Whiplash (Damian Chazelle, 2014)

Secuestrados por el fenómeno La La Land, Ciudad de las Estrellas (Damian Chazelle, 2016) , hemos decidido revisitar Whiplash (Damian Chazelle, 2014) la primera película, al menos con distribución generalizada, de su director, el verdadero enfant terrible del nuevo cine norteamericano, el jovencísimo Damian Chazelle.

El planteamiento de esta película es conocido y, de hecho, ya se ha rodado por gente como Alan Parker, Fama (Alan Parker, 1980) o Bob fosse, All that Jazz (Bob Fosse, 1979), esto es, el esfuerzo sobre humano que se les pide a algunos para lograr la inmortalidad según el canon actual, es decir, la fama.

¿El fin justifica los medios? ¿para lograr el éxito hay que llevar al extremo a las personas? ¿puede un profesor o un superior maltratar a un estudiante con el fin de sacar lo mejor de él? De estos temas habla de una forma magistral esta película.

Neiman (Miles Teller) es un jovencísimo estudiante de un conservatorio de Nueva York. Es bateria suplente de una de las bandas de jazz del conservatorio. Su sueño es convertirse en el nuevo Buddy Rich, una leyenda del jazz. Para ello, para hacer historia, tiene un objetivo. Todos los días entrena con las baquetas para lograr que el profesor Terence Fletcher (J.K. Simmons) se fije en él. Fletcher dirige la big band más importante del conservatorio y muchos de los que la integran podrán optar a contratos con las casas de discos más importantes como Blue Note o, incluso, integrar la Lincoln Center Jazz Orchestra, la más prestigiosa banda de Jazz del mundo, dirigida por Winton Marsalis y que tantas veces hemos tenido la suerte de ver en el festival de Jazz de Vitoria. Esta orquestra está formada sólo por quince miembros y de ellos, sólo hay un bateria.

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J.K. Simmons (Fletcher), Miles Teller (Neimann( y el director Damian Chazelle.

Fletcher es un tirano. Maltrata a los integrantes de su banda física y, sobre todo, psicológicamente. Busca la excelencia basándose en la dominación y, por ello y paradójicamente, consigue que los músicos le rindan pleitesía ciega. Como muchas veces ocurre en la vida real y tantos ejemplos tenemos, los músicos se desviven y permiten cualquier exceso del profesor simplemente porque creen que así conseguirán su objetivo y lograrán triunfar. Y cada uno de ellos, lo único que buscan es triunfar, lograr salir de esa banda de conservatorio disparados hacia el olimpo del Jazz.

Pudiera parecernos que los músicos de Jazz son personas relajadas y fraternales. Nada más lejos de la realidad. El Jazz se maneja por la competitividad extrema. Muchos son los llamados pero muy pocos los elegidos.

Como en muchas de estas películas, sorprende al común de los mortales la competencia descarnada que se establece entre los músicos de una disciplina tan, por así decirlo, libre y fraternal como es el jazz. Cómo los músicos que ocupan la silla en la banda deben velar para que nada ni nadie les robe su sitio. Cómo se llega casi a lo físico para defenderlo. Y cómo la exigencia extrema se vuelve dramática para las vidas personales de estos ejecutores.

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J.K. Simmons observando a Miles Teller en una rueda de prensa.

Neiman y su padre, un profesor de instituto de literatura que quiso ser escritor pero no terminó escribiendo nada, fueron abandonados por su madre años atrás. El profesor no dudará de, públicamente, referirse a esta vivencia personal del bateria para lograr que este se aplique con más esfuerzo. Es más, no dudará, de recurrir a cualquier dato personal de cualquiera de sus pupilos para hacer que estos se esfuercen más. Para, según él, motivarlos.

