El Hombre Encadenado – Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas

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A partir de aquí, el Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas.


 

Tánger se asomó a la ventana de su habitación. La casa de sus padres era un coqueto edificio en la calle principal de su ciudad, Lento Fluir, de tres alturas. En la altura inferior las zonas comunes: salón, cocina, comedor y una pequeña cuadra que Tánger debía adecentar todos los días antes de salir hacia la escuela. En la segunda altura, las habitaciones. Sus padres tenían la más grande y luego, a los lados de un pasillo central, la habitación de la nana Till, su abuela materna, luego la habitación de Tánger y la habitación de su hermano pequeño Job al final del pasillo. En la última altura, confundiéndose con el tejado de la casa, las dos habitaciones de esparcimiento de cada uno de sus padres.

Tánger calculó cuánta altura debería saltar para llegar al suelo. Unos diez metros. Miró a las dos lunas, arriba en el cielo. La pequeña París, con sus brillos rojizos como miríadas de cristales, transitaba cruzando por la parte inferior de la más grande Tánger. “La reunión de la Hermandad empieza en menos de una hora. O hago algo o voy a llegar tarde y el tonto de Jeremías me suplantará en el inicio de la sesión” pensó muy fastidiada.  Evaluó la situación de nuevo. Podía tratar de descolgarse por la cañería que recogía el agua de lluvia del tejado pero era difícil que no cayese en el intento. Sólo veía una salida. De una manera rápida se sacó el cordón de cuero que tenía alrededor del cuello y al que se fijaba un pequeño saquito coronado en su extremo superior por una cuerda con un nudo corredizo. Descorrió el nudo y miró a su interior. Tres pequeñas piedras, como botones, refulgían con un color violeta pálido. Con un movimiento rápido, escondió el cordón y el saquito dentro de un tiesto que estaba fijado en su ventana, ocultándolo bajo la tierra para que  no pudiera ser visto. Una vez que se dio por satisfecha y creyó que nadie podría localizar el pequeño colgante, se subió al alféizar de la ventana y, agarrándose de la cañería, trató de asegurar sus pies e iniciar el descenso. Como había previsto, la tarea de bajar por tal medio era casi imposible y tropezó casi al inicio de la misma, resbalando y perdiendo pie. Sin embargo, no pasó nada, no descendió ni un sólo centímetro. Muy al contrario, permaneció flotando al lado de la tubería. Con un movimiento muy suave descendió hasta que sus pies tocaron el suelo. “Voy a llegar tarde” pensó Tánger. Comenzó a correr. Era de noche y nadie parecía estar a esas horas en las calles de la ciudad. Una vez alejada lo suficiente del centro del casco urbano, Tánger dio una gran zancada y saltó. Comenzó a volar a una velocidad muy elevada mientras con un gesto de manos creaba una pequeña niebla que impedía que nadie la viese en su camino.

La Hermandad se reunía a la salida de la ciudad, en una cabaña abandonada, un molino casi derruído, que servía de centro de las correrías de los adolescentes de la zona. Desde la misma, se podía divisar tanto la playa de los Piratas como el camino hacia el Sur. Para llegar hasta ella había que sortear la muralla de la población, una edificación que todavía seguía en obras por muchos puntos de su perímetro por lo que los chicos sólo tenían que elegir bien el lugar en obras menos vigilado y deslizarse al exterior sin ser vistos. Una vez fuera de los muros de Lento Fluir, podían correr hasta la cabaña que constituía el único punto luminoso en la zona cercana a las murallas. Muchas veces habían sido desalojados por el servicio de vigilancia de la ciudad pero desde hacía un tiempo los vigilantes hacían la vista gorda con ellos. Preferían saber dónde estaban y tenerlos a todos juntos allí reunidos que tener que ir detrás de uno y otro durante horas.

