mi mujer, no en mí. Así que ¿qué hice con el problema? Darle la vuelta. ¿Y si mi mujer no era el problema?, ¿y si lo era yo?

Luca le hizo un gesto a Tiago buscando su comprensión, pero este seguía sin saber a dónde quería llegar, así que continuó.

– Fui a dónde los Guardianes y les pedí que me sometieran a mí a los encantamientos y filtros. Revisé los calendarios que me iban bien a mí, no a París. París estaba fenomenal, el problema era yo. Deje de probar la cerveza e hidromiel, carne solo dos veces por semana, mucho pescado y verdura … y así, y después de tiempo… ya sabes. Darle la vuelta, ¿comprendes?

– Bien, hermano, me algro de que me hagas otra vez tío pero sigo sin ver a dónde quieres llegar.

Luca, fastidiado, dio una especia de gruñido y añadió.

– Está bien. Uno más uno dos, Tiago. ¿ Cómo nos protegemos de nuestros enemigos? Mediante la magia de los Guardianes. Nuestros enemigos son el problema, está claro, pero imagínate por un momento que le damos la vuelta. Imagínate que los Guardianes se quedan sin magia, o deciden no ayudarnos. Imagínate que nuestra solución se transforma en nuestro problema. Imagínate qué le pasaría a nuestro pequeño Lento Fluir si lo único que nos separa de todos esos peligros deja de existir. Lo que te digo es que deberíamos prepararnos por si acaso para ello. Disponer de defensas para defendernos por nosotros mismos por si no tenemos otra opción.

– Darle la vuelta – dijo riendo Tánger.

– Darle la vuelta – dijo Tiago despacio. Se levantó como un resorte y corrió hacia la puerta, pero antes de franquearla se giró y dijo. – ¡Darle la vuelta! Hermano, quiero que despliegues tu plan en esos papeles azules. Todo el plan. Te doy dos meses. Esto no puede salir de aquí. Debemos prepararnos. Darle la vuelta, ¡cómo no lo había visto hasta ahora!

El Hombre Encadenado – Capítulo 1 – Una Marca de Nacimiento

Aquella noche sólo tres parejas se habían presentado como voluntarias para recibir a las pequeñas embarcaciones. En ellas, niños y niñas de hasta seis meses alcanzarían la orilla después de ser abandonadas a unos metros por las chalupas piratas.

Como era ya tradición en la noche de solsticio, los pequeños bebés que habían nacido de las mujeres piratas, eran enviados a tierra para ser adoptados por las poblaciones costeras. Las fieras capitanas y comendadoras piratas, dejaban al cargo de los apacibles habitantes de las pequeñas poblaciones de la Marca del Sur a sus pequeños.

Sólo dos reglas prevalecían en el trato a lo largo de los años. La primera. Mientras los pequeños fueran criados con amor y delicadeza las cinco poblaciones no serían atacadas. Y la segunda y más importante, cualquier mujer pirata era libre de reclamar uno de aquellos bebés en cualquier momento. En la práctica estas reclamaciones no se solían producir más que en contadas ocasiones. La más conocida era la de Estela Azul, la Gran Comendadora Pirata, que fue reclamada cuando contaba con unos quince años por su madre, la Capitana Ursula.

La Capitana se presentó en Dulce Costa, la población que tocó recibir a los pequeños el año que envío a su bebé, y reclamó que la niña le fuese devuelta antes de tres días o el pueblo sería destruido. Al final del tercer día, los molineros del pueblo, arrasados en lágrimas, llevaron hasta el puerto del pueblo a una asustada adolescente. Allí, Ursula, rebuscó detrás de la oreja derecha de la joven. “Aquí está “ gritó por fin, “la marca del mar, tal y como yo misma le hice a mi pequeña hace años”. Todo entraba un poco en la leyenda, pero parece que sí, que la pequeña Estela había sido marcada con un pequeño pez tatuado detrás de la oreja derecha y así fue reconocida por su madre y llevada a su navío. El resto es historia. La asustadiza Estela se convirtió en la más grande Pirata jamás conocida e incluso construyó el primero de los dirigibles que arrasaron la Costa del Este. Se nombró a sí misma Gran Comendadora pues dominaba el Mar y el Aire y así es recordada y cantada por todos los pueblos de las cuatro Costas del Continente.

