Whiplash (Damian Chazelle, 2014)

Secuestrados por el fenómeno La La Land, Ciudad de las Estrellas (Damian Chazelle, 2016) , hemos decidido revisitar Whiplash (Damian Chazelle, 2014) la primera película, al menos con distribución generalizada, de su director, el verdadero enfant terrible del nuevo cine norteamericano, el jovencísimo Damian Chazelle.

El planteamiento de esta película es conocido y, de hecho, ya se ha rodado por gente como Alan Parker, Fama (Alan Parker, 1980) o Bob fosse, All that Jazz (Bob Fosse, 1979), esto es, el esfuerzo sobre humano que se les pide a algunos para lograr la inmortalidad según el canon actual, es decir, la fama.

¿El fin justifica los medios? ¿para lograr el éxito hay que llevar al extremo a las personas? ¿puede un profesor o un superior maltratar a un estudiante con el fin de sacar lo mejor de él? De estos temas habla de una forma magistral esta película.

Neiman (Miles Teller) es un jovencísimo estudiante de un conservatorio de Nueva York. Es bateria suplente de una de las bandas de jazz del conservatorio. Su sueño es convertirse en el nuevo Buddy Rich, una leyenda del jazz. Para ello, para hacer historia, tiene un objetivo. Todos los días entrena con las baquetas para lograr que el profesor Terence Fletcher (J.K. Simmons) se fije en él. Fletcher dirige la big band más importante del conservatorio y muchos de los que la integran podrán optar a contratos con las casas de discos más importantes como Blue Note o, incluso, integrar la Lincoln Center Jazz Orchestra, la más prestigiosa banda de Jazz del mundo, dirigida por Winton Marsalis y que tantas veces hemos tenido la suerte de ver en el festival de Jazz de Vitoria. Esta orquestra está formada sólo por quince miembros y de ellos, sólo hay un bateria.

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J.K. Simmons (Fletcher), Miles Teller (Neimann( y el director Damian Chazelle.

Fletcher es un tirano. Maltrata a los integrantes de su banda física y, sobre todo, psicológicamente. Busca la excelencia basándose en la dominación y, por ello y paradójicamente, consigue que los músicos le rindan pleitesía ciega. Como muchas veces ocurre en la vida real y tantos ejemplos tenemos, los músicos se desviven y permiten cualquier exceso del profesor simplemente porque creen que así conseguirán su objetivo y lograrán triunfar. Y cada uno de ellos, lo único que buscan es triunfar, lograr salir de esa banda de conservatorio disparados hacia el olimpo del Jazz.

Pudiera parecernos que los músicos de Jazz son personas relajadas y fraternales. Nada más lejos de la realidad. El Jazz se maneja por la competitividad extrema. Muchos son los llamados pero muy pocos los elegidos.

Como en muchas de estas películas, sorprende al común de los mortales la competencia descarnada que se establece entre los músicos de una disciplina tan, por así decirlo, libre y fraternal como es el jazz. Cómo los músicos que ocupan la silla en la banda deben velar para que nada ni nadie les robe su sitio. Cómo se llega casi a lo físico para defenderlo. Y cómo la exigencia extrema se vuelve dramática para las vidas personales de estos ejecutores.

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J.K. Simmons observando a Miles Teller en una rueda de prensa.

Neiman y su padre, un profesor de instituto de literatura que quiso ser escritor pero no terminó escribiendo nada, fueron abandonados por su madre años atrás. El profesor no dudará de, públicamente, referirse a esta vivencia personal del bateria para lograr que este se aplique con más esfuerzo. Es más, no dudará, de recurrir a cualquier dato personal de cualquiera de sus pupilos para hacer que estos se esfuercen más. Para, según él, motivarlos.

J. K. Simmoms está excelente pero es también cierto que su personaje es un caramelo. Ganó el óscar en 2.015.

Guarda la película un par de escenas protagonizadas por los dos actores principales que quedarán para el recuerdo en la mente del espectador. Especialmente esa en la que el profesor demuestra al  alumno que sabe si se está o no adelantando al ritmo que marca la partitura.

La interpretación del profesor, realizada de forma apreciable por J. K. Simmons, le valió un oscar en la ceremonia de 2.015. Inteligentemente, Chazelle, muestra un par de escenas que humanizan en cierta medida al tirano. Fletcher se comporta como un verdadero hijo de puta con los músicos de su banda pero, entendemos, no es un hijo de puta. Sólo cree que comportándose así logrará sacar de ellos lo mejor posible. Aquí la película desliza peligrosamente entre las arenas movedizas de la justificación por el fin buscado y la denuncia de este tipo de actividades.

Damián Chazelle dirigió y escribió esta película con treinta años. Ha escrito y dirigido La La Land con treinta y dos. Maneja un lenguaje cinematográfico fuera de su generación. Sólo mueve rápido la cámara si es necesario. Pausa los momentos, coloca la cámara donde hay que colocarla. En definitiva, es un gran autor. Estamos de enhorabuena.

