Carnival Row (Prime Video, T1, 2019) – Un nuevo pretendiente al Trono de Hierro

Calificación

Puntuación: 3.5 de 5.

Reseña sin spoilers.

Un nuevo mundo, una apuesta arriesgada

Siempre es complicado presentar un mundo completamente nuevo en pantalla. Quizá por eso, el guión de «Killing in Carnival Row» (Muerte en la Calle Carnaval) ha dormido durante más de quince años el sueño de los justos en los cajones de las productoras más importantes a pesar de venir con el padrinazgo de un autor tan aclamado como Guillermo del Toro. Y es que la premisa es muy interesante, pero parece una apuesta realmente arriesgada conseguir que el espectador se involucre en esta historia si sólo se dispone de dos horas o dos horas y media para contarla. Exactamente eso es lo que le ocurre a los primeros capítulos de esta excelente serie de Prime Video. Resultan a ratos desorientados y farragosos. Pero, si conseguimos permanecer tres capítulos, se nos abre ante los ojos una bellísima historia de sueños incompletos, amores imposibles y, como no, un asesino en serie en un trasunto del Londres victoriano.

La serie presenta una realidad distópica con referencias cruzadas con la historia de finales del siglo XIX y principios del XX. Básicamente nos presenta a un estado, espejo de la Inglaterra victoriana, y su capital El Burgo, trasunto del Londres de la misma época. Sus ciudadanos libran una guerra contra un conjunto de naciones extranjeras, el Pacto, de las que no hay mucha visibilidad a lo largo de la temporada pero se nos representan como la imagen de la maldad absoluta, de nuevo un reflejo del Eje de la II Guerra Mundial. El motivo de la guerra no está muy claro pero parece muy relacionado con la existencia de una serie de seres no humanos, las hadas, y la lucha por ver qué imperio se queda con su nación. Como digo, los paralelismos con la Inglaterra del siglo XX, los judíos y la Alemania imperalista de las Guerras Mundiales es evidente pero aquí, los guionistas, saben darle una vuelta de tuerca y son capaces de presentarnos la sociedad del Burgo como una zona no libre de los prejuicios contra hadas y cualquier otro ser no humano, es decir, evitan caer en maniqueísmos y aciertan en aumentar los dominios del a narrativa. Y sí, hay más que hadas, hay centauros, Puks, que son una especie de minotauro, kobolds, golems y toda una pléyade de mestizos a los que despectivamente se denomina como Crisj. (Sigue leyendo)

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The Witcher (Netflix, 2019) – Una Apuesta Narrativa Arriesgada

 

Vaya por delante que no he jugado nunca en pc o consola a los juegos de Geralt de Rivia y tampoco he leído sus novelas, por lo que mi aproximación a la nueva serie de Netflix es más o menos virgen, al margen de que leo (y escribo) fantasía desde que tenia unos doce años, en todas sus variantes. Pero como os decía no conozco esta historia más allá que por lo que he visto en los ocho capítulos de la primera temporada de la serie de Netflix. Y la verdad es que está bien pero es algo complicada de seguir.

Supongo que todos aquellos que ya están habituados a la historia del Brujo de Rivia, las Hechiceras de Aretuza y la Monarquía de Cintra, habrán disfrutado desde el minuto cero de la serie pues la ambientación es notable, aunque algunos efectos cantan un poco la Traviata, y el elenco está bien elegido y se desempeña bien, pero yo tengo que reconocer que los saltos temporales unidos a los nombres del norte de Europa de los personajes, la complejidad de monstruos, ritos y tradiciones me han hecho que me costase un poco seguir el hilo. Es evidente que esta serie está pensada y realizada teniendo en cuenta que se iba a colgar en Netflix de golpe, es decir, que alguien con motivación iba a poder visionarla en dósis de dos o tres capítulos seguidos, a pesar de su hora de metraje por cada uno. Si hubiera que esperar a un nuevo capítulo cada semana creo que me hubiera perdido sin remisión.

Pero, con un poco de paciencia y dando un margen de confianza hasta el cuarto o quinto capítulo, la serie está bien y es muy disfrutable.

El universo en el que nos sumerge es fantasía pura y dura pero con un sútil toque científico diferenciador, lo que en términos generales es muy muy interesante. Palabros como: mutación mágica, caos y conjunción de esferas, son utilizados de una forma novedosa, lo que da un toque fresco al conjunto del relato.

the witcher 2

Geralt de Rivia es un Brujo, un mutante que no puede considerarse humano porque tiene poderes mágicos y algunos atributos biológicos distintos, su pulso es cuatro veces menor al de un humano y carece de la empatía humana aunque esto, como iremos descubriendo a lo largo de los capítulos, parece que no es tan cierto, al menos con él.

Geralt alquila sus servicios, su espada, para acabar con monstruos, pero sólo lo hará si considera que lo son. Si son humanos bajo una maldición o son seres que piensan, no los mata, lo que de nuevo, no encaja mucho con un Brujo normal y, además, reduce mucho la población objetivo de sus servicios, como también descubriremos.

Henry Cavill, con su imponente físico, da vida al taciturno e irónico brujo bajando mucho la voz en sus diálogos. En términos generales bien, aunque te cuesta empatizar con el personaje unos cuantos capítulos, los que le cuesta al guion que saque un poco la patita y deje de parecer un robot…

the witcher 3

Yennefer de (ininteligible, lo siento no lo he pillado) es una Hechicera que ha sido preparada para la Magia en Aretuza, una especia de Hogwarts de este mundo. Es muy muy poderosa, mucho más que las demás, aunque no queda del todo claro el por qué, es posible que por sus orígenes, pero no ahondó en esta teoría para evitaros spoilers.

the witcher 6

Cirila, nieta de la reina de Cintra, Calanthe la leona, el que parece que es el reino principal del continente, unirá su destino a los personajes anteriores por un motivo que no desvelaré ahora y que no entenderás hasta que lleguen un buen puñado de Flash Backs a nuestro auxilio, allá por el episodio cinco o el seis.

the witcher 5

En general, como ya habéis intuido, la serie está bien pero hay que tener la paciencia suficiente para seguirla. Por eso lo de la apuesta narrativa arriesgada pues a algunos este planteamiento les encantará, temo que los menos, mantendrá en ascuas a la mayoría y a otros hará que desistan muy rápidamente, sin llegar a los capítulos que dan la clave para continuar. Me recuerda en el planteamiento de esta primera temporada al que desarrollaba la primera de The Expanse, la serie de Ciencia Ficción que actualmente está en la parrilla de Prime Vídeo y en la que te iban paseando por todos los escenarios y te presentaban a todos los personajes principales pero de una forma aparentemente caótica que sólo tomaba sentido en el episodio final. Bueno, pues aquí le dan aún una vuelta de tuerca más con saltos temporales dignos de una película de Christopher Nolan aunque son más benévolos con el espectador y para el capítulo sexto ya te han dado suficientes claves para que te hagas una idea, más o menos, de cómo va el hilo conductor y la trama principal.

Se anuncia temporada dos. Pasada ya la prueba de la temporada uno y habituados a sus personajes e historias nos tendrán al pie del cañón para ver las nuevas aventuras del Brujo Geralt de Rivia, su caballo Sardinilla, Yennefer la Hechicera y resto de moradores del Continente donde la conjunción de las esferas ha permitido que compartan espacio elfos, humanos y monstruos. Es una verdadera pena que no esté ya disponible esta nueva temporada porque creo que la disfrutaríamos un montón, pero habrá que tener paciencia. ¿Quizá lo inteligente sería esperar a ver del tirón la primera y la segunda?

The Witcher: Nota Interludio 7

El Hombre Encadenado – Primera Parte – Disponibles en el blog los primeros doce capítulos

Hola a todos, os presento mi novela: El Hombre Encadenado.

Para ayudaros a decidiros si os interesa pongo a vuestra disposición los primeros doce capítulos totalmente libres. Si os gustan, la novela completa disponible en Amazon.

Me encantaría tener feedback por vuestra parte. ¿Os ha gustado? ¿pensáis que alguno de los personajes no está bien construido o, por el contrario, os encanta la personalidad de uno de ellos? ¿creéis que las tramas que han aparecido pueden engancharos? o por el contrario, ¿alguna ha perdido gas?….

Pero antes de nada, una sinopsis para todos aquellos que aún no habéis leído nada de esta historia:

Durante los últimos trescientos años, un hombre ha permanecido encadenado en la Gran Sala del Fortaleza del Norte, sede de la Orden de los Guardianes del Escudo. Todos los meses el Hombre Encadenado atrae el Poder Cósmico durante la Descarga, el acto en el que los Guardianes absorben la energía suficiente para poder hacer Magia en la conjunción de las lunas. Si embargo el Hombre está exhausto, se muere ¿Qué ocurrirá con los Guardianes y todo su poder mágico y terrenal si el Hombre Encadenado muere?

Lento Fluir es una pequeña población de la Marca del Sur, la región fronteriza del Continente a cientos de kilómetros de la Fortaleza, donde el dominio de los Guardianes casi no se percibe. Linda con los territorios de los señores de la guerra del Sur y de las Piratas del Mar. Los lugareños tratan por todos los medios de mantener la paz rodeados de enemigos. Luca y París, una joven pareja, busca la felicidad junto a su pequeña hija adoptada cuando se dan cuenta de que la niña tiene otras capacidades.

Y ahora, los capítulos publicados en el blog, los primeros doce. Podéis pinchar para ir a cada uno de ellos. Leedlos y no os olvidéis de comentar!! Y si queréis, continuad la aventura en la novela completa, en Amazon.

El Hombre Encadenado – Capítulo 1 – Una Marca de Nacimiento

El Hombre Encadenado – Capítulo 2 – Darle la vuelta

El Hombre Encadenado – Capítulo 3 – Sus Ojos

El Hombre Encadenado – Capítulo 4 – Tres Piedras… Pequeñas

El Hombre Encadenado – Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas

El Hombre Encadenado – Capítulo 6 – Una Cabeza

El Hombre Encadenado – Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.

El Hombre Encadenado – Capítulo 8 – El Fin de la Magia

El Hombre Encadenado – Capítulo 9 – No soy un Botín

El Hombre Encadenado – Capítulo 10 – El Retorno del Poder

El Hombre Encadenado – Capítulo 11 – Ensoñación

El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356

 

El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356

Si no has leído el resto de Capítulos de El Hombre Encadenado, por favor, navega por el blog para leerlos, los disfutarás!!

A partir de aquí, El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356


“Dominique” susurró la voz. “Dom 1356, despierte por favor” repitió de manera mecánica la voz del control mientras la iluminación de la estancia aumentaba lentamente su intensidad y cambiaba de color hacia un amarillo cálido.

Dominique abrió los ojos. La película de plástico traspirable que le cubría por completo le permitía abrir los ojos y respirar con normalidad pero dificultaba sus movimientos por lo que se tenía que desplazar muy despacio para evitar destruirla antes de tomar su ducha matutina con radicales de iodo que atraparían, junto a la película protectora biodegradable, toda la radiación acumulada durante el sueño nocturno. Se levantó, desperezándose despacio, y fue al baño. Un haz de luz ultravioleta emitida por unas lámparas ocultas en el recinto de apenas tres metros cuadrados, lo irradiaron de arriba a abajo, activando su pituitaria, terminando de activar su reloj biológico y eliminando los restos de cansancio de la noche. Se encontraba bien, dispuesto para una jornada de actividad.

“Ducha” indicó con voz monótona. El rociador de agua empezó a expulsar líquido en forma de spray en todo el habitáculo de tal manera que toda la película que lo recubría fue desapareciendo poco a poco por el desagüe. La sensación que lo inundó fue de libertad cuando pudo volver a respirar sin ningún filtro, por mucho que el aire que aspirase estuviera colmatado de metales pesados.

“Secar” dijo, con la misma voz aburrida. El agua dejó de manar y fue sustituida por unos chorros de aire a una temperatura cercana a la de su cuerpo. Tras varios minutos, se encontraba completamente seco.

