El Hombre Encadenado – Capítulo 10 – El Retorno del Poder

A partir de aquí el Capitulo Diez de El Hombre Encadenado – El Retorno del Poder

Travis Cloud estaba sentado en el suelo de piedra de la sala debajo del salón de su casa, apoyada la espalda en la mesa sobre la que descansaba la cabeza de su mentor Torben, ahora callada y tratando de consumir de la manera más lenta posible los pocos retazos de magia que la separaban del silencio final. El Guardian Cloud descansaba derrotado en el suelo respirando muy lentamente y observando cómo el vaho que salía de su boca en cada expiración se iba difuminando bajo los pequeños destellos violetas del poco Poder que aún quedaba en la estancia.

“No me equivoqué”, pensó. Habían pasado más de tres años sin volver a sentir la Magia en la joven Till. “No me equivoqué” volvió a repetirse, como los millones de veces antes. “No, lo sé, ella tiene Poder por sí misma. Lo sentí, lo sentí como ahora siento este condenado frío húmedo que se mete por mis huesos como unos dedos delgados y larguiruchos . Ella es Poder en estado puro, tal y como dijo Torben que ocurriría, hace tantos años. Que aparecería alguien. Un hijo de los Piratas. O una hija. Con el Poder brotando de su ser como le ocurre a ese que está encadenado. Como El Hombre de la Fortaleza. Alguien sobre el que construir una nueva realidad. Alguien con el que luchar por todo el Poder, el mágico y el real”. Travis dudaba,  ya no sabía si realmente había vivido aquella noche en la que la joven Tánger Till le miró con su ojos violetas y él sintió cómo el Poder, el auténtico Poder, rezumaba en su interior. Y cómo su persona se sentía tentada de saltar hacia ella y absorberlo hasta agotarla. Si eso era posible.

Y luego, la nada. Esa noche una explosión y después el vacío. Había tratado por todos los medios de formar parte de la vida de la muchacha y lo había conseguido. Era su mentor en la escuela, la persona, más allá de su familia, a la que ella acudía para consultarle una cosa o la otra. Su referente fuera de su casa. Pero nunca, nunca más, había sentido lo mismo. Como si, igual de repentino que el fogonazo que lo inundó todo aquella noche en el molino viejo donde los crios del pueblo jugaban a ser adultos aventureros antes de llegar a la edad de ser adultos aburridos, todo hubiera desaparecido, extinguido, como una llama sobre la que se echa un cubo de agua.

Los problemas no aparecen solos y la Magia de la Fortaleza había dejado de manar. La última comunicación de Surio había sido hacía seis meses. El plan continuaba, las noticias de nuevas muertes lo probaban, pero la cabeza, con su proverbial intuición, pensaba que Surio se impacientaba, que él y sus seguidores necesitaban alguna prueba para respaldar todo lo que habían hecho ya. De que la muerte accidental de diez de los dieciséis Guardianes Principales que habían orquestado no había sido para nada. “Vendría bien que esa chica tuya hiciese algo”, le había dicho la cabeza un par de veces. “Si fuese tan fácil” , pensó fastidiado él. ·

Tenía tan poco Poder que no podía pensar con claridad. Si tan sólo ese imbécil de Surio consiguiese que el Hombre Encadenado les diese una cantidad apreciable en el próximo paso de París por Tánger. Algo para volver a disponer de Magia de nuevo. No esas minucias que sólo les servían para mantener la Zona bajo el Escudo. Travis sacudió la cabeza, sabía que eso no tenía visos de ocurrir.

Cuando la cabeza abrió los ojos, Travis seguí sentado en el suelo. Por eso no se percató de que Torben volvía a la vida, saliendo de esa hibernación autoimpuesta para no consumir mucho Poder. Los ojos, secos tras tanto tiempo cerrados, tardaron mucho en poder moverse al unísono. Pero al final, lo hicieron. La voz fue aún más difícil de traer de nuevo del Otro Lado. 

-Travis -dijo carraspeando la cabeza-. Travis, levántate, estúpido ¿No lo notas?

Travis, como siempre le pasaba con la cabeza de su antiguo maestro, tuvo que ahogar sus deseos de cogerla de la mesa y lanzarla contra la pared para aplastarla y que nunca más le dijese nada. Respiró hondo. ¿A qué se refería su maestro? Sabía que debía hacerle caso, le había demostrado a lo largo de los años que poseía una visión de los acontecimientos fuera de lo común. 

Volvió a respirar hondo y trató de percibir tal y como le pedía Torben. Y lo notó. Allí, en el  fondo de la realidad, como una nota sostenida, muy baja al principio, monocorde, tanto que podía pasar desapercibida. Pero no. Allí estaba. Y no pudo contenerse.

