El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356

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“Dominique” susurró la voz. “Dom 1356, despierte por favor” repitió de manera mecánica la voz del control mientras la iluminación de la estancia aumentaba lentamente su intensidad y cambiaba de color hacia un amarillo cálido.

Dominique abrió los ojos. La película de plástico traspirable que le cubría por completo le permitía abrir los ojos y respirar con normalidad pero dificultaba sus movimientos por lo que se tenía que desplazar muy despacio para evitar destruirla antes de tomar su ducha matutina con radicales de iodo que atraparían, junto a la película protectora biodegradable, toda la radiación acumulada durante el sueño nocturno. Se levantó, desperezándose despacio, y fue al baño. Un haz de luz ultravioleta emitida por unas lámparas ocultas en el recinto de apenas tres metros cuadrados, lo irradiaron de arriba a abajo, activando su pituitaria, terminando de activar su reloj biológico y eliminando los restos de cansancio de la noche. Se encontraba bien, dispuesto para una jornada de actividad.

“Ducha” indicó con voz monótona. El rociador de agua empezó a expulsar líquido en forma de spray en todo el habitáculo de tal manera que toda la película que lo recubría fue desapareciendo poco a poco por el desagüe. La sensación que lo inundó fue de libertad cuando pudo volver a respirar sin ningún filtro, por mucho que el aire que aspirase estuviera colmatado de metales pesados.

“Secar” dijo, con la misma voz aburrida. El agua dejó de manar y fue sustituida por unos chorros de aire a una temperatura cercana a la de su cuerpo. Tras varios minutos, se encontraba completamente seco.

“Traje”. Un lateral del cuarto de baño se abrió y apareció un mono con un tono gris con el símbolo de los Vigilantes dibujado sobre el brazo derecho. “Autorización diaria habilitada” dijo la voz del control mientras un código 3D aparecía grabado por láser en la zona derecha del pecho, un código que le autorizaba a entrar en todos los lugares que tenía programados acceder en el día. Dom se colocó el traje que, automáticamente, se le ajustó al cuerpo y comprobó el contador de radiación que también se encontraba en el pecho al lado del código 3D. El contador permanecía de color verde, no había que preocuparse.

Sobre la mesilla, al lado de la cama, habían aparecido dos pastillas pequeñas de color verde. Dom las tomó y tragó automáticamente, sin agua. No había que malgastar líquido. Gracias a la dosis de alimento que suponían esas dos pastillas estaría nutrido y saciado por unas veinticuatro horas, treinta y dos si no hacía mucho ejercicio físico.

Se colocó delante de la puerta de la habitación. Extendió la mano hacia la misma, que se abrió con un pequeño ruido de deslizamiento. El pasillo al que salió el vigilante tendría unos cuatrocientos metros, en los que habría el mismo número de puertas y habitaciones. Dom vivía en la planta veinticuatro bajo la superficie, en un bloque dedicado a funcionarios de categorías medias. Al final del pasillo, la puerta llevaba directamente al muelle del metro que le llevaría a su destino. Hoy el día era diferente a los demás. Había sido convocado por los Directores al Consejo Mensual de Dirección. En la Cúpula. Sobre la superficie. Sintió cómo el sudor le bañaba la frente al recordar a dónde se dirigía. No le gustaba la superficie. A ninguno de los habitantes de La Zona les gustaba la superficie.

Subir hasta el nivel treinta y tres, hasta la cúpula de la dirección general, costaba unas tres horas de intercambios entre metros y comprobaciones de seguridad. Tras todo el viaje, el contador de radiación de Dom había subido un par de rayitas. Dom se encontraba esperando en una sala iluminada por luz natural, algo muy difícil de vivir en la Zona, de dimensiones bastante grandes, algo también complicado de ver. Él estaba sentado en un banco esperando su turno para entrar a la sala del consejo mensual de seguimiento frente a la mesa de la Secretaria del Director General. Una chica de unos veinte cinco años, atractiva y con tez bronceada, lo que probaba que era de una clase social acostumbrada a la luz de la superficie, tomaba notas y notas tras la mesa. A unos veinte metros se encontraba la puerta de entrada al consejo. Unas amplias claraboyas dejaban entrar la luz. Dom se levantó y avanzó con precaución hacia una de las más próximas. Dejó unos cinco metros de distancia de seguridad como si al acercase más algo malo pudiera pasar y el exterior le absorbiese y tirase de él hasta llevarlo fuera. El sol, pálido, iluminaba los edificios extrayendo reflejos que le hicieron guiñar los ojos. Dom sabía que él, como Vigilante, y el resto de la población que pertenecía a los Productores, nunca vivirían más allá de la superficie. Esos niveles superiores sólo se reservaban para viviendas y oficinas de los Directores, la casta que gobernaba la Zona. Productores y Vigilantes, se conformaban con pequeñas habitaciones en niveles bajo tierra con una protección ante la radiación mucho menos eficaz. De los Sacerdotes, la otra casta que poblaba la Zona, poco se sabía y mucho menos de dónde vivían. Dom hizo visera con su mano. Sabía perfectamente que estaban en invierno y que el sol no despedía una luz tan brillante como para resultar molesto para todos esos Directores, pero para él era tan reluciente que casi le quemaba los ojos. Oyó un pequeño carraspeo a su espalda, era la joven secretaria.