Una conversación entre ambos protagonistas ilustra el problema que plantea la película de una manera magistral. Mientras el profesor cree que si el director de la banda en la que comenzó su carrera Charlie Parker no le hubiera tirado un plato a la cabeza, éste nunca hubiera llegado a ser Bird, el alumno le indica que haciendo eso igual muchos buenos interpretes se desencantan y abandonan y, aunque él no lo dice, todos recordamos que Bird fue un sublime músico pero un gran desgraciado ser humano. Fletcher concluye que las dos peores palabras del idioma son «buen trabajo», por lo que descubrimos en ese momento a un extremista irredento.

El profesor cree que el Jazz está muerto porque ya no se exige lo que se debería a los intérpretes. Ya no hay Brids, ni Gillespies porque ahora, se haga como se haga se dice «buen trabajo». La película nos coloca frente a un problema moral y aunque no se decanta por una solución concreta sí que, peligrosamente, se acerca a la del fin justifica los medios.

Termina la película con el verdadero tour de force entre ambos intérpretes. Una escena que parece que termina con un giro realmente copernicano pero no, continúa y continúa hasta lograr que ambos se miren por primera vez directamente a los ojos, descrito todo de forma realmente cinematográfica por un entonadísimo director.

Miles Teller hace una gran actuación. Le hemos visto en películas cono los Juegos del Hambre y otras. Pero aquí demuestra que es un gran actor de tan sólo treinta años. Se hablará de él.

Además de mejor actor, la película consiguió el óscar de mejor montaje y de mejor sonido en 2.015, un total de tres de las cinco nominaciones con las que partía.

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Miles Teller con su «instrumento de trabajo» en Whiplash.

En definitiva una película con un planteamiento simple pero que atrapa al espectador gracias a cómo está contado y quién lo está contando.

Whiplash; 2014; Dir: Damian Chazelle; Int: Miles Teller, J. K. Simmons, Miriam Benoist, Paul Reiser; Guión: Damian Chazelle; Música: Justin Hurwitz.

Nota Interludio: 8.

Daybreaks (Norah Jones, 2016)

Decía Robert Mitchum que ser actor consistía, básicamente, en entrar a la escena por donde te indicaban, decir tu frase y tratar de no tropezarte con ningún mueble. Esconde la provocadora boutade del grandísimo actor que dio vida, entre otros, al recordadísimo reverendo de La Noche del Cazador, dos verdades tan incontestables como quizá contradictorias.

La primera es la autoimportancia que muchos artistas ortorgan a su trabajo con la consiguiente pérdida de naturalidad que, en ocasiones, imposta el resultado. Hay que tener en cuenta que Mitchum desempeñó su actividad rodeado de compañeros adscritos al famoso Método Stanislavski, método que obligaba al actor no a emular ser un personaje sino a convertirse en el personaje, buceando incluso muchos años atrás en la vida del mismo para encontrar las motivaciones que le hacían actuar como lo hacía en la obra de teatro o película en la que trabajaba. A todas luces necesario para algunos personajes, pero no para otros, en los que se llega al exceso y a la pérdida total de la frescura necesaria que debe acompañar toda obra creativa.

La segunda verdad es que cuando un artista llega a un estatus dentro de su profesión muchas veces le basta simplemente con estar y hacer lo que se espera de él. Los automatismos y las herramientas mil veces usadas y probadas son suficientes para afrontar cualquier nuevo trabajo y asumir un riesgo o cambiar el paso, es algo que no se plantea. Todo esto dicho desde el absoluto respeto a toda tarea de creación.

Adolece Daybreaks, el último disco de Norah Jones, de ambos problemas lo que hace que quede lastrado a pesar de que es un disco amable y sensible. Y es que Norah Jones por un lado ha hecho un disco sin muchas concesiones a quienes van a oirlo desde círculos fuera del ambiente jazzistico y por el otro, su evidente capacidad como cantante y compositora, le ha permitido reunir un conjunto de canciones que no llegan a atrapar a pesar de ser todas correctas.

Daybreaks es un disco bonito, bien cantado, bien tocado y bien producido. Otra cosa es que sea relevante. Norah Jones es una de los mayores exponentes del Pop-Jazz moderno. Ha vendido unos 50 millones de discos a lo largo de su carrera y está enraizada en el mainstream. Quizá esperábamos algún tema o hit que nos elevase en este nuevo trabajo que se anunciaba como el retorno a la senda de su primer gran disco, Come Away With Me.

Al oirlo, el disco te gusta, no es posible que las canciones que lo forman no te parezcan sensibles y bonitas, pero no pasa de ahí. Es decir, se escucha pero no te atrapa. Cuesta querer repetir una canción tras su escucha. Cuesta identificarse con los temas.

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Norah al piano.

