Cuando un rayo te alcanza

Relato breve de verano

Cuando un rayo te alcanza el aire crepita tanto que parece como si un enjambre de furiosas abejas hubiera tomado tu cerebro. Chispas azules salen despedidas en mil direcciones mientras una fuerza sobrehumana tira de ti y te desplaza metros por el aire. Hay gente que dice que antes de morir toda tu vida pasa delante de tus ojos como si de una película se tratara. Quizá aquello era una pista de que aún me quedaba vida por delante, pero mientras volaba, sólo me transporté de nuevo a aquella mañana de sábado, verano del noventa y seis, en la que, agazapado a la entrada del Great Hall de Winchester, esperaba a que apareciera el profesor Crow.

Tras acabar los exámenes, en el campus se rumoreaba que todos los sábados visitaba la Gran Sala, lo único que quedaba en pie del Castillo y que ahora era un museo, y se detenía durante horas delante de un madero redondo pintado de mil colores que los ingleses decían que era la mesa del Rey Arturo. Cualquier inspección de detalle de la ornamentada circunferencia podía concluir que su fecha de manufactura rondaría el siglo dieciséis o diecisiete y, seguramente, no había británico que conociera mejor esos siglos que el catedrático, pero a Crow parecía darle igual que no fuera verdadera, lo que me intrigaba incluso aún más. Pasaba horas allí, de pie, mirándola casi sin pestañear.

Había pocas cosas que desease más a finales de los noventa que formar parte del “Crow´s pack”, “la panda de Crow”. Así era conocida su clase, un grupo muy reducido de alumnos escogidos personalmente y que se decía que estudiaban los mitos y leyendas de la manera más increíble que se pudiera imaginar. Yo tenía mucha capacidad de imaginación lo que, unido a una imposibilidad manifiesta a darme por vencido, me había espoleado a perseguir por todos los medios al profesor y pedirle, casi suplicarle, que me admitiera en su clase. Allí, agazapado tras un seto, esperaba para asaltarle una vez más y rogarle que me aceptara el siguiente curso.

Dos años exactos después de esa mañana de Julio, volaba sobre el prado de aquella colina de la isla de Wight alcanzado por un rayo. Un rayo que había sido llamado por aquella espada clavada en la tierra tal y como Crow nos había enseñado que hacían los antiguos celtas. “Una espada clavada en la tierra llamará a los dioses”, nos había dicho. Y era cierto. El dios del trueno había acudido solícito. Sólo había un problema. Exigía un pago en sangre por su presencia.

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