“Traje”. Un lateral del cuarto de baño se abrió y apareció un mono con un tono gris con el símbolo de los Vigilantes dibujado sobre el brazo derecho. “Autorización diaria habilitada” dijo la voz del control mientras un código 3D aparecía grabado por láser en la zona derecha del pecho, un código que le autorizaba a entrar en todos los lugares que tenía programados acceder en el día. Dom se colocó el traje que, automáticamente, se le ajustó al cuerpo y comprobó el contador de radiación que también se encontraba en el pecho al lado del código 3D. El contador permanecía de color verde, no había que preocuparse.

Sobre la mesilla, al lado de la cama, habían aparecido dos pastillas pequeñas de color verde. Dom las tomó y tragó automáticamente, sin agua. No había que malgastar líquido. Gracias a la dosis de alimento que suponían esas dos pastillas estaría nutrido y saciado por unas veinticuatro horas, treinta y dos si no hacía mucho ejercicio físico.

Se colocó delante de la puerta de la habitación. Extendió la mano hacia la misma, que se abrió con un pequeño ruido de deslizamiento. El pasillo al que salió el vigilante tendría unos cuatrocientos metros, en los que habría el mismo número de puertas y habitaciones. Dom vivía en la planta veinticuatro bajo la superficie, en un bloque dedicado a funcionarios de categorías medias. Al final del pasillo, la puerta llevaba directamente al muelle del metro que le llevaría a su destino. Hoy el día era diferente a los demás. Había sido convocado por los Directores al Consejo Mensual de Dirección. En la Cúpula. Sobre la superficie. Sintió cómo el sudor le bañaba la frente al recordar a dónde se dirigía. No le gustaba la superficie. A ninguno de los habitantes de La Zona les gustaba la superficie.

Subir hasta el nivel treinta y tres, hasta la cúpula de la dirección general, costaba unas tres horas de intercambios entre metros y comprobaciones de seguridad. Tras todo el viaje, el contador de radiación de Dom había subido un par de rayitas. Dom se encontraba esperando en una sala iluminada por luz natural, algo muy difícil de vivir en la Zona, de dimensiones bastante grandes, algo también complicado de ver. Él estaba sentado en un banco esperando su turno para entrar a la sala del consejo mensual de seguimiento frente a la mesa de la Secretaria del Director General. Una chica de unos veinte cinco años, atractiva y con tez bronceada, lo que probaba que era de una clase social acostumbrada a la luz de la superficie, tomaba notas y notas tras la mesa. A unos veinte metros se encontraba la puerta de entrada al consejo. Unas amplias claraboyas dejaban entrar la luz. Dom se levantó y avanzó con precaución hacia una de las más próximas. Dejó unos cinco metros de distancia de seguridad como si al acercase más algo malo pudiera pasar y el exterior le absorbiese y tirase de él hasta llevarlo fuera. El sol, pálido, iluminaba los edificios extrayendo reflejos que le hicieron guiñar los ojos. Dom sabía que él, como Vigilante, y el resto de la población que pertenecía a los Productores, nunca vivirían más allá de la superficie. Esos niveles superiores sólo se reservaban para viviendas y oficinas de los Directores, la casta que gobernaba la Zona. Productores y Vigilantes, se conformaban con pequeñas habitaciones en niveles bajo tierra con una protección ante la radiación mucho menos eficaz. De los Sacerdotes, la otra casta que poblaba la Zona, poco se sabía y mucho menos de dónde vivían. Dom hizo visera con su mano. Sabía perfectamente que estaban en invierno y que el sol no despedía una luz tan brillante como para resultar molesto para todos esos Directores, pero para él era tan reluciente que casi le quemaba los ojos. Oyó un pequeño carraspeo a su espalda, era la joven secretaria.

-¿Dom 1356? -Preguntó de manera retórica.

-A sus órdenes -respondió utilizando también la fórmula habitual de los de su clase.

-Bien -añadió ella satisfecha. No parecía como otros directores que había conocido. Dom sabía que sólo era una pose, pero aún así no pudo evitar que le resultara agradable-. Acompáñeme, por favor, ¿cómo prefiere que le llame?, ¿Dominique?

Dom había oído que los Directores no se trataban utilizando el código de su registro genético. El resto de clases no podían permitirse ese lujo. “Todo debe quedar trazado” se dijo mentalmente utilizando una de las principales reglas de los Vigilantes.

-Dom 1356. Por favor -respondió secamente. Otra respuesta no hubiera sido aceptada.

La joven sonrió mostrando una perfecta dentadura. Era un palmo más baja que Dom, un metro setenta más o menos, con una melena rubia peinada con enrevesadas coletas fijadas entre ellas con unos lápices de madera de vistosos colores. Dom había contado tres. Siete con el que tenía en la mano y los otros tres sobre su mesa. Su frente era amplia y la nariz resultaba muy conjuntada con unos pómulos afilados y vistosos. Las manos parecían suaves y cuidadas. El traje que vestía era de Director con lo que estaba realizado en un suave algodón con un añadido de material elástico en un color verde muy favorecedor, no como el gris con propiedades anti suciedad que vestía él. Calzaba unas botas acabadas en unos finos tacones de algo que era una muy buena imitación del cuero. Dom no creía que fuera cuero de verdad. Nunca había visto cuero de verdad. Pero, tuvo que admitir, “con los Directores nunca se sabe”.

A veces, en las noches de vigilia protegiendo alguna zona de producción sometida a una huelga o evitando que pobres engañados tratasen de escapar atravesando el escudo y muriendo al instante, alguno de los Vigilantes veteranos contaban experiencias ocurridas trabajando como seguridad en alguna fiesta de Directores. El lujo que reinaba, las locuras que hacían. Dom creía que nada de eso podía ser real, pero como decía el viejo adagio “con los Directores, nunca se sabe”.

Ella se percató de que la miraba y sonrió un poco más.

-Sabe, Dom 1356. Hace mucho tiempo que no recibimos a uno de los “suyos” por aquí. Tengo curiosidad por saber qué le trae ante el consejo mensual.

Dom se dio cuenta de que la Directora que hablaba con él debía de ser psicóloga social o investigadora del comportamiento. Él constituía el espécimen perfecto para su curiosidad. Decidió permanecer parapetado bajo la  apariencia de frío soldado que le servía de armadura en todas las situaciones aversivas a las que se enfrentaba en servicio.

-No tengo ni idea, señora- respondió mecánicamente y remarcando el “señora” para dejar claro  que la jerarquía le imposibilitaba cualquier relación con ella, aunque fuese una cálida charla.

-Está bien -dijo fastidiada al entender que aquél Vigilante quedaba lejos de su poder de fascinación-. Acompáñeme.

La joven lo guió por la estancia hasta llegar a la puerta que comunicaba con el consejo. La abrió y atravesó resuelta sin esperarle, tan rápido que él casi tuvo que corretear para colocarse a su altura. Se encontraban en un largo pasillo, con una mullida alfombra que hacía que las duras pisadas de Dom rebotasen. En las paredes del pasillo estaban colgados los cuadros de todos los directores generales desde el Evento. Desde Arthur Perkin, fundador de la Perkin´s Industrial S.A. y primer Director General. Un total de veinte directores hasta llegar al actual Julius. Julius Perkin, como le gustaba ser conocido aunque no tenía ningún parentesco con el original. Dom sólo lo había visto por la tele.

-Tiene suerte, Dom 1356 -dijo sonriendo la joven-. La Sala De Juntas es totalmente acristalada. Por eso la gente “de abajo” la llama “la Cúpula” -añadió remarcando la horrible manera cómo se referían los directores al resto de castas-. Hoy hace un día de invierno soleado. Disfrutará de la vista en todo su esplendor.

Y con esas palabras abrió una puerta y le indicó que pasase.

La sala era efectivamente espectacular. Debía de tener unos trescientos metros de longitud y el techo… el techo era una cúpula totalmente acristalada. La sensación era lo más cercano a estar en el exterior. Dom comenzó a sudar y sintió un pequeño ahogo.

No era la primera vez que tenía esa sensación como de vértigo. Hacía unos años había defendido una zona muy específica del escudo. Le habían reclutado para vigilar un área en la que parecía que habían aumentado los intentos de franquearlo. Cientos de pobres productores trataban de pasar al otro lado olvidando que eso era imposible y que significaba una muerte segura. Sin embargo, movidos por la desesperación y engañados por algún estafador se acercaban a ese lugar armados únicamente por tres piedras pequeñas del tamaño de pequeños botones, con los que aseguraban que podrían abrir un boquete en el escudo y pasar al otro lado. Algunos no atendían a razones y debían ser eliminados, otros admitían el error y eran enviados a reeducar. Durante los meses que duró la misión, Dom tenía que patrullar a cielo abierto horas y horas. Hubo un momento en el que pensó él mismo en traspasar el escudo. Cualquier cosa que le permitiese volver a cubierto para siempre.

En el centro de la estancia de la cúpula una mesa alargada poblada por una docena de directores. Y en uno de sus extremos una gran pantalla. Un director técnico, el escalafón más bajo de los directores, se esforzaba en explicar algún estudio del que era responsable.

-Señores voy a tratar de volver a explicarlo -un murmullo recorrió la mesa de los directores-. El hecho del empeoramiento de la salud mental de la población es evidente. Los gráficos obtenidos del muestreo habitual de los comportamientos de los productores así lo prueban, miren.

El técnico hizo un gesto y en la pantalla aparecieron unos gráficos de barras. “Psicopatía, aumento del veinte por ciento. Suicidios, aumento del veinticinco por ciento. Depresión, más del sesenta por ciento del total de la población” leyó Dom.

-¿Lo ven? Más del sesenta por ciento de los productores tienen depresión. La Psicopatía comienza a ser tan habitual que ya no sabemos distinguir quién lo es y quién no. Los asesinatos son diarios. Las tasas de suicidio son tan altas que hemos eliminado de los habitáculos todos los elementos afilados y ningún traje lleva ya ni cinturones ni cordones. No se deja asomarse al exterior a nadie que no esté autorizado médicamente y los cambios a nivel del metro se han vallado para evitar que los suicidas se tirasen a todas horas del día.

El murmullo fue a más. Uno de los directores se levantó.

-¿No está siendo un poco exagerado, señor? -Preguntó con un deje de sorna- creía que cuando se eliminó el sexo para la reproducción y se realizaba todo por medios de laboratorio ya hubo índices de suicido tan elevados que tuvimos que volver al método tradicional -apuntó, levantando alguna que otra carcajada entre el resto.

-Por raro que parezca estamos casi peor que aquella ocasión. Sé que muchos no nos perdonan a los técnicos que recomendásemos la reproducción asistida y la eliminación del sexo para los habitantes de la Zona. Mis antecesores pidieron perdón y yo mismo lo reitero. Pero esto es diferente. La recombinación de material genético es necesario. Hemos llegado a un nivel que necesitamos cruzar nuestro ADN con otros, con pobladores del Continente. Las mutaciones incompatibles con la vida se suceden, y los que llegan a término lo hacen con mutaciones del comportamiento tanto o más peligrosas que las otras. Debemos aceptar la situación, Director General. Es necesario abrirnos al Continente. No ya porque es injusto que llevemos más de trescientos años aquí encerrados por ese escudo que nos obliga a compartir nuestro día a día con la radiación del Evento. Si no porque lo necesitamos para sobrevivir.

La mesa estalló en discusiones. Unos con otros. Levantados, sentados, haciendo aspavientos, señalándose entre ellos. Dom nunca hubiese creído que eso pudiera darse entre la clase dirigente de la Zona. La información aportada por el técnico no le sorprendió. Vivía el día a día de los niveles inferiores. Recogían los cuerpos de los suicidas con volquetes y cada día había más asesinatos, incluso en serie. La situación era insostenible. Aunque los Vigilantes mantendrían la calma si era necesario. Por cualquier medio.

-Un momento -Un hombre de bastante edad, con unas pequeñas gafas colocadas sobre la nariz, se levantó y trató de tranquilizarles -. Un momento, caballeros, señoras. Es evidente que tenemos un problema. El profesor sólo indica que debemos centrarnos en ver qué podemos hacer con este problema. No es una orden. Él no intenta darnos una orden, ¿verdad, profesor? -La pregunta parecía inocente, pero cualquier pregunta inocente en los labios de Julius Perkin se convertía en algo más letal que una amenaza proferida en una taberna del último nivel bajo tierra.