-¿Dom 1356? -Preguntó de manera retórica.

-A sus órdenes -respondió utilizando también la fórmula habitual de los de su clase.

-Bien -añadió ella satisfecha. No parecía como otros directores que había conocido. Dom sabía que sólo era una pose, pero aún así no pudo evitar que le resultara agradable-. Acompáñeme, por favor, ¿cómo prefiere que le llame?, ¿Dominique?

Dom había oído que los Directores no se trataban utilizando el código de su registro genético. El resto de clases no podían permitirse ese lujo. “Todo debe quedar trazado” se dijo mentalmente utilizando una de las principales reglas de los Vigilantes.

-Dom 1356. Por favor -respondió secamente. Otra respuesta no hubiera sido aceptada.

La joven sonrió mostrando una perfecta dentadura. Era un palmo más baja que Dom, un metro setenta más o menos, con una melena rubia peinada con enrevesadas coletas fijadas entre ellas con unos lápices de madera de vistosos colores. Dom había contado tres. Siete con el que tenía en la mano y los otros tres sobre su mesa. Su frente era amplia y la nariz resultaba muy conjuntada con unos pómulos afilados y vistosos. Las manos parecían suaves y cuidadas. El traje que vestía era de Director con lo que estaba realizado en un suave algodón con un añadido de material elástico en un color verde muy favorecedor, no como el gris con propiedades anti suciedad que vestía él. Calzaba unas botas acabadas en unos finos tacones de algo que era una muy buena imitación del cuero. Dom no creía que fuera cuero de verdad. Nunca había visto cuero de verdad. Pero, tuvo que admitir, “con los Directores nunca se sabe”.

A veces, en las noches de vigilia protegiendo alguna zona de producción sometida a una huelga o evitando que pobres engañados tratasen de escapar atravesando el escudo y muriendo al instante, alguno de los Vigilantes veteranos contaban experiencias ocurridas trabajando como seguridad en alguna fiesta de Directores. El lujo que reinaba, las locuras que hacían. Dom creía que nada de eso podía ser real, pero como decía el viejo adagio “con los Directores, nunca se sabe”.

Ella se percató de que la miraba y sonrió un poco más.

-Sabe, Dom 1356. Hace mucho tiempo que no recibimos a uno de los “suyos” por aquí. Tengo curiosidad por saber qué le trae ante el consejo mensual.

Dom se dio cuenta de que la Directora que hablaba con él debía de ser psicóloga social o investigadora del comportamiento. Él constituía el espécimen perfecto para su curiosidad. Decidió permanecer parapetado bajo la  apariencia de frío soldado que le servía de armadura en todas las situaciones aversivas a las que se enfrentaba en servicio.

-No tengo ni idea, señora- respondió mecánicamente y remarcando el “señora” para dejar claro  que la jerarquía le imposibilitaba cualquier relación con ella, aunque fuese una cálida charla.

-Está bien -dijo fastidiada al entender que aquél Vigilante quedaba lejos de su poder de fascinación-. Acompáñeme.

La joven lo guió por la estancia hasta llegar a la puerta que comunicaba con el consejo. La abrió y atravesó resuelta sin esperarle, tan rápido que él casi tuvo que corretear para colocarse a su altura. Se encontraban en un largo pasillo, con una mullida alfombra que hacía que las duras pisadas de Dom rebotasen. En las paredes del pasillo estaban colgados los cuadros de todos los directores generales desde el Evento. Desde Arthur Perkin, fundador de la Perkin´s Industrial S.A. y primer Director General. Un total de veinte directores hasta llegar al actual Julius. Julius Perkin, como le gustaba ser conocido aunque no tenía ningún parentesco con el original. Dom sólo lo había visto por la tele.

-Tiene suerte, Dom 1356 -dijo sonriendo la joven-. La Sala De Juntas es totalmente acristalada. Por eso la gente “de abajo” la llama “la Cúpula” -añadió remarcando la horrible manera cómo se referían los directores al resto de castas-. Hoy hace un día de invierno soleado. Disfrutará de la vista en todo su esplendor.

Y con esas palabras abrió una puerta y le indicó que pasase.

La sala era efectivamente espectacular. Debía de tener unos trescientos metros de longitud y el techo… el techo era una cúpula totalmente acristalada. La sensación era lo más cercano a estar en el exterior. Dom comenzó a sudar y sintió un pequeño ahogo.