-¡Poder! -Gritó, ansioso. Hambriento- ¡Poder!, ¡ahí está, demonios!, ¡ves cómo sí, cómo esa niña tenía Poder!

-Sí -confirmó la cabeza-. Tenías razón. Menos mal -concedió, aliviado.

Travis se levantó, aguzando aún más los sentidos. Ahí seguía, como un zumbido, aumentando el volumen poco a poco. Una nueva fuente de Poder que iluminaba toda la realidad sensorial de los dos magos. La estancia parecía incluso más iluminada que hacía unos momentos.

-Dios Todo Poderoso -susurró la cabeza con sorpresa-. Es increíble. Es realmente poderosa, Travis. Creo que más que el Hombre Encadenado.

La cabeza giró los ojos, poniéndolos en blanco. No se lo dijo al otro pero tenía miedo. Miedo del Poder desatado que estaban percibiendo. Nunca habría sospechado que sentiría eso cuando por fin encontrasen la nueva fuente tras tantos años de búsqueda infructuosa. Pero esa chica, esa chica pirata, era como una estrella a punto de explotar. O explotando, ¿quién lo sabía? No creía que Surio, Travis y él, juntos los tres y en su mejor momento, podrían domeñar a aquella rutilante potencia plena de Poder.

Travis Cloud, sin embargo, no pensaba en nada de eso. Sólo pensaba en que por fin podría decirle a Surio que moviese su gordo culo y viniese hasta el extremo de la Marca del Sur, a la población más fronteriza de todas aquellas que habían quedado bajo la protección de los Guardianes. Porque, juntos, cogerían a Tánger y la llevarían hasta la Fortaleza. De manera triunfal. Recogerían los pedazos en los que se había convertido todo el monstruo de la organización de los Guardianes y tomarían su poder. «El poder con el Poder», susurró sonriendo. «El poder para luego, acabar con todos los demás» pensó, aún más feliz.

Unos golpes súbitos despertaron a ambos de sus ensoñaciones.

-¡Señor Cloud!, ¡Señor Cloud!, Ábrame por favor, es importante- la voz de un niño, seguida de golpes en la puerta, les interrumpió.

-¿Quién es, Travis? -Preguntó la cabeza-. Ahora lo importante es lo que es. Debes ir a por esa muchacha y no despegarte ella. NO dejes que vuelva a desapracer. Debemos saber dónde está en todo momento – «Sea lo que sea que hagamos con ella. Es demasiado peligrosa para no controlarla», pensó, sin decirlo en voz alta.

Travis miró a su maestro con un odio incluso superior al habitual. Reconocía la voz, aunque no se lo dijo. “Para qué”, pensó. Era el pequeño de los Till, el hermano de Tánger, Job. El que era hijo de sus padres. Sin mediar palabra, dejó a la cabeza en su mesa y subió hacia su casa. Tropezó un par de veces debido a la poca iluminación de la estancia. Trabajosamente y utilizando las manos para guiarse, llegó hasta la trampilla que comunicaba el mundo inferior con el superior. En cualquier otra circunstancia, habría hecho un suave movimiento con las manos y la trampilla se habría abierto, permaneciendo los elementos de su salón en suspensión, todo gracias a la Magia. Sin embargo, ya no se podía permitir ese tipo de derroches. Empujó con el hombro la trampilla y sintió cómo el peso de la misma se oponía a su fuerza. Al tercer empellón, la trampilla se desencajó de su posición y giró sobre sus goznes con el chirrido acostumbrado. La alfombra estaba enrollada dejando el espacio para que girase la trampilla expedito. 

Los golpes continuaban en la puerta y los gritos de joven Job cada vez eran más estentóreos. Travis cerró la trampilla, volvió a colocar la alfombra y puso las sillas y mesa en su posición habitual para evitar que alguien se diese cuenta de que ahí abajo había algo. 

Con su gesto de enfado más trabajado abrió de manera violenta la puerta. 

-Jovencito -espetó con una voz seca y un gesto de censura en la mirada-. Espero que tengas una buena razón para golpear mi puerta.

Job Till, con esa pelirroja cabellera y esos ojos verdes heredados de su madre, tragó saliva asustado.

-Pero, no te quedes callado, demonios- rezongó el Guardian-. Y cuéntame qué te ha llevado a venir aquí gritando como un loco.

