El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356

Si no has leído el resto de Capítulos de El Hombre Encadenado, por favor, navega por el blog para leerlos, los disfutarás!!

A partir de aquí, El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356


“Dominique” susurró la voz. “Dom 1356, despierte por favor” repitió de manera mecánica la voz del control mientras la iluminación de la estancia aumentaba lentamente su intensidad y cambiaba de color hacia un amarillo cálido.

Dominique abrió los ojos. La película de plástico traspirable que le cubría por completo le permitía abrir los ojos y respirar con normalidad pero dificultaba sus movimientos por lo que se tenía que desplazar muy despacio para evitar destruirla antes de tomar su ducha matutina con radicales de iodo que atraparían, junto a la película protectora biodegradable, toda la radiación acumulada durante el sueño nocturno. Se levantó, desperezándose despacio, y fue al baño. Un haz de luz ultravioleta emitida por unas lámparas ocultas en el recinto de apenas tres metros cuadrados, lo irradiaron de arriba a abajo, activando su pituitaria, terminando de activar su reloj biológico y eliminando los restos de cansancio de la noche. Se encontraba bien, dispuesto para una jornada de actividad.

“Ducha” indicó con voz monótona. El rociador de agua empezó a expulsar líquido en forma de spray en todo el habitáculo de tal manera que toda la película que lo recubría fue desapareciendo poco a poco por el desagüe. La sensación que lo inundó fue de libertad cuando pudo volver a respirar sin ningún filtro, por mucho que el aire que aspirase estuviera colmatado de metales pesados.

“Secar” dijo, con la misma voz aburrida. El agua dejó de manar y fue sustituida por unos chorros de aire a una temperatura cercana a la de su cuerpo. Tras varios minutos, se encontraba completamente seco.

“Traje”. Un lateral del cuarto de baño se abrió y apareció un mono con un tono gris con el símbolo de los Vigilantes dibujado sobre el brazo derecho. “Autorización diaria habilitada” dijo la voz del control mientras un código 3D aparecía grabado por láser en la zona derecha del pecho, un código que le autorizaba a entrar en todos los lugares que tenía programados acceder en el día. Dom se colocó el traje que, automáticamente, se le ajustó al cuerpo y comprobó el contador de radiación que también se encontraba en el pecho al lado del código 3D. El contador permanecía de color verde, no había que preocuparse.

Sobre la mesilla, al lado de la cama, habían aparecido dos pastillas pequeñas de color verde. Dom las tomó y tragó automáticamente, sin agua. No había que malgastar líquido. Gracias a la dosis de alimento que suponían esas dos pastillas estaría nutrido y saciado por unas veinticuatro horas, treinta y dos si no hacía mucho ejercicio físico.

Se colocó delante de la puerta de la habitación. Extendió la mano hacia la misma, que se abrió con un pequeño ruido de deslizamiento. El pasillo al que salió el vigilante tendría unos cuatrocientos metros, en los que habría el mismo número de puertas y habitaciones. Dom vivía en la planta veinticuatro bajo la superficie, en un bloque dedicado a funcionarios de categorías medias. Al final del pasillo, la puerta llevaba directamente al muelle del metro que le llevaría a su destino. Hoy el día era diferente a los demás. Había sido convocado por los Directores al Consejo Mensual de Dirección. En la Cúpula. Sobre la superficie. Sintió cómo el sudor le bañaba la frente al recordar a dónde se dirigía. No le gustaba la superficie. A ninguno de los habitantes de La Zona les gustaba la superficie.