No era la primera vez que tenía esa sensación como de vértigo. Hacía unos años había defendido una zona muy específica del escudo. Le habían reclutado para vigilar un área en la que parecía que habían aumentado los intentos de franquearlo. Cientos de pobres productores trataban de pasar al otro lado olvidando que eso era imposible y que significaba una muerte segura. Sin embargo, movidos por la desesperación y engañados por algún estafador se acercaban a ese lugar armados únicamente por tres piedras pequeñas del tamaño de pequeños botones, con los que aseguraban que podrían abrir un boquete en el escudo y pasar al otro lado. Algunos no atendían a razones y debían ser eliminados, otros admitían el error y eran enviados a reeducar. Durante los meses que duró la misión, Dom tenía que patrullar a cielo abierto horas y horas. Hubo un momento en el que pensó él mismo en traspasar el escudo. Cualquier cosa que le permitiese volver a cubierto para siempre.

En el centro de la estancia de la cúpula una mesa alargada poblada por una docena de directores. Y en uno de sus extremos una gran pantalla. Un director técnico, el escalafón más bajo de los directores, se esforzaba en explicar algún estudio del que era responsable.

-Señores voy a tratar de volver a explicarlo -un murmullo recorrió la mesa de los directores-. El hecho del empeoramiento de la salud mental de la población es evidente. Los gráficos obtenidos del muestreo habitual de los comportamientos de los productores así lo prueban, miren.

El técnico hizo un gesto y en la pantalla aparecieron unos gráficos de barras. “Psicopatía, aumento del veinte por ciento. Suicidios, aumento del veinticinco por ciento. Depresión, más del sesenta por ciento del total de la población” leyó Dom.

-¿Lo ven? Más del sesenta por ciento de los productores tienen depresión. La Psicopatía comienza a ser tan habitual que ya no sabemos distinguir quién lo es y quién no. Los asesinatos son diarios. Las tasas de suicidio son tan altas que hemos eliminado de los habitáculos todos los elementos afilados y ningún traje lleva ya ni cinturones ni cordones. No se deja asomarse al exterior a nadie que no esté autorizado médicamente y los cambios a nivel del metro se han vallado para evitar que los suicidas se tirasen a todas horas del día.

El murmullo fue a más. Uno de los directores se levantó.

-¿No está siendo un poco exagerado, señor? -Preguntó con un deje de sorna- creía que cuando se eliminó el sexo para la reproducción y se realizaba todo por medios de laboratorio ya hubo índices de suicido tan elevados que tuvimos que volver al método tradicional -apuntó, levantando alguna que otra carcajada entre el resto.

-Por raro que parezca estamos casi peor que aquella ocasión. Sé que muchos no nos perdonan a los técnicos que recomendásemos la reproducción asistida y la eliminación del sexo para los habitantes de la Zona. Mis antecesores pidieron perdón y yo mismo lo reitero. Pero esto es diferente. La recombinación de material genético es necesario. Hemos llegado a un nivel que necesitamos cruzar nuestro ADN con otros, con pobladores del Continente. Las mutaciones incompatibles con la vida se suceden, y los que llegan a término lo hacen con mutaciones del comportamiento tanto o más peligrosas que las otras. Debemos aceptar la situación, Director General. Es necesario abrirnos al Continente. No ya porque es injusto que llevemos más de trescientos años aquí encerrados por ese escudo que nos obliga a compartir nuestro día a día con la radiación del Evento. Si no porque lo necesitamos para sobrevivir.

La mesa estalló en discusiones. Unos con otros. Levantados, sentados, haciendo aspavientos, señalándose entre ellos. Dom nunca hubiese creído que eso pudiera darse entre la clase dirigente de la Zona. La información aportada por el técnico no le sorprendió. Vivía el día a día de los niveles inferiores. Recogían los cuerpos de los suicidas con volquetes y cada día había más asesinatos, incluso en serie. La situación era insostenible. Aunque los Vigilantes mantendrían la calma si era necesario. Por cualquier medio.

-Un momento -Un hombre de bastante edad, con unas pequeñas gafas colocadas sobre la nariz, se levantó y trató de tranquilizarles -. Un momento, caballeros, señoras. Es evidente que tenemos un problema. El profesor sólo indica que debemos centrarnos en ver qué podemos hacer con este problema. No es una orden. Él no intenta darnos una orden, ¿verdad, profesor? -La pregunta parecía inocente, pero cualquier pregunta inocente en los labios de Julius Perkin se convertía en algo más letal que una amenaza proferida en una taberna del último nivel bajo tierra.

El profesor asintió lentamente.

-Muy bien. Claro que sí -dijo Julius-. Encontraremos una solución, profesor. La encontraremos. Mientras tanto, háganos el favor de no compartir este informe más allá de este cuarto.

-Claro, …, claro señor -añadió titubeando el técnico-. Así lo haré.

El técnico recogió sus cosas y atravesó la sala camino de la puerta en la que Dom se encontraba. Justo cuando llegaba a ella y se dirigía a salir de la sala, la profunda voz del director General cruzó la estancia como si de un rayo se tratara.

-No lo olvide, profesor. No lo comparta… con nadie.

El profesor dio una última mirada a la mesa de los directores. Cuando volvió la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Dom, este vio algo que conocía muy bien. Terror.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE DE “EL HOMBRE ENCADENADO”