El Hombre Encadenado – Capítulo 3 – Sus Ojos

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A partir de aquí, el Capítulo 3 de El Hombre Encadenado – Sus Ojos.


Travis estaba mirándose en el espejo de la habitación de su casa. Todos los días, durante al menos una hora, Travis realizaba la misma rutina. En frente del espejo imaginaba los acontecimientos a los que se enfrentaría a lo largo del día y trataba de recordar las expresiones de otras personas en situaciones similares. Y frente al espejo, las representaba con su propio rostro. “Risa. Sorpresa. Asco. Decepción”, repasaba mentalmente, mientras movía las cejas, la comisura de los labios, arrugaba la frente e incluso abría la boca. “Amor”… Esa siempre le costaba más que ninguna otra. “Satisfacción. No olvides palmearte en la tripa”. Una tras otra. Mecánicamente hasta lograr alinear sus pensamientos con los músculos de su cara. Como un baile ensayado durante horas, días y años. Travis no era una persona normal. Y eso no se debía sólo a que fuese el Guardián de Lento Fluir desde hacía ya tiempo, casi veinte años. Tampoco porque debido a esto, ser el Guardián, dominaba los caminos de la Magia y tenía acceso al Poder. Travis Cloud era especial porque no sentía nada. Nada en absoluto. Y su rostro permanecía vacío de expresión de continuo.

De pequeño nadie le tenía en consideración. En su pueblo natal, Orilla Azul, la gente pensaba que el pequeño de los Cloud, el tal Travis, tenía alguna tara, alguna deformación mental, algún tipo de retraso. La gente solía palmear en la espalda a su padre con comprensión cuando al viejo le daba por hablar de su hijo.

“El pequeño retardado” le solían llamar.

El rostro de Travis no transmitía emoción alguna, y no es que eso le molestase pues poco o nada sentía. Todo lo que ocurría a su alrededor le daba bastante igual y permanecía alejado de los demás siempre que podía. Solía observar a la gente y se preguntaba qué sería aquello que les hacía sonreír, gritar furibundos o agarrarse por el cuello cuando bebían en alguna de las fiestas de su pequeño pueblo. Nada de eso tenía sentido para el pequeño Travis, que permanecía impasible y hierático, sin responder a ningún estímulo y hablando muy de vez en cuando.

Cuando el pequeño tuvo seis años, sus padres acudieron al Guardián de su zona para que lo inspeccionará. El Guardián, el viejo Torben Scrum, se quedó mirando al chaval y pidió a sus padres que abandonasen la habitación y les dejasen solos. Cuando sus padres se marcharon, el viejo Guardián se dirigió a Travis de manera dura.

“¿Qué quieres que pase, pequeño?”, le preguntó secamente. “No sé a qué te refieres, viejo”, respondió el pequeño Travis. El viejo lo golpeó en la cara. ¿Qué quieres que pase, pequeño?”, volvió a repetirle. Travis sintió el golpe sin comprender qué quería el viejo. La segunda vez que el viejo lo golpeó algo, como una comezón, empezó a poseerle. Con el tercer y cuarto golpe, aquella sensación se multiplicó por mil. Cuando el viejo iba a golpearle por quinta vez, el pequeño Travis detuvo su mano y fue él quien lo golpeó. Una, dos, tres… cogió el banquete en el que había estado sentado y, agarrándolo muy fuerte, lo estampó en el cráneo del Guardián cubriendo a patadas el cuerpo del anciano en cuanto este cayó al suelo. Poseído por algo que nunca había sentido, buscó por toda la habitación como un loco algo que hiciese realmente daño al anciano. Encontró un abrecartas bastante puntiagudo encima de la mesa que había en la habitación, medio oculto por unos papeles. Gritando con el abrecartas en la mano, listo para clavarlo, avanzó a la carrera hacia el viejo. Cuando le separaba sólo un palmo de su víctima y ya sentía cómo esa sensación nueva lo iba poseyendo, una fuerza mil veces más poderosa que él mismo lo paró en secó, haciendo que sus pequeños huesos crujieran bajo el envite. Esa fuerza que había aparecido de ningún lado, lo sacudió y lanzó por los aires, golpeándolo contra la pared y haciendo que el dolor de alguna costilla rota lo atrapase. Respirando con dificultad, acertó a levantarse mientras veía cómo el viejo Guardián, que parecía cerca de la muerte minutos antes, se ponía en pie y sonriendo maliciosamente le preguntaba, “¿has descubierto ahora lo que quieres que pasé?” Travis volvió a su expresión vacía y respondió. “Creo que sí. Quiero que mueras. Que ellos mueran. Que todos mueran. Que pueda hacer eso que has hecho tú. Sentir que ese poder que me ha atrapado, aplaste a los demás”. El viejo lo miró con una expresión divertida y le dijo “Para eso necesitarás hacer algo antes”.