J. K. Simmoms está excelente pero es también cierto que su personaje es un caramelo. Ganó el óscar en 2.015.

Guarda la película un par de escenas protagonizadas por los dos actores principales que quedarán para el recuerdo en la mente del espectador. Especialmente esa en la que el profesor demuestra al  alumno que sabe si se está o no adelantando al ritmo que marca la partitura.

La interpretación del profesor, realizada de forma apreciable por J. K. Simmons, le valió un oscar en la ceremonia de 2.015. Inteligentemente, Chazelle, muestra un par de escenas que humanizan en cierta medida al tirano. Fletcher se comporta como un verdadero hijo de puta con los músicos de su banda pero, entendemos, no es un hijo de puta. Sólo cree que comportándose así logrará sacar de ellos lo mejor posible. Aquí la película desliza peligrosamente entre las arenas movedizas de la justificación por el fin buscado y la denuncia de este tipo de actividades.

Damián Chazelle dirigió y escribió esta película con treinta años. Ha escrito y dirigido La La Land con treinta y dos. Maneja un lenguaje cinematográfico fuera de su generación. Sólo mueve rápido la cámara si es necesario. Pausa los momentos, coloca la cámara donde hay que colocarla. En definitiva, es un gran autor. Estamos de enhorabuena.

Una conversación entre ambos protagonistas ilustra el problema que plantea la película de una manera magistral. Mientras el profesor cree que si el director de la banda en la que comenzó su carrera Charlie Parker no le hubiera tirado un plato a la cabeza, éste nunca hubiera llegado a ser Bird, el alumno le indica que haciendo eso igual muchos buenos interpretes se desencantan y abandonan y, aunque él no lo dice, todos recordamos que Bird fue un sublime músico pero un gran desgraciado ser humano. Fletcher concluye que las dos peores palabras del idioma son «buen trabajo», por lo que descubrimos en ese momento a un extremista irredento.

El profesor cree que el Jazz está muerto porque ya no se exige lo que se debería a los intérpretes. Ya no hay Brids, ni Gillespies porque ahora, se haga como se haga se dice «buen trabajo». La película nos coloca frente a un problema moral y aunque no se decanta por una solución concreta sí que, peligrosamente, se acerca a la del fin justifica los medios.

Termina la película con el verdadero tour de force entre ambos intérpretes. Una escena que parece que termina con un giro realmente copernicano pero no, continúa y continúa hasta lograr que ambos se miren por primera vez directamente a los ojos, descrito todo de forma realmente cinematográfica por un entonadísimo director.

Miles Teller hace una gran actuación. Le hemos visto en películas cono los Juegos del Hambre y otras. Pero aquí demuestra que es un gran actor de tan sólo treinta años. Se hablará de él.

Además de mejor actor, la película consiguió el óscar de mejor montaje y de mejor sonido en 2.015, un total de tres de las cinco nominaciones con las que partía.

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Miles Teller con su «instrumento de trabajo» en Whiplash.

En definitiva una película con un planteamiento simple pero que atrapa al espectador gracias a cómo está contado y quién lo está contando.

Whiplash; 2014; Dir: Damian Chazelle; Int: Miles Teller, J. K. Simmons, Miriam Benoist, Paul Reiser; Guión: Damian Chazelle; Música: Justin Hurwitz.

Nota Interludio: 8.

Magnolia (Rufus T. Firefly, 2017)

Conocí a Rufus T. Firefly en un concierto de Radio 3 hace unos años. Puse la tele y sólo alcancé a ver un montón de chavales tocando increiblemente bien un montón de insrumentos y melodías superpuestas. Era el concierto en el que presentaban Nueve (2014) su anterior trabajo, que cuenta con una canción increible llamada ´El Problemático Winston Smith´.

El nueve que titulaba ese trabajo indicaba que esos eran los años que este grupo de Aranjuez, que toma el nombre del personaje que interpretaba Groucho Marx en Sopa de Ganso (Leo McCarey, 1933), llevaba girando. Nueve, que ahora son doce, y sigue la eterna duda en el aire ¿cómo es posible que un grupo tan increible no haya llegado al gran público?