El profesor asintió lentamente.

-Muy bien. Claro que sí -dijo Julius-. Encontraremos una solución, profesor. La encontraremos. Mientras tanto, háganos el favor de no compartir este informe más allá de este cuarto.

-Claro, …, claro señor -añadió titubeando el técnico-. Así lo haré.

El técnico recogió sus cosas y atravesó la sala camino de la puerta en la que Dom se encontraba. Justo cuando llegaba a ella y se dirigía a salir de la sala, la profunda voz del director General cruzó la estancia como si de un rayo se tratara.

-No lo olvide, profesor. No lo comparta… con nadie.

El profesor dio una última mirada a la mesa de los directores. Cuando volvió la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Dom, este vio algo que conocía muy bien. Terror.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE DE «EL HOMBRE ENCADENADO»

El Hombre Encadenado – Capítulo 11 – Ensoñación

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A partir de aquí el Capítulo 11 de la Novela El Hombre Encadenado: Ensoñación.


Le dolía la cabeza. Bajó la vista y vio sus pies descalzos, muy pálidos, destacando dramáticamente contra el suelo de obsidiana negra. Movió los dedos pulgares de ambos pies sin mayor motivo que el de demostrarse a sí misma que podía hacerlo. Podía hacerlo. “Hace frío”, pensó Tánger.

Volvió a mirar al frente. Todo estaba oscuro pero el viento que corría y que le movía el pelo le hacía pensar que se encontraba al aire libre. “Pero, ¿en dónde?”, se preguntó, “¿y por qué?”.  Lo último que recordaba era el fragor de la batalla. Allí, suspendida a unos treinta metros de altura, más allá de las murallas de Lento Fluir, lanzando con gestos de ambas manos dardos de muerte a todos aquellos que trataban de asaltar la población. Diez por aquí, doce por allá, cinco que manejaban una catapulta …. Mientras sorteaba cientos de flechas, proyectiles, gritos y espadazos de las tropas de los señores del Sur que habían decidido asaltar la ciudad. Y, poco a poco, cómo le iba costando cada vez más moverse, como si hubiese caído en unas arenas movedizas que la iban cubriendo hasta impedirle moverse, gradualmente, hasta que ya no pudo ni respirar y cayó.

Y, tras la caída, despertar allí de pie. En una estancia enorme y oscura. De suelo de obsidiana negra, frío y pulido. Miró hacia arriba, haciendo esfuerzos para vencer los mareos que trataban de hacerla caer de nuevo, y confirmó sus sospechas. Allí estaba el cielo de la noche con la miríada de estrellas iluminando como pequeñas cabezas de alfiler. Y dominándolo todo la gran luna Tánger y la pequeña París, con sus brillos de cristales rojizos, una dentro de la otra como si los centros de ambos satélites hubieran quedado encajados en el mismo momento. Sin quererlo se dio cuenta de dónde estaba y de cuándo o, al menos, de qué momento del mes en curso era. “París dentro de Tánger. El momento de la descarga de Poder” pensó, “la Gran Sala de la Fortaleza del Norte”, miró en derredor para confirmar sus sospechas pero la oscuridad que gobernaba la estancia no le permitia confirmar lo que suponía. Hasta que oyó su voz.

Tánger había hablado mucho con el Guardián Cloud. Mucho de muchas cosas pero, sobre todo, del Hombre Encadenado. De la Gran Sala en la que permanecía cautivo. De cómo y cuándo se producían las descargas de Poder, de cómo era él físicamente, qué ocurría si le mirabas… en fin, de todo lo que se le pudiera ocurrir que estuviese relacionado con ese misterioso Hombre Encadenado. Al Guardián las charlas con Tánger parecían gustarle de inicio pero, según avanzaban, perdía interés. A Tánger le ocurría todo lo contrario. Deseaba conocer todos los detalles.

Su voz era muy profunda y clara. A la vez de hombre y de mujer. Tánger se dio cuenta de que no había ser humano alguno que pudiera tener esa voz y tuvo que admitir con tristeza que quizá todo era sólo una ensoñación de su mente, pero aún así, trató de escuchar con atención lo que la voz le decía.

-Por fin, Tánger -dijo tomándose su tiempo con cada una de las palabras-. Tenía muchas ganas de conocerte. Ven hacía aquí.

Tánger no sabía muy bien dónde era ese “aquí” pero descubrió con sorpresa que más adelante había una pequeña zona de luz recortada contra la oscuridad por lo que supuso que sería “allí” donde debería ir, “allí” donde el Hombre permanecía preso, encadenado por las cadenas de la Magia, encantadas por el Guardián Supremo y su cohorte de altos hechiceros. Cada paso que daba, más segura se encontraba de que todo aquello no era real, pero en el fondo de su mente creyó oír una voz interior que le decía, “no pierdas la oportunidad de saber”.

-Sí, acércate -volvió a decir esa voz andrógina-. Muy bien, poco a poco.

Tánger podía ver ahora con claridad el pilar donde el Hombre estaba encadenado. Todo refulgía con una luz clara sobre la que sobrevolaban miríadas de chispitas violetas. Sintió cómo una electricidad la rodeaba, tan poderosa que su cabellera blanca se encrespó, y se detuvo un momento. La luna Tánger oscurecida en su parte central por la rojiza París, refulgía de violeta. “Violeta sobre rojo”, se dijo y reanudó la marcha.

-Queda poco, Tánger, quiero verte antes de morir -fraseó otra vez muy despacio el Hombre, provocando que Tánger comenzara a correr.

Por fin, llegó hasta su altura y le miró. Era un hombre de mediana edad, aún más alto que ella y muy musculoso. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de llagas allí donde las cadenas se apoyaban. Sorprendida, Tánger se percató de que no estaban tensas. Ella habría imaginado que el hombre estaría apretado por las cadenas pero estas parecían simplemente apoyarse y, aún así, las llagas eran horribles. Tánger percibió el olor a podredumbre y supo que el Hombre estaba a punto de morir.

-Sí, así es -volvió a decir él-. Voy a morir, pero aún no -y con esa palabra hizo un gesto y todas las cadenas cayeron al unísono. Las llagas desaparecieron y, con un nuevo gesto, aparecieron unos ropajes dorados para cubrir sus desnudez.

Arriba en el cielo, una luz violeta surgió de las lunas y, como un rayo sólido, les cubrió a ambos. Tánger sintió una paz inmensa y miró al Hombre que la sonreía.

-Este es el misterio del Poder, Tánger -le dijo-. Cada mes las lunas se interponen y el rayo de Poder surge y es canalizado en esta estancia a través del pilar y las cadenas a cada uno de los Guardianes. Nosotros, tú y yo, sólo somos como el pararrayos de la torre en la tormenta, Tánger. Sólo el pararrayos.

Tánger sintió, por debajo de la paz que la inundación de Poder le provocaba, un inmenso miedo. Miedo a quedar allí para siempre como el Hombre.

-No, no sientas miedo chiquilla -le dijo él de forma suave -. Aún debes hacer más cosas.

-¿Qué debo hacer, mi señor? -Preguntó ella, utilizando el formalismo que los plebeyos utilizaban con los señores. El Hombre soltó una carcajada.

-No soy tu señor, pequeña. No nos tratamos así entre familia, ¿verdad?

Tánger abrió la boca para contestar pero él le hizo una seña para que callase.

-Debo decirte algunas cosas importantes, déjame hablar. La primera es que debes venir hasta aquí, es de suma importancia que no dejes que te ocurra nada hasta venir a mí. Hay algo que debemos hacer juntos, algo muy importante. Y peligroso, sin duda. ¿Puedo contar con que vendrás hasta aquí?

Ella asintió, aún sometida por su orden de mantener silencio.

-Bien. La segunda es sobre el Poder y sobre cómo utilizarlo. Es importante que no quites la vida a otros directamente utilizando el Poder. Se requieren muchos años de práctica en los caminos de la Magia para controlar la incoherencia que se genera en el espacio-tiempo cuando un Mago utiliza Poder para matar. Mucha práctica para cualquiera, quizá algo menos para ti, pero práctica al fin y al cabo. Hay que saber cómo transferir Poder para rellenar el vacío que se crea con la desaparición de una vida. Si no lo haces, el Poder te será reclamado directamente a ti y, si todo el Poder se transfiere de ti,… morirás.

-Yo – balbuceó la joven- … ¿Espacio-tiempo? -Preguntó arqueando las cejas.

El Hombre sonrió y apoyo una mano en su hombro derecho.

-Lo sé. Es difícil incluso para ti. Te lo explicaré todo cuando estemos juntos, aquí en la Fortaleza. Por ahora confía en mí. Escucha, la última cosa que necesito decirte es esta…

El Hombre continuaba moviendo los labios pero sus palabras eran cada vez más difíciles de oír hasta que redujeron tanto su volumen que Tánger ya no pudo oírlas en absoluto. La expresión de la cara del Hombre cambió y comenzó, poco a poco, a deshacerse, como si estuviera hecho de cenizas compactadas, tal que al entrar una corriente de aire muy fuerte empiezan a separarse unas de otras y a arremolinarse siguiendo la ventolera. Tánger extendió sus manos hacia él mientras este hacia lo mismo hacia ella, pero cuando parecían que iban a tocarse, sólo unas pocas cenizas quedaron atrapados entre los dedos de ella. El pilar, el suelo y las cadenas, todo, desapareció ante los ojos de la chica que no pudo sino emitir un grito sordo.

Y entonces, como si tuviera un par de cuerdas atadas por un extremo a su espalda y por el otro a un caballo de pura sangre al que alguien le hubiera dado orden de comenzar a correr al galope, sintió un tirón increíble que le lanzó por los aires. En su camino parecía que se elevaba y dejaba atrás la sala, la obsidiana negra y hasta la oscuridad. Se sumergió en una luz que le hacía tanto daño a los ojos que tuvo que cerrarlos.

Tras un rato de locura sintió cómo se paraba y permanecía suspendida sin apenas moverse, flotando suavemente. Reunió fuerzas como pudo para volver a abrir los ojos. Ahora se encontraba suspendida sobre la calle de la herrería de su padre, otra vez en Lento Fluir. Si miraba hacia abajo podía ver a su padre Luca, su hermano Job y el Guardián Cloud. Los tres estaban de rodillas agachados sobre lo que parecía el cuerpo sin vida de alguien. Oyó un estruendo y, estirándose, ganó la suficiente altura como para sortear los tejados de la población y mirar hacia donde se había producido. Apretó los puños. A las afueras del pueblo continuaba la batalla. Los bárbaros sureños seguían tirando proyectiles de fuego con sus catapultas y la escuela aún seguía en llamas, aunque una fila de lugareños se iban pasando cubos de agua para extinguirlas. Tuvo que refrenarse para no dirigirse hacia allí y continuar la batalla exactamente donde la había dejado pero, entonces, una punzada de curiosidad le vino a la mente. Volvió a mirar hacia abajo. Allí las tres figuras continuaban arrodillados. Su padre decía algo a los otros dos mientras el Guardián negaba con la cabeza. No podía oírlos. Decidió descender un poco para escuchar lo que decían.

Su hermano Job lloraba desconsolado hipando y moviendo con los pequeños espasmos su roja cabellera. Estuvo tentada de posar su  mano en su hombro para consolarle pero las palabras del Guardián desviaron su atención.

-Debe tranquilizarse, Luca -decía el Guardián Cloud-. No debió matar. Es algo que incluso a mí no me está aún permitido. La Magia tiene normas y reglas. La gente cree que el Poder lo es todo, pero el Poder no es nada sin la inteligencia del mago que lo maneja.

-No me diga ni una tontería más, Cloud -rugió Luca -. Traígala inmediatamente de vuelta. Usted no podrá matar pero sé muy bien que puede revivir.

Tánger bajó un poco más, apenas a dos metros de los tres. Miró con más atención a la figura tumbada. No pudo reprimir un grito de sorpresa. Allí, tumbada boca arriba se encontraba ella, muerta.

Jeremías apareció corriendo y saludó de forma marcial a Luca.

