El Hombre Encadenado – Capítulo 2 – Darle la vuelta

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De aquí en adelante, el Capítulo 2 de El Hombre Encadenado: Darle la Vuelta.
Tánger empujó con todas sus fuerzas la puerta marcada oon el símbolo del triángulo. Nada. Buscó algo para auparse, un pequeño tocón de madera que encontró como tope de la puerta del estudio de su madre París y, no sin esfuerzo, lo aproximó a la puerta del triángulo. Encaramada a él giro la manilla y empujó de nuevo. Lo hizo con tal fuerza que estuvo a punto de caerse del impulso. “Aquí está”, pensó. 

Tres cosas gustaban a Tánger sobre todas las cosas. La primera, el chocolate con leche de la nana Till. La abuela preparaba el mejor chocolate de la región y Tánger tenía la suerte de probarlo siempre que quería. A veces había que convencer a la abuela, darle muchos besos para conseguirlo o hacerle muchas cosquillas. Pero, si le daba los mimos suficientes, Tánger sabía que podría disfrutar de la mejor taza de chocolate con leche en muchos kilómetros a la redonda. 

La segunda era dar sustos a mamá y papá. Le encantaba buscar un rincón muy escondido, o meterse en un armario, o detrás de una puerta y de ahí, saltarles encima poniendo una cara muy fea. Los gritos que daban la hacían reír más que ninguna otra cosa en el mundo. Y, ¡las caras! Como si un Guardián fuera a hacerlos desaparecer desintegrándolos con un sortilegio. Era verdad que, desde que mamá llevaba un bebé en la tripa, Tánger tenía cuidado de sólo darle sustos a papá, pero también era cierto que papá era el más despistado de los dos y la presa más fácil, así que la diversión estaba asegurada. 

Por último, la tercera cosa que más le gustaba a Tánger en el mundo, era curiosear en el estudio de su papá. El de mamá estaba también bien, pero mamá era tan ordenada, tenía todo colocado en su exacto lugar, que las pocas veces que Tánger había entrado y tocado un papel, había sido llamada de inmediato para recibir una charla sobre lo malo que era no respetar las cosas privadas de cada uno. Tánger no quería hacer nada con lo que encontraba en el cuarto de papá, sólo curiosear un poquito. Y si podía, darle uno de sus sustos para verle la cara que se le quedaba.

El estudio era espaciosa, con el techo inclinado siguiendo la forma del tejado de la casa. En el centro de la estancia, una gran mesa en la que su padre dibujaba sus inventos. Siempre estaba dibujando, y los papeles azules de gran tamaño con líneas blancas garabateada que producía, se multiplicaban por toda la estancia. Al fondo, una gran estantería llena de libros y papeles azules doblados o enrollados sobresaliendo por muchos sitios y, más a la derecha, una mesa larga con muchos cachivaches de los que Tánger no conocía el nombre pero que le parecían que servirían para hacer Magia: una vasija transparente con un tubito de cristal por dentro colocados ambos sobre una pequeña estufita, un brazo largo con una lupa gigante a través de la cual alguna vez había mirado Tánger y casi se había mareado de lo grande que le parecía todo… Cacharros de ese estilo: extraños y misteriosos. Sobre todos ellos destacaba el espejo bola que tanto le gustaba. Un espejo cóncavo, en el que si te ponías delante, tu cara se alargaba a lo largo de toda su superficie, hinchándose y deformándose, formando caras que asustaban y daban risa a la vez.

A pesar de todo estos utensilios misteriosos, la pequeña sabía que la gran mesa de dibujo era el mejor sitio para curiosear. Grande, de roble, con dos columnas de cajones y un tablero que tapaba su frontal, de tal manera que si ella se escondía en el hueco que dejaba por dentro, no la podían ver desde la puerta y, mientras, podía mirar en los cajones sin ser descubierta. Hacía unas semanas había encontrado un pequeño cajón disimulado en lo que parecía un nudo de la madera y había descubierto algo parecido a unos botones de metal. Ella no sabía qué eran, pero algo importante y secreto debían ser si su padre los había guardado allí.

