El Hombre Encadenado – Capítulo 9 – No soy un Botín

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A partir de aquí el Capítulo 9 de la Novela El Hombre Encadenado.


Hacía frío. Tánger se frotó las manos de manera vigorosa tratando de que volviesen a la vida. Sus mitones dejaban al aire la parte final de cada una de sus pequeñas extremidades. A pesar del frío, necesitaba la destreza que le daban sus dedos para manejar las pequeñas palanquitas del espejo instalado en el piso superior del molino que servía como sede de la Hermandad. Ese espejo, allí colocado, era utilizado como repetidor del servicio de telégrafo de luz. Servía como enlace entre el puesto más allá del Sur y la Torre de la casa del Guardián en Lento Fluir. Allí, Tánger recibía, transcribía y repetía los mensajes orientando el espejo hacia la ciudad. Ella misma había insistido durante días a su padre Luca para lograr que se instalase allí y que ella formase parte de los turnos de su operación. Luca, obviamente, se resistió todo lo que pudo, hasta que la joven elevó la petición a su tío Tiago. A este, cómo no, le pareció una idea excelente que los jóvenes se comprometiesen de esa manera con la seguridad de la ciudad. Es más, en la siguiente reunión del Consejo de la Marca lo propuso para que el resto de localidades replicaran ese planteamiento.

Unos leves brillos en el sur le sacaron de su ensimismamiento. “Sólo es el mensaje de control. Todo sigue bien”. Mecánicamente pulsó la palanca de emisión tres veces consecutivas, el espejo cóncavo que estaba dirigido hacia la ciudad zumbó ligeramente debido a que el diafragma que lo cubría dejó pasar tres veces el brillo del sol. Tánger miró hacia Lento Fluir. Allí, en la torre de la Casa de los Guardianes, sobre el reloj que permanecía parado desde hacía más de tres años, cuando la magia dejó de manar libremente por la Marca, alguno de los Hudson recibió la señal y respondió con un brillo largo. “Todo sigue bien”, se dijo.

Miró de nuevo hacia la ciudad. Apoyada sobre la muralla erigida hacia unos años por su padre, se encontraba la escuela donde su madre estaría dando clase. Tánger ya había terminado la escuela antes del último verano, había cumplido dieciocho, pero seguía extrañando asistir a esas clases comunes donde niños y adolescentes de todas las edades eran enseñados por su madre con una paciencia infinita.

“Todo podría ser diferente”. Tánger tocó con las puntas de los dedos el pequeño saquito donde reposaban las tres piedras. Si aguzaba el oído, podría oír cómo zumbaban mientras el Poder caía por el sumidero que las tres piedras formaban, vibrando en un infinito juego de tonos violetas. Se volvió a colocar el saco bien fijo debajo de la ajustada cota de cuero que protegía su pecho.

De improviso, un temblor sacudió a Tánger. La torre del sur comenzó a lanzar destellos como si la persona que se encontrase a los mandos hubiese enloquecido. Muchos de ellos eran intraducibles. Tratando de mantener la calma, Tánger comenzó a replicar los mensajes que podía traducir. “Miles. Pausa. Son miles. Pausa. Flechas, bolas de fuego. Pausa…”. Un estruendo, atenuado por la distancia, hizo que todo lo demás perdiera interés. La torre del camino del sur comenzó a ser devorada por unas llamas anaranjadas. La columna de humo era espesa. Tánger notó cómo sudaba bajo la flexible cota de cuero con refuerzos en las zonas vitales. “¡Qué diablos pasa!” pensó, perdiendo el control. Volvió a tocar el saco de las piedras y lo agarró para deshacerse de él  pero paró en seco. “Se lo prometí. Nunca más”. Rápidamente se levantó en su puesto. Tomó la palanca que comandaba el diafragma y rápidamente tecleó “La torre depuesto del sur está siendo atacada. Espacio. Lo que hemos esperado hace años está ocurriendo. Nos atacan.”

Se fijó a la espalda las dos cimitarras curvas que había aprendido a manejar como extensiones de sus manos durante el entrenamiento militar al que toda la población había sido sometido una vez que la Magia y los Guardianes reconocieron que no podían hacer más que mantener el Escudo de la Zona, y saltó por la fachada de la torre agarrada al tubo de descenso que había hecho colocar para casos como este. Mientras bajaba los pisos hasta el suelo calculó mentalmente. “La torre está a unos diez kilómetros. Los caballos tardarán una hora aproximadamente. Los hombres nunca menos de dos”.