Subir hasta el nivel treinta y tres, hasta la cúpula de la dirección general, costaba unas tres horas de intercambios entre metros y comprobaciones de seguridad. Tras todo el viaje, el contador de radiación de Dom había subido un par de rayitas. Dom se encontraba esperando en una sala iluminada por luz natural, algo muy difícil de vivir en la Zona, de dimensiones bastante grandes, algo también complicado de ver. Él estaba sentado en un banco esperando su turno para entrar a la sala del consejo mensual de seguimiento frente a la mesa de la Secretaria del Director General. Una chica de unos veinte cinco años, atractiva y con tez bronceada, lo que probaba que era de una clase social acostumbrada a la luz de la superficie, tomaba notas y notas tras la mesa. A unos veinte metros se encontraba la puerta de entrada al consejo. Unas amplias claraboyas dejaban entrar la luz. Dom se levantó y avanzó con precaución hacia una de las más próximas. Dejó unos cinco metros de distancia de seguridad como si al acercase más algo malo pudiera pasar y el exterior le absorbiese y tirase de él hasta llevarlo fuera. El sol, pálido, iluminaba los edificios extrayendo reflejos que le hicieron guiñar los ojos. Dom sabía que él, como Vigilante, y el resto de la población que pertenecía a los Productores, nunca vivirían más allá de la superficie. Esos niveles superiores sólo se reservaban para viviendas y oficinas de los Directores, la casta que gobernaba la Zona. Productores y Vigilantes, se conformaban con pequeñas habitaciones en niveles bajo tierra con una protección ante la radiación mucho menos eficaz. De los Sacerdotes, la otra casta que poblaba la Zona, poco se sabía y mucho menos de dónde vivían. Dom hizo visera con su mano. Sabía perfectamente que estaban en invierno y que el sol no despedía una luz tan brillante como para resultar molesto para todos esos Directores, pero para él era tan reluciente que casi le quemaba los ojos. Oyó un pequeño carraspeo a su espalda, era la joven secretaria.

-¿Dom 1356? -Preguntó de manera retórica.

-A sus órdenes -respondió utilizando también la fórmula habitual de los de su clase.

-Bien -añadió ella satisfecha. No parecía como otros directores que había conocido. Dom sabía que sólo era una pose, pero aún así no pudo evitar que le resultara agradable-. Acompáñeme, por favor, ¿cómo prefiere que le llame?, ¿Dominique?

Dom había oído que los Directores no se trataban utilizando el código de su registro genético. El resto de clases no podían permitirse ese lujo. “Todo debe quedar trazado” se dijo mentalmente utilizando una de las principales reglas de los Vigilantes.

-Dom 1356. Por favor -respondió secamente. Otra respuesta no hubiera sido aceptada.

La joven sonrió mostrando una perfecta dentadura. Era un palmo más baja que Dom, un metro setenta más o menos, con una melena rubia peinada con enrevesadas coletas fijadas entre ellas con unos lápices de madera de vistosos colores. Dom había contado tres. Siete con el que tenía en la mano y los otros tres sobre su mesa. Su frente era amplia y la nariz resultaba muy conjuntada con unos pómulos afilados y vistosos. Las manos parecían suaves y cuidadas. El traje que vestía era de Director con lo que estaba realizado en un suave algodón con un añadido de material elástico en un color verde muy favorecedor, no como el gris con propiedades anti suciedad que vestía él. Calzaba unas botas acabadas en unos finos tacones de algo que era una muy buena imitación del cuero. Dom no creía que fuera cuero de verdad. Nunca había visto cuero de verdad. Pero, tuvo que admitir, “con los Directores nunca se sabe”.

A veces, en las noches de vigilia protegiendo alguna zona de producción sometida a una huelga o evitando que pobres engañados tratasen de escapar atravesando el escudo y muriendo al instante, alguno de los Vigilantes veteranos contaban experiencias ocurridas trabajando como seguridad en alguna fiesta de Directores. El lujo que reinaba, las locuras que hacían. Dom creía que nada de eso podía ser real, pero como decía el viejo adagio “con los Directores, nunca se sabe”.

Ella se percató de que la miraba y sonrió un poco más.

-Sabe, Dom 1356. Hace mucho tiempo que no recibimos a uno de los “suyos” por aquí. Tengo curiosidad por saber qué le trae ante el consejo mensual.

Dom se dio cuenta de que la Directora que hablaba con él debía de ser psicóloga social o investigadora del comportamiento. Él constituía el espécimen perfecto para su curiosidad. Decidió permanecer parapetado bajo la  apariencia de frío soldado que le servía de armadura en todas las situaciones aversivas a las que se enfrentaba en servicio.

-No tengo ni idea, señora- respondió mecánicamente y remarcando el “señora” para dejar claro  que la jerarquía le imposibilitaba cualquier relación con ella, aunque fuese una cálida charla.