Desde aquel día, observaba a los demás en todas las situaciones imaginables. Anotaba mentalmente sus expresiones, sus palabras e interjecciones. Y las reproducía mecánicamente en frente del espejo de su casa tal y como el viejo le había enseñado. “Muy bien” solía decirle “pero no olvides sonreír. Sonríe casi siempre, si puedes. La gente cree que alguien que sonríe a menudo no puede ser muy peligroso. Sonríeles y les tendrás más a tu merced de lo que te imaginas. Todo el mundo confía en alguien alegre. Sólo los taciturnos son raros y peligrosos.”

Torben, el viejo Guardián, tomó bajo su protección a Travis y se aseguró que el año que el joven Cloud cumplía quince años, era elegido en La Selección Anual de la Marca del Sur para entrar a formar parte de los aprendices de Mago de la Fortaleza del Norte. La Selección era especialmente complicada para alguien como Travis ya que tenía que pasar por muchas entrevistas con otros Guardianes pero gracias a los trucos que su viejo mentor le había enseñado, fue capaz de simular casi todos los sentimientos que estos esperaban. Rabia, decepción, alegría, arrogancia,… cada uno de esos sentimientos perfectamente catalogados y reproducidos hasta la saciedad en frente de un espejo, de tal manera que era capaz de acudir a ellos y utilizarlos cuando le convenía.

Por fin, tras la Selección, Travis llegó a la Fortaleza a continuar su aprendizaje de los caminos de la Magia con una pequeña sensación muy al fondo de su mente. Una pequeña intranquilidad, algo parecido a cuando un picor poseía una parte de su cuerpo y no era capaz de llegar a rascarse. Torben le dijo que aunque estuviese lejos de él siempre debía hacer lo mismo. Observar y reproducir. Observar y reproducir. Y así, poco a poco, pasó los años de estudio y aprendizaje.

El Poder no le fue ofrecido en cantidades apreciables hasta el cuarto o quinto año de estudio en la Fortaleza. Pequeñas migajas que un profesor ofrecía a sus alumnos para que pudiesen comprobar que todo aquello que explicaban era verdad. Nada más. Pero al cabo de ese tiempo, llegó el momento para el que llevaba preparándose desde que el viejo Torben le había acogido. “Cuando recibas el Poder sabrás qué es sentir. Sabrás qué es eso que los otros llaman amor. Sabrás por qué los demás hacen guerras y se matan unos a otros. Por qué el mundo gira y por qué tú has venido a él”, le repetía y él se preguntaba qué sería aquello que merecía la pena tanto como para permitir que el resto del mundo viviese. “No te dejes vencer por cómo eres”, le solía decir Torben, “si acabas con los demás, ¿a quién someterás cuando recibas el Poder? Permíteles que vivan sabiendo que te deben su existencia”.

