El Hombre Encadenado – Capítulo 4 – Tres Piedras… Pequeñas

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A partir de aquí, el Capítulo 4 -Tres Piedras … Pequeñas.


Paris estaba ya de casi seis meses y se pasaba las noches en vela girando de un lado a otro, intentando encontrar la postura que le permitiese dormir del tirón un par de horas. Era muy difícil pero cuando la lograba, cuando se podía colocar de una manera que encajaba su espalda sin mucho dolor a un lado o al otro, la agarraba como si fuera oro puro y caía en un sueño instantáneo que se le pasaba como un suspiro. Un vacío sin sueños, un paréntesis temporal en el que se sumía, colocada como un saco de grano tirado al azar en la descarga de una carreta. Su cuerpo, en esos breves escarceos, trataba por todas las maneras de resarcirse y absorber todo el descanso posible. Aún así, su espalda se resentía bastante y era habitual verla paseando por la casa, estirándose y girando el cuello, tratando de hacer desaparecer los nudos en los que se le habían convertido los ligamentos y articulaciones de la mayor parte de su espalda.

En uno de esos paseos, con el que había interrumpido los preparativos de las clases del día siguiente, pasó por delante del cuarto que Luca utilizaba como “guarida”. Ese cuarto donde su marido dibujaba los planos de sus inventos y trataba “ de no chamuscar demasiado” su casa, como ella le solía decir cada vez que le veía llevar hasta allí un barreño de polvo oscuro y engrudo pastoso. La puerta siempre solía estar cerrada a cal y canto y Paris no solía molestarlo allí por una razón muy sencilla. Y es que a ella tampoco le gustaba que la interrumpiesen en el cuarto que constituía su reducto de paz, ese que utilizaba para preparar sus clases y ejercicios de la escuela o también para probar la encuadernadora de libros que había construido. Una máquina con la que editaba los libros que escribía: cuentos, fábulas e, incluso, alguna novela. Libros que luego Luca leía y se dedicaba a criticar durante semanas y semanas. Si bien era cierto que  luego le insistía e insistía en llevarlos a la librería de maese Lur en Bruma Azul, la capital de la Marca. Y allí, en esa librería, los libros de París eran muy apreciados, con ventas de cientos de unidades.

Sin embargo aquella vez, la puerta en la que el propio Luca había tallado un triángulo de unas dimensiones apreciables para distinguirla de cualquier otra de la casa, estaba abierta de par en par, algo que por inusual, provocó un ataque de curiosidad inmediato en París. Casi como una niña, asomó la cabeza al interior tratando de no ser vista, y eso que las dimensiones de la barriga que tenía no lo hacía nada fácil. En la mesa, Luca estaba totalmente enfrascado en un plano enorme. De vez en cuando, tachaba algo y resoplaba muy fastidiado. Debajo de la otra mesa, la alargada, el “laboratorio” como a él le gustaba llamarla, la pequeña Tánger jugaba con unas piezas de madera que Luca le había tallado hacía unos años. Prismas de revolución las llamaba Luca. Un cono, una esfera, un cilindro, el resultado de una figura básica, un cuadrado, un triángulo, girada alrededor de un eje fijo para que formase el milagro del volumen. Todos ellos de madera, tallados con sumo cuidado para que la superficie quedase suave y sin astillas que pudieran herir las pequeñas manos de la hija de ambos.

Un nuevo resoplido de Luca atrajo la atención de Paris. Su marido, con esas arrugas en la frente que denotaban que estaba en máxima concentración, no se percataba de su “enorme” presencia en el rellano del cuarto. Algo se le resistía y por experiencia, París sabía que Luca daría vueltas y vueltas hasta llegar a la solución. Nadie diría que aquel delgado, bajito y canoso hombre en el que se había convertido a lo largo de los años su marido, pudiera resultar tan sumamente tenaz. Muchas veces lo miraba de reojo mientras hacía sus tareas o comía o tomaba el desayuno y se preguntaba si acaso no hubiera cambiado tanto que ya no fuera aquel delgadurrio adorable del que se había enamorado. Ese pequeño que sufría horrores para levantar el martillo de la fragua familiar que le había tocado levantar tras la muerte de su padre, sacándole prematuramente de la escuela. Hacía tanto años de eso, tanto tiempo, que ahora le parecía otra vida. Sin embargo, en esos momento de concentración tal que ni siquiera se percataba de su presencia, París ce daba cuenta de que por todos los años que hubiesen pasado y todas las vueltas que diese la vida, detrás de aquel cejo fruncido se encontraba ese Luca que conocía desde niño y al que amaba con todo su ser. Ese cabezota que nunca se rendía, por mucho que todos los Guardianes de la Fortaleza del Norte le dijeran que lo que intentaba era imposible. Ese loco maravilloso que siempre mantenía su punto de vista, por diferente del de los demás que fuese o por solo que se encontrase en su defensa.