-Está bien, señor -tartamudeó-. Es mi hermana, señor. Los Señores de Sur nos atacan. ¿No lo ha oído, señor? La Escuela de mi madre arde. Y cuando todo parecía perdido, mi hermana apareció volando, lanzando flechas, matando a los invasores. Dándonos tiempo de preparar la defensa. Sin embargo, algo le pasó de repente … cayó desde el cielo desmayada y ahora casi no respira.

Travis, abrió los ojos ante la cascada de información. «¿cuánto tiempo llevaba ahía abajo compadeciéndome de mí mismo?» se dijo. Los Señores de la Guerra, esa escoria sureña, atacando la ciudad al fin. Habría muertos por doquier. Por mucho que ese simple de Luca se hubiera esforzado en dotar de defensas a la ciudad y todos los pobladores hubieran recibido formación militar, no tenían nada que hacer frente a un ejército del sur. Era un drama absoluto. Aunque, realmente, él sólo podía prestar atención a la última frase que había pronunciado Job. “Ahora casi no respira”. Todo lo demás no significaba nada para él. Preguntó:

-¿Ha matado a muchos? Tu hermana, quiero decir.

-Muchos, señor. Mi padre dice que dos cientos al menos, señor -respondió el pelirrojo.

“¡Mierda!” gritó enfadado Travis. “¿Cómo se le ha ocurrido matar?” pensó, furioso.

-Llévame a dónde la tengáis, ¡rápido, mocoso!

El Hombre Encadenado – Capítulo 9 – No soy un Botín

Si no has leído los Capítulos anteriores, por favor navega por el blog y leélos.

A partir de aquí el Capítulo 9 de la Novela El Hombre Encadenado.


Hacía frío. Tánger se frotó las manos de manera vigorosa tratando de que volviesen a la vida. Sus mitones dejaban al aire la parte final de cada una de sus pequeñas extremidades. A pesar del frío, necesitaba la destreza que le daban sus dedos para manejar las pequeñas palanquitas del espejo instalado en el piso superior del molino que servía como sede de la Hermandad. Ese espejo, allí colocado, era utilizado como repetidor del servicio de telégrafo de luz. Servía como enlace entre el puesto más allá del Sur y la Torre de la casa del Guardián en Lento Fluir. Allí, Tánger recibía, transcribía y repetía los mensajes orientando el espejo hacia la ciudad. Ella misma había insistido durante días a su padre Luca para lograr que se instalase allí y que ella formase parte de los turnos de su operación. Luca, obviamente, se resistió todo lo que pudo, hasta que la joven elevó la petición a su tío Tiago. A este, cómo no, le pareció una idea excelente que los jóvenes se comprometiesen de esa manera con la seguridad de la ciudad. Es más, en la siguiente reunión del Consejo de la Marca lo propuso para que el resto de localidades replicaran ese planteamiento.

Unos leves brillos en el sur le sacaron de su ensimismamiento. “Sólo es el mensaje de control. Todo sigue bien”. Mecánicamente pulsó la palanca de emisión tres veces consecutivas, el espejo cóncavo que estaba dirigido hacia la ciudad zumbó ligeramente debido a que el diafragma que lo cubría dejó pasar tres veces el brillo del sol. Tánger miró hacia Lento Fluir. Allí, en la torre de la Casa de los Guardianes, sobre el reloj que permanecía parado desde hacía más de tres años, cuando la magia dejó de manar libremente por la Marca, alguno de los Hudson recibió la señal y respondió con un brillo largo. “Todo sigue bien”, se dijo.

Miró de nuevo hacia la ciudad. Apoyada sobre la muralla erigida hacia unos años por su padre, se encontraba la escuela donde su madre estaría dando clase. Tánger ya había terminado la escuela antes del último verano, había cumplido dieciocho, pero seguía extrañando asistir a esas clases comunes donde niños y adolescentes de todas las edades eran enseñados por su madre con una paciencia infinita.

“Todo podría ser diferente”. Tánger tocó con las puntas de los dedos el pequeño saquito donde reposaban las tres piedras. Si aguzaba el oído, podría oír cómo zumbaban mientras el Poder caía por el sumidero que las tres piedras formaban, vibrando en un infinito juego de tonos violetas. Se volvió a colocar el saco bien fijo debajo de la ajustada cota de cuero que protegía su pecho.