Rufus T. Firefly te puede gustar más o menos. Puedes hasta odiarlo, pues toda expresión artística está sujeta al gusto de quién la disfruta. Pero lo que de ninguna manera puedes obviar es la inestimable calidad que atesoran los integrantes de este grupo. El dominio de los instrumentos que tienen y que les permiten utilizar recursos que otros ni siquiera conocen de su existencia.

Rufus T. Firefly es un grupo que atesora calidad en la ejecución, en la composición y en la producción. Sus canciones son experiencias. Magnolia no es un disco de consumo rápido. Exige del que escucha pero, a cambio, da satisfacción que perdura en el tiempo.

A veces, escuchando las canciones de este disco, parecería que nos encontramos ante una formación entroncada en un Jazz contemporáneo y es que las piezas, aunque cantadas y por tanto canciones, progresan con un frescor de falsa improvisación. Falsa porque si algo me ha quedado claro es que son unos perfeccionistas denodados, que no deben descansar hasta que toda nota que aparezca en las innumerables melodías principales y secundarias esté justificada y empaste en el conjunto.

Bajando al detalle, Magnolia es un disco que podríamos catalogar como psicodélico, progresivo, con elementos electrónicos actuales y ochenteros, con guitarras y bajos poderosos, con una batería que suena a veces espesa y con una voz que desgrana letras sin aparente sentido y que forma poesía de caracter lírico que, sin embargo, llega a implantar versos reconocibles y tarareables en quien la escucha.

Es en definitiva, quizá, lo que pudiera parecer como lo más alejado del main stream actual, una apuesta adulta por música que te hace viajar y recorrer las mentes de sus autores, sin concesiones a gustos masivos, una invitación a vivir una experiencia más que a escuchar un disco. Y sin embargo, también logra colocar un par de temas en buena posición para ser programado no sólo por cadenas especializadas sino por generales y contiene varias candidatas a ser remezcladas y activadas por dj´s para quemar algunas pistas.

Rock, indie psicódélico, progresivo y electrónico. No estamos hablando de música de masas… por ahora.

En un disco de diez temas, tres sobresalen por méritos propios y un cuarto es un puro mecanismo de relojería que atrapa desde la primera escucha y te secuestra durante días y semanas. Balance más que positivo si reconocemos en las seis restantes canciones de notable alto. Me permito desgranar las cuatro ´magníficas´.

Tsukamori da la bienvenida al disco con una melodía inicial sacada de las películas de ordenadores de los años ochenta. Bases punteadas que te ponen sobreaviso de lo que va a venir. Canción que te toma del mano y te mece en los primeros compases del viaje de Magnolia y te deja esas perlas que pueblan el disco: ´que el aullido del viento se haga canción´. Brutal.

Cisne Negro es una canción oscura, trémula, con una melodía de fondo de baquetas sobre la que el grupo va pintando las sucesivas y la voz susurra, más que canta, versos que te sumergen en el mundo del otro lado. El bajo y los sonidos electrónicos hacen un diálogo a lo largo del tema. Grandísima propuesta y candidata evidente a poblar pistas.

–O– , es quizá el tema más parecido a lo que podría denominarse como éxito masivo en el mundo de Rufus T. Firefly y presenta una propuesta basada en el bajo otra vez y las codas electrónicas mientras los versos, también esta vez negros como boca de lobo, hacen el trabajo de recordarte que esto no es otro disco de consumo rápido sino algo más. Por ahí aparece también Basquiat y otras referencias a las ciudades y a la vida interior. Es también un tema bailable y brillante. Finaliza con un corolario electrónico que parece sacado directamente del ochenta más electrónico y psicodélico.