Luca no sabía cuánto de verdad o mentira había en la historia de Estela Azul, pero como su mujer París solía decirle, lo primero que haría sería revisar de abajo a arriba al bebé. Ni una marca de nacimiento, ni tatuaje, ni nada que habilitase el poder reconocerlo de mayor. “¿Puede ser pelirrojo?” Le había preguntado a París, sonriendo al hacerlo. “O pelirroja.” Contestó ella. “Sí, puede serlo. Yo soy pelirroja. Mi abuelo paterno era pelirrojo. Venía de las montañas, cerca de La Zona, en realidad. Eso no me preocupa. Pero ninguna marca de nacimiento”, “ni tatuaje” añadió Luca, sonriendo. “Ni tatuajes, por supuesto” confirmó ella.

Al ser voluntarios para la recepción de los bebés se habían encargado de todos los preparativos y, eso, les daba la prebenda de rechazar el primer bebé que recogiesen si no satisfacía sus expectativas. El bebé sería adoptado por otra familia, por eso no había problema, la supervivencia de los poblados costeros se fundamentaba en que esos bebés creciesen sanos y felices, pero algunos de los padres voluntarios se hacían sus expectativas. O simplemente, como Luca y Paris, no querían que tras convertirse en sus padres el bebé fuese reclamado años después y llevado lejos de ellos. “No. Eso no.” Pensó Luca. “Hoy conoceré a mi hijo o hija y lo será para siempre, nada de que nadie venga luego a llevárselo de mi lado.” Luca no era un valiente, pero sólo imaginar que alguien pudiera ir a arrebatarle a su hijo o hija años después de esa noche, le hacía apretar la vara clavada en la arena en el hoyo que formaba su puesto de espera hasta hacerse daño en las manos. La vara se movió ligeramente, era la señal de que Paris le enviaba un mensaje atado a un anillo. Oyó el zumbido al resbalar el anillo por el cable que unía su vara a la de París y sintió un golpe seco en la madera. Atado al anillo un pequeño papel. Rápidamente, Luca descubrió un poco, lo suficiente para leer pero no para llamar la atención del resto de puestos, el candil que guardaba para revisar de arriba a abajo al bebé. “Nada de marcas de nacimiento” se podía leer en la elegante letra de su mujer. “Nada de marcas, está claro” se dijo Luca mientras oteaba al mar desde su parapeto.

Luca no entendía muy bien por qué toda la operación debía hacerse de noche. El Guardián de Lento Fluir, su pueblecito, les había explicado, un poco por encima, que la razón era que los esclavistas del Sur acechaban porque los hijos de las Piratas se convertirían de adultos en los mejores soldados del Continente si eran entrenados adecuadamente. Luca seguía sin entender por qué los esclavistas del Sur no atacaban directamente a las poblaciones de la Marca del Sur y se hacían con todos los hijos de las piratas en tierra y de día, pero cuando se lo preguntó al Guardián en la reunión preparatoria, este simplemente dijo “eso no puede pasar” y su cara y el codazo de París le persuadió de seguir preguntando. Era el mismo razonamiento que el Guardián les había dado cuando se evidenció que no podrían tener niños. “Eso no pasará” les dijo cuando Luca le enumeró todas las posibilidades que se le ocurrían para tratar de revertir la situación. Luca eligió callarse aunque en el fondo seguía pensando que podían hacer algo más.

Las luces en el mar hicieron que olvidase esos temas y se centrase en lo que había venido a hacer. “Allí están” se dijo y volvió a sentir el cable tensarse y un anillo que llegaba con el mensaje de París. Lo leyó, esta vez era distinto, “Tranquilo, amor”, escrito con esa “r” tan hermosamente trazada por su mujer que le recordaba a un ramo de flores. Miró al cielo y vio las dos lunas entre brumas. La pequeña París y la mayor Tánger. Una pequeña, aproximadamente un cuarto de la otra, rojiza y que brillaba intensamente, y la otra mayor pero más pálida y lejana, con una luz violeta suave formando un halo. Su mujer se llamaba París en honor a la luna pequeña y Luca creía que el nombre la describía perfectamente. París no era muy alta, un metro sesenta aproximadamente, pero su sangre caliente, su alegría de vivir y su mata pelirroja hacía que todo el mundo conociese y apreciase a la maestra de la escuela de Lento Fluir. Su mujer conseguía hacer cualquier cosa y, en el camino, conseguía crear un movimiento popular para lograrlo.

El primer capazo llegó a la orilla. Luca se incorporó para salir en su busca, pero alguien de las otras parejas ya estaba recogiendo al bebé en su interior. “Magnus, el pintor.” Pensó Luca. “Tiene casi cincuenta años, creo que esperaba este día más que yo incluso”.