-Señor Till. El incendio en la escuela está bajo control y puede ser sofocado, pero me temo que su esposa y algunos de los niños han sido tomados como prisioneros por esos sureños. No sabe cómo… – las palabras se quebraron en la garganta del joven cuando se percató de quién era la persona que estaba en el suelo. Cayó de rodillas y comenzó a llorar mientras musitaba palabras inconexas.

-Jeremías -interpeló secamente Luca-. No es momento ni lugar de perder los nervios. Cloud, por última vez, intente que Tánger vuelva de allí donde esté. Hágalo o me veré obligado a matarle yo mismo antes de que esos malnacidos del Sur acaben con todos nosotros -amenazó, llevándose las manos a la empuñadura del martillo de herrero que utilizaba como arma de combate y contra el que el pobre Guardián, casi sin Poder alguno, no sería rival.

Tánger sintió una oleada de simpatía por su padre y por Jeremías. Quizá no era el mejor momento pero se dio cuenta de lo mucho que les quería. Deseó poder decírselo en persona.

– Nada puedo hacer si ella no quiere volver- musitó el mago sin esperar que el otro le comprendiera-. Está bien, Luca, haré lo que pueda -concedió finalmente el Guardián que para la sorpresa de Tánger también lloraba. Comenzó a recitar un ensalmo.

Tánger sabía que debería escuchar el salmo y atender a las instrucciones de su mentor, el Guardián Cloud, pero lo que quería era buscar a su madre y al resto de chicos que esos señores del Sur habían secuestrado de la escuela. Se elevó y miró de nuevo hacia el exterior de la ciudad. Allí, en la lejanía, se veían unas estructuras donde parecía que los sureños habían establecido su cuartel general. Era obvio que era allí a donde habrían llevado a los prisioneros y que pronto los embarcarían camino del sur para ser vendidos como esclavos, en el mejor de los casos. Volvió a mirar abajo, mientras el ensalmo del Guardián subía el tono. Si no iba ya a por su madre, no podría salvarla, estaba segura. Por otro lado, había prometido ir a la Fortaleza del Norte y ayudar al Hombre Encadenado. Volvió a dudar.

El Hombre Encadenado – Capítulo 10 – El Retorno del Poder

A partir de aquí el Capitulo Diez de El Hombre Encadenado – El Retorno del Poder

Travis Cloud estaba sentado en el suelo de piedra de la sala debajo del salón de su casa, apoyada la espalda en la mesa sobre la que descansaba la cabeza de su mentor Torben, ahora callada y tratando de consumir de la manera más lenta posible los pocos retazos de magia que la separaban del silencio final. El Guardian Cloud descansaba derrotado en el suelo respirando muy lentamente y observando cómo el vaho que salía de su boca en cada expiración se iba difuminando bajo los pequeños destellos violetas del poco Poder que aún quedaba en la estancia.

“No me equivoqué”, pensó. Habían pasado más de tres años sin volver a sentir la Magia en la joven Till. “No me equivoqué” volvió a repetirse, como los millones de veces antes. “No, lo sé, ella tiene Poder por sí misma. Lo sentí, lo sentí como ahora siento este condenado frío húmedo que se mete por mis huesos como unos dedos delgados y larguiruchos . Ella es Poder en estado puro, tal y como dijo Torben que ocurriría, hace tantos años. Que aparecería alguien. Un hijo de los Piratas. O una hija. Con el Poder brotando de su ser como le ocurre a ese que está encadenado. Como El Hombre de la Fortaleza. Alguien sobre el que construir una nueva realidad. Alguien con el que luchar por todo el Poder, el mágico y el real”. Travis dudaba,  ya no sabía si realmente había vivido aquella noche en la que la joven Tánger Till le miró con su ojos violetas y él sintió cómo el Poder, el auténtico Poder, rezumaba en su interior. Y cómo su persona se sentía tentada de saltar hacia ella y absorberlo hasta agotarla. Si eso era posible.

Y luego, la nada. Esa noche una explosión y después el vacío. Había tratado por todos los medios de formar parte de la vida de la muchacha y lo había conseguido. Era su mentor en la escuela, la persona, más allá de su familia, a la que ella acudía para consultarle una cosa o la otra. Su referente fuera de su casa. Pero nunca, nunca más, había sentido lo mismo. Como si, igual de repentino que el fogonazo que lo inundó todo aquella noche en el molino viejo donde los crios del pueblo jugaban a ser adultos aventureros antes de llegar a la edad de ser adultos aburridos, todo hubiera desaparecido, extinguido, como una llama sobre la que se echa un cubo de agua.

Los problemas no aparecen solos y la Magia de la Fortaleza había dejado de manar. La última comunicación de Surio había sido hacía seis meses. El plan continuaba, las noticias de nuevas muertes lo probaban, pero la cabeza, con su proverbial intuición, pensaba que Surio se impacientaba, que él y sus seguidores necesitaban alguna prueba para respaldar todo lo que habían hecho ya. De que la muerte accidental de diez de los dieciséis Guardianes Principales que habían orquestado no había sido para nada. “Vendría bien que esa chica tuya hiciese algo”, le había dicho la cabeza un par de veces. “Si fuese tan fácil” , pensó fastidiado él. ·

Tenía tan poco Poder que no podía pensar con claridad. Si tan sólo ese imbécil de Surio consiguiese que el Hombre Encadenado les diese una cantidad apreciable en el próximo paso de París por Tánger. Algo para volver a disponer de Magia de nuevo. No esas minucias que sólo les servían para mantener la Zona bajo el Escudo. Travis sacudió la cabeza, sabía que eso no tenía visos de ocurrir.

Cuando la cabeza abrió los ojos, Travis seguí sentado en el suelo. Por eso no se percató de que Torben volvía a la vida, saliendo de esa hibernación autoimpuesta para no consumir mucho Poder. Los ojos, secos tras tanto tiempo cerrados, tardaron mucho en poder moverse al unísono. Pero al final, lo hicieron. La voz fue aún más difícil de traer de nuevo del Otro Lado. 

-Travis -dijo carraspeando la cabeza-. Travis, levántate, estúpido ¿No lo notas?

Travis, como siempre le pasaba con la cabeza de su antiguo maestro, tuvo que ahogar sus deseos de cogerla de la mesa y lanzarla contra la pared para aplastarla y que nunca más le dijese nada. Respiró hondo. ¿A qué se refería su maestro? Sabía que debía hacerle caso, le había demostrado a lo largo de los años que poseía una visión de los acontecimientos fuera de lo común. 

Volvió a respirar hondo y trató de percibir tal y como le pedía Torben. Y lo notó. Allí, en el  fondo de la realidad, como una nota sostenida, muy baja al principio, monocorde, tanto que podía pasar desapercibida. Pero no. Allí estaba. Y no pudo contenerse.

-¡Poder! -Gritó, ansioso. Hambriento- ¡Poder!, ¡ahí está, demonios!, ¡ves cómo sí, cómo esa niña tenía Poder!

-Sí -confirmó la cabeza-. Tenías razón. Menos mal -concedió, aliviado.

Travis se levantó, aguzando aún más los sentidos. Ahí seguía, como un zumbido, aumentando el volumen poco a poco. Una nueva fuente de Poder que iluminaba toda la realidad sensorial de los dos magos. La estancia parecía incluso más iluminada que hacía unos momentos.

-Dios Todo Poderoso -susurró la cabeza con sorpresa-. Es increíble. Es realmente poderosa, Travis. Creo que más que el Hombre Encadenado.

La cabeza giró los ojos, poniéndolos en blanco. No se lo dijo al otro pero tenía miedo. Miedo del Poder desatado que estaban percibiendo. Nunca habría sospechado que sentiría eso cuando por fin encontrasen la nueva fuente tras tantos años de búsqueda infructuosa. Pero esa chica, esa chica pirata, era como una estrella a punto de explotar. O explotando, ¿quién lo sabía? No creía que Surio, Travis y él, juntos los tres y en su mejor momento, podrían domeñar a aquella rutilante potencia plena de Poder.

Travis Cloud, sin embargo, no pensaba en nada de eso. Sólo pensaba en que por fin podría decirle a Surio que moviese su gordo culo y viniese hasta el extremo de la Marca del Sur, a la población más fronteriza de todas aquellas que habían quedado bajo la protección de los Guardianes. Porque, juntos, cogerían a Tánger y la llevarían hasta la Fortaleza. De manera triunfal. Recogerían los pedazos en los que se había convertido todo el monstruo de la organización de los Guardianes y tomarían su poder. «El poder con el Poder», susurró sonriendo. «El poder para luego, acabar con todos los demás» pensó, aún más feliz.

Unos golpes súbitos despertaron a ambos de sus ensoñaciones.

-¡Señor Cloud!, ¡Señor Cloud!, Ábrame por favor, es importante- la voz de un niño, seguida de golpes en la puerta, les interrumpió.

-¿Quién es, Travis? -Preguntó la cabeza-. Ahora lo importante es lo que es. Debes ir a por esa muchacha y no despegarte ella. NO dejes que vuelva a desapracer. Debemos saber dónde está en todo momento – «Sea lo que sea que hagamos con ella. Es demasiado peligrosa para no controlarla», pensó, sin decirlo en voz alta.

Travis miró a su maestro con un odio incluso superior al habitual. Reconocía la voz, aunque no se lo dijo. “Para qué”, pensó. Era el pequeño de los Till, el hermano de Tánger, Job. El que era hijo de sus padres. Sin mediar palabra, dejó a la cabeza en su mesa y subió hacia su casa. Tropezó un par de veces debido a la poca iluminación de la estancia. Trabajosamente y utilizando las manos para guiarse, llegó hasta la trampilla que comunicaba el mundo inferior con el superior. En cualquier otra circunstancia, habría hecho un suave movimiento con las manos y la trampilla se habría abierto, permaneciendo los elementos de su salón en suspensión, todo gracias a la Magia. Sin embargo, ya no se podía permitir ese tipo de derroches. Empujó con el hombro la trampilla y sintió cómo el peso de la misma se oponía a su fuerza. Al tercer empellón, la trampilla se desencajó de su posición y giró sobre sus goznes con el chirrido acostumbrado. La alfombra estaba enrollada dejando el espacio para que girase la trampilla expedito. 

Los golpes continuaban en la puerta y los gritos de joven Job cada vez eran más estentóreos. Travis cerró la trampilla, volvió a colocar la alfombra y puso las sillas y mesa en su posición habitual para evitar que alguien se diese cuenta de que ahí abajo había algo. 

Con su gesto de enfado más trabajado abrió de manera violenta la puerta. 

-Jovencito -espetó con una voz seca y un gesto de censura en la mirada-. Espero que tengas una buena razón para golpear mi puerta.

Job Till, con esa pelirroja cabellera y esos ojos verdes heredados de su madre, tragó saliva asustado.

-Pero, no te quedes callado, demonios- rezongó el Guardian-. Y cuéntame qué te ha llevado a venir aquí gritando como un loco.

-Está bien, señor -tartamudeó-. Es mi hermana, señor. Los Señores de Sur nos atacan. ¿No lo ha oído, señor? La Escuela de mi madre arde. Y cuando todo parecía perdido, mi hermana apareció volando, lanzando flechas, matando a los invasores. Dándonos tiempo de preparar la defensa. Sin embargo, algo le pasó de repente … cayó desde el cielo desmayada y ahora casi no respira.

Travis, abrió los ojos ante la cascada de información. «¿cuánto tiempo llevaba ahía abajo compadeciéndome de mí mismo?» se dijo. Los Señores de la Guerra, esa escoria sureña, atacando la ciudad al fin. Habría muertos por doquier. Por mucho que ese simple de Luca se hubiera esforzado en dotar de defensas a la ciudad y todos los pobladores hubieran recibido formación militar, no tenían nada que hacer frente a un ejército del sur. Era un drama absoluto. Aunque, realmente, él sólo podía prestar atención a la última frase que había pronunciado Job. “Ahora casi no respira”. Todo lo demás no significaba nada para él. Preguntó:

-¿Ha matado a muchos? Tu hermana, quiero decir.

-Muchos, señor. Mi padre dice que dos cientos al menos, señor -respondió el pelirrojo.

“¡Mierda!” gritó enfadado Travis. “¿Cómo se le ha ocurrido matar?” pensó, furioso.