Tánger seguía su camino volando a unos cuantos metros sobre los tejados del extrarradio de la ciudad y se preparó para pasar por encima de la muralla. Sabía, por experiencia, que los soldados que su padre había ayudado a entrenar se percatarían de su paso pues estaban preparados para detectar cualquier suceso que se saliese de lo corriente, así que se concentró hasta que consiguió que su cuerpo fuese, si no invisible, sí al menos un objeto casi transparente. Aceleró un poco más. Pasó por encima de la muralla con un suave rumor de aire que no llamó la atención de un par de soldados concentrados en otear si había una señal de los espejos que transmitían los mensajes de más allá, del camino hacia el Sur.

La Hermandad había sido una idea de Tánger hacía un par de años. Era una especie de club de aventuras inicialmente para aquellos que habían sido adoptados en Lento Fluir, todos aquellos que habían llegado a la orilla de la playa envíados por los Piratas. Al principio había supuesto un elemento integrador de todos estos chicos y chicas que se sentían diferentes e, incluso, a veces eran menospreciados por sus compañeros “legítimos”. Les había supuesto una forma de unirse y enfrentarse de manera unitaria a todas esas situaciones discriminatorias. El éxito había sido tal que muchos compañeros que no habían sido adoptados también querían pertenecer a la Hermandad. Tras mucho pensarlo, Tánger y sus amigos la habían abierto a todos los niños mayores de nueve años de Lento Fluir y ahora era un movimiento al que todos los niños o pertenecían o querían pertenecer.

La finalidad de la Hermandad era pasarlo bien y para ello, los chicos y chicas inventaban pruebas y retos con los que se retaban unos a otros y, al superarlos, ganaban puntos. Tenían una clasificación que listaba a todos sus integrantes. El primer clasificado tenía la potestad de ser el Hermano Mayor de la Hermandad y el resto, aún a regañadientes, tenían que obedecerle y asumir su mando. Desde el primer día, Tánger siempre había sido la Hermana Mayor pero en los últimos meses, Jeremías, un adoptado como ella, precismaente por el panadero del mismo nombre y muy amigo de su padre Luca, amenazaba con adelantarla. La rivalidad entre ambos era conocida por todo el pueblo y el resto de integrantes de la Hermandad se divertían proponiendo pruebas cada vez más rocambolescas para ver cómo salían de ellas los dos enfrentados. Tánger se había auto impuesto no utilizar la Magia en esos retos, pero cada vez le resultaba más difícil salir vencedora y temía que Jeremías la pasase en la clasificación por lo que se estaba replanteando utilizarla. Sin embargo, destaparse de tal manera sería peligroso no sólo para ella, sino también para sus padres. Además, su padre le había obligado a llevar siempre las tres pequeñas piedras encima atadas al cuello en un colgante que no debía quitarse nunca. Nerviosa se tocó por instinto el cuello donde debería tener ese colgante sintiendo, de nuevo, su ausencia. Cuando lo llevaba, las piedras de su interior, por un mecanismo que la chica no entendía y del que sólo percibía que empezaban a brillar con un color violeta, impedían que pudiera hacer ni el más pequeño truco de Magia. Al deshacerse del colgante, como en esa noche, el Poder corría de nuevo a través suyo y todo, absolutamente todo, era posible.

Tánger vio la casa donde se reunía con sus amigos y oteó para encontrar un sitio discreto donde tomar tierra. Al este de la casa vio el lugar adecuado. Una vez en el suelo se sacudió un poco su ropa. Tánger acababa de cumplir ese verano quince años. Era muy delgada y espigada, le sacaba ya una cabeza a su padre Luca y su pelo, de color blanco, refulgía con la luz que provenía de la luna de su mismo nombre. Sus ojos violetas seguían siendo objeto de murmuraciones y suspiros de asombro. Era, en definitiva, una joven que llamaba la atención y era admirada y odiada a partes iguales en la ciudad.