Finalmente está la canción del disco. Río Wolf. Para mí lo más potente que he escuchado en mucho tiempo. Una mezcla extraña y sin embargo adictiva. La guitarra y batería de Led Zeppelin con la electrónica de unos Pink Floyd, … no sé, absolutamente increible esta canción en la que además la letra raya la excelencia, con unos versos increibles: ´tengo el poder del fracaso / kilómetros de derrotas/ voy a saltar en pedazos / para llover en tus sábana…´ Se podría decir más alto pero no más claro, Río Wolf es lo mejor que he escuchado de un grupo español en años, quizá desde Los Amigos que Perdí de Dorian o alguna canción del debút de Vetusta Morla.

Río Wolf es grande. Muy grande. Un diez.

Dicho todo esto, os recomiendo efusivamente la escucha de este disco y me encomiendo a las giras veraniegas, porque lo que queda claro tras la primera canción es que si bueno es el disco, su producción, su composición y su ejecución, si se traslada de manera al menos parcial a los conciertos estos serán memorables.

Nota Interludio: 9.

Magnolía; Rufus T. Firefly; 2017; Datos de la grabación extraídos de su página web: Víctor Cabezuelo: Guitarra eléctrica, sintes, rodhes, piano, arpegiadores y voz; Julia Martín-Maestro: Batería, percusión, electrónica; Carlos Campos: Guitarra eléctrica y efectos; Miguel de Lucas: Bajo y moog; Manuel Cabezalí: Guitarra eléctrica; Martí Perarnau IV: Sintes y programaciones; Rodrigo Cominero: Teclados y coros; Grabado por Dany Richter en El Lado Izquierdo y por Víctor Cabezuelo en El Lago Naranja; Mezclado por Manuel Cabezalí; Masterizado por Hay Zeelen; Producido por Víctor Cabezuelo y Manuel Cabezalí.

Os dejo incrustado el disco en Spotify:

 

 

Daybreaks (Norah Jones, 2016)

Decía Robert Mitchum que ser actor consistía, básicamente, en entrar a la escena por donde te indicaban, decir tu frase y tratar de no tropezarte con ningún mueble. Esconde la provocadora boutade del grandísimo actor que dio vida, entre otros, al recordadísimo reverendo de La Noche del Cazador, dos verdades tan incontestables como quizá contradictorias.

La primera es la autoimportancia que muchos artistas ortorgan a su trabajo con la consiguiente pérdida de naturalidad que, en ocasiones, imposta el resultado. Hay que tener en cuenta que Mitchum desempeñó su actividad rodeado de compañeros adscritos al famoso Método Stanislavski, método que obligaba al actor no a emular ser un personaje sino a convertirse en el personaje, buceando incluso muchos años atrás en la vida del mismo para encontrar las motivaciones que le hacían actuar como lo hacía en la obra de teatro o película en la que trabajaba. A todas luces necesario para algunos personajes, pero no para otros, en los que se llega al exceso y a la pérdida total de la frescura necesaria que debe acompañar toda obra creativa.

La segunda verdad es que cuando un artista llega a un estatus dentro de su profesión muchas veces le basta simplemente con estar y hacer lo que se espera de él. Los automatismos y las herramientas mil veces usadas y probadas son suficientes para afrontar cualquier nuevo trabajo y asumir un riesgo o cambiar el paso, es algo que no se plantea. Todo esto dicho desde el absoluto respeto a toda tarea de creación.

Adolece Daybreaks, el último disco de Norah Jones, de ambos problemas lo que hace que quede lastrado a pesar de que es un disco amable y sensible. Y es que Norah Jones por un lado ha hecho un disco sin muchas concesiones a quienes van a oirlo desde círculos fuera del ambiente jazzistico y por el otro, su evidente capacidad como cantante y compositora, le ha permitido reunir un conjunto de canciones que no llegan a atrapar a pesar de ser todas correctas.