-Llévame a dónde la tengáis, ¡rápido, mocoso!

El Hombre Encadenado – Capítulo 9 – No soy un Botín

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A partir de aquí el Capítulo 9 de la Novela El Hombre Encadenado.


Hacía frío. Tánger se frotó las manos de manera vigorosa tratando de que volviesen a la vida. Sus mitones dejaban al aire la parte final de cada una de sus pequeñas extremidades. A pesar del frío, necesitaba la destreza que le daban sus dedos para manejar las pequeñas palanquitas del espejo instalado en el piso superior del molino que servía como sede de la Hermandad. Ese espejo, allí colocado, era utilizado como repetidor del servicio de telégrafo de luz. Servía como enlace entre el puesto más allá del Sur y la Torre de la casa del Guardián en Lento Fluir. Allí, Tánger recibía, transcribía y repetía los mensajes orientando el espejo hacia la ciudad. Ella misma había insistido durante días a su padre Luca para lograr que se instalase allí y que ella formase parte de los turnos de su operación. Luca, obviamente, se resistió todo lo que pudo, hasta que la joven elevó la petición a su tío Tiago. A este, cómo no, le pareció una idea excelente que los jóvenes se comprometiesen de esa manera con la seguridad de la ciudad. Es más, en la siguiente reunión del Consejo de la Marca lo propuso para que el resto de localidades replicaran ese planteamiento.

Unos leves brillos en el sur le sacaron de su ensimismamiento. “Sólo es el mensaje de control. Todo sigue bien”. Mecánicamente pulsó la palanca de emisión tres veces consecutivas, el espejo cóncavo que estaba dirigido hacia la ciudad zumbó ligeramente debido a que el diafragma que lo cubría dejó pasar tres veces el brillo del sol. Tánger miró hacia Lento Fluir. Allí, en la torre de la Casa de los Guardianes, sobre el reloj que permanecía parado desde hacía más de tres años, cuando la magia dejó de manar libremente por la Marca, alguno de los Hudson recibió la señal y respondió con un brillo largo. “Todo sigue bien”, se dijo.

Miró de nuevo hacia la ciudad. Apoyada sobre la muralla erigida hacia unos años por su padre, se encontraba la escuela donde su madre estaría dando clase. Tánger ya había terminado la escuela antes del último verano, había cumplido dieciocho, pero seguía extrañando asistir a esas clases comunes donde niños y adolescentes de todas las edades eran enseñados por su madre con una paciencia infinita.

“Todo podría ser diferente”. Tánger tocó con las puntas de los dedos el pequeño saquito donde reposaban las tres piedras. Si aguzaba el oído, podría oír cómo zumbaban mientras el Poder caía por el sumidero que las tres piedras formaban, vibrando en un infinito juego de tonos violetas. Se volvió a colocar el saco bien fijo debajo de la ajustada cota de cuero que protegía su pecho.

De improviso, un temblor sacudió a Tánger. La torre del sur comenzó a lanzar destellos como si la persona que se encontrase a los mandos hubiese enloquecido. Muchos de ellos eran intraducibles. Tratando de mantener la calma, Tánger comenzó a replicar los mensajes que podía traducir. “Miles. Pausa. Son miles. Pausa. Flechas, bolas de fuego. Pausa…”. Un estruendo, atenuado por la distancia, hizo que todo lo demás perdiera interés. La torre del camino del sur comenzó a ser devorada por unas llamas anaranjadas. La columna de humo era espesa. Tánger notó cómo sudaba bajo la flexible cota de cuero con refuerzos en las zonas vitales. “¡Qué diablos pasa!” pensó, perdiendo el control. Volvió a tocar el saco de las piedras y lo agarró para deshacerse de él  pero paró en seco. “Se lo prometí. Nunca más”. Rápidamente se levantó en su puesto. Tomó la palanca que comandaba el diafragma y rápidamente tecleó “La torre depuesto del sur está siendo atacada. Espacio. Lo que hemos esperado hace años está ocurriendo. Nos atacan.”

Se fijó a la espalda las dos cimitarras curvas que había aprendido a manejar como extensiones de sus manos durante el entrenamiento militar al que toda la población había sido sometido una vez que la Magia y los Guardianes reconocieron que no podían hacer más que mantener el Escudo de la Zona, y saltó por la fachada de la torre agarrada al tubo de descenso que había hecho colocar para casos como este. Mientras bajaba los pisos hasta el suelo calculó mentalmente. “La torre está a unos diez kilómetros. Los caballos tardarán una hora aproximadamente. Los hombres nunca menos de dos”.

Por eso, cuando los vio aparecer por entre los árboles gritando como bestias salvajes supo que todo estaba perdido.

El primero que apareció la localizó al momento. Era grande, no musculoso pero sí fuerte, rapado y tatuado con grandes marcas azules., visibles a través de la mínima ropa que portaba Pesaría más de cien kilos, el doble que ella. Sus ojos, inyectados en sangre, y su boca, sin dientes, dieron cuenta de su descubrimiento. Tánger sabía que era fundamental que no indicase a los que venían detrás que ella estaba allí.

Avanzó corriendo hacia el salvaje desenfundando las espadas curvas. El hombre río profusamente pero, al menos, no dio la voz de alarma a los que le seguían. Les separaban de los otros unos cincuenta metros. “Los otros aún no me han visto. Han debido acudir por la curiosidad de ver qué hay en el molino abandonado” pensó. Corrió más rápido. Cuando le quedaban unos diez metros de distancia, el hombre balanceó la maza, un martillo de más de metro y medio, que le costaba manejar. Al cubrir el arco , dirigido con precisión hacia ella, el martillo zumbó como una piedra lanzada con una honda. Si le daba en la cabeza la mataría al instante pero Tánger era mucho más ágil que aquella maza. Sin parar de correr, dobló la espalda evitando la maza y lanzó un arco cruzado con ambas cimitarras. Las piernas del hombre fueron seccionadas y cayó al suelo entre gritos. Antes de que sufriese más de la cuenta, Tánger describió de nuevo otro arco, separando la cabeza del cuerpo del hombre. Era la primera vez que mataba a un hombre. Llevaba más de tres años practicando con sacos llenos de grano. La sangre que le salpicó el rostro y el cuerpo era pegajosa y la notó caliente. Sintió unas arcadas que no pudo refrenar y vomitó perdiendo unos segundos mientras el segundo hombre se acercaba alertado por los gritos de su compañero.

Este, menos grande, más ágil, también llevaba una maza pero más pequeña, más manejable. El primer golpe dio a Tánger en la pierna izquierda, bajo la rodilla. El golpe no le rompió ningún hueso gracias a las protecciones que llevaba, pero sí que hizo que cayera y la espada de la mano izquierda se le resbalase. Una flecha se clavó a escasos centímetros de su cara. Había un tercer hombre a unos quince metros, un arquero. Otra flecha rebotó en la placa que cubría su hombro derecho. Tánger agradeció las pequeñas placas de metal que su padre había encastrado entre los pliegues del cuero endurecido de su cota y de sus protecciones pero sintió un dolor muy parecido a cuando te acertaba una piedra lanzada por una honda debido al impacto de la cabeza de la flecha.

El hombre de la maza describió un nuevo arco apuntando a su cuerpo. Tánger estaba muy dolorida. Alguna vez había luchado contra Jeremías y éste le había propinado algún puñetazo pero nunca había sentido el dolor que ahora sentía en la pierna y en el hombro. La maza ya viajaba hacia su rostro. Sin mucho tiempo a pensar, giró sobre sí misma aplastando la flecha que se había clavado instantes atrás en el suelo, sintiendo cómo se rompía y cómo trataba de clavarse en su cuerpo entre los pliegues de sus protecciones, pero la cota volvió a hacer su trabajo. La maza golpeó el suelo y Tánger vio cómo se clavaba donde unos instantes antes estaba su cara. El hombre trató de levantarla de nuevo pero Tánger ya había cargado su brazo derecho y había lanzado un certero golpe al bárbaro. El brazo derecho fue seccionado de cuajo justo por el codo, el izquierdo no terminó de desprenderse, quedándose colgando por algo blanquecino que le parecieron unos tendones mezclados con los huesos. El hombre gritó más de lo que nunca había oido jamás gritar a un hombre. Sin embargo, dos flechas pasando a escasos centímetros de su cuerpo hicieron que volviera a concentrarse en lo que realmente era importante, mantener la vida.

La espada que había perdido estaba a un par de metros, seguramente el bárbaro la había alejado de un puntapié, ella no se había dado cuenta. Vio al arquero a unos diez metros. Sin pensarlo, lanzó la cimitarra que aún mantenía en la mano derecha. El hombre la miró con sorpresa, pero esquivó el arma. No era un hombre muy diferente que los que ella había conocido. Tenía el pelo más largo que su padre pero los mechones canosos que lo poblaban hizo que se lo recordase. Durante un par de segundos pensó si alguna chica como ella lo esperaba en su poblado bárbaro del Sur, quizá para festejar con el botín de la victoria, con los esclavos dispuestos para venderlos y hacerlos ricos. Sonrió. Cogió la espada del suelo. El hombre sacó un cuchillo largo y tiró el arco. El otro bárbaro, al que había cortado los brazos, seguía gritando.

“Mira a los ojos a tu oponente”, su padre Luca siempre se lo decía. Era evidente que Luca nunca había peleado en una situación parecida pero a Tánger no se le ocurriría dudar de la idoneidad de mirar a los ojos a su oponente. El bárbaro era el más pequeño de los tres. Sin tatuajes. Con ropa bastante normal para lo que ella estaba acostumbrada. Pelo largo y canoso. Y muy delgado. Cuando lanzó la primera estocada, Tánger se dio cuenta de que también era el más peligroso. El filo del cuchillo describió una trayectoria desde abajo hacia arriba, muy arriba, algo que ella nunca hubiera creído posible. Le corto el cuello. Tánger supo al instante que la herida era muy superficial, brotaría algo de sangre pero no era grave, pero lo que sintió le preocupó mucho más. Miedo. En un instante, toda la adrenalina de la situación le abandonó y fue sustituida por una sensación absoluta de miedo que estuvo a punto de paralizarla. Pero no podía permitírselo porque aquel hombre ya le estaba lanzando otra estocada, esta vez dirigida a ensartar ese largo cuchillo en su tripa. Tánger se giró un poco e hizo presa a la muñeca del hombre con la mano izquierda. Cuando él intentó desasirse, ella se giró dejando el brazo de él en su espalda pero sin soltar su muñeca. Cuando terminó de dar la vuelta impulsó al bárbaro que giró un poco desorientado. Muy poco. Lo suficiente para que ella lanzase un golpe de arriba a bajo. El hombre consiguió esquivar la espada tirando la cabeza para atrás pero, lamentablemente, al hacer eso, su abdomen quedó expuesto hacia adelante. El filo lo abrió en un instante y todos sus intestinos salieron expulsados en un instante, como si estuvieran allí guardados a presión.

Tánger volvió a sentir el golpe antes de saber quién se lo daba. Mientras caía al suelo vio el brazo colgando del bárbaro que aún quedaba, maltrecho, con vida. Cayó encima de las vísceras del despojo en el que se había convertido el que acababa de morir. Allí, entre todos aquellos restos, Tánger se sobrepuso a las arcadas para, con toda la fuerza de voluntad que pudo reunir, ponerse de rodillas e impulsar la espada que aún apretaba fuertemente en su mano derecha. El impulso fue tal que la espada se abrió camino en el bárbaro y no ofreció la resistencia necesaria para evitar que ambos se cayeran. Allí, sobre su última víctima, Tánger comenzó a temblar y a llorar sin poder parar.

Transcurridos unos instantes, Tánger se levantó. Algo dentro de ella había cambiado, quizá roto, anestesiado seguro. Miró a los cadáveres de los que hasta hacía unos instantes habían tratado matarla. Limpió las hojas de sus cimitarras, se colgó el arco atravesado y cargó el carcaj con las flechas del bárbaro que le había recordado a su padre. “Ya no volverá a su pueblo para repartir su botín con su hija. Yo no soy un botín”, pensó. Era evidente que habría más bárbaros en el bosque, debía ocultar de lamedor manera los cuerpos.