Travis fue llamado por el Gran Guardián Magnus Sparks, que le esperaba a la entrada de la Sala, esa sala de la Fortaleza del Norte donde el Hombre Encadenado permanecía preso desde hacía siglos. Atado a un poste mediante cadenas físicas y mágicas para evitar que escapase y los Magos quedasen si su único método de acceso a la Magia, sin su Fuente de Poder.

– Travis – le dijo el Gran Guardián, mirándole a los ojos -. Hoy pasarás a formar parte de nuestra Hermandad. Ningún hombre será más poderoso que tú a partir de ahora. Todo lo que has aprendido será por fin de utilidad. Sin embargo, todo Mago debe pasar una prueba que hará que sepamos si es merecedor de este Honor.

– Decidme señor qué he de hacer – respondió de manera ritual el aprendiz reproduciendo, de la mejor manera que supo, servidumbre en su mirada -. No dudéis que os serviré.

– Entrad en la Sala. Salid de ella tras comprobar vuestra valía.

La Sala del Hombre Encadenado era un recinto espacioso sin techumbre. Un suelo de obsidiana reproducía dos círculos concéntricos cuyo centro era un pilote en el que una figura humana encadenada descansaba respirando de manera dificultosa.

“No sientas piedad por él”, le habían dicho sus maestros a Travis y realmente Travís no sentía piedad por ese hombre. Por ninguno, en realidad.

El círculo interior estaba teñido de rojo y el exterior de un color violeta pálido. Por todo el perímetro del exterior, múltiples pilotes a los que morían las cadenas que amarraban al hombre del centro.

La sala sólo tenía una entrada, la que acababa de franquear Travis, y la misma debía servir de salida. Los muros tendrían veinte metros de altura, y la piedra de la que estaban hechos no ofrecía ningún resquicio que pudiese ser utilizado para apoyar un pie o una herramienta. Era una superficie plana y bruñida, imposible de escalar.

Travis había aprendido, a lo largo de sus años de estudio en la Fortaleza, la topología de la sala y entendía la finalidad de cada uno de los elementos que la formaban. El círculo interior representaba a la la pequeña luna París, con su tono rojizo. El círculo exterior, pálido y violeta, la mayor, Tánger. Y los pilotes exteriores, unidos por cadenas al pilote central, estaban situados de tal manera que los Guardianes podían colocarse en cada uno de ellos y recibir la descarga de Poder de una manera segura, alejados del Hombre, a salvo de sus coletazos de ira. Travis sabía que todo aquello estaba construido esperando la noche de cada mes en la que la pequeña París se interponía a la mayor Tánger y el rayo azul daba de pleno al Hombre Encadenado. Y éste estallaba en Poder para volver a reconstruirse, unos pocos segundos después. Cada mes. Unos tras otro. Desde hacía siglos.

Sin embargo, esa noche no era una de esas y el rayo azul no surgiría del cielo, ni atravesaría la estancia ni, de ninguna manera, el Hombre Encadenado explotaría en luz. El Poder no saldría de él a no ser que él quisiera y esa era la prueba a la que debía enfrentarse el aprendiz para lograr ser considerado Guardián, para entrar a formar parte de los Magos. ¿Sería capaz de acercarse a él, desafiarlo y obtener su preciado regalo?

Travis avanzó por el pasillo que conectaba la puerta con el círculo exterior viendo cómo la obsidiana del suelo reflejaba un gemelo suyo oscuro e invertido. La Sala era enorme. Un cálculo por lo bajo del diámetro del círculo exterior daría unos cien metros. En el centro, la pequeña figura del Encadenado, permanecía inmóvil, sin percatarse de la nueva presencia que cruzaba la Sala.

Travis tocó uno de los pilotes externos. La madera que lo formaba tenía el extremo superior ligeramente chamuscado, como un testigo mudo de la infinidad de descargas que había presenciado. La cadena que moría en el pilote estaba formada por eslabones de un metal brillante. Cada eslabón de un tamaño similar a la cabeza del aprendiz. La cadena permanecía en suspensión, vibrando ligeramente pero no en tensión.

