El Hombre Encadenado – Capítulo 11 – Ensoñación

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A partir de aquí el Capítulo 11 de la Novela El Hombre Encadenado: Ensoñación.


Le dolía la cabeza. Bajó la vista y vio sus pies descalzos, muy pálidos, destacando dramáticamente contra el suelo de obsidiana negra. Movió los dedos pulgares de ambos pies sin mayor motivo que el de demostrarse a sí misma que podía hacerlo. Podía hacerlo. “Hace frío”, pensó Tánger.

Volvió a mirar al frente. Todo estaba oscuro pero el viento que corría y que le movía el pelo le hacía pensar que se encontraba al aire libre. “Pero, ¿en dónde?”, se preguntó, “¿y por qué?”.  Lo último que recordaba era el fragor de la batalla. Allí, suspendida a unos treinta metros de altura, más allá de las murallas de Lento Fluir, lanzando con gestos de ambas manos dardos de muerte a todos aquellos que trataban de asaltar la población. Diez por aquí, doce por allá, cinco que manejaban una catapulta …. Mientras sorteaba cientos de flechas, proyectiles, gritos y espadazos de las tropas de los señores del Sur que habían decidido asaltar la ciudad. Y, poco a poco, cómo le iba costando cada vez más moverse, como si hubiese caído en unas arenas movedizas que la iban cubriendo hasta impedirle moverse, gradualmente, hasta que ya no pudo ni respirar y cayó.

Y, tras la caída, despertar allí de pie. En una estancia enorme y oscura. De suelo de obsidiana negra, frío y pulido. Miró hacia arriba, haciendo esfuerzos para vencer los mareos que trataban de hacerla caer de nuevo, y confirmó sus sospechas. Allí estaba el cielo de la noche con la miríada de estrellas iluminando como pequeñas cabezas de alfiler. Y dominándolo todo la gran luna Tánger y la pequeña París, con sus brillos de cristales rojizos, una dentro de la otra como si los centros de ambos satélites hubieran quedado encajados en el mismo momento. Sin quererlo se dio cuenta de dónde estaba y de cuándo o, al menos, de qué momento del mes en curso era. “París dentro de Tánger. El momento de la descarga de Poder” pensó, “la Gran Sala de la Fortaleza del Norte”, miró en derredor para confirmar sus sospechas pero la oscuridad que gobernaba la estancia no le permitia confirmar lo que suponía. Hasta que oyó su voz.

Tánger había hablado mucho con el Guardián Cloud. Mucho de muchas cosas pero, sobre todo, del Hombre Encadenado. De la Gran Sala en la que permanecía cautivo. De cómo y cuándo se producían las descargas de Poder, de cómo era él físicamente, qué ocurría si le mirabas… en fin, de todo lo que se le pudiera ocurrir que estuviese relacionado con ese misterioso Hombre Encadenado. Al Guardián las charlas con Tánger parecían gustarle de inicio pero, según avanzaban, perdía interés. A Tánger le ocurría todo lo contrario. Deseaba conocer todos los detalles.

Su voz era muy profunda y clara. A la vez de hombre y de mujer. Tánger se dio cuenta de que no había ser humano alguno que pudiera tener esa voz y tuvo que admitir con tristeza que quizá todo era sólo una ensoñación de su mente, pero aún así, trató de escuchar con atención lo que la voz le decía.

-Por fin, Tánger -dijo tomándose su tiempo con cada una de las palabras-. Tenía muchas ganas de conocerte. Ven hacía aquí.

Tánger no sabía muy bien dónde era ese “aquí” pero descubrió con sorpresa que más adelante había una pequeña zona de luz recortada contra la oscuridad por lo que supuso que sería “allí” donde debería ir, “allí” donde el Hombre permanecía preso, encadenado por las cadenas de la Magia, encantadas por el Guardián Supremo y su cohorte de altos hechiceros. Cada paso que daba, más segura se encontraba de que todo aquello no era real, pero en el fondo de su mente creyó oír una voz interior que le decía, “no pierdas la oportunidad de saber”.

-Sí, acércate -volvió a decir esa voz andrógina-. Muy bien, poco a poco.

Tánger podía ver ahora con claridad el pilar donde el Hombre estaba encadenado. Todo refulgía con una luz clara sobre la que sobrevolaban miríadas de chispitas violetas. Sintió cómo una electricidad la rodeaba, tan poderosa que su cabellera blanca se encrespó, y se detuvo un momento. La luna Tánger oscurecida en su parte central por la rojiza París, refulgía de violeta. “Violeta sobre rojo”, se dijo y reanudó la marcha.