Las campanas de la ciudad empezaron a sonar. Tánger miró a la muralla. Allí donde se apoyaba el edificio de la Escuela. Allí, donde su madre París daba clase a todos los escolares de Lento Fluir. Allí exactamente donde ahora unas llamas anaranjadas se abrían paso. “¡Mamá!” Gritó, sorprendiéndose de oír su propia voz tan alto después de haber permanecido en absoluto silencio toda la batalla. Unos ruidos en la espesura seguidos de las profundas voces de aquellos hombres rudos del Sur hicieron que comenzase a correr dejando todo atrás. Si corría con suficiente velocidad podría cubrir los kilómetros que la separaban de la muralla en menos de una hora. Una gran bola de fuego impactó en la muralla y el edificio de la escuela, al menos parcialmente, desapareció entre una nube de humo. “¡Mamá, no!” volvió a gritar. Con un movimiento muy rápido se arrancó el saquito de las pequeñas piedras y saltó en dirección a la ciudad.

El Hombre Encadenado – Capítulo 8 – El Fin de la Magia

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A partir de aquí El Hombre Encadenado – Capítulo 8 – El Fin de la Magia


– Señor… Señor – el pequeño recorría las calles principales de Lento Fluir a la carrera, con un estrecho papel en su mano, ondeándolo al viento. El niño gritaba tratando de llamar la atención de Tiago Bell, el representante de la localidadr en el Consejo de la Marca-. Señor Bell, señor Bell.

Tiago, despreocupado, se paró en mitad de la calle, aparentando indiferencia mientras trataba de averiguar quién le llamaba. “Parece el pequeño de los Hudson” pensó. Cualquier otro crío habría despertado en él la más profunda indiferencia, todos menos ese. Jonás Hudson, su padre, era el responsable del “Telégrafo de luz”, el dispositivo de espejos con nombre rimbombante que su hermano Luca había puesto en funcionamiento algunos años atrás y que hacía posible la comunicación de la pequeña población con las de alrededor y, lo más importante para Tiago, con la capital, Bruma Azul.Tiago sabía que sólo una comunicación importante de la capital habría impulsado a Jonás a mandar tras él a su hijo pequeño. Así que se paró en seco donde se encontraba, en mitad de la calle principal de la localidad, con todo el resto de vecinos mirándole de reojo, y esperó pacientemente a que el pequeño llegase a su altura.

– Señor Bell, tome este mensaje. Es de Bruma Azul, del Consejo – le comunicó el pequeño, “como si hiciese falta gritarlo en mitad de la calle” pensó contrariado Tiago.

“Venga inmediatamente. Hágase acompañar del Guardián. Dígale que es urgente. Él sabrá proceder”. El mensaje no había sido traducido, seguía expresado en los puntos y las rayas con los que los encargados de los telégrafos se comunicaban y que eran apuntados siguiendo directamente los reflejos y la duración de los mismos en los espejos de comunicación. El señor Hudson había considerado que Tiago no necesitaba esa traducción pues el abecedario era una invención de su hermano Luca y ambos, Jonás y Tiago, lo habían aprendido directamente del inventor al mismo tiempo unos años atrás.

– Pequeño – dijo dirigiéndose al jovencísimo Hudson -. ¿Sabes dónde se encuentra el Guardián Cloud?

El pequeño lo miró y negó con la cabeza.

– Estará en su casa. Mi padre me ha dicho que era muy urgente darle este mensaje, nada más, señor.

Tiago buscó en una de sus bolsillos y le dio un par de monedas al chico. Pensativo, retomó su camino unos pasos. “Si no está en la Casa de los Guardianes, en cuyo campanario está colocado el espejo del Telégrafo, estará en su casa. Está a poca distancia desde aquí”.

Tiago caminó rápido, apresurado, casi tropezándose con las baldosas de la calle, recorriendo lo más rápido que podía los cientos de metros que le separaban de la casa donde Cloud vivía. Al llegar a la puerta, la golpeó con fuerza.

– Cloud, Cloud, ¡salga, es urgente!

Tras unos segundos en los que no pasó nada, que a Tiago se le hicieron eternos, una de las ventanas del primer piso se abrió y dejó ver a un Travis Cloud despeinado y con mala cara.

– ¿Qué ocurre, Bell? – gruñó el Guardián, con un tono de enfado, como si hubiera pasado una noche de perros.

– Rápido Cloud, necesito que lea un mensaje del Telégrafo.

El Guardián, sin cambiar de expresión, cerró rápidamente la ventana. Menos de un minuto después abría la puerta de la casa e indicaba a Tiago Bell que entrase en la misma.

Tiago, entregó el mensaje al Guardián sin darse cuenta de que este no sabía interpretar los garabaratos de la comunicación.

– Disculpe, Cloud. El mensaje nos pide que, con mucha urgencia, viajemos los dos hasta Bruma Azul. Dice que es muy urgente, que usted sabrá cómo proceder.

Cloud hizo un gesto de comprensión que Tiago no supo si catalogar de fastidio o de preocupación. Las palabras del Guardián le sacaron de dudas.

– Entiendo. Esto es preocupante. Discúlpeme unos minutos. ¿Está listo para salir?

– Claro. Tendremos que ir a por los caballos y haré algo de equipaje. Bruma Azul se encuentra a un par de días de viaje desde aquí.

El Guardián emitió una pequeña carcajada, antes de desaparecer por una de las puertas. Cuando reapareció, todos los síntomas de cansancio y apatía habían sido borrados de su faz.

– Prepárese, Bell. Vamos a viajar.

El Guardián giró ambas  manos entorno a un círculo imaginario mientras un ensalmo surgía lentamente de entre sus labios. Las palabras comenzaron a aumentar de volumen mientras giraba y giraba las manos. Al cabo de unos segundos, con sorpresa, Tiago pudo distinguir cómo las manos del Guardián dejaban un pequeño rastro de algo parecido a un humo violeta. Travis elevó el tono y giró un poco más despacio las manos. El humo se transformo en una especie de marco mientras el interior comenzaba a llenarse de reflejos. A Tiago siempre le sorprendía el uso de la Magía, pero aquella vez supo que lo que iba a ver iba a ser realmente especial.

Pasados un par de minutos, el Guardián movió sus manos y el conjunto de las brumas que formaban una especie de marco y un espacio en su interior,que resplandecía con reflejos violetas, ocupó un lugar enfrente de los dos. Travis cerró el conjuro con un “así sea” muy alto y, de pronto, detrás del marco brumoso ya no se veía la habitación de la casa sino un largo pasillo, que Tiago identifico como el pasillo de la casa del Consejo de Bruma Azul que conducía hacia la Gran Sala de Juntas del Consejo. Todo podía ocurrir si un Mago estaba implicado. “Increíble” se dijo maravillado.

El Guardián le hizo un gesto para que le siguiera y atravesaron el marco. Mientras pasaba a través, sintió un hormigueo generalizado que se detenía y se reanudaba, sobre todo en la parte inferior de la espalda y en la punta de las orejas. Un hormigueo que se convertía en algo casi insoportable. Una vez atravesado, el hormigueo cesó y fue sustituido por una sensación de frío. Por raro que todo pareciese acababan de recorrer una distancia enorme en un pequeño salto. Pero allí estaban. En la Casa del Consejo de Bruma Azul, a dos días de viaje de la casa del Guardián, allí en Lento Fluir.

Apremiado por el Guardián de una manera que hizo que el prodigio que acababa de vivir no lo detuviera, Tiago avanzó, casi corriendo, hasta llegar a la Gran Sala de Juntas. Allí, frente a un mapa donde se representaba una porción del Continente centrada en la Marca del Sur, la mesa estaba llena, con el resto de representantes ya sentados. Los presentes les hicieron un gesto impaciente para que se sentasen. Allí estaban todos los enviados de las poblaciones de la Marca del Sur junto a los Guardianes de cada encomienda: Bruma Azul, la capital, Lento Fluir, Suave Amanecer, Vientos Cálidos, Luz del Alba y Arroyo Azul. Cuando los doce estuvieron sentados, repartiéndose a ambos lados de la mesa y dejando sólo dos sillas vacías en la presidencia, aparecieron el Guardian de la Marca y el Representante del Consejo, las dos personas más poderosas de toda la región.

El Representante, Lewis Duham, habló primero mientras se sentaba en una de las dos sillas.

– Bienvenidos todos. Quisiera agradeceros la rapidez con la que habéis respondido a la llamada del Consejo, incluso aquellos de vosotros que os encontráis más alejados – dijo mientras saludaba con la mirada a Tiago -.

El Guardián de la Marca del Sur, Arthur Dupree, superior de todos los Guardianes de las poblaciones que formaban la Marca, carraspeó antes de añadir con una voz de barítono que provocaba que todos fijasen en él su atención.

– Algunos lo sabéis. Otros lo intuís. La realidad es que algo está ocurriendo y no debemos ocultar más la verdad – los cuchicheos interrumpieron al Guardián-. Por favor, un poco de silencio. Tres Guardianes de la Fortaleza del Norte han muerto en las últimas dos semanas en extrañas circunstancias. Además, no ha habido descarga de Poder en la Sala de la Fortaleza del Norte desde hace casi seis meses – algunos de los presentes silbaron con admiración -.  Seis meses. El Poder se agota por todos los sitios. Nuestras órdenes son mantener el Escudo pase lo que pase. El resto es secundario.

– Estamos en una situación de emergencia, señores – añadió Duham-. Como el Guardian Dupree acaba de decir, escasea la Magia y alguien parece estar atacando el lugar más protegido del poder de los Guardianes. Necesitamos prepararnos para lo peor.

Las caras de los representantes de las poblaciones eran un fiel reflejo del miedo. Las conversaciones se solapaban sin control. El Representante Duham hizo grandes aspavientos para lograr que la calma volviese a la sala.

– Señores, un momento. Todos sabemos qué quiere decir todo lo que acaban de oír. Es probable que quedemos a merced de nuestros enemigos no dentro de mucho. Tanto las Piratas como los Señores de la Guerra que pueblan el Sur, en cuanto conozcan que hay problemas de escasez de Magia, se lanzarán sobre todos nosotros. Hasta el momento, todos estos hechos son secretos y deben jurar con sus vidas que no extenderán su conocimiento. Pero se terminarán sabiendo. La Fortaleza ha comunicado al Guardián Dupree que creen que este mes sí habrá descarga pero la situación vital del Hombre Encadenado es, cuando menos, discutible.

Tiago hizo un gesto llamando la atención del resto. Duham le dio la palabra.

– En Lento Fluir llevamos años preparándonos para algo así – comenzó a decir ante los gestos de sorpresa del resto -. Mi hermano, el que alguno llamáis “científico” – pronunció la palabra lentamente de forma deliberada, remarcando la aversión que le producía- ha preparado una serie de protecciones contra posibles enemigos en previsión de que algo parecido ocurriese, que debiésemos recurri a nosotros mismo para protegernos ante un enemigo externo. Podemos compartir los planes con vosotros, creo que se pueden trasladar a todas ls poblaciones. Si dispusiéramos de un año o año y medio, creo que podríamos mejorar las defensas de las poblaciones de la Marca y, al menos, resistir los primeros ataques.

El Representante Duham asintió complacido ante la intervención de Tiago.

– Excelente señor Bell. Un plan ante la adversidad. Esto es lo que se necesita en situaciones de emergencia. Por favor, disponga de lo que necesite por parte del Consejo. Le conmino a preparar con el resto de responsables de cada localidad, de manera urgente, un plan de refuerzo de cada una de ellas. Trasplantaremos todo aquello que ustedes han hecho en Lento Fluir al resto de poblaciones observando sus peculiaridades.

El resto de responsables civiles asintieron aliviados ante el ofrecimiento de Tiago. “Aquí puede estar mi posibilidad de sustituir en un futuro a Lewis Duham” pensó él satisfecho.

– Señor – dijo tomando la palabra el Guardián Cloud y dirigiéndose a su superior Dupree-. Señor, el Representante ha comentado que han habido tres muertes en la Fortaleza. ¿Puede decirnos quienes han sido las víctimas?