-Está bien -dijo fastidiada al entender que aquél Vigilante quedaba lejos de su poder de fascinación-. Acompáñeme.

La joven lo guió por la estancia hasta llegar a la puerta que comunicaba con el consejo. La abrió y atravesó resuelta sin esperarle, tan rápido que él casi tuvo que corretear para colocarse a su altura. Se encontraban en un largo pasillo, con una mullida alfombra que hacía que las duras pisadas de Dom rebotasen. En las paredes del pasillo estaban colgados los cuadros de todos los directores generales desde el Evento. Desde Arthur Perkin, fundador de la Perkin´s Industrial S.A. y primer Director General. Un total de veinte directores hasta llegar al actual Julius. Julius Perkin, como le gustaba ser conocido aunque no tenía ningún parentesco con el original. Dom sólo lo había visto por la tele.

-Tiene suerte, Dom 1356 -dijo sonriendo la joven-. La Sala De Juntas es totalmente acristalada. Por eso la gente “de abajo” la llama “la Cúpula” -añadió remarcando la horrible manera cómo se referían los directores al resto de castas-. Hoy hace un día de invierno soleado. Disfrutará de la vista en todo su esplendor.

Y con esas palabras abrió una puerta y le indicó que pasase.

La sala era efectivamente espectacular. Debía de tener unos trescientos metros de longitud y el techo… el techo era una cúpula totalmente acristalada. La sensación era lo más cercano a estar en el exterior. Dom comenzó a sudar y sintió un pequeño ahogo.

No era la primera vez que tenía esa sensación como de vértigo. Hacía unos años había defendido una zona muy específica del escudo. Le habían reclutado para vigilar un área en la que parecía que habían aumentado los intentos de franquearlo. Cientos de pobres productores trataban de pasar al otro lado olvidando que eso era imposible y que significaba una muerte segura. Sin embargo, movidos por la desesperación y engañados por algún estafador se acercaban a ese lugar armados únicamente por tres piedras pequeñas del tamaño de pequeños botones, con los que aseguraban que podrían abrir un boquete en el escudo y pasar al otro lado. Algunos no atendían a razones y debían ser eliminados, otros admitían el error y eran enviados a reeducar. Durante los meses que duró la misión, Dom tenía que patrullar a cielo abierto horas y horas. Hubo un momento en el que pensó él mismo en traspasar el escudo. Cualquier cosa que le permitiese volver a cubierto para siempre.

En el centro de la estancia de la cúpula una mesa alargada poblada por una docena de directores. Y en uno de sus extremos una gran pantalla. Un director técnico, el escalafón más bajo de los directores, se esforzaba en explicar algún estudio del que era responsable.

-Señores voy a tratar de volver a explicarlo -un murmullo recorrió la mesa de los directores-. El hecho del empeoramiento de la salud mental de la población es evidente. Los gráficos obtenidos del muestreo habitual de los comportamientos de los productores así lo prueban, miren.

El técnico hizo un gesto y en la pantalla aparecieron unos gráficos de barras. “Psicopatía, aumento del veinte por ciento. Suicidios, aumento del veinticinco por ciento. Depresión, más del sesenta por ciento del total de la población” leyó Dom.

-¿Lo ven? Más del sesenta por ciento de los productores tienen depresión. La Psicopatía comienza a ser tan habitual que ya no sabemos distinguir quién lo es y quién no. Los asesinatos son diarios. Las tasas de suicidio son tan altas que hemos eliminado de los habitáculos todos los elementos afilados y ningún traje lleva ya ni cinturones ni cordones. No se deja asomarse al exterior a nadie que no esté autorizado médicamente y los cambios a nivel del metro se han vallado para evitar que los suicidas se tirasen a todas horas del día.

El murmullo fue a más. Uno de los directores se levantó.

-¿No está siendo un poco exagerado, señor? -Preguntó con un deje de sorna- creía que cuando se eliminó el sexo para la reproducción y se realizaba todo por medios de laboratorio ya hubo índices de suicido tan elevados que tuvimos que volver al método tradicional -apuntó, levantando alguna que otra carcajada entre el resto.