Por eso, cuando los vio aparecer por entre los árboles gritando como bestias salvajes supo que todo estaba perdido.

El primero que apareció la localizó al momento. Era grande, no musculoso pero sí fuerte, rapado y tatuado con grandes marcas azules., visibles a través de la mínima ropa que portaba Pesaría más de cien kilos, el doble que ella. Sus ojos, inyectados en sangre, y su boca, sin dientes, dieron cuenta de su descubrimiento. Tánger sabía que era fundamental que no indicase a los que venían detrás que ella estaba allí.

Avanzó corriendo hacia el salvaje desenfundando las espadas curvas. El hombre río profusamente pero, al menos, no dio la voz de alarma a los que le seguían. Les separaban de los otros unos cincuenta metros. “Los otros aún no me han visto. Han debido acudir por la curiosidad de ver qué hay en el molino abandonado” pensó. Corrió más rápido. Cuando le quedaban unos diez metros de distancia, el hombre balanceó la maza, un martillo de más de metro y medio, que le costaba manejar. Al cubrir el arco , dirigido con precisión hacia ella, el martillo zumbó como una piedra lanzada con una honda. Si le daba en la cabeza la mataría al instante pero Tánger era mucho más ágil que aquella maza. Sin parar de correr, dobló la espalda evitando la maza y lanzó un arco cruzado con ambas cimitarras. Las piernas del hombre fueron seccionadas y cayó al suelo entre gritos. Antes de que sufriese más de la cuenta, Tánger describió de nuevo otro arco, separando la cabeza del cuerpo del hombre. Era la primera vez que mataba a un hombre. Llevaba más de tres años practicando con sacos llenos de grano. La sangre que le salpicó el rostro y el cuerpo era pegajosa y la notó caliente. Sintió unas arcadas que no pudo refrenar y vomitó perdiendo unos segundos mientras el segundo hombre se acercaba alertado por los gritos de su compañero.

Este, menos grande, más ágil, también llevaba una maza pero más pequeña, más manejable. El primer golpe dio a Tánger en la pierna izquierda, bajo la rodilla. El golpe no le rompió ningún hueso gracias a las protecciones que llevaba, pero sí que hizo que cayera y la espada de la mano izquierda se le resbalase. Una flecha se clavó a escasos centímetros de su cara. Había un tercer hombre a unos quince metros, un arquero. Otra flecha rebotó en la placa que cubría su hombro derecho. Tánger agradeció las pequeñas placas de metal que su padre había encastrado entre los pliegues del cuero endurecido de su cota y de sus protecciones pero sintió un dolor muy parecido a cuando te acertaba una piedra lanzada por una honda debido al impacto de la cabeza de la flecha.

El hombre de la maza describió un nuevo arco apuntando a su cuerpo. Tánger estaba muy dolorida. Alguna vez había luchado contra Jeremías y éste le había propinado algún puñetazo pero nunca había sentido el dolor que ahora sentía en la pierna y en el hombro. La maza ya viajaba hacia su rostro. Sin mucho tiempo a pensar, giró sobre sí misma aplastando la flecha que se había clavado instantes atrás en el suelo, sintiendo cómo se rompía y cómo trataba de clavarse en su cuerpo entre los pliegues de sus protecciones, pero la cota volvió a hacer su trabajo. La maza golpeó el suelo y Tánger vio cómo se clavaba donde unos instantes antes estaba su cara. El hombre trató de levantarla de nuevo pero Tánger ya había cargado su brazo derecho y había lanzado un certero golpe al bárbaro. El brazo derecho fue seccionado de cuajo justo por el codo, el izquierdo no terminó de desprenderse, quedándose colgando por algo blanquecino que le parecieron unos tendones mezclados con los huesos. El hombre gritó más de lo que nunca había oido jamás gritar a un hombre. Sin embargo, dos flechas pasando a escasos centímetros de su cuerpo hicieron que volviera a concentrarse en lo que realmente era importante, mantener la vida.

La espada que había perdido estaba a un par de metros, seguramente el bárbaro la había alejado de un puntapié, ella no se había dado cuenta. Vio al arquero a unos diez metros. Sin pensarlo, lanzó la cimitarra que aún mantenía en la mano derecha. El hombre la miró con sorpresa, pero esquivó el arma. No era un hombre muy diferente que los que ella había conocido. Tenía el pelo más largo que su padre pero los mechones canosos que lo poblaban hizo que se lo recordase. Durante un par de segundos pensó si alguna chica como ella lo esperaba en su poblado bárbaro del Sur, quizá para festejar con el botín de la victoria, con los esclavos dispuestos para venderlos y hacerlos ricos. Sonrió. Cogió la espada del suelo. El hombre sacó un cuchillo largo y tiró el arco. El otro bárbaro, al que había cortado los brazos, seguía gritando.