El Guardián Dupree miró a su subordinado. Lo conocía desde hacía años y no le gustaba. No soportaba las preguntas que hacía, no soportaba cómo lo miraba, cómo hablaba. Desde la primera ver que el viejo Torben lo había traído a su presencia había sentido rechazo hacia él. Sin embargo, era un apregunta justa y debía tratar de contestarla.

– Tres Guardianes principales han muerto. Asesinados. Ya sólo quedan trece – los Guardianes presentes se llevaron las manos a la cabeza gritando “no es posible” -. No sabemos nada más. Creemos que no es casualidad que el Hombre esté tan enfermo y que esta ola de asesinatos se produzca.

– Señor – volvió a intervenir Travis -. Si alguien está asesinando Guardianes Principales en la Fortaleza, ninguno estamos a salvo. Si en el centro de nuestro poder nos asesinan…

Travis calló. No era necesario continuar. Si ni siquiera en la Fortaleza los Guardianes estaban a salvo. Si eso lo sabían los representantes del pueblo. Si los pueblos se debían proteger por sí mismos porque eran incapaces de protegerles los Guardianes y su Magia… si todo eso estaba ocurriendo, entonces no estaban ante una emergencia. Estaban ante el fin de los Guardianes y el fin de la Magia.

El Hombre Encadenado – Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.

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A partir de aquí el Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.


A pesar de todos los esfuerzos realizados por Tánger para no hacer ruido mientras subía las escaleras de la casa familiar, tras su aventura con la Hermandad, poco podía hacer contra los finos sentidos desarrollados por sus padres a lo largo de incontables noches en vela, aguzando los oídos para tratar infructuosamente de saber cómo ella o su pequeño hermano Job estarían sin tener que levantarse de la cama y acercarse a cada una de sus habitaciones. Poco, por mucha magia que utilizase, podía hacer la joven frente a unos padres preocupados por saber dónde se había metido su hija mayor toda la noche. Así que ella tampoco se sorprendió mucho de ver sentado en su cama, y en posición de espera, a su padre cuando abrió la puerta de su habitación. Aunque aquella vez, y eso que Tánger había hecho muchas travesuras a lo largo de su corta pero intensa existencia, la joven descubrió algo, como una sombra desconocida, en los ojos y en la expresión de su padre.

Luca era un hombre joven aún, “a pesar de todo” solía decir con fingida melancolía. Superaba por pocos años los cuarenta  y, aunque no muy alto,  su forma física en general era atlética. Por muchos inventos que dispusiera en su Herrería siempre debía realizar una alta cuota de trabajo físico lo que, como un buen efecto secundario, lo mantenía en actividad contínua. Sin embargo, Tánger no pudo evitar fijarse en la expresión de su rostro. Si bien su pelo plateaba bastante más que como la chica lo solía recordar no era eso lo que hacía que ella se parase un momento a observar a su padre.  Al lado de sus ojos se agolpaban una colección inédita de arrugas de todos los tamaños que conferían un aspecto cansado y preocupado a su tez. Tánger se esforzó en hacer memoría, en intentar descubrir cuándo esos efectos de la edad habían aparecido. No lograba recordarlo.

– Tánger- dijo Luca con un tono monótono-. Debes llevar siempre esto encima- añadió, tirándole a las manos el colgante con el pequeño saquito que transportaba las tres piedras.

Esa situación, Luca sentado en la cama y Tánger de pie enfrente suyo, era una especie de inversión poética de la situación vital de ambos y, quizá, un adelanto de lo que podría ocurrir en un futuro. Tánger cogió al vuelo el pequeño colgante sin atreverse a mirar a los ojos a su padre.

– Padre… yo… – musitó, inundada por una vergüenza que la hacía enrojecer.

– No digas nada. Ven, por favor – dijo Luca y se levantó, tomando de la mano a su hija y guiándola fuera de la casa.

Ya había amanecido en Lento Fluir y las calles iban poblándose de ruido y gentes diversas que se zambullían en un nuevo día con ánimos renovados. Luca no le dirigió palabra alguna a lo largo del camino. Un par de pasos por detrás, aunque firmemente agarrada a su mano, Tánger caminaba silenciosa preguntándose cómo acabaría todo esto. Se sintió aliviada cuando descubrió que la llevaba a la Herrería. Después de la habitación que su padre tenía en la casa familiar, la Herrería era su sitio favorito en todo el mundo. Allí disfrutaba entre montañas de cachivaches y herramientas de todos los tamaños, alumbrada siempre por el fuego brillante de la forja.

La Herrería era uno de los edificios de la calle de Los Oficios, en la parte cercana al acantilado de Lento Fluir, sobre la Playa de Los Piratas. Junto a la Panadería del padre de Jeremías y enfrente de la Casa de las Luces, la tienda de velas y lámparas de aceite y de Magia de la pequeña población. El establecimiento de Luca ocupaba la esquina de su acera y tenía sólo una planta de techo muy alto, podría ser un segundo si se hubieran construido viviendas normales. Una gran chimenea destacaba en el techo a dos aguas que conectaba la forja en perenne funcionamiento con el exterior, expulsando una columna de humo gris.

Luca abrió la puerta y se dirigió detrás del mostrador de la zona de tienda, hacia el taller, abierto a un patio exterior que también conectaba con la calle por el otro lado y al que podían entrar los caballos y animales cuando el herrero  necesitaba cambiarles los aperos o herrarles.

Hizo un gesto a su hija para que lo siguiese hasta una pequeña puerta detrás de la que se oía un ruido rítmico como de martillo. Con esfuerzo, el pequeño herrero abrió la puerta y la sostuvo mientras indicaba a la joven que entrase. Una vez dentro, habló por primera vez desde que salieran de la casa familiar.

– Mira estas dos pequeñas máquinas, Tánger- le dijo, señalando a dos bultos que ocupaban la pequeña habitación.

Las máquinas qeu le señalaba, eran dos pequeños ingenios, como un par de mesas cuadradas, que atrajeron la atención de Tánger de manera instantánea.

Una pequeña lamina de metal, de una anchura de unos pocos centímetros, era desenrollada de una bobina colocada en uno de los extremos de cada mesa. La pequeña lámina era tirada por unos pequeños rodillos y brazos que la hacían pasar por unos émbolos, taladros, brocas y empujadores de diversos tamaños y dotados de diferentes movimientos. Todo ello sin que el continuo movimiento de la lámina de metal cesara. A los lados de la mesa, colgados de un pequeño raíl, había dispuestos unos cestaños no muy grandes. En diversas partes del recorrido de la lámina de metal, un pequeño tubito estaba estratégicamente colocado para que, mediante un soplo de un aire de origen desconocido, una pequeña piecita de metal de una forma determinada fuese empujada y cayese en el cestaño adecuado, acorde a su forma, tamaño y funcionalidad. Tánger miró con sorpresa a Luca y este le hizo un gesto para que observase dentro de los cestaños. En unos había pequeños cierres de cremalleras, en otros clips para juntar papeles, una agujas o alfileras en otros, dedales de diversos tamaños y dibujos, … toda una serie de piezas metálicas de uso cotidiano, que Tánger estaba aburrida de ver por su casa o por la escuela, pero que nunca se había parado a pensar de dónde venían.

– ¡Qué maravilloso invento, papá!- exclamó la chica mientras palmoteaba- . Es maravilloso cómo con ingenio se puede hacer todas esas pequeñas cosas.

Luca le dio la espalda.

– La verdad, Tánger, es que me gustaría ser el responsable de estos pequeños ingenios, pero no es así. Mira – dijo mientras señalaba una pequeña chapa identificadora en uno de ellos -. Aquí puedes ver quién es el responsable.

– Perkin´s. Decoletaje industrial S.A. – Leyó ella-. Pero ¿quién es Perkin´s? ¿qué es decole.. decoletaje?

– ¡No lo sé! – suspiró frustrado su padre – Cuando tenía dieciséis años mi padre me trajo aquí. A él, se las había enseñado su padre. Y su padre el suyo. Así sucesivamente. Ninguno sabemos de dónde vienen, ni quién las creo, sólo las guardamos y mantenemos. Cada mes, el Guardián Travis me trae un cargamento de bobinas. Nunca me ha dicho de dónde salen, por mucho que haya preguntado. Desde que mi padre me las enseñó me dedico a ellas, a hacer las pequeñas piezas de repuesto cuando uno de sus pequeños brazos mecánicos falla. A engrasarlas adecuadamente como mi padre me enseñó.

Tánger acarició las máquinas con la punta de sus dedos.

– Interesante – añadió.

– Esto no es todo, Tánger.

Luca se dirigió al fondo de la habitación. Allí, dos relojes redondos de pared, de esos que se cuelgan, estaban medio tirados. Tánger, escuchaba el típico “tic, tac”.

– Aquí – mostró Luca-. Un reloj. Como todos sabemos, los relojes son elementos mágicos. Los Guardianes los dotan de vida y el pueblo los utiliza para medir el tiempo- Tánger miró extrañada a su padre ante las obviedades que estaba diciendo-. Y aquí otro reloj. Exactamente igual al otro y mágico también ¿verdad?

– Papá, no sé a donde quieres llegar.

Luca le hizo un gesto inequívoco para que tuviera paciencia. Dejó el segundo reloj sobre una de las máquinas de Perkin´s y dio la vuelta al primero. Abrió la tapa trasera y Tánger pudo ver el pequeño vacío, la oquedad detrás de las agujas y la corona y esos pequeños reflejos violetas que vibraban tal y como siempre ocurría con los elementos mágicos.

Luca dejó el reloj en el suelo y tomó el otro. Le dio la vuelta y abrió la pequeña tapa trasera. Tánger se sorprendió de lo que su padre dejó al descubierto. Un montón de rueditas con pequeños salientes que encajaban unos dentro de otros, unas espirales pequeñas de metal que se hinchaba y relajaban, todo en movimiento, todo haciendo el característico “tictac” de un reloj.

– Qué… ¿qué es eso, papá? – Preguntó ella despacio.

– No lo sé. Lo conseguí de un mercader que apareció por la capital, por Bruma Azul, hace años. Anunciaba que poseía artefactos asombrosos y era cierto. Tenía muchos similares. Cosas que todos creemos que son mágicos, iguales y haciendo lo mismo pero sin utilizar Magia alguna. Sin utilizar Magia en absoluto.

– ¿Y tú qué crees?

– No lo sé, pequeña –  le dijo de manera cariñosa -. Pero piensa en una cosa. Imagínate que hay una forma de obtener cualquier cosa mediante la Magia. La alternativa es evidentemente posible pero complicada. Lo que es más, los que tienen acceso a la Magia la racionan. La entregan sólo a quien quieren y como quieren. Hacen que todo dependa de ellos. Poco a poco, la forma alternativa de hacer las cosas, más complicada y al alcance de pocos, se va perdiendo, haciendo que todo pase por aquellos que controlan la Magia. Imagínate que alguien que no necesita de ellos aparece. Alguien que también tiene acceso a la Magia pero fuera de su control. Alguien que también puede tener acceso a las alternativas. Alguien que puede distinguir qué es imprescindible de hacerse con Magia y qué podría tener sentido, simplemente, desarrollarlo por técnicos, por rueditas. Alguien que puede ir al margen de todo lo establecido. Con un criterio propio ¿Qué piensas que puede pasar?

Tánger, miró de nuevo a los relojes. Su padre añadió.

– Un reloj- dijo señalándose-. Y otro reloj- dijo señalándola.

– Madre mía – susurró Tánger.

– Por favor, sigue llevando las pequeñas piedras. Es mejor que nadie sepa qué es lo que eres. Sea lo que sea. Hazlo por mamá y por mí. Hazlo por Job. Hazlo por tí.

El Hombre Encadenado – Capítulo 6 – Una Cabeza

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A partir de aquí el Capítulo 6 – Una Cabeza.


Travis cerró la puerta de su casa tras decir adiós a los chavales que le habían acompañado desde la casa molino de la Hermandad. Sin respiración se apoyó en la puerta, azorado resbaló poco a poco apoyando la espalda en la puerta hasta sentarse en el suelo. “Es verdad.” Se dijo. Sin aliento. “Es verdad, al fin”.