-Por raro que parezca estamos casi peor que aquella ocasión. Sé que muchos no nos perdonan a los técnicos que recomendásemos la reproducción asistida y la eliminación del sexo para los habitantes de la Zona. Mis antecesores pidieron perdón y yo mismo lo reitero. Pero esto es diferente. La recombinación de material genético es necesario. Hemos llegado a un nivel que necesitamos cruzar nuestro ADN con otros, con pobladores del Continente. Las mutaciones incompatibles con la vida se suceden, y los que llegan a término lo hacen con mutaciones del comportamiento tanto o más peligrosas que las otras. Debemos aceptar la situación, Director General. Es necesario abrirnos al Continente. No ya porque es injusto que llevemos más de trescientos años aquí encerrados por ese escudo que nos obliga a compartir nuestro día a día con la radiación del Evento. Si no porque lo necesitamos para sobrevivir.

La mesa estalló en discusiones. Unos con otros. Levantados, sentados, haciendo aspavientos, señalándose entre ellos. Dom nunca hubiese creído que eso pudiera darse entre la clase dirigente de la Zona. La información aportada por el técnico no le sorprendió. Vivía el día a día de los niveles inferiores. Recogían los cuerpos de los suicidas con volquetes y cada día había más asesinatos, incluso en serie. La situación era insostenible. Aunque los Vigilantes mantendrían la calma si era necesario. Por cualquier medio.

-Un momento -Un hombre de bastante edad, con unas pequeñas gafas colocadas sobre la nariz, se levantó y trató de tranquilizarles -. Un momento, caballeros, señoras. Es evidente que tenemos un problema. El profesor sólo indica que debemos centrarnos en ver qué podemos hacer con este problema. No es una orden. Él no intenta darnos una orden, ¿verdad, profesor? -La pregunta parecía inocente, pero cualquier pregunta inocente en los labios de Julius Perkin se convertía en algo más letal que una amenaza proferida en una taberna del último nivel bajo tierra.

El profesor asintió lentamente.

-Muy bien. Claro que sí -dijo Julius-. Encontraremos una solución, profesor. La encontraremos. Mientras tanto, háganos el favor de no compartir este informe más allá de este cuarto.

-Claro, …, claro señor -añadió titubeando el técnico-. Así lo haré.

El técnico recogió sus cosas y atravesó la sala camino de la puerta en la que Dom se encontraba. Justo cuando llegaba a ella y se dirigía a salir de la sala, la profunda voz del director General cruzó la estancia como si de un rayo se tratara.

-No lo olvide, profesor. No lo comparta… con nadie.

El profesor dio una última mirada a la mesa de los directores. Cuando volvió la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Dom, este vio algo que conocía muy bien. Terror.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE DE «EL HOMBRE ENCADENADO»

El Hombre Encadenado – Capítulo 11 – Ensoñación

Si no has leído el resto de capítulos, por favor, navega por el blog o selecciona la categoría El Hombre Encadenado, para leerlos.

A partir de aquí el Capítulo 11 de la Novela El Hombre Encadenado: Ensoñación.


Le dolía la cabeza. Bajó la vista y vio sus pies descalzos, muy pálidos, destacando dramáticamente contra el suelo de obsidiana negra. Movió los dedos pulgares de ambos pies sin mayor motivo que el de demostrarse a sí misma que podía hacerlo. Podía hacerlo. “Hace frío”, pensó Tánger.

Volvió a mirar al frente. Todo estaba oscuro pero el viento que corría y que le movía el pelo le hacía pensar que se encontraba al aire libre. “Pero, ¿en dónde?”, se preguntó, “¿y por qué?”.  Lo último que recordaba era el fragor de la batalla. Allí, suspendida a unos treinta metros de altura, más allá de las murallas de Lento Fluir, lanzando con gestos de ambas manos dardos de muerte a todos aquellos que trataban de asaltar la población. Diez por aquí, doce por allá, cinco que manejaban una catapulta …. Mientras sorteaba cientos de flechas, proyectiles, gritos y espadazos de las tropas de los señores del Sur que habían decidido asaltar la ciudad. Y, poco a poco, cómo le iba costando cada vez más moverse, como si hubiese caído en unas arenas movedizas que la iban cubriendo hasta impedirle moverse, gradualmente, hasta que ya no pudo ni respirar y cayó.

