El Hombre Encadenado – Capítulo 10 – El Retorno del Poder

A partir de aquí el Capitulo Diez de El Hombre Encadenado – El Retorno del Poder

Travis Cloud estaba sentado en el suelo de piedra de la sala debajo del salón de su casa, apoyada la espalda en la mesa sobre la que descansaba la cabeza de su mentor Torben, ahora callada y tratando de consumir de la manera más lenta posible los pocos retazos de magia que la separaban del silencio final. El Guardian Cloud descansaba derrotado en el suelo respirando muy lentamente y observando cómo el vaho que salía de su boca en cada expiración se iba difuminando bajo los pequeños destellos violetas del poco Poder que aún quedaba en la estancia.

“No me equivoqué”, pensó. Habían pasado más de tres años sin volver a sentir la Magia en la joven Till. “No me equivoqué” volvió a repetirse, como los millones de veces antes. “No, lo sé, ella tiene Poder por sí misma. Lo sentí, lo sentí como ahora siento este condenado frío húmedo que se mete por mis huesos como unos dedos delgados y larguiruchos . Ella es Poder en estado puro, tal y como dijo Torben que ocurriría, hace tantos años. Que aparecería alguien. Un hijo de los Piratas. O una hija. Con el Poder brotando de su ser como le ocurre a ese que está encadenado. Como El Hombre de la Fortaleza. Alguien sobre el que construir una nueva realidad. Alguien con el que luchar por todo el Poder, el mágico y el real”. Travis dudaba,  ya no sabía si realmente había vivido aquella noche en la que la joven Tánger Till le miró con su ojos violetas y él sintió cómo el Poder, el auténtico Poder, rezumaba en su interior. Y cómo su persona se sentía tentada de saltar hacia ella y absorberlo hasta agotarla. Si eso era posible.

Y luego, la nada. Esa noche una explosión y después el vacío. Había tratado por todos los medios de formar parte de la vida de la muchacha y lo había conseguido. Era su mentor en la escuela, la persona, más allá de su familia, a la que ella acudía para consultarle una cosa o la otra. Su referente fuera de su casa. Pero nunca, nunca más, había sentido lo mismo. Como si, igual de repentino que el fogonazo que lo inundó todo aquella noche en el molino viejo donde los crios del pueblo jugaban a ser adultos aventureros antes de llegar a la edad de ser adultos aburridos, todo hubiera desaparecido, extinguido, como una llama sobre la que se echa un cubo de agua.

Los problemas no aparecen solos y la Magia de la Fortaleza había dejado de manar. La última comunicación de Surio había sido hacía seis meses. El plan continuaba, las noticias de nuevas muertes lo probaban, pero la cabeza, con su proverbial intuición, pensaba que Surio se impacientaba, que él y sus seguidores necesitaban alguna prueba para respaldar todo lo que habían hecho ya. De que la muerte accidental de diez de los dieciséis Guardianes Principales que habían orquestado no había sido para nada. “Vendría bien que esa chica tuya hiciese algo”, le había dicho la cabeza un par de veces. “Si fuese tan fácil” , pensó fastidiado él. ·

Tenía tan poco Poder que no podía pensar con claridad. Si tan sólo ese imbécil de Surio consiguiese que el Hombre Encadenado les diese una cantidad apreciable en el próximo paso de París por Tánger. Algo para volver a disponer de Magia de nuevo. No esas minucias que sólo les servían para mantener la Zona bajo el Escudo. Travis sacudió la cabeza, sabía que eso no tenía visos de ocurrir.

Cuando la cabeza abrió los ojos, Travis seguí sentado en el suelo. Por eso no se percató de que Torben volvía a la vida, saliendo de esa hibernación autoimpuesta para no consumir mucho Poder. Los ojos, secos tras tanto tiempo cerrados, tardaron mucho en poder moverse al unísono. Pero al final, lo hicieron. La voz fue aún más difícil de traer de nuevo del Otro Lado. 

-Travis -dijo carraspeando la cabeza-. Travis, levántate, estúpido ¿No lo notas?

Travis, como siempre le pasaba con la cabeza de su antiguo maestro, tuvo que ahogar sus deseos de cogerla de la mesa y lanzarla contra la pared para aplastarla y que nunca más le dijese nada. Respiró hondo. ¿A qué se refería su maestro? Sabía que debía hacerle caso, le había demostrado a lo largo de los años que poseía una visión de los acontecimientos fuera de lo común. 

Volvió a respirar hondo y trató de percibir tal y como le pedía Torben. Y lo notó. Allí, en el  fondo de la realidad, como una nota sostenida, muy baja al principio, monocorde, tanto que podía pasar desapercibida. Pero no. Allí estaba. Y no pudo contenerse.

-¡Poder! -Gritó, ansioso. Hambriento- ¡Poder!, ¡ahí está, demonios!, ¡ves cómo sí, cómo esa niña tenía Poder!

-Sí -confirmó la cabeza-. Tenías razón. Menos mal -concedió, aliviado.

Travis se levantó, aguzando aún más los sentidos. Ahí seguía, como un zumbido, aumentando el volumen poco a poco. Una nueva fuente de Poder que iluminaba toda la realidad sensorial de los dos magos. La estancia parecía incluso más iluminada que hacía unos momentos.