De improviso, un temblor sacudió a Tánger. La torre del sur comenzó a lanzar destellos como si la persona que se encontrase a los mandos hubiese enloquecido. Muchos de ellos eran intraducibles. Tratando de mantener la calma, Tánger comenzó a replicar los mensajes que podía traducir. “Miles. Pausa. Son miles. Pausa. Flechas, bolas de fuego. Pausa…”. Un estruendo, atenuado por la distancia, hizo que todo lo demás perdiera interés. La torre del camino del sur comenzó a ser devorada por unas llamas anaranjadas. La columna de humo era espesa. Tánger notó cómo sudaba bajo la flexible cota de cuero con refuerzos en las zonas vitales. “¡Qué diablos pasa!” pensó, perdiendo el control. Volvió a tocar el saco de las piedras y lo agarró para deshacerse de él  pero paró en seco. “Se lo prometí. Nunca más”. Rápidamente se levantó en su puesto. Tomó la palanca que comandaba el diafragma y rápidamente tecleó “La torre depuesto del sur está siendo atacada. Espacio. Lo que hemos esperado hace años está ocurriendo. Nos atacan.”

Se fijó a la espalda las dos cimitarras curvas que había aprendido a manejar como extensiones de sus manos durante el entrenamiento militar al que toda la población había sido sometido una vez que la Magia y los Guardianes reconocieron que no podían hacer más que mantener el Escudo de la Zona, y saltó por la fachada de la torre agarrada al tubo de descenso que había hecho colocar para casos como este. Mientras bajaba los pisos hasta el suelo calculó mentalmente. “La torre está a unos diez kilómetros. Los caballos tardarán una hora aproximadamente. Los hombres nunca menos de dos”.

Por eso, cuando los vio aparecer por entre los árboles gritando como bestias salvajes supo que todo estaba perdido.

El primero que apareció la localizó al momento. Era grande, no musculoso pero sí fuerte, rapado y tatuado con grandes marcas azules., visibles a través de la mínima ropa que portaba Pesaría más de cien kilos, el doble que ella. Sus ojos, inyectados en sangre, y su boca, sin dientes, dieron cuenta de su descubrimiento. Tánger sabía que era fundamental que no indicase a los que venían detrás que ella estaba allí.

Avanzó corriendo hacia el salvaje desenfundando las espadas curvas. El hombre río profusamente pero, al menos, no dio la voz de alarma a los que le seguían. Les separaban de los otros unos cincuenta metros. “Los otros aún no me han visto. Han debido acudir por la curiosidad de ver qué hay en el molino abandonado” pensó. Corrió más rápido. Cuando le quedaban unos diez metros de distancia, el hombre balanceó la maza, un martillo de más de metro y medio, que le costaba manejar. Al cubrir el arco , dirigido con precisión hacia ella, el martillo zumbó como una piedra lanzada con una honda. Si le daba en la cabeza la mataría al instante pero Tánger era mucho más ágil que aquella maza. Sin parar de correr, dobló la espalda evitando la maza y lanzó un arco cruzado con ambas cimitarras. Las piernas del hombre fueron seccionadas y cayó al suelo entre gritos. Antes de que sufriese más de la cuenta, Tánger describió de nuevo otro arco, separando la cabeza del cuerpo del hombre. Era la primera vez que mataba a un hombre. Llevaba más de tres años practicando con sacos llenos de grano. La sangre que le salpicó el rostro y el cuerpo era pegajosa y la notó caliente. Sintió unas arcadas que no pudo refrenar y vomitó perdiendo unos segundos mientras el segundo hombre se acercaba alertado por los gritos de su compañero.

Este, menos grande, más ágil, también llevaba una maza pero más pequeña, más manejable. El primer golpe dio a Tánger en la pierna izquierda, bajo la rodilla. El golpe no le rompió ningún hueso gracias a las protecciones que llevaba, pero sí que hizo que cayera y la espada de la mano izquierda se le resbalase. Una flecha se clavó a escasos centímetros de su cara. Había un tercer hombre a unos quince metros, un arquero. Otra flecha rebotó en la placa que cubría su hombro derecho. Tánger agradeció las pequeñas placas de metal que su padre había encastrado entre los pliegues del cuero endurecido de su cota y de sus protecciones pero sintió un dolor muy parecido a cuando te acertaba una piedra lanzada por una honda debido al impacto de la cabeza de la flecha.