“Mira a los ojos a tu oponente”, su padre Luca siempre se lo decía. Era evidente que Luca nunca había peleado en una situación parecida pero a Tánger no se le ocurriría dudar de la idoneidad de mirar a los ojos a su oponente. El bárbaro era el más pequeño de los tres. Sin tatuajes. Con ropa bastante normal para lo que ella estaba acostumbrada. Pelo largo y canoso. Y muy delgado. Cuando lanzó la primera estocada, Tánger se dio cuenta de que también era el más peligroso. El filo del cuchillo describió una trayectoria desde abajo hacia arriba, muy arriba, algo que ella nunca hubiera creído posible. Le corto el cuello. Tánger supo al instante que la herida era muy superficial, brotaría algo de sangre pero no era grave, pero lo que sintió le preocupó mucho más. Miedo. En un instante, toda la adrenalina de la situación le abandonó y fue sustituida por una sensación absoluta de miedo que estuvo a punto de paralizarla. Pero no podía permitírselo porque aquel hombre ya le estaba lanzando otra estocada, esta vez dirigida a ensartar ese largo cuchillo en su tripa. Tánger se giró un poco e hizo presa a la muñeca del hombre con la mano izquierda. Cuando él intentó desasirse, ella se giró dejando el brazo de él en su espalda pero sin soltar su muñeca. Cuando terminó de dar la vuelta impulsó al bárbaro que giró un poco desorientado. Muy poco. Lo suficiente para que ella lanzase un golpe de arriba a bajo. El hombre consiguió esquivar la espada tirando la cabeza para atrás pero, lamentablemente, al hacer eso, su abdomen quedó expuesto hacia adelante. El filo lo abrió en un instante y todos sus intestinos salieron expulsados en un instante, como si estuvieran allí guardados a presión.

Tánger volvió a sentir el golpe antes de saber quién se lo daba. Mientras caía al suelo vio el brazo colgando del bárbaro que aún quedaba, maltrecho, con vida. Cayó encima de las vísceras del despojo en el que se había convertido el que acababa de morir. Allí, entre todos aquellos restos, Tánger se sobrepuso a las arcadas para, con toda la fuerza de voluntad que pudo reunir, ponerse de rodillas e impulsar la espada que aún apretaba fuertemente en su mano derecha. El impulso fue tal que la espada se abrió camino en el bárbaro y no ofreció la resistencia necesaria para evitar que ambos se cayeran. Allí, sobre su última víctima, Tánger comenzó a temblar y a llorar sin poder parar.

Transcurridos unos instantes, Tánger se levantó. Algo dentro de ella había cambiado, quizá roto, anestesiado seguro. Miró a los cadáveres de los que hasta hacía unos instantes habían tratado matarla. Limpió las hojas de sus cimitarras, se colgó el arco atravesado y cargó el carcaj con las flechas del bárbaro que le había recordado a su padre. “Ya no volverá a su pueblo para repartir su botín con su hija. Yo no soy un botín”, pensó. Era evidente que habría más bárbaros en el bosque, debía ocultar de lamedor manera los cuerpos.

Las campanas de la ciudad empezaron a sonar. Tánger miró a la muralla. Allí donde se apoyaba el edificio de la Escuela. Allí, donde su madre París daba clase a todos los escolares de Lento Fluir. Allí exactamente donde ahora unas llamas anaranjadas se abrían paso. “¡Mamá!” Gritó, sorprendiéndose de oír su propia voz tan alto después de haber permanecido en absoluto silencio toda la batalla. Unos ruidos en la espesura seguidos de las profundas voces de aquellos hombres rudos del Sur hicieron que comenzase a correr dejando todo atrás. Si corría con suficiente velocidad podría cubrir los kilómetros que la separaban de la muralla en menos de una hora. Una gran bola de fuego impactó en la muralla y el edificio de la escuela, al menos parcialmente, desapareció entre una nube de humo. “¡Mamá, no!” volvió a gritar. Con un movimiento muy rápido se arrancó el saquito de las pequeñas piedras y saltó en dirección a la ciudad.