Analizando más a detalle las canciones podemos decir que hay de tres grandes grupos: las primeras, las que pertenecen al Jazz clásico, gobernadas por un piano como hilo conductor y a las que pone la guinda la estupenda voz de la cantante. En el segundo grupo, aquellas que se acercan más al pop, con el uso de caja de sonido en vez de batería en vivo y que están bastante conectadas con un trabajo anterior de la artista, The Fall. Por último, hay un par en las que el country sazona los ritmos.

En definitiva un remix de estilos, algo habitual en de la obra de la artista, pero al que, en este caso, no consigue dotar de sensación de continuidad y unidad a lo largo del disco.

A pesar de todo, hay muy buenas canciones y sobre todo debo remarcar dos.

La primera Flipside, una canción con un piano rápido, tremendamente cantada y que nos devuelve una apuesta interesante por parte de Jones. Quizá el mayor riesgo del disco.

La otra una preciosa balada jazz clásica, And Then There Was You, que realmente demuestra que vocalmente es una superdotada y que podría haber estado en el repertorio de cualquier gran dama clásica de Jazz.

También, apuntar que hay una versión de Neil Young, Don´t Be Denied, que está bastante bien.

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Norah Jones y Neil Young en un concierto.

En definitiva, un disco bonito, que demuestra los valores de Norah Jones como una de las cantantes más dotadas del Jazz moderno pero que, para mí, no aporta nada nuevo o remarcable.

A pesar de esta humilde opinión que os traigo, quiero terminar esta crítica apuntando que el disco ha sido muy bien recibido por la crítica en general y ha debutado como número uno en las listas de Jazz de EEUU y los principales países europeos. Al César, lo que es del César.

Nota Interludio: 6,5

Daybreaks (2016). Norah Jones. Blue Notes Records.

Os adjunto el disco en Spotify.

GoGo Penguin – Trío de Jazz desde Manchester 

Cumplía 40 años el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz en este inicio de julio de 2016 y entre todos los conciertos programados hubo como siempre que elegir, no porque no hubiese variedad y categoría entre los participantes sino por todo lo contrario. Como todos los años nos centramos en los programados en el Teatro Principal que selecciona los artistas con más proyección y además los programa a una hora de tarde, las seis, que favorece que asistas al concierto y luego empalmes con todos los demás actos del festival o, si no puedes o tienes otros compromisos, disfrutes de un pequeño oasis musical y luego retornes a tus quehaceres diarios.

Al final el concierto seleccionado fue el de «la banda de Jazz más importante de Gran Bretaña» según la presentaron al inicio del mismo,  es decir, el trío GoGo Penguin. La formación está compuesta por un pianista, Chris Illingworth, un bajo, Nick Blacka, y un batería, Rob Turner, originarios de Manchester, extremadamente jóvenes y con una vocación de fusión del jazz con los ritmos electrónicos, bases y loops pregrabadas incluidas, que, sin dejar de traicionar una vocación original y con pureza, le da un toque que llega a conectar sin dificultades con el público más generalista. Y es quizá esa capacidad la que explica que desde la publicación de su segundo disco, v2.0 (2014), estén cosechando críticas positivas y su nombre se extienda por festivales y conciertos.

Como decía suenan realmente bien en directo, aprovechando la línea argumental que les da un piano prodigiosamente tocado que sin embargo no opaca al resto de instrumentos. El contrabajo, ya sea atacado con los dedos o con un electrizante arco, imprime el carácter particular a las composiciones que, sin embargo, alcanzan la categoría de power jazz cuando la batería empuja al trío.

Se percibe que les está llegando su momento en cómo afrontan el concierto, cómo dominan los tiempos y cómo engarzan una composición tras otra, sabiendo lo preciso del mecanismo que late por debajo del talento los tres.

Tres discos resumen su trayectoria: Fanfares (2012); v2.0 (2014) y Man Made Object (2016). Este último bajo el sello de la siempre prestigiosa Blue Note Récords, algo que les enorgullece y no olvidan de recordar en el concierto.

Voy a traeros cuatro de sus composiciones más características y que tuve la suerte de oír en directo en el concierto.

Comenzamos por Initiate, de su último disco Man Made Object (2016) una composición de corte tradicional que es capaz de transportarte a una mañana de sol entre claros de un bosque otoñal.

De su segundo disco, v2.0 (2014), el que realmente les puso en órbita, os presento el tema que les resume de la mejor manera posible, Hopopono.

Su primer disco Fanfares (2012), quizá el más intimista, tenía pequeñas joyas como este Akasthesia:

Y ya para terminar quizá el tema que les puede hacer llegar de manera más masiva al público y que me hace preguntarme qué podría hacer este trío con la banda sonora de una película de la saga Bourne, por ejemplo. Se trata de Protest, del último disco Man Made Object (2016).

Si tienes la oportunidad de verlos no te lo pierdas.