El hombre de la maza describió un nuevo arco apuntando a su cuerpo. Tánger estaba muy dolorida. Alguna vez había luchado contra Jeremías y éste le había propinado algún puñetazo pero nunca había sentido el dolor que ahora sentía en la pierna y en el hombro. La maza ya viajaba hacia su rostro. Sin mucho tiempo a pensar, giró sobre sí misma aplastando la flecha que se había clavado instantes atrás en el suelo, sintiendo cómo se rompía y cómo trataba de clavarse en su cuerpo entre los pliegues de sus protecciones, pero la cota volvió a hacer su trabajo. La maza golpeó el suelo y Tánger vio cómo se clavaba donde unos instantes antes estaba su cara. El hombre trató de levantarla de nuevo pero Tánger ya había cargado su brazo derecho y había lanzado un certero golpe al bárbaro. El brazo derecho fue seccionado de cuajo justo por el codo, el izquierdo no terminó de desprenderse, quedándose colgando por algo blanquecino que le parecieron unos tendones mezclados con los huesos. El hombre gritó más de lo que nunca había oido jamás gritar a un hombre. Sin embargo, dos flechas pasando a escasos centímetros de su cuerpo hicieron que volviera a concentrarse en lo que realmente era importante, mantener la vida.

La espada que había perdido estaba a un par de metros, seguramente el bárbaro la había alejado de un puntapié, ella no se había dado cuenta. Vio al arquero a unos diez metros. Sin pensarlo, lanzó la cimitarra que aún mantenía en la mano derecha. El hombre la miró con sorpresa, pero esquivó el arma. No era un hombre muy diferente que los que ella había conocido. Tenía el pelo más largo que su padre pero los mechones canosos que lo poblaban hizo que se lo recordase. Durante un par de segundos pensó si alguna chica como ella lo esperaba en su poblado bárbaro del Sur, quizá para festejar con el botín de la victoria, con los esclavos dispuestos para venderlos y hacerlos ricos. Sonrió. Cogió la espada del suelo. El hombre sacó un cuchillo largo y tiró el arco. El otro bárbaro, al que había cortado los brazos, seguía gritando.

“Mira a los ojos a tu oponente”, su padre Luca siempre se lo decía. Era evidente que Luca nunca había peleado en una situación parecida pero a Tánger no se le ocurriría dudar de la idoneidad de mirar a los ojos a su oponente. El bárbaro era el más pequeño de los tres. Sin tatuajes. Con ropa bastante normal para lo que ella estaba acostumbrada. Pelo largo y canoso. Y muy delgado. Cuando lanzó la primera estocada, Tánger se dio cuenta de que también era el más peligroso. El filo del cuchillo describió una trayectoria desde abajo hacia arriba, muy arriba, algo que ella nunca hubiera creído posible. Le corto el cuello. Tánger supo al instante que la herida era muy superficial, brotaría algo de sangre pero no era grave, pero lo que sintió le preocupó mucho más. Miedo. En un instante, toda la adrenalina de la situación le abandonó y fue sustituida por una sensación absoluta de miedo que estuvo a punto de paralizarla. Pero no podía permitírselo porque aquel hombre ya le estaba lanzando otra estocada, esta vez dirigida a ensartar ese largo cuchillo en su tripa. Tánger se giró un poco e hizo presa a la muñeca del hombre con la mano izquierda. Cuando él intentó desasirse, ella se giró dejando el brazo de él en su espalda pero sin soltar su muñeca. Cuando terminó de dar la vuelta impulsó al bárbaro que giró un poco desorientado. Muy poco. Lo suficiente para que ella lanzase un golpe de arriba a bajo. El hombre consiguió esquivar la espada tirando la cabeza para atrás pero, lamentablemente, al hacer eso, su abdomen quedó expuesto hacia adelante. El filo lo abrió en un instante y todos sus intestinos salieron expulsados en un instante, como si estuvieran allí guardados a presión.

Tánger volvió a sentir el golpe antes de saber quién se lo daba. Mientras caía al suelo vio el brazo colgando del bárbaro que aún quedaba, maltrecho, con vida. Cayó encima de las vísceras del despojo en el que se había convertido el que acababa de morir. Allí, entre todos aquellos restos, Tánger se sobrepuso a las arcadas para, con toda la fuerza de voluntad que pudo reunir, ponerse de rodillas e impulsar la espada que aún apretaba fuertemente en su mano derecha. El impulso fue tal que la espada se abrió camino en el bárbaro y no ofreció la resistencia necesaria para evitar que ambos se cayeran. Allí, sobre su última víctima, Tánger comenzó a temblar y a llorar sin poder parar.

Transcurridos unos instantes, Tánger se levantó. Algo dentro de ella había cambiado, quizá roto, anestesiado seguro. Miró a los cadáveres de los que hasta hacía unos instantes habían tratado matarla. Limpió las hojas de sus cimitarras, se colgó el arco atravesado y cargó el carcaj con las flechas del bárbaro que le había recordado a su padre. “Ya no volverá a su pueblo para repartir su botín con su hija. Yo no soy un botín”, pensó. Era evidente que habría más bárbaros en el bosque, debía ocultar de lamedor manera los cuerpos.