Cuando abrió la puerta, el murmullo que poblaba la casa se transformó en gritos, algunos de alegría y otros de fastidio. Jeremías, sentado en la mesa principal que presidía el salón de las reuniones de la Hermandad, hizo un mohín de fastidio y se levantó de la silla central reservada para el Hermano Mayor, colocándose en la de al lado. Tánger sonrió dedicando a todos los presentes saludos y palabras de agradecimiento mientras avanzaba por la sala de manera resuelta y segura hasta llegar a la silla principal. La mesa disponía de un mazo con el que se solían dar por comenzadas las sesiones. Tánger, con un movimiento muy estudiado y mirando de reojo a Jeremías, dio dos golpes secos y gritó:

– Amigos, amigas. Se da por abierta la sesión de la Hermandad de los Niños Piratas. Que comiencen las aventuras –  declamó utilizando la fórmula ritual.

Los murmullos y el jolgorio dieron paso a un silencio ceremonial poco a poco. Cuando la situación pareció estar tranquila, Tánger continuó.

– Bien – dijo adoptando una pose ceremonial-. Si no recuerdo mal, había un reto que debemos revisar en esta sesión si se ha realizado satisfactoriamente o no.

Gritos de aprobación recorrieron la sala.

– Así es, Hermana – dijo Jeremías, utilizando sus atribuciones como segundo de la clasificación para meter baza-. En la última sesión se impuso un reto a las hermanas Luz y Brillo. Debían traer hasta aquí a un adulto, pero no un adulto cualquiera. Debían traernos un adulto poderoso. Hermanas ¿lo habéis conseguido?

Dos chicas morenas y bastante altas, casi tanto como Tánger, contestaron a la par.

– ¡Sí, hermanos! Os informamos que hemos superado el reto.

Las dos chicas traían a alguien con una capucha en la cabeza. Le susurraron algo y los tres avanzaron hasta situarse en frente de la mesa presidencial.

– Hemos traído un adulto importante de la comunidad. Él ha venido por propia iniciativa, aunque le hemos cubierto la cabeza para que no descubra dónde nos reunimos.

Tánger creía que no había adulto que no supiera que aquella casa abandonada, antiguo molino, era utilizada por la Hermandad. Muchos padres habían ayudado en su reconstrucción. Pero aún así le hizo bastante gracia la ocurrencia de las hermanas.

– ¿Y quién es él, hermanas? – Preguntó con verdadera curiosidad.

Las hermanas se miraron y quitaron la capucha a su invitado. Un susurro de incredulidad recorrió la sala. Nada menos que el Guardian Cloud, sonriendo, se atuso el pelo.

– Mis respetos a la Hermandad – dijo de manera alegre-. Me presento de manera muy humilde ante vosotros, ¿seré aceptado como invitado en la sesión de hoy?

– ¡Por supuesto!- dijo emocionada Tánger- Sois aceptado, Guardián.

El Guardián Cloud miró a Tanger e hizo un gesto de sumisión bajándola como si le hiciera una reverencia, reconociendo que en aquella situación la joven era merecedora de ella. Cuando el Guardián la miró a los ojos, algo hizo que por un momento, una pequeña fracción de tiempo, su expresión desapareciera. Tánger, que también lo miraba no llegó a detectarlo, sintió que algo raro le pasaba al Guardián pero no lo identificó con nada conocido. El Guardián sonrió, su rostro de nuevo lucía una expresión agradable.

– Siéntese aquí a mi derecha, Guardián. Segundo – dijo Tánger a Jeremías – cede tu sitio al Guardian. Hermanas, habéis conseguido la máxima puntuación. Veinte puntos para cada una.

La sala rugió con aprobación. Travis hizo un gesto de agradecimiento a Tánger y se sentó a la derecha. Jeremías, fastidiado y sin asiento, tuvo que quedarse de pie como un hermano cualquiera.

– Continuemos – dijo de manera triunfante Tánger -. Sigamos con el resto de aventuras. En la última sesión, el pequeño Jonás debía lograr traernos un pedazo de cristal del espejo de la torre de la plaza. Jonás, acércate y dinos cómo fue.