-Queda poco, Tánger, quiero verte antes de morir -fraseó otra vez muy despacio el Hombre, provocando que Tánger comenzara a correr.

Por fin, llegó hasta su altura y le miró. Era un hombre de mediana edad, aún más alto que ella y muy musculoso. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de llagas allí donde las cadenas se apoyaban. Sorprendida, Tánger se percató de que no estaban tensas. Ella habría imaginado que el hombre estaría apretado por las cadenas pero estas parecían simplemente apoyarse y, aún así, las llagas eran horribles. Tánger percibió el olor a podredumbre y supo que el Hombre estaba a punto de morir.

-Sí, así es -volvió a decir él-. Voy a morir, pero aún no -y con esa palabra hizo un gesto y todas las cadenas cayeron al unísono. Las llagas desaparecieron y, con un nuevo gesto, aparecieron unos ropajes dorados para cubrir sus desnudez.

Arriba en el cielo, una luz violeta surgió de las lunas y, como un rayo sólido, les cubrió a ambos. Tánger sintió una paz inmensa y miró al Hombre que la sonreía.

-Este es el misterio del Poder, Tánger -le dijo-. Cada mes las lunas se interponen y el rayo de Poder surge y es canalizado en esta estancia a través del pilar y las cadenas a cada uno de los Guardianes. Nosotros, tú y yo, sólo somos como el pararrayos de la torre en la tormenta, Tánger. Sólo el pararrayos.

Tánger sintió, por debajo de la paz que la inundación de Poder le provocaba, un inmenso miedo. Miedo a quedar allí para siempre como el Hombre.

-No, no sientas miedo chiquilla -le dijo él de forma suave -. Aún debes hacer más cosas.

-¿Qué debo hacer, mi señor? -Preguntó ella, utilizando el formalismo que los plebeyos utilizaban con los señores. El Hombre soltó una carcajada.

-No soy tu señor, pequeña. No nos tratamos así entre familia, ¿verdad?

Tánger abrió la boca para contestar pero él le hizo una seña para que callase.

-Debo decirte algunas cosas importantes, déjame hablar. La primera es que debes venir hasta aquí, es de suma importancia que no dejes que te ocurra nada hasta venir a mí. Hay algo que debemos hacer juntos, algo muy importante. Y peligroso, sin duda. ¿Puedo contar con que vendrás hasta aquí?

Ella asintió, aún sometida por su orden de mantener silencio.

-Bien. La segunda es sobre el Poder y sobre cómo utilizarlo. Es importante que no quites la vida a otros directamente utilizando el Poder. Se requieren muchos años de práctica en los caminos de la Magia para controlar la incoherencia que se genera en el espacio-tiempo cuando un Mago utiliza Poder para matar. Mucha práctica para cualquiera, quizá algo menos para ti, pero práctica al fin y al cabo. Hay que saber cómo transferir Poder para rellenar el vacío que se crea con la desaparición de una vida. Si no lo haces, el Poder te será reclamado directamente a ti y, si todo el Poder se transfiere de ti,… morirás.

-Yo – balbuceó la joven- … ¿Espacio-tiempo? -Preguntó arqueando las cejas.

El Hombre sonrió y apoyo una mano en su hombro derecho.

-Lo sé. Es difícil incluso para ti. Te lo explicaré todo cuando estemos juntos, aquí en la Fortaleza. Por ahora confía en mí. Escucha, la última cosa que necesito decirte es esta…

El Hombre continuaba moviendo los labios pero sus palabras eran cada vez más difíciles de oír hasta que redujeron tanto su volumen que Tánger ya no pudo oírlas en absoluto. La expresión de la cara del Hombre cambió y comenzó, poco a poco, a deshacerse, como si estuviera hecho de cenizas compactadas, tal que al entrar una corriente de aire muy fuerte empiezan a separarse unas de otras y a arremolinarse siguiendo la ventolera. Tánger extendió sus manos hacia él mientras este hacia lo mismo hacia ella, pero cuando parecían que iban a tocarse, sólo unas pocas cenizas quedaron atrapados entre los dedos de ella. El pilar, el suelo y las cadenas, todo, desapareció ante los ojos de la chica que no pudo sino emitir un grito sordo.

Y entonces, como si tuviera un par de cuerdas atadas por un extremo a su espalda y por el otro a un caballo de pura sangre al que alguien le hubiera dado orden de comenzar a correr al galope, sintió un tirón increíble que le lanzó por los aires. En su camino parecía que se elevaba y dejaba atrás la sala, la obsidiana negra y hasta la oscuridad. Se sumergió en una luz que le hacía tanto daño a los ojos que tuvo que cerrarlos.