Las campanas de la ciudad empezaron a sonar. Tánger miró a la muralla. Allí donde se apoyaba el edificio de la Escuela. Allí, donde su madre París daba clase a todos los escolares de Lento Fluir. Allí exactamente donde ahora unas llamas anaranjadas se abrían paso. “¡Mamá!” Gritó, sorprendiéndose de oír su propia voz tan alto después de haber permanecido en absoluto silencio toda la batalla. Unos ruidos en la espesura seguidos de las profundas voces de aquellos hombres rudos del Sur hicieron que comenzase a correr dejando todo atrás. Si corría con suficiente velocidad podría cubrir los kilómetros que la separaban de la muralla en menos de una hora. Una gran bola de fuego impactó en la muralla y el edificio de la escuela, al menos parcialmente, desapareció entre una nube de humo. “¡Mamá, no!” volvió a gritar. Con un movimiento muy rápido se arrancó el saquito de las pequeñas piedras y saltó en dirección a la ciudad.

El Hombre Encadenado – Capítulo 8 – El Fin de la Magia

Si no has leído los capítulos anteriores, por favor navega por el blog para leerlos antes de continuar.

A partir de aquí El Hombre Encadenado – Capítulo 8 – El Fin de la Magia


– Señor… Señor – el pequeño recorría las calles principales de Lento Fluir a la carrera, con un estrecho papel en su mano, ondeándolo al viento. El niño gritaba tratando de llamar la atención de Tiago Bell, el representante de la localidadr en el Consejo de la Marca-. Señor Bell, señor Bell.

Tiago, despreocupado, se paró en mitad de la calle, aparentando indiferencia mientras trataba de averiguar quién le llamaba. “Parece el pequeño de los Hudson” pensó. Cualquier otro crío habría despertado en él la más profunda indiferencia, todos menos ese. Jonás Hudson, su padre, era el responsable del “Telégrafo de luz”, el dispositivo de espejos con nombre rimbombante que su hermano Luca había puesto en funcionamiento algunos años atrás y que hacía posible la comunicación de la pequeña población con las de alrededor y, lo más importante para Tiago, con la capital, Bruma Azul.Tiago sabía que sólo una comunicación importante de la capital habría impulsado a Jonás a mandar tras él a su hijo pequeño. Así que se paró en seco donde se encontraba, en mitad de la calle principal de la localidad, con todo el resto de vecinos mirándole de reojo, y esperó pacientemente a que el pequeño llegase a su altura.

– Señor Bell, tome este mensaje. Es de Bruma Azul, del Consejo – le comunicó el pequeño, “como si hiciese falta gritarlo en mitad de la calle” pensó contrariado Tiago.

“Venga inmediatamente. Hágase acompañar del Guardián. Dígale que es urgente. Él sabrá proceder”. El mensaje no había sido traducido, seguía expresado en los puntos y las rayas con los que los encargados de los telégrafos se comunicaban y que eran apuntados siguiendo directamente los reflejos y la duración de los mismos en los espejos de comunicación. El señor Hudson había considerado que Tiago no necesitaba esa traducción pues el abecedario era una invención de su hermano Luca y ambos, Jonás y Tiago, lo habían aprendido directamente del inventor al mismo tiempo unos años atrás.

– Pequeño – dijo dirigiéndose al jovencísimo Hudson -. ¿Sabes dónde se encuentra el Guardián Cloud?

El pequeño lo miró y negó con la cabeza.

– Estará en su casa. Mi padre me ha dicho que era muy urgente darle este mensaje, nada más, señor.

Tiago buscó en una de sus bolsillos y le dio un par de monedas al chico. Pensativo, retomó su camino unos pasos. “Si no está en la Casa de los Guardianes, en cuyo campanario está colocado el espejo del Telégrafo, estará en su casa. Está a poca distancia desde aquí”.

Tiago caminó rápido, apresurado, casi tropezándose con las baldosas de la calle, recorriendo lo más rápido que podía los cientos de metros que le separaban de la casa donde Cloud vivía. Al llegar a la puerta, la golpeó con fuerza.

– Cloud, Cloud, ¡salga, es urgente!

Tras unos segundos en los que no pasó nada, que a Tiago se le hicieron eternos, una de las ventanas del primer piso se abrió y dejó ver a un Travis Cloud despeinado y con mala cara.

– ¿Qué ocurre, Bell? – gruñó el Guardián, con un tono de enfado, como si hubiera pasado una noche de perros.

– Rápido Cloud, necesito que lea un mensaje del Telégrafo.