Como si le estuviera leyendo la mente, Luca levantó los brazos e hizo un gesto de victoria, cayendo inmediatamente en la cuenta de que su mujer le debía llevar escrutando desde hacía algún tiempo.

– ¡Hola! – le dijo- ¿qué haces ahí parada?

– Viendo al genio trabajando – respondió París de manera socarrona- ¿Qué es eso que se te resiste tanto?

– Bueno – dijo doblando el enorme plano que cubría la mesa de trabajo -. Estaba preparando la propuesta para mi hermano, ya sabes, la defensa de la ciudad.

-¿Sigues con eso, Luca? No sé si es buena idea. Ya tienes fama de ser un poco proclive a la Ciencia. Si promueves una defensa en paralelo a la de los Guardianes, la gente te mirará con suspicacia.

– No podemos hacer otra cosa – le dijo, mientras ambos miraban a la pequeña Tánger que jugaba con las figuras de madera -. Si queremos tener alguna oportunidad cuando vengan a por ella.- dijo bajando al máximo el volumen de su voz-.

París avanzó hasta la mesa de dibujo.

– Está bien,  ¿y qué estás preparando? – preguntó con un interés renovado.

Luca desdobló el plano, volviendo a cubrir la mesa.

– He descubierto muchas cosas estos meses -le confió-.

“La ciudad”, continuó, “dispone de un sistema amurallado que habrá que mejorar y restaurar, pero que tiene cimientos sobre los que se puede construir. Lento Fluir se encuentra en un promontorio, un alto, encima de la playa de los Piratas. Por el Sur, el corte en la montaña que acaba en la playa. Al norte, el camino que nos conecta con el resto de la región y que se convierte en el embudo ante cualquier ataque. La conclusión es obvia. Protejamos el norte y preparemos rutas de escape por el sur. A tal efecto, he diseñado la reconstrucción de las murallas que nos deberían aislar de las embestidas por tierra. Pero esto no debe engañarnos. No somos un pueblo guerrero y no lo seremos a corto plazo. Sin la ayuda de los Guardianes y su magia, por muchas catapultas de las que dispongamos, no podremos rechazar un ataque por pequeño que sea. Así que debemos oradar la montaña con túneles y fijar cuerdas, de tal manera que dispongamos medios que permitan escapar por la playa a una parte importante de la población. No toda, pero una gran parte.”

París, miró a su marido.

– ¿Esas murallas son anteriores al Evento que ocurrió en La Zona? – Preguntó.

– No lo sé realmente, París – respondió-. Es posible que incluso después del Evento, la ciudad tuviese esas murallas, quizá hasta la firma del acuerdo con los Piratas, el pacto de no agresión si cuidábamos de sus hijos. La realidad es que los restos existen. Y debemos aprovecharnos de ello.

– Si atacan por tierra la estrategia sería huir por la playa.

– Eso es. Mi propuesta es establecer puntos de información a lo largo de la frontera sur, de manera análoga al sistema de transmisión con espejos que ya tenemos con el resto de ciudades de la Marca. Si disponemos de tiempo podremos evacuar mejor por la montaña y estos sistemas nos avisarán de que viene a por nosotros. Las murallas que pretendo reconstruir nos darán tiempo, pero nada más. No pienso que podamos ganar, por pequeña que sea la fuerza atacante.

El plano, el papel grande azul que tenía Luca, representaba la ciudad desde un punto de vista superior. Luca había dibujado las murallas y las zonas de fortificaciones.

– ¿Crees que tendremos alguna oportunidad frente los Piratas o los Esclavistas del Sur? – Preguntó París.

Luca miró hacia abajo, pero enseguida una sonrisa acudió a su expresión.

– Por supuesto – respondió-. Ellos no saben que nosotros estamos preparados.

París miró a la pequeña Tánger que seguía jugando debajo de la mesa alargada, “el laboratorio”. Algo había cambiado. Los prismas con los que jugaba giraban y giraban mientras flotaban en el aire, impulsados por una fuerza que no podía ser otra cosa más que Magia. Tánger reía, mientras sus ojos violetas refulgían con destellos vivos. Las piezas de madera se movían dirigidas por los movimientos de sus manos.

– Vendrán a por ella – concluyó París-. No sé si serán los Piratas, los Esclavistas o los propios Guardianes.

Luca miró a Tánger y a su mujer.

– Lo sé – musitó.

– Tu plan me da esperanza por los ataques de los primeros pero ¿qué pasa con los Guardianes? ¿Cómo nos libraremos de ellos? Es evidente que alguien como Tánger no puede serles indiferente.

Luca se agachó por un momento y rebuscó en la mesa de su despacho. Al poco, y con un golpe, puso tres pequeñas piedras, como tres botones, sobre la misma.

– Esto es lo que te propongo – dijo triunfante.

– Tres piedras – dijo París-. Tres piedras…. Pequeñas.

– Sí, París. Tres piedras pequeñas.

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