Tras un rato de locura sintió cómo se paraba y permanecía suspendida sin apenas moverse, flotando suavemente. Reunió fuerzas como pudo para volver a abrir los ojos. Ahora se encontraba suspendida sobre la calle de la herrería de su padre, otra vez en Lento Fluir. Si miraba hacia abajo podía ver a su padre Luca, su hermano Job y el Guardián Cloud. Los tres estaban de rodillas agachados sobre lo que parecía el cuerpo sin vida de alguien. Oyó un estruendo y, estirándose, ganó la suficiente altura como para sortear los tejados de la población y mirar hacia donde se había producido. Apretó los puños. A las afueras del pueblo continuaba la batalla. Los bárbaros sureños seguían tirando proyectiles de fuego con sus catapultas y la escuela aún seguía en llamas, aunque una fila de lugareños se iban pasando cubos de agua para extinguirlas. Tuvo que refrenarse para no dirigirse hacia allí y continuar la batalla exactamente donde la había dejado pero, entonces, una punzada de curiosidad le vino a la mente. Volvió a mirar hacia abajo. Allí las tres figuras continuaban arrodillados. Su padre decía algo a los otros dos mientras el Guardián negaba con la cabeza. No podía oírlos. Decidió descender un poco para escuchar lo que decían.

Su hermano Job lloraba desconsolado hipando y moviendo con los pequeños espasmos su roja cabellera. Estuvo tentada de posar su  mano en su hombro para consolarle pero las palabras del Guardián desviaron su atención.

-Debe tranquilizarse, Luca -decía el Guardián Cloud-. No debió matar. Es algo que incluso a mí no me está aún permitido. La Magia tiene normas y reglas. La gente cree que el Poder lo es todo, pero el Poder no es nada sin la inteligencia del mago que lo maneja.

-No me diga ni una tontería más, Cloud -rugió Luca -. Traígala inmediatamente de vuelta. Usted no podrá matar pero sé muy bien que puede revivir.

Tánger bajó un poco más, apenas a dos metros de los tres. Miró con más atención a la figura tumbada. No pudo reprimir un grito de sorpresa. Allí, tumbada boca arriba se encontraba ella, muerta.

Jeremías apareció corriendo y saludó de forma marcial a Luca.

-Señor Till. El incendio en la escuela está bajo control y puede ser sofocado, pero me temo que su esposa y algunos de los niños han sido tomados como prisioneros por esos sureños. No sabe cómo… – las palabras se quebraron en la garganta del joven cuando se percató de quién era la persona que estaba en el suelo. Cayó de rodillas y comenzó a llorar mientras musitaba palabras inconexas.

-Jeremías -interpeló secamente Luca-. No es momento ni lugar de perder los nervios. Cloud, por última vez, intente que Tánger vuelva de allí donde esté. Hágalo o me veré obligado a matarle yo mismo antes de que esos malnacidos del Sur acaben con todos nosotros -amenazó, llevándose las manos a la empuñadura del martillo de herrero que utilizaba como arma de combate y contra el que el pobre Guardián, casi sin Poder alguno, no sería rival.

Tánger sintió una oleada de simpatía por su padre y por Jeremías. Quizá no era el mejor momento pero se dio cuenta de lo mucho que les quería. Deseó poder decírselo en persona.

– Nada puedo hacer si ella no quiere volver- musitó el mago sin esperar que el otro le comprendiera-. Está bien, Luca, haré lo que pueda -concedió finalmente el Guardián que para la sorpresa de Tánger también lloraba. Comenzó a recitar un ensalmo.

Tánger sabía que debería escuchar el salmo y atender a las instrucciones de su mentor, el Guardián Cloud, pero lo que quería era buscar a su madre y al resto de chicos que esos señores del Sur habían secuestrado de la escuela. Se elevó y miró de nuevo hacia el exterior de la ciudad. Allí, en la lejanía, se veían unas estructuras donde parecía que los sureños habían establecido su cuartel general. Era obvio que era allí a donde habrían llevado a los prisioneros y que pronto los embarcarían camino del sur para ser vendidos como esclavos, en el mejor de los casos. Volvió a mirar abajo, mientras el ensalmo del Guardián subía el tono. Si no iba ya a por su madre, no podría salvarla, estaba segura. Por otro lado, había prometido ir a la Fortaleza del Norte y ayudar al Hombre Encadenado. Volvió a dudar.