El Guardián, sin cambiar de expresión, cerró rápidamente la ventana. Menos de un minuto después abría la puerta de la casa e indicaba a Tiago Bell que entrase en la misma.

Tiago, entregó el mensaje al Guardián sin darse cuenta de que este no sabía interpretar los garabaratos de la comunicación.

– Disculpe, Cloud. El mensaje nos pide que, con mucha urgencia, viajemos los dos hasta Bruma Azul. Dice que es muy urgente, que usted sabrá cómo proceder.

Cloud hizo un gesto de comprensión que Tiago no supo si catalogar de fastidio o de preocupación. Las palabras del Guardián le sacaron de dudas.

– Entiendo. Esto es preocupante. Discúlpeme unos minutos. ¿Está listo para salir?

– Claro. Tendremos que ir a por los caballos y haré algo de equipaje. Bruma Azul se encuentra a un par de días de viaje desde aquí.

El Guardián emitió una pequeña carcajada, antes de desaparecer por una de las puertas. Cuando reapareció, todos los síntomas de cansancio y apatía habían sido borrados de su faz.

– Prepárese, Bell. Vamos a viajar.

El Guardián giró ambas  manos entorno a un círculo imaginario mientras un ensalmo surgía lentamente de entre sus labios. Las palabras comenzaron a aumentar de volumen mientras giraba y giraba las manos. Al cabo de unos segundos, con sorpresa, Tiago pudo distinguir cómo las manos del Guardián dejaban un pequeño rastro de algo parecido a un humo violeta. Travis elevó el tono y giró un poco más despacio las manos. El humo se transformo en una especie de marco mientras el interior comenzaba a llenarse de reflejos. A Tiago siempre le sorprendía el uso de la Magía, pero aquella vez supo que lo que iba a ver iba a ser realmente especial.

Pasados un par de minutos, el Guardián movió sus manos y el conjunto de las brumas que formaban una especie de marco y un espacio en su interior,que resplandecía con reflejos violetas, ocupó un lugar enfrente de los dos. Travis cerró el conjuro con un “así sea” muy alto y, de pronto, detrás del marco brumoso ya no se veía la habitación de la casa sino un largo pasillo, que Tiago identifico como el pasillo de la casa del Consejo de Bruma Azul que conducía hacia la Gran Sala de Juntas del Consejo. Todo podía ocurrir si un Mago estaba implicado. “Increíble” se dijo maravillado.

El Guardián le hizo un gesto para que le siguiera y atravesaron el marco. Mientras pasaba a través, sintió un hormigueo generalizado que se detenía y se reanudaba, sobre todo en la parte inferior de la espalda y en la punta de las orejas. Un hormigueo que se convertía en algo casi insoportable. Una vez atravesado, el hormigueo cesó y fue sustituido por una sensación de frío. Por raro que todo pareciese acababan de recorrer una distancia enorme en un pequeño salto. Pero allí estaban. En la Casa del Consejo de Bruma Azul, a dos días de viaje de la casa del Guardián, allí en Lento Fluir.

Apremiado por el Guardián de una manera que hizo que el prodigio que acababa de vivir no lo detuviera, Tiago avanzó, casi corriendo, hasta llegar a la Gran Sala de Juntas. Allí, frente a un mapa donde se representaba una porción del Continente centrada en la Marca del Sur, la mesa estaba llena, con el resto de representantes ya sentados. Los presentes les hicieron un gesto impaciente para que se sentasen. Allí estaban todos los enviados de las poblaciones de la Marca del Sur junto a los Guardianes de cada encomienda: Bruma Azul, la capital, Lento Fluir, Suave Amanecer, Vientos Cálidos, Luz del Alba y Arroyo Azul. Cuando los doce estuvieron sentados, repartiéndose a ambos lados de la mesa y dejando sólo dos sillas vacías en la presidencia, aparecieron el Guardian de la Marca y el Representante del Consejo, las dos personas más poderosas de toda la región.

El Representante, Lewis Duham, habló primero mientras se sentaba en una de las dos sillas.

– Bienvenidos todos. Quisiera agradeceros la rapidez con la que habéis respondido a la llamada del Consejo, incluso aquellos de vosotros que os encontráis más alejados – dijo mientras saludaba con la mirada a Tiago -.

El Guardián de la Marca del Sur, Arthur Dupree, superior de todos los Guardianes de las poblaciones que formaban la Marca, carraspeó antes de añadir con una voz de barítono que provocaba que todos fijasen en él su atención.