Y, tras la caída, despertar allí de pie. En una estancia enorme y oscura. De suelo de obsidiana negra, frío y pulido. Miró hacia arriba, haciendo esfuerzos para vencer los mareos que trataban de hacerla caer de nuevo, y confirmó sus sospechas. Allí estaba el cielo de la noche con la miríada de estrellas iluminando como pequeñas cabezas de alfiler. Y dominándolo todo la gran luna Tánger y la pequeña París, con sus brillos de cristales rojizos, una dentro de la otra como si los centros de ambos satélites hubieran quedado encajados en el mismo momento. Sin quererlo se dio cuenta de dónde estaba y de cuándo o, al menos, de qué momento del mes en curso era. “París dentro de Tánger. El momento de la descarga de Poder” pensó, “la Gran Sala de la Fortaleza del Norte”, miró en derredor para confirmar sus sospechas pero la oscuridad que gobernaba la estancia no le permitia confirmar lo que suponía. Hasta que oyó su voz.

Tánger había hablado mucho con el Guardián Cloud. Mucho de muchas cosas pero, sobre todo, del Hombre Encadenado. De la Gran Sala en la que permanecía cautivo. De cómo y cuándo se producían las descargas de Poder, de cómo era él físicamente, qué ocurría si le mirabas… en fin, de todo lo que se le pudiera ocurrir que estuviese relacionado con ese misterioso Hombre Encadenado. Al Guardián las charlas con Tánger parecían gustarle de inicio pero, según avanzaban, perdía interés. A Tánger le ocurría todo lo contrario. Deseaba conocer todos los detalles.

Su voz era muy profunda y clara. A la vez de hombre y de mujer. Tánger se dio cuenta de que no había ser humano alguno que pudiera tener esa voz y tuvo que admitir con tristeza que quizá todo era sólo una ensoñación de su mente, pero aún así, trató de escuchar con atención lo que la voz le decía.

-Por fin, Tánger -dijo tomándose su tiempo con cada una de las palabras-. Tenía muchas ganas de conocerte. Ven hacía aquí.

Tánger no sabía muy bien dónde era ese “aquí” pero descubrió con sorpresa que más adelante había una pequeña zona de luz recortada contra la oscuridad por lo que supuso que sería “allí” donde debería ir, “allí” donde el Hombre permanecía preso, encadenado por las cadenas de la Magia, encantadas por el Guardián Supremo y su cohorte de altos hechiceros. Cada paso que daba, más segura se encontraba de que todo aquello no era real, pero en el fondo de su mente creyó oír una voz interior que le decía, “no pierdas la oportunidad de saber”.

-Sí, acércate -volvió a decir esa voz andrógina-. Muy bien, poco a poco.

Tánger podía ver ahora con claridad el pilar donde el Hombre estaba encadenado. Todo refulgía con una luz clara sobre la que sobrevolaban miríadas de chispitas violetas. Sintió cómo una electricidad la rodeaba, tan poderosa que su cabellera blanca se encrespó, y se detuvo un momento. La luna Tánger oscurecida en su parte central por la rojiza París, refulgía de violeta. “Violeta sobre rojo”, se dijo y reanudó la marcha.

-Queda poco, Tánger, quiero verte antes de morir -fraseó otra vez muy despacio el Hombre, provocando que Tánger comenzara a correr.

Por fin, llegó hasta su altura y le miró. Era un hombre de mediana edad, aún más alto que ella y muy musculoso. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de llagas allí donde las cadenas se apoyaban. Sorprendida, Tánger se percató de que no estaban tensas. Ella habría imaginado que el hombre estaría apretado por las cadenas pero estas parecían simplemente apoyarse y, aún así, las llagas eran horribles. Tánger percibió el olor a podredumbre y supo que el Hombre estaba a punto de morir.