-Dios Todo Poderoso -susurró la cabeza con sorpresa-. Es increíble. Es realmente poderosa, Travis. Creo que más que el Hombre Encadenado.

La cabeza giró los ojos, poniéndolos en blanco. No se lo dijo al otro pero tenía miedo. Miedo del Poder desatado que estaban percibiendo. Nunca habría sospechado que sentiría eso cuando por fin encontrasen la nueva fuente tras tantos años de búsqueda infructuosa. Pero esa chica, esa chica pirata, era como una estrella a punto de explotar. O explotando, ¿quién lo sabía? No creía que Surio, Travis y él, juntos los tres y en su mejor momento, podrían domeñar a aquella rutilante potencia plena de Poder.

Travis Cloud, sin embargo, no pensaba en nada de eso. Sólo pensaba en que por fin podría decirle a Surio que moviese su gordo culo y viniese hasta el extremo de la Marca del Sur, a la población más fronteriza de todas aquellas que habían quedado bajo la protección de los Guardianes. Porque, juntos, cogerían a Tánger y la llevarían hasta la Fortaleza. De manera triunfal. Recogerían los pedazos en los que se había convertido todo el monstruo de la organización de los Guardianes y tomarían su poder. “El poder con el Poder”, susurró sonriendo. “El poder para luego, acabar con todos los demás” pensó, aún más feliz.

Unos golpes súbitos despertaron a ambos de sus ensoñaciones.

-¡Señor Cloud!, ¡Señor Cloud!, Ábrame por favor, es importante- la voz de un niño, seguida de golpes en la puerta, les interrumpió.

-¿Quién es, Travis? -Preguntó la cabeza-. Ahora lo importante es lo que es. Debes ir a por esa muchacha y no despegarte ella. NO dejes que vuelva a desapracer. Debemos saber dónde está en todo momento – “Sea lo que sea que hagamos con ella. Es demasiado peligrosa para no controlarla”, pensó, sin decirlo en voz alta.

Travis miró a su maestro con un odio incluso superior al habitual. Reconocía la voz, aunque no se lo dijo. “Para qué”, pensó. Era el pequeño de los Till, el hermano de Tánger, Job. El que era hijo de sus padres. Sin mediar palabra, dejó a la cabeza en su mesa y subió hacia su casa. Tropezó un par de veces debido a la poca iluminación de la estancia. Trabajosamente y utilizando las manos para guiarse, llegó hasta la trampilla que comunicaba el mundo inferior con el superior. En cualquier otra circunstancia, habría hecho un suave movimiento con las manos y la trampilla se habría abierto, permaneciendo los elementos de su salón en suspensión, todo gracias a la Magia. Sin embargo, ya no se podía permitir ese tipo de derroches. Empujó con el hombro la trampilla y sintió cómo el peso de la misma se oponía a su fuerza. Al tercer empellón, la trampilla se desencajó de su posición y giró sobre sus goznes con el chirrido acostumbrado. La alfombra estaba enrollada dejando el espacio para que girase la trampilla expedito. 

Los golpes continuaban en la puerta y los gritos de joven Job cada vez eran más estentóreos. Travis cerró la trampilla, volvió a colocar la alfombra y puso las sillas y mesa en su posición habitual para evitar que alguien se diese cuenta de que ahí abajo había algo. 

Con su gesto de enfado más trabajado abrió de manera violenta la puerta. 

-Jovencito -espetó con una voz seca y un gesto de censura en la mirada-. Espero que tengas una buena razón para golpear mi puerta.

Job Till, con esa pelirroja cabellera y esos ojos verdes heredados de su madre, tragó saliva asustado.

-Pero, no te quedes callado, demonios- rezongó el Guardian-. Y cuéntame qué te ha llevado a venir aquí gritando como un loco.

-Está bien, señor -tartamudeó-. Es mi hermana, señor. Los Señores de Sur nos atacan. ¿No lo ha oído, señor? La Escuela de mi madre arde. Y cuando todo parecía perdido, mi hermana apareció volando, lanzando flechas, matando a los invasores. Dándonos tiempo de preparar la defensa. Sin embargo, algo le pasó de repente … cayó desde el cielo desmayada y ahora casi no respira.

Travis, abrió los ojos ante la cascada de información. “¿cuánto tiempo llevaba ahía abajo compadeciéndome de mí mismo?” se dijo. Los Señores de la Guerra, esa escoria sureña, atacando la ciudad al fin. Habría muertos por doquier. Por mucho que ese simple de Luca se hubiera esforzado en dotar de defensas a la ciudad y todos los pobladores hubieran recibido formación militar, no tenían nada que hacer frente a un ejército del sur. Era un drama absoluto. Aunque, realmente, él sólo podía prestar atención a la última frase que había pronunciado Job. “Ahora casi no respira”. Todo lo demás no significaba nada para él. Preguntó:

-¿Ha matado a muchos? Tu hermana, quiero decir.

-Muchos, señor. Mi padre dice que dos cientos al menos, señor -respondió el pelirrojo.

“¡Mierda!” gritó enfadado Travis. “¿Cómo se le ha ocurrido matar?” pensó, furioso.

-Llévame a dónde la tengáis, ¡rápido, mocoso!