– Algunos lo sabéis. Otros lo intuís. La realidad es que algo está ocurriendo y no debemos ocultar más la verdad – los cuchicheos interrumpieron al Guardián-. Por favor, un poco de silencio. Tres Guardianes de la Fortaleza del Norte han muerto en las últimas dos semanas en extrañas circunstancias. Además, no ha habido descarga de Poder en la Sala de la Fortaleza del Norte desde hace casi seis meses – algunos de los presentes silbaron con admiración -.  Seis meses. El Poder se agota por todos los sitios. Nuestras órdenes son mantener el Escudo pase lo que pase. El resto es secundario.

– Estamos en una situación de emergencia, señores – añadió Duham-. Como el Guardian Dupree acaba de decir, escasea la Magia y alguien parece estar atacando el lugar más protegido del poder de los Guardianes. Necesitamos prepararnos para lo peor.

Las caras de los representantes de las poblaciones eran un fiel reflejo del miedo. Las conversaciones se solapaban sin control. El Representante Duham hizo grandes aspavientos para lograr que la calma volviese a la sala.

– Señores, un momento. Todos sabemos qué quiere decir todo lo que acaban de oír. Es probable que quedemos a merced de nuestros enemigos no dentro de mucho. Tanto las Piratas como los Señores de la Guerra que pueblan el Sur, en cuanto conozcan que hay problemas de escasez de Magia, se lanzarán sobre todos nosotros. Hasta el momento, todos estos hechos son secretos y deben jurar con sus vidas que no extenderán su conocimiento. Pero se terminarán sabiendo. La Fortaleza ha comunicado al Guardián Dupree que creen que este mes sí habrá descarga pero la situación vital del Hombre Encadenado es, cuando menos, discutible.

Tiago hizo un gesto llamando la atención del resto. Duham le dio la palabra.

– En Lento Fluir llevamos años preparándonos para algo así – comenzó a decir ante los gestos de sorpresa del resto -. Mi hermano, el que alguno llamáis “científico” – pronunció la palabra lentamente de forma deliberada, remarcando la aversión que le producía- ha preparado una serie de protecciones contra posibles enemigos en previsión de que algo parecido ocurriese, que debiésemos recurri a nosotros mismo para protegernos ante un enemigo externo. Podemos compartir los planes con vosotros, creo que se pueden trasladar a todas ls poblaciones. Si dispusiéramos de un año o año y medio, creo que podríamos mejorar las defensas de las poblaciones de la Marca y, al menos, resistir los primeros ataques.

El Representante Duham asintió complacido ante la intervención de Tiago.

– Excelente señor Bell. Un plan ante la adversidad. Esto es lo que se necesita en situaciones de emergencia. Por favor, disponga de lo que necesite por parte del Consejo. Le conmino a preparar con el resto de responsables de cada localidad, de manera urgente, un plan de refuerzo de cada una de ellas. Trasplantaremos todo aquello que ustedes han hecho en Lento Fluir al resto de poblaciones observando sus peculiaridades.

El resto de responsables civiles asintieron aliviados ante el ofrecimiento de Tiago. “Aquí puede estar mi posibilidad de sustituir en un futuro a Lewis Duham” pensó él satisfecho.

– Señor – dijo tomando la palabra el Guardián Cloud y dirigiéndose a su superior Dupree-. Señor, el Representante ha comentado que han habido tres muertes en la Fortaleza. ¿Puede decirnos quienes han sido las víctimas?

El Guardián Dupree miró a su subordinado. Lo conocía desde hacía años y no le gustaba. No soportaba las preguntas que hacía, no soportaba cómo lo miraba, cómo hablaba. Desde la primera ver que el viejo Torben lo había traído a su presencia había sentido rechazo hacia él. Sin embargo, era un apregunta justa y debía tratar de contestarla.

– Tres Guardianes principales han muerto. Asesinados. Ya sólo quedan trece – los Guardianes presentes se llevaron las manos a la cabeza gritando “no es posible” -. No sabemos nada más. Creemos que no es casualidad que el Hombre esté tan enfermo y que esta ola de asesinatos se produzca.

– Señor – volvió a intervenir Travis -. Si alguien está asesinando Guardianes Principales en la Fortaleza, ninguno estamos a salvo. Si en el centro de nuestro poder nos asesinan…

Travis calló. No era necesario continuar. Si ni siquiera en la Fortaleza los Guardianes estaban a salvo. Si eso lo sabían los representantes del pueblo. Si los pueblos se debían proteger por sí mismos porque eran incapaces de protegerles los Guardianes y su Magia… si todo eso estaba ocurriendo, entonces no estaban ante una emergencia. Estaban ante el fin de los Guardianes y el fin de la Magia.