Mientras se afanaba en tratar de abrir todos los cajones secretos que pudiera, escuchó unas voces. “Vaya, es papá, quizá pueda asustarle”, se dijo. Pero enseguida se dio cuenta de que su padre no estaba sólo. Al principio no distinguió la voz de su acompañante, pero tras prestar un poco de atención y fruncir el ceño para concentrarse, lo identificó. “El tío Tiago”, susurró con fastidio. Tánger sabía que su padre se enfadaría mucho si lo asustaba en presencia de su hermano mayor Tiago. El tío Tiago era representante de Lento Fluir en el Consejo de la Marca del Sur y era muy serio y respetable. “Y aburrido” pensó Tánger. “Nada que ver con papá y mamá”, concluyó. Ya no tenía tiempo de esconderse en ningún otro lado, pues la puerta con el triángulo marcado, se abría y su padre y su tío iban a entrar, así que optó por quedarse muy quieta en el hueco de la mesa sin meter nada de ruido. Pasándose por la lengua por la parte de encía en donde hacía poco dos paletas de leche habían ocupado su lugar, Tánger frunció de nuevo el ceño tratando de no moverse y escuchar todo lo que su padre y su tío contaban.

– Pero al final, ¿aceptan implantar el sistema o no, Tiago? – preguntó Luca mientras se sentaba detrás de la mesa y colocaba los pies a escasos centímetros de la pequeña Tánger-. Por un lado dices que a todo el mundo le parece mala idea, pero por otro lado parece que el Guardián de la Marca ha dado su brazo a torcer.

– Es complicado, Luca. Todos los trámites en el Consejo lo son- respondió Tiago con un tono en la voz que a Tánger le volvió a parecer “aburrido”-. Algunos de los colegas de las otras poblaciones de la Marca pensaban que todo esto del sistema de comunicaciones les olía mucho a Ciencia y no estaban de acuerdo en hacer nada que pudiese hacer creer a los Guardianes que la Marca que promovían estudios científicos, sea eso lo que sea. Pero por otro lado, muchos de los integrantes del Consejo han sido marinos o han convivido con marinos. En los barcos, las comunicaciones a larga distancia mediante banderas o espejos son muy extendidas. Y no digamos las piratas. Ellas utilizan esos sistemas de continuo, y nadie diría que están ejerciendo la Ciencia.

– ¡Qué manía con lo de la Ciencia! – resoplo Luca.

– Está prohibida desde que tuvo lugar el Evento, Luca – respondió con calma su hermano.

– Eso fue hace mucho… Siglos, incluso – dijo levantando las manos, Luca-. Hace tanto que dudo que nadie sepa ni qué es lo que pasó, ni qué es eso que temen tanto y llaman Ciencia.

– Puede que tengas razón. Pero no olvides que el Hombre sigue encadenado en la Torre del Norte y que los Guardianes continúan utilizándolo para mantener el escudo alrededor de La Zona. Y para hacer Magia.

– Magia. Hace años que no veo a un Guardián hacer magia. ¿Qué es lo último que has visto tú mágico, querido hermano? ¿Unos fuegos artificiales en la fiestas del solsticio?

– Yo volé, hermano. No lo olvides nunca.

Luca calló un poco enfadado. Tiago le llevaba más de diez años y había sido aspirante a Guardián. Como aspirante le fueron revelados algunos pequeños sortilegios junto con la Fuente de Poder, el enlace directo con el Hombre Encadenado. Una pequeña cantidad, nada más y Tiago, con esa pequeña cantidad y ese pequeño conjunto de frases y sortilegios, fue capaz de volar durante un día entero por toda la región. Luca sólo tenía seis o siete años cuando ocurrió, pero todo el pueblo lo recordaba cómo si hubiese sido ayer.

– Un aspirante, nada más, un par de conjuros y una mínima fracción de Poder y pude volar. ¿Qué podrán hacer los Guardianes Principales en la Fortaleza del Norte? – era un pregunta retórica, claro, pero Luca se atrevió a contestar.

– ¿Y si no pueden hacer nada?, ¿y si el Hombre está agotado después de siglos de ser exprimido para obtener Poder?

– Eres incorregible, hermano – concluyó desganado Tiago-. Que sepas que en el Consejo algunos ya me llaman “el hermano del científico”, y te puedes imaginar lo humillante que eso es para mí y para Lento Fluir.

Luca sonrió.

– Diles que no soy más que un pequeño Herrero. Un técnico de muy bajo nivel , quizá. “El hermano del Técnico” no queda igual de rimbombante.

– No es una broma, Luca- dijo severo Tiago-. Lento Fluir puede ayudar al resto de la Marca con tus ideas, pero hay que saber cómo plantearlas. Por ahora, la comunicación mediante tus espejos cóncavos ha sido aprobada. Incluso los Guardianes permitirán colocarlos en las torres de sus centros en cada población.