-Sí, así es -volvió a decir él-. Voy a morir, pero aún no -y con esa palabra hizo un gesto y todas las cadenas cayeron al unísono. Las llagas desaparecieron y, con un nuevo gesto, aparecieron unos ropajes dorados para cubrir sus desnudez.

Arriba en el cielo, una luz violeta surgió de las lunas y, como un rayo sólido, les cubrió a ambos. Tánger sintió una paz inmensa y miró al Hombre que la sonreía.

-Este es el misterio del Poder, Tánger -le dijo-. Cada mes las lunas se interponen y el rayo de Poder surge y es canalizado en esta estancia a través del pilar y las cadenas a cada uno de los Guardianes. Nosotros, tú y yo, sólo somos como el pararrayos de la torre en la tormenta, Tánger. Sólo el pararrayos.

Tánger sintió, por debajo de la paz que la inundación de Poder le provocaba, un inmenso miedo. Miedo a quedar allí para siempre como el Hombre.

-No, no sientas miedo chiquilla -le dijo él de forma suave -. Aún debes hacer más cosas.

-¿Qué debo hacer, mi señor? -Preguntó ella, utilizando el formalismo que los plebeyos utilizaban con los señores. El Hombre soltó una carcajada.

-No soy tu señor, pequeña. No nos tratamos así entre familia, ¿verdad?

Tánger abrió la boca para contestar pero él le hizo una seña para que callase.

-Debo decirte algunas cosas importantes, déjame hablar. La primera es que debes venir hasta aquí, es de suma importancia que no dejes que te ocurra nada hasta venir a mí. Hay algo que debemos hacer juntos, algo muy importante. Y peligroso, sin duda. ¿Puedo contar con que vendrás hasta aquí?

Ella asintió, aún sometida por su orden de mantener silencio.

-Bien. La segunda es sobre el Poder y sobre cómo utilizarlo. Es importante que no quites la vida a otros directamente utilizando el Poder. Se requieren muchos años de práctica en los caminos de la Magia para controlar la incoherencia que se genera en el espacio-tiempo cuando un Mago utiliza Poder para matar. Mucha práctica para cualquiera, quizá algo menos para ti, pero práctica al fin y al cabo. Hay que saber cómo transferir Poder para rellenar el vacío que se crea con la desaparición de una vida. Si no lo haces, el Poder te será reclamado directamente a ti y, si todo el Poder se transfiere de ti,… morirás.

-Yo – balbuceó la joven- … ¿Espacio-tiempo? -Preguntó arqueando las cejas.

El Hombre sonrió y apoyo una mano en su hombro derecho.

-Lo sé. Es difícil incluso para ti. Te lo explicaré todo cuando estemos juntos, aquí en la Fortaleza. Por ahora confía en mí. Escucha, la última cosa que necesito decirte es esta…

El Hombre continuaba moviendo los labios pero sus palabras eran cada vez más difíciles de oír hasta que redujeron tanto su volumen que Tánger ya no pudo oírlas en absoluto. La expresión de la cara del Hombre cambió y comenzó, poco a poco, a deshacerse, como si estuviera hecho de cenizas compactadas, tal que al entrar una corriente de aire muy fuerte empiezan a separarse unas de otras y a arremolinarse siguiendo la ventolera. Tánger extendió sus manos hacia él mientras este hacia lo mismo hacia ella, pero cuando parecían que iban a tocarse, sólo unas pocas cenizas quedaron atrapados entre los dedos de ella. El pilar, el suelo y las cadenas, todo, desapareció ante los ojos de la chica que no pudo sino emitir un grito sordo.

Y entonces, como si tuviera un par de cuerdas atadas por un extremo a su espalda y por el otro a un caballo de pura sangre al que alguien le hubiera dado orden de comenzar a correr al galope, sintió un tirón increíble que le lanzó por los aires. En su camino parecía que se elevaba y dejaba atrás la sala, la obsidiana negra y hasta la oscuridad. Se sumergió en una luz que le hacía tanto daño a los ojos que tuvo que cerrarlos.

