El Hombre Encadenado – Capítulo 1 – Una Marca de Nacimiento

Aquella noche sólo tres parejas se habían presentado como voluntarias para recibir a las pequeñas embarcaciones. En ellas, niños y niñas de hasta seis meses alcanzarían la orilla después de ser abandonadas a unos metros por las chalupas piratas.

Como era ya tradición en la noche de solsticio, los pequeños bebés que habían nacido de las mujeres piratas, eran enviados a tierra para ser adoptados por las poblaciones costeras. Las fieras capitanas y comendadoras piratas, dejaban al cargo de los apacibles habitantes de las pequeñas poblaciones de la Marca del Sur a sus pequeños.

Sólo dos reglas prevalecían en el trato a lo largo de los años. La primera. Mientras los pequeños fueran criados con amor y delicadeza las cinco poblaciones no serían atacadas. Y la segunda y más importante, cualquier mujer pirata era libre de reclamar uno de aquellos bebés en cualquier momento. En la práctica estas reclamaciones no se solían producir más que en contadas ocasiones. La más conocida era la de Estela Azul, la Gran Comendadora Pirata, que fue reclamada cuando contaba con unos quince años por su madre, la Capitana Ursula.

La Capitana se presentó en Dulce Costa, la población que tocó recibir a los pequeños el año que envío a su bebé, y reclamó que la niña le fuese devuelta antes de tres días o el pueblo sería destruido. Al final del tercer día, los molineros del pueblo, arrasados en lágrimas, llevaron hasta el puerto del pueblo a una asustada adolescente. Allí, Ursula, rebuscó detrás de la oreja derecha de la joven. “Aquí está “ gritó por fin, “la marca del mar, tal y como yo misma le hice a mi pequeña hace años”. Todo entraba un poco en la leyenda, pero parece que sí, que la pequeña Estela había sido marcada con un pequeño pez tatuado detrás de la oreja derecha y así fue reconocida por su madre y llevada a su navío. El resto es historia. La asustadiza Estela se convirtió en la más grande Pirata jamás conocida e incluso construyó el primero de los dirigibles que arrasaron la Costa del Este. Se nombró a sí misma Gran Comendadora pues dominaba el Mar y el Aire y así es recordada y cantada por todos los pueblos de las cuatro Costas del Continente.

Luca no sabía cuánto de verdad o mentira había en la historia de Estela Azul, pero como su mujer París solía decirle, lo primero que haría sería revisar de abajo a arriba al bebé. Ni una marca de nacimiento, ni tatuaje, ni nada que habilitase el poder reconocerlo de mayor. “¿Puede ser pelirrojo?” Le había preguntado a París, sonriendo al hacerlo. “O pelirroja.” Contestó ella. “Sí, puede serlo. Yo soy pelirroja. Mi abuelo paterno era pelirrojo. Venía de las montañas, cerca de La Zona, en realidad. Eso no me preocupa. Pero ninguna marca de nacimiento”, “ni tatuaje” añadió Luca, sonriendo. “Ni tatuajes, por supuesto” confirmó ella.

Al ser voluntarios para la recepción de los bebés se habían encargado de todos los preparativos y, eso, les daba la prebenda de rechazar el primer bebé que recogiesen si no satisfacía sus expectativas. El bebé sería adoptado por otra familia, por eso no había problema, la supervivencia de los poblados costeros se fundamentaba en que esos bebés creciesen sanos y felices, pero algunos de los padres voluntarios se hacían sus expectativas. O simplemente, como Luca y Paris, no querían que tras convertirse en sus padres el bebé fuese reclamado años después y llevado lejos de ellos. “No. Eso no.” Pensó Luca. “Hoy conoceré a mi hijo o hija y lo será para siempre, nada de que nadie venga luego a llevárselo de mi lado.” Luca no era un valiente, pero sólo imaginar que alguien pudiera ir a arrebatarle a su hijo o hija años después de esa noche, le hacía apretar la vara clavada en la arena en el hoyo que formaba su puesto de espera hasta hacerse daño en las manos. La vara se movió ligeramente, era la señal de que Paris le enviaba un mensaje atado a un anillo. Oyó el zumbido al resbalar el anillo por el cable que unía su vara a la de París y sintió un golpe seco en la madera. Atado al anillo un pequeño papel. Rápidamente, Luca descubrió un poco, lo suficiente para leer pero no para llamar la atención del resto de puestos, el candil que guardaba para revisar de arriba a abajo al bebé. “Nada de marcas de nacimiento” se podía leer en la elegante letra de su mujer. “Nada de marcas, está claro” se dijo Luca mientras oteaba al mar desde su parapeto.

Luca no entendía muy bien por qué toda la operación debía hacerse de noche. El Guardián de Lento Fluir, su pueblecito, les había explicado, un poco por encima, que la razón era que los esclavistas del Sur acechaban porque los hijos de las Piratas se convertirían de adultos en los mejores soldados del Continente si eran entrenados adecuadamente. Luca seguía sin entender por qué los esclavistas del Sur no atacaban directamente a las poblaciones de la Marca del Sur y se hacían con todos los hijos de las piratas en tierra y de día, pero cuando se lo preguntó al Guardián en la reunión preparatoria, este simplemente dijo “eso no puede pasar” y su cara y el codazo de París le persuadió de seguir preguntando. Era el mismo razonamiento que el Guardián les había dado cuando se evidenció que no podrían tener niños. “Eso no pasará” les dijo cuando Luca le enumeró todas las posibilidades que se le ocurrían para tratar de revertir la situación. Luca eligió callarse aunque en el fondo seguía pensando que podían hacer algo más.