Impulsado por un resorte interior, se puso en pie y fue corriendo al espacio central de la planta baja de la casa. Allí, en el salón donde solía organizar las comidas cuando tenía invitados, rebuscó con las manos los bordes de la alfombra que cubría gran parte de la habitación, un gran manto multicolor de lana de oveja, tintado y tratado para resultar cómodo y vistoso. Utilizando la Magia hizo que todos los elementos que se apoyaban en esa alfombra, mesas, sillas, todos, se elevaran grácilmente un par de metros. Tiró de uno de los bordes de la alfombra, evidentemente ayudado de nuevo por la Magia para aumentar su fuerza, y deslizó la alfombra hasta retirarla lo suficiente del suelo como para dejar al descubierto una trampilla  disimulada entre el resto de tablas del piso. Con un gesto, hizo que la trampilla se abriese y entonces, caminó sorteando los muebles voladores hasta llegar a las inmediaciones de la oquedad.

Miró hacia adentro. Unas escaleras se intuían y un olor agrio, ligeramente fétido que, por conocido, no le resultaba menos desagradable, le inundó las fosas nasales. Sabía que, como tantas otras veces, debía bajar por aquellas escaleras y hablar con lo que había abajo, pero eso no hacía que le resultase más sencillo. Sacudió la cabeza, como para apartar esos pensamientos y alejarlos de ese momento y lugar, y comenzó a descender. Las escaleras estaban iluminadas por unas llamas azules que no eran naturales. Como todo lo que ahí dentro se guardaba se alimentaban de Magia, de Poder puro.

Las escaleras estaban cada vez más humedas según descendía y el aire circundante era frío. “El frío es bueno” se repitió mentalmente. El frío era bueno para la Magia, la Magia funcionaba mejor a bajas temperaturas, o al menos aquella Magia que no era realizada por el Poder en sí, como le ocurría a Travis. Aquella Magia “de prestado” como solía pensar, pues él sólo podía utilizar el Poder que le era transmitido por otro. Y ese otro lo recibía de otro. Y así, hasta llegar a la fuente original, a aquel que se encontraba encadenado en la Fortaleza del Norte con esas dieciséis cadenas a los extremos de las cuales se colocaban los principales Guardianes de la Magia. “A no ser que alguien encuentre otra fuente” pensó, sonriendo por primera vez en su vida de manera natural, no para aparentar ser una persona “normal”.

“A no ser que se encuentre otra fuente que se pueda aprovechar para acabar con la Fortaleza y con todos esos vejestorios que la pueblan. Con todas esas ratas avaras ansiosas de Poder. Ansiosas de poseerlo para utilizarlo en ellos mismos, mucho simplemente para seguir viviendo, para mantenerlos con vida después de siglos. Esos vejestorios que únicamente comparten las migajas que les sobran con los siguientes de la cadena. Esos jerarcas que impiden que desarrollemos todo el potencial que el Poder nos permitiría“. Sonrió aún más porque sabía que ese relato le serviría para hacer que otros le siguieran en la revuelta que planeaba. Otros incautos ávidos de Poder, de otras migajas, algo superiores a las que ahora recibían, pero migajas al fin y al cabo. Unas nuevas migajas que él se encargaría de administrar tras acabar con los de la Fortaleza. Pero todo eso no era posible si sólo había una fuente de Poder, como todo el mundo aseguraba que ocurría. Todos menos aquel que le recogió y que le trató como su mentor.

Travis dejó las escaleras para atravesar un angosto pasadizo hasta llegar a una sala algo más ancha. Ahí, una pequeña mesa de madera y, sobre ella, la cabeza.

– Maestro- dijo Travis con una voz neutra que trataba de ocultar su agitación interior -. Lo he encontrado.

Lo que antes parecía una figura artificial, simplemente una reproducción realizada en barro de lo que podía parecer ser la cabeza de una anciano arrasado por la edad y una mala vida evidente, abrió súbitamente los ojos y gruñó con un deje en la voz que hacía que pareciese algo gutural.

– ¿Qué has encontrado, muchacho? – Preguntó la cabeza. Pero aunque la voz fue audible en toda la sala en la que ambos se encontraban, los labios casi no realizaron ningún movimiento. “No es necesario” se dijo Travis, como siempre interesado por todo lo que la cabeza representaba. “Al fin y al cabo, la cabeza sólo está viva por la Magia, sin ella no sería nada.”

– Otra fuente, maestro. Otra fuente de Poder.

La cabeza abrió mucho los ojos. Una especie de luz amarillenta se percibió por detrás de los ojos, como si el Poder iluminase por dentro la cabeza como una vela y, al mirar a los ojos de la cabeza, se intuyera la luz que había dentro. Como esas calabazas a las que los niños les colocaban una vela dentro después de vaciarlas y taladrarles unos ojos y una boca.

– Otra fuente de Poder- repitió la cabeza del que, antes, era conocido como Torben, Guardián de la Magia y maestro de Travis Cloud-. Otra fuente. Tanto tiempo buscándola y tenía razón – si la cabeza no estuviera sólo soportada por la Magia, actuando como un ancla para el alma del viejo Guardián que a través de la misma podía comunicarse con los vivos, Travis hubiera jurado que el viejo estaba llorando-. ¿Es la niña esa? ¿La hija de los Piratas?

– Sí, maestro. Se llama Tánger y es una niña Pirata con ojos violetas como los del Hombre Encadenado.

– Shhh – chistó el maestro sin mover los labios -. No hables nunca de él aquí. Este lugar está arrebatado al mundo de los muertos por su Magia y si él se entera, si alguna vez alguien intuye lo que aquí ocurre… Los dieciséis de la Fortaleza acabarán con nosotros antes de que podamos acabar lo que hemos empezado. Todo debe seguir el plan tal y como está diseñado. Si hay otra fuente y la de la Fortaleza se está agotando podemos pasar a la siguiente fase.

– Sí, maestro- dijo de manera mecánica Travis.

– Entonces, contacta con la Fortaleza y haz que ocurra – pidió el maestro Torben.

Travis volvió a asentir y buscó el espejo. A los pies de la pequeña mesa sobre la que descansaba el busto del maestro había apoyado un espejo de un tamaño medio, con un marco recargado decorado con pan de oro. El Guardian lo cogió del suelo y casi a tientas buscó en la pared detrás de la mesa hasta que encontró la alcayata donde colgarlo. Al lado de la cabeza, en la mesa, había un trapo ligero y trasparente. Travis lo colocó sobre la cabeza mientras pronunció el sortilegio adecuado. La superficie reflectante del espejo vibró con una luz azulada. La cara de Travis que se reflejaba en el espejo dio paso a la visión de una habitación en la que sólo se veía una cama que parecía bastante incómoda y una mesa en la que una figura estaba sentado leyendo un libro, de espaldas al espejo.

– Surio – susurró Travis-. Surio, por favor.

El tal Surio se giró despacio. Tenía el cráneo afeitado y vestía un hábito de textura áspera, como de tela de saco. Algo realmente incómodo a todas luces. Su cabeza tenía un tamaño algo superior a la media y no tenía cejas. Todo el conjunto le daba un aspecto de bola de queso que podría resultar cómico. Sin embargo, la forma en que su boca se apretaba en una línea de dureza sin límite hacía que el tal Surio no fuese una persona que pudiera parecer graciosa. Para nada.

– Travis – dijo con una voz profunda -. Creía que no tendría noticias tuyas nunca más.

– La paciencia es una virtud necesaria para todo Guardian. Y es necesaria aún más para nosotros y nuestra misión.

– Así es – reconoció Surio con un deje contrito-. Dame la información que consideres. Yo te actualizaré el estado de la Fortaleza.

– Hemos encontrado la fuente alternativa- dijo Travis silabeando las palabras y comprobando el efecto de sorpresa que provocaban en el otro-. Es hora de comenzar con el plan.

– El plan, una vez comenzado, no tiene vuelta atrás. Te pido confirmes – respondió despacio Surio -. Es muy importante.

Travis respiró varias veces antes de continuar. Tenía ganas de gritar, de insultar, de agarrar por el cuello al otro si fuera posible. De decirle que se dejase de tonterías e hiciese lo que debía hacer. Pero mantuvo la calma. Surio tenía por delante la ejecución de una tarea que nadie había afrontado. El asesinato uno a uno de los otros quince Guardianes Principales.

– Te lo confirmo – dijo por fin Travis.

La expresión del otro se tornó sombría.

– Sea.

Ambos guardianes se miraron unos instantes sin mediar palabra.

– Bien- dijo al fin Surio-. Te actualizo la situación aquí en la Fortaleza. El Hombre está cada vez peor. La periodicidad de la descarga de Poder no puede ser ya mensual y debemos conformarnos con una vez cada dos meses. Los Guardianes de otros territorios están preocupados. Cada vez más se quedan sin Poder antes de volver a disponer de él. Cada vez más quedan desabastecidas regiones bajo nuestra protección. El Guardián Principal Magnus ha indicado que, de seguir así, deberemos priorizar el escudo de La Zona y luego nosotros mismos y, después, el resto de las encomiendas. El temor a no disponer de la abundancia actual de Poder hace que los nervios crezcan por momentos en la Fortaleza. Muchos tratan de acumular Poder en objetos o en antiguos rituales, sin resultado. El miedo comienza a extenderse sin freno. Si atacamos ahora y, cuando todo esté a punto de colapsar, ofrecemos una alternativa, todos los que continúen con vida nos seguirán. Pero debemos tener alternativa para que nunca se desactive el escudo de La Zona.

– La tenemos, Surio. Tú y los tuyos no debéis temer.

– Yo no soy importante. Nosotros no somos importantes. El objetivo lo es.

– Así es – mintió Travis-. Así es.

El espejo vibró de nuevo y volvió a reflejar la cara sin expresión de Travis. Este lo descolgó y volvió a dejarlo apoyado en una pata de la mesa. Acto seguido retiró la tela transparente de la cabeza.

– Bendito loco – dijo la cabeza-. Va a empezar la revolución más grande desde el evento de La Zona. Y todo, absolutamente justificado por una buena causa – unos gruñidos que simulaban risas surgieron de la cabeza.

Travis asintió. Estaba aburrido. No tenía ganas de seguir viendo el espantajo de la cabeza, abriendo y cerrando los ojos y con esa voz de ultratumba parloteando continuamente. Realmente sólo soportaba aquel engendro porque le había demostrado una capacidad increíble de adelantarse a los acontecimientos. Pero en cuanto pudiera lo mandaría al estercolero lleno de gusanos del que no debería haber salido nunca. Aún no era el momento. Lo sería cuando todo estuviera mas encarrilado. Cuando sus consejos ya no tuviesen tanto valor y Travis se sintiese confiado de acabar lo que acababan de empezar.

– Hace frío, maestro – dijo por fin-. Debo volver a mis quehaceres. En cuanto empiecen a llegar las noticias de las muertes de Guardianes de la Fortaleza, los esclavistas y las piratas atacarán las poblaciones, acudirán como moscas a la miel espoleadas por el conocimiento de que la Fortaleza no puede proteger todo el territorio bajo su protección.

– Así es, Cloud – respondió el maestro-. Y ahí deberás estar atento.

– Sí. Me voy- susurró el Guardián y se dio la vuelta.

Comenzó a subir las escaleras. A cada escalón, dejaba más atrás a la cabeza y a esa Magia insana que inundaba ese lugar. Ese frío antinatural que la cabeza necesitaba para seguir entre los vivos.

Pasados unos minutos, la cabeza se quedó otra vez a solas en la pequeña habitación bajo el salón de la casa del Guardián, iluminada a duras penas por las luces azuladas del angosto pasillo y que estaban alimentadas por la Magia y parpadeaban de forma trémula. Antes de cerrar los ojos, evaluó la situación. Por fin, el estúpido de Travis había localizado otra fuente de Poder. Torben sabía, hacía muchos años que lo había sabido, que una descendiente de las piratas podría ser una fuente de Poder. Por eso había orientado a Travis a aceptar ese destino en el último pueblo de la última Marca, ese pueblo perdido entre el territorio protegido por los Guardianes de la Fortaleza y el fiero Sur. Por eso había elegido al propio Travis, tantos años atrás. Para hacerse con todo el Poder. Para no ser sólo una cabeza.