Tras un rato de locura sintió cómo se paraba y permanecía suspendida sin apenas moverse, flotando suavemente. Reunió fuerzas como pudo para volver a abrir los ojos. Ahora se encontraba suspendida sobre la calle de la herrería de su padre, otra vez en Lento Fluir. Si miraba hacia abajo podía ver a su padre Luca, su hermano Job y el Guardián Cloud. Los tres estaban de rodillas agachados sobre lo que parecía el cuerpo sin vida de alguien. Oyó un estruendo y, estirándose, ganó la suficiente altura como para sortear los tejados de la población y mirar hacia donde se había producido. Apretó los puños. A las afueras del pueblo continuaba la batalla. Los bárbaros sureños seguían tirando proyectiles de fuego con sus catapultas y la escuela aún seguía en llamas, aunque una fila de lugareños se iban pasando cubos de agua para extinguirlas. Tuvo que refrenarse para no dirigirse hacia allí y continuar la batalla exactamente donde la había dejado pero, entonces, una punzada de curiosidad le vino a la mente. Volvió a mirar hacia abajo. Allí las tres figuras continuaban arrodillados. Su padre decía algo a los otros dos mientras el Guardián negaba con la cabeza. No podía oírlos. Decidió descender un poco para escuchar lo que decían.

Su hermano Job lloraba desconsolado hipando y moviendo con los pequeños espasmos su roja cabellera. Estuvo tentada de posar su  mano en su hombro para consolarle pero las palabras del Guardián desviaron su atención.

-Debe tranquilizarse, Luca -decía el Guardián Cloud-. No debió matar. Es algo que incluso a mí no me está aún permitido. La Magia tiene normas y reglas. La gente cree que el Poder lo es todo, pero el Poder no es nada sin la inteligencia del mago que lo maneja.

-No me diga ni una tontería más, Cloud -rugió Luca -. Traígala inmediatamente de vuelta. Usted no podrá matar pero sé muy bien que puede revivir.

Tánger bajó un poco más, apenas a dos metros de los tres. Miró con más atención a la figura tumbada. No pudo reprimir un grito de sorpresa. Allí, tumbada boca arriba se encontraba ella, muerta.

Jeremías apareció corriendo y saludó de forma marcial a Luca.

-Señor Till. El incendio en la escuela está bajo control y puede ser sofocado, pero me temo que su esposa y algunos de los niños han sido tomados como prisioneros por esos sureños. No sabe cómo… – las palabras se quebraron en la garganta del joven cuando se percató de quién era la persona que estaba en el suelo. Cayó de rodillas y comenzó a llorar mientras musitaba palabras inconexas.

-Jeremías -interpeló secamente Luca-. No es momento ni lugar de perder los nervios. Cloud, por última vez, intente que Tánger vuelva de allí donde esté. Hágalo o me veré obligado a matarle yo mismo antes de que esos malnacidos del Sur acaben con todos nosotros -amenazó, llevándose las manos a la empuñadura del martillo de herrero que utilizaba como arma de combate y contra el que el pobre Guardián, casi sin Poder alguno, no sería rival.

Tánger sintió una oleada de simpatía por su padre y por Jeremías. Quizá no era el mejor momento pero se dio cuenta de lo mucho que les quería. Deseó poder decírselo en persona.

– Nada puedo hacer si ella no quiere volver- musitó el mago sin esperar que el otro le comprendiera-. Está bien, Luca, haré lo que pueda -concedió finalmente el Guardián que para la sorpresa de Tánger también lloraba. Comenzó a recitar un ensalmo.

Tánger sabía que debería escuchar el salmo y atender a las instrucciones de su mentor, el Guardián Cloud, pero lo que quería era buscar a su madre y al resto de chicos que esos señores del Sur habían secuestrado de la escuela. Se elevó y miró de nuevo hacia el exterior de la ciudad. Allí, en la lejanía, se veían unas estructuras donde parecía que los sureños habían establecido su cuartel general. Era obvio que era allí a donde habrían llevado a los prisioneros y que pronto los embarcarían camino del sur para ser vendidos como esclavos, en el mejor de los casos. Volvió a mirar abajo, mientras el ensalmo del Guardián subía el tono. Si no iba ya a por su madre, no podría salvarla, estaba segura. Por otro lado, había prometido ir a la Fortaleza del Norte y ayudar al Hombre Encadenado. Volvió a dudar.