Las luces en el mar hicieron que olvidase esos temas y se centrase en lo que había venido a hacer. “Allí están” se dijo y volvió a sentir el cable tensarse y un anillo que llegaba con el mensaje de París. Lo leyó, esta vez era distinto, “Tranquilo, amor”, escrito con esa “r” tan hermosamente trazada por su mujer que le recordaba a un ramo de flores. Miró al cielo y vio las dos lunas entre brumas. La pequeña París y la mayor Tánger. Una pequeña, aproximadamente un cuarto de la otra, rojiza y que brillaba intensamente, y la otra mayor pero más pálida y lejana, con una luz violeta suave formando un halo. Su mujer se llamaba París en honor a la luna pequeña y Luca creía que el nombre la describía perfectamente. París no era muy alta, un metro sesenta aproximadamente, pero su sangre caliente, su alegría de vivir y su mata pelirroja hacía que todo el mundo conociese y apreciase a la maestra de la escuela de Lento Fluir. Su mujer conseguía hacer cualquier cosa y, en el camino, conseguía crear un movimiento popular para lograrlo.

El primer capazo llegó a la orilla. Luca se incorporó para salir en su busca, pero alguien de las otras parejas ya estaba recogiendo al bebé en su interior. “Magnus, el pintor.” Pensó Luca. “Tiene casi cincuenta años, creo que esperaba este día más que yo incluso”.

Detuvo sus pensamientos, el segundo capazo, con la pequeña luz titileando en su interior, apareció en la orilla apenas a cinco metros de donde se encontraba. “Allá voy” pensó, y salió disparado en su busca. Cuando llegó a su altura vio un montón de ropa blanca y unos pequeños pies y manos tratando de quitárselos de la cara. Luca ayudó al pequeño. En el interior, un bebé que no sabía si bostezar o llorar. Rápidamente lo recogió y llevó hasta su puesto. Una vez dentro, destapó el candil y miró al bebé. Era una nena, muy, muy pálida y con unos ojos violetas enormes. Luca no había visto ese color de ojos en su vida y, en milésimas de segundo, supo que ya nunca podría dejar de querer a esa pequeña. “Eres muy pálida, mi vida” le dijo suavemente mientras le colocaba la mantita blanca de tal manera que la tapase pero dejase la cara libre. Súbitamente, la bebé hizo presa de uno de sus dedos y gorgojeoó abriendo mucho los ojos. “Te gusto, ¿verdad?” Le susurró Luca, “tú a mí también. Nunca te faltará de nada, cielo.”

Luca corrió hasta el puesto de registro, donde lo esperaba París junto al Guardián, llevando en las manos su preciado tesoro. Estuvo a punto de caerse tres veces de tanto mirar y hacer carantoñas a la pequeña. Una vez llegó allí, París se la arrebató de las manos mientras el Guardián comenzaba los trámites.

– ¿Todo es correcto, señor Bell? – preguntó el Guardián siguiendo las preguntas de la normativa. – ¿Acoge a este bebé?

– Sí, sí, por supuesto, señor- respondió Luca, mientras París le sonreía con unas lágrimas asomándose por los ojos.

– ¿Todo es correcto, señora Till? – Preguntó el Guardián a París- ¿Acoge a este bebé?

– Sí, señor – respondió rápidamente Paris demostrando toda la sangre fría que pudo reunir.

– Está bien. ¿Bajo qué nombre la inscribimos? – les preguntó. Luca miró a París. De alguna manera ambos conocían el nombre que iban a poner a su hija, Luca sólo tuvo que verbalizarlo.

– Tánger, señor. Nuestra hija se llamará Tánger.

Un par de horas más tarde, ya en su casa, París se empeñaba en colocarle a una medió dormida Tánger una pequeña ropita de dormir con un triángulo, el símbolo de la herrería de Luca, bordado en el pecho. Cada cierto tiempo se oía a Luca decir “déjala, no le hace falta, ¿no ves que está dormida? Mañana la vestiremos bien. Por hoy, que duerma con esa saya pirata”, pero París insistía. Dio la vuelta al bebé, le estiró los brazos y justo en el interior del brazo, cerca de la axila izquierda lo vio. Gritó algo ininteligible. Luca supo al instante que no era buena señal y corrió a la habitación.

– ¿la revisaste, Luca?- Preguntó a su marido con un deje de enfado.

– Sí, -mintió Luca- de arriba a abajo, como dijimos.

– ¿De arriba a abajo? – le dijo ella mientras señalaba la pequeña mancha cuadrada cerca de la axila. – Entonces ¿qué es esto, Luca?

Luca miró a la bebé y de repente todo el estrés acumulado a lo largo de la jornada le cayó encima. “Da igual” pensó “nadie va a venir a por Tánger. Y si viene se tendrá que enfrentar a mí. Me la tendrá que quitar de mis manos una vez haya muerto, por lo menos”. Sabía que quizá eso terminase ocurriendo, quizá. Pero miró muy de frente a su mujer y la besó, abrazándola. Ella lloró un poco. Volvieron a mirar a la pequeña Tánger, que se esforzaba en tratar de fijar sus enormes ojos violetas en uno de los nudos de su ropa de dormir. París le cogió una de sus manitas y la pequeña dio un respingo que les hizo reír a los tres.

– Está bien, París – reconoció Luca. – Igual no he revisado del todo a la pequeña Tánger. Eso que se ve ahí, sí, yo creo que parece una pequeña marca de nacimiento.

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