– Controlando así todo lo que se transmita, una buena jugada por parte del Guardián de la Marca- interrumpió Luca.

– Supervisión, creo que lo llamó – dijo Tiago sonriendo por primera vez-. Está claro que nada que pase en la Marca les debe ser ajeno.

– Pues, mi siguiente propuesta va un poco en ese sentido.

– ¿A qué te refieres? – preguntó intrigado Tiago.

– Permíteme una pregunta, ¿por qué estamos tranquilos en Lento Fluir, o en el resto de la Marca, si a un lado tenemos a las Piratas más fieras del Continente y al sur están los esclavistas y todos los señores de la guerra que te puedas imaginar?

– Supongo que porque los Guardianes y su Magia, por mucho que dudes de ella, nos protegen como lo llevan haciendo desde hace siglos.

– Ya – dijo pensativo Luca, mirando hacia bajo y encontrándose con la mirada violeta de Tánger-. Mira qué tenemos aquí – dijo mientras cogía a la pequeña por la pechera y la sentaba en su regazo-. ¿Tratando de asustar a tu anciano padre, señorita?

– Luca, no tienes ni treinta y cinco años, por Dios. ¿Qué tal estás, Tánger? Dichosos los ojos, no te veo mucho pequeña sobrina – dijo Tiago, mientras trataba de hacer un arrumaco a la pequeña que ésta sorteo sin disimulo.

– Mira Tiago, te voy a contar algo con ayuda de Tánger. A ver, Tánger, ¿qué hacemos con un problema para el que no encontramos solución? – preguntó Luca a su hija.

Tánger se tocó con la lengua la encía, sintiendo los piquitos de las nuevas paletas y frunció mucho el ceño. Al cabo de unos segundos dijo triunfante.

– ¡Darle la vuelta! – gritó la niña.

– ¡Eso es! – dijo sonriendo Luca – Eso es. Darle la vuelta. Durante muchos años, diez, todos los Guardianes de la Marca nos dijeron a París y a mí que no podíamos ser padres. Sometieron a París a mil encantamientos. Las noches de dos lunas debíamos seguir un ritual exhaustivo que no voy a describir. Imposiciones de manos y filtros curativos. Nada de nada. Después de adoptar a Tánger decidir volver a repasar todos los puntos y ¿sabes de qué me di cuenta? – su hermano negó lentamente, sin saber muy bien a dónde iba el razonamiento de Luca-. Pues me di cuenta de que todos esos practicantes de Magia se habían centrado en mi mujer, no en mí. Así que ¿qué hice con el problema? Darle la vuelta. ¿Y si mi mujer no era el problema?, ¿y si lo era yo? 

Luca le hizo un gesto a Tiago buscando su comprensión, pero este seguía sin saber a dónde quería llegar, así que continuó.

– Fui a dónde los Guardianes y les pedí que me sometieran a mí a los encantamientos y filtros. Revisé los calendarios que me iban bien a mí, no a París. París estaba fenomenal, el problema era yo. Deje de probar la cerveza e hidromiel, carne solo dos veces por semana, mucho pescado y verdura … y así, y después de tiempo… ya sabes. Darle la vuelta, ¿comprendes?

– Bien, hermano, me algro de que me hagas otra vez tío pero sigo sin ver a dónde quieres llegar.

Luca, fastidiado, dio una especia de gruñido y añadió.

– Está bien. Uno más uno dos, Tiago. ¿ Cómo nos protegemos de nuestros enemigos? Mediante la magia de los Guardianes. Nuestros enemigos son el problema, está claro, pero imagínate por un momento que le damos la vuelta. Imagínate que los Guardianes se quedan sin magia, o deciden no ayudarnos. Imagínate que nuestra solución se transforma en nuestro problema. Imagínate qué le pasaría a nuestro pequeño Lento Fluir si lo único que nos separa de todos esos peligros deja de existir. Lo que te digo es que deberíamos prepararnos por si acaso para ello. Disponer de defensas para defendernos por nosotros mismos por si no tenemos otra opción. 

– Darle la vuelta – dijo riendo Tánger.

– Darle la vuelta – dijo Tiago despacio. Se levantó como un resorte y corrió hacia la puerta, pero antes de franquearla se giró y dijo. – ¡Darle la vuelta! Hermano, quiero que despliegues tu plan en esos papeles azules. Todo el plan. Te doy dos meses. Esto no puede salir de aquí. Debemos prepararnos. Darle la vuelta, ¡cómo no lo había visto hasta ahora!

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