Atravesó el perímetro exterior y se encaminó, siguiendo una de las cadenas, al círculo interior. Contó mentalmente dieciséis cadenas. El círculo interior tenía un diámetro aproximado de cincuenta metros. Travis paró sobre el perímetro rojizo que representaba la lunar menor, París, y se dio la vuelta para otear dónde quedaba la puerta de entrada. A unos cien metros de esa posición. Si corría podría llegar en unos veinte segundos. Nunca había sido un gran velocista.

Los profesores les habían contado que dos de cada tres aprendices no superaban ese círculo en la primera cita con el Hombre Encadenado. Pánico, congoja, ansiedad. La mayoría paraba y corría hacia la puerta, golpeándola y pidiendo a gritos que la abrieran cuanto antes. Travis no sentía nada. Como siempre.

Siguió su camino hacia el centro. Ahora ya era evidente que había un hombre ahí. Esperando. Travis trató de ver si podía ver su cara pero permanecía oculta, dándole la espalda. Quedaba veinte metros cuando algunas de las cadenas empezaron a tensarse y el ambiente comenzó a crepitar, primero suavemente pero luego con una fuerza desatada. Una corriente de viento circular empezó a descender del cielo tomando como centro el pilote del hombre. Travis estaba a menos de cinco metros y en las crónicas con las que les habían preparado para ese momento nunca ningún profesor había hablado de nada igual. La figura encadenada comenzó a incorporarse y las descargas de electricidad eran cada vez más seguidas e intensas. Continuó acercándose. Ya distinguía claramente la figura, de espaldas a él y veía como todas las cadenas que lo amarraban e impedían que se moviera estaban totalmente en tensión bajo la fuerza sobre humana que el prisionero estaba desplegando. La figura, desnuda bajo las cadenas, se levantó por completo. Era más alto que el propio Travis, casi alcanzaba los dos metros de altura, y su melena hasta la cintura se movía con el viento que dominaba toda la sala. El aprendiz no tuvo miedo pero supo que estaba en una situación en la que lo normal es que acabase en su propia muerte. Siguió avanzando y rodeó al hombre para poder verle el rostro. El hombre tenía la cabeza enhiesta, mirando hacia arriba y con los ojos cerrados.

– Eh, tú – le interpeló Travis -. Mírame. He venido aquí por ti. Mírame.

El Hombre abrió los ojos. La descarga que siguió fue de una potencia inusitada. Travis fue despedido por la onda expansiva y voló. Fue tomando velocidad y por un momento creyó que iba a estrellarse con uno de los muros brillantes de la sala pero justo cuando cualquier otro se hubiera desmayado ante lo inevitable, movió ligeramente una mano y, suavemente, paró hasta detenerse en el aire. Al momento, se incorporó justo al lado de la puerta que se abrió para descubrir al Gran Guardián, Magnus Sparks.

– Puede pasar Guardián Travis Cloud – le dijo sonriente.

De aquel día, Travis siempre recordaría dos cosas. La primera, la sensación plena de felicidad cuando recibió el Poder del Hombre Encadenado. Aunque esa sensación se había repetido en las incontables ocasiones en la que había vuelto a estar en contacto con la Fuente de Poder, nunca había sido tan intensa como la que sintió aquel día. Para alguien como Travis, que la mayor parte de su existencia no había sentido más que la nada, esa plenitud de recibir el Poder y utilizarlo a su antojo, era algo que muy pocos podrían entender.

Lo segundo que recordaba, incluso más que lo anterior, era algo del rostro del Hombre. Un detalle. Sus ojos. De aquel color violeta sobrehumano. Un color que nunca más había vuelto a ver. Nunca más hasta que la vio a ella. La pequeña hija pirata del Herrero y de la Maestra de Lento Fluir.

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