Detuvo sus pensamientos, el segundo capazo, con la pequeña luz titileando en su interior, apareció en la orilla apenas a cinco metros de donde se encontraba. “Allá voy” pensó, y salió disparado en su busca. Cuando llegó a su altura vio un montón de ropa blanca y unos pequeños pies y manos tratando de quitárselos de la cara. Luca ayudó al pequeño. En el interior, un bebé que no sabía si bostezar o llorar. Rápidamente lo recogió y llevó hasta su puesto. Una vez dentro, destapó el candil y miró al bebé. Era una nena, muy, muy pálida y con unos ojos violetas enormes. Luca no había visto ese color de ojos en su vida y, en milésimas de segundo, supo que ya nunca podría dejar de querer a esa pequeña. “Eres muy pálida, mi vida” le dijo suavemente mientras le colocaba la mantita blanca de tal manera que la tapase pero dejase la cara libre. Súbitamente, la bebé hizo presa de uno de sus dedos y gorgojeoó abriendo mucho los ojos. “Te gusto, ¿verdad?” Le susurró Luca, “tú a mí también. Nunca te faltará de nada, cielo.”

Luca corrió hasta el puesto de registro, donde lo esperaba París junto al Guardián, llevando en las manos su preciado tesoro. Estuvo a punto de caerse tres veces de tanto mirar y hacer carantoñas a la pequeña. Una vez llegó allí, París se la arrebató de las manos mientras el Guardián comenzaba los trámites.

– ¿Todo es correcto, señor Bell? – preguntó el Guardián siguiendo las preguntas de la normativa. – ¿Acoge a este bebé?

– Sí, sí, por supuesto, señor- respondió Luca, mientras París le sonreía con unas lágrimas asomándose por los ojos.

– ¿Todo es correcto, señora Till? – Preguntó el Guardián a París- ¿Acoge a este bebé?

– Sí, señor – respondió rápidamente Paris demostrando toda la sangre fría que pudo reunir.

– Está bien. ¿Bajo qué nombre la inscribimos? – les preguntó. Luca miró a París. De alguna manera ambos conocían el nombre que iban a poner a su hija, Luca sólo tuvo que verbalizarlo.

– Tánger, señor. Nuestra hija se llamará Tánger.

Un par de horas más tarde, ya en su casa, París se empeñaba en colocarle a una medió dormida Tánger una pequeña ropita de dormir con un triángulo, el símbolo de la herrería de Luca, bordado en el pecho. Cada cierto tiempo se oía a Luca decir “déjala, no le hace falta, ¿no ves que está dormida? Mañana la vestiremos bien. Por hoy, que duerma con esa saya pirata”, pero París insistía. Dio la vuelta al bebé, le estiró los brazos y justo en el interior del brazo, cerca de la axila izquierda lo vio. Gritó algo ininteligible. Luca supo al instante que no era buena señal y corrió a la habitación.

– ¿la revisaste, Luca?- Preguntó a su marido con un deje de enfado.

– Sí, -mintió Luca- de arriba a abajo, como dijimos.

– ¿De arriba a abajo? – le dijo ella mientras señalaba la pequeña mancha cuadrada cerca de la axila. – Entonces ¿qué es esto, Luca?

Luca miró a la bebé y de repente todo el estrés acumulado a lo largo de la jornada le cayó encima. “Da igual” pensó “nadie va a venir a por Tánger. Y si viene se tendrá que enfrentar a mí. Me la tendrá que quitar de mis manos una vez haya muerto, por lo menos”. Sabía que quizá eso terminase ocurriendo, quizá. Pero miró muy de frente a su mujer y la besó, abrazándola. Ella lloró un poco. Volvieron a mirar a la pequeña Tánger, que se esforzaba en tratar de fijar sus enormes ojos violetas en uno de los nudos de su ropa de dormir. París le cogió una de sus manitas y la pequeña dio un respingo que les hizo reír a los tres.

– Está bien, París – reconoció Luca. – Igual no he revisado del todo a la pequeña Tánger. Eso que se ve ahí, sí, yo creo que parece una pequeña marca de nacimiento.

El Hombre Encadenado – Una historia de aventuras

Hola a todos.

A partir de ahora, además de los artículos habituales recomendando o criticando una serie, libro, película o similar, vamos a compartir con todos vosotros los capítulos de una historia de aventuras. La historia se llama «El Hombre Encadenado» y no está ambientada ni ahora, ni antes, ni en el futuro, … Simplemente es una historia de aventuras, de esas aventuras a que todos nos gustan… o eso esperamos.

Cada cierto tiempo publicaremos un nuevo capítulo y si queréis comentarla o criticarla, proponer nuevas tramas o decir cualquier cosa sobre ella, por favor no dudéis en hacerlo. Podéis hacer comentarios aquí en el blog, o en Twitter o enviándonos un correo.

Esperamos que os guste. Hacédnoslo saber, amig@s!!