Daybreaks es un disco bonito, bien cantado, bien tocado y bien producido. Otra cosa es que sea relevante. Norah Jones es una de los mayores exponentes del Pop-Jazz moderno. Ha vendido unos 50 millones de discos a lo largo de su carrera y está enraizada en el mainstream. Quizá esperábamos algún tema o hit que nos elevase en este nuevo trabajo que se anunciaba como el retorno a la senda de su primer gran disco, Come Away With Me.

Al oirlo, el disco te gusta, no es posible que las canciones que lo forman no te parezcan sensibles y bonitas, pero no pasa de ahí. Es decir, se escucha pero no te atrapa. Cuesta querer repetir una canción tras su escucha. Cuesta identificarse con los temas.

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Norah al piano.

Analizando más a detalle las canciones podemos decir que hay de tres grandes grupos: las primeras, las que pertenecen al Jazz clásico, gobernadas por un piano como hilo conductor y a las que pone la guinda la estupenda voz de la cantante. En el segundo grupo, aquellas que se acercan más al pop, con el uso de caja de sonido en vez de batería en vivo y que están bastante conectadas con un trabajo anterior de la artista, The Fall. Por último, hay un par en las que el country sazona los ritmos.

En definitiva un remix de estilos, algo habitual en de la obra de la artista, pero al que, en este caso, no consigue dotar de sensación de continuidad y unidad a lo largo del disco.

A pesar de todo, hay muy buenas canciones y sobre todo debo remarcar dos.

La primera Flipside, una canción con un piano rápido, tremendamente cantada y que nos devuelve una apuesta interesante por parte de Jones. Quizá el mayor riesgo del disco.

La otra una preciosa balada jazz clásica, And Then There Was You, que realmente demuestra que vocalmente es una superdotada y que podría haber estado en el repertorio de cualquier gran dama clásica de Jazz.

También, apuntar que hay una versión de Neil Young, Don´t Be Denied, que está bastante bien.

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Norah Jones y Neil Young en un concierto.

En definitiva, un disco bonito, que demuestra los valores de Norah Jones como una de las cantantes más dotadas del Jazz moderno pero que, para mí, no aporta nada nuevo o remarcable.

A pesar de esta humilde opinión que os traigo, quiero terminar esta crítica apuntando que el disco ha sido muy bien recibido por la crítica en general y ha debutado como número uno en las listas de Jazz de EEUU y los principales países europeos. Al César, lo que es del César.

Nota Interludio: 6,5

Daybreaks (2016). Norah Jones. Blue Notes Records.

Os adjunto el disco en Spotify.

American English (Tor Miller, 2016)

Este disco me ha encantado. Lo digo de antemano porque prefiero que no creais que voy a tratar de ser neutral en esta reseña. Para mí ha sido una sorpresa mayúscula y me ha gustado casi por completo, aunque reconozco que un par de cortes de los trece que lo componen podrían sobrar. Aún así, me parece un gran disco y sobre todo el comienzo de una gran carrera que tendrá en un futuro, seguro, cotas más altas tanto de fama como de creatividad. Y es que con Tor Miller lo bueno, aún cuando lo presente está muy bien, seguro que está por venir.

Tor Miller. Neoyorquino de Brooklyn. Veintidos años. Veintidos años, lo vuelvo a decir porque es casi increible que alguien que firma alguna de las canciones de este disco acabe, por así decirlo, de entrar en la veintena. Este cantante dotado de una voz personalísima que bebe en las profundas aguas de Bowie, Elton John, Jeff Buckley y quizá del mejor Billie Joel desde los mejores discos del propio Billie Joel, afronta desde su piano unas veces  y otras con un fondo electrónico o con arreglos propios de una banda sonora e incluso desde el dudúa de típica película de los cincuenta un trabajo sobrio, personal y transparente. Ejecuta un par de baladas que no desentonarían en el repertorio de Adele o de cualquier otro de las damas de la música inglesa actual y demuestra que puede batirse en un duelo con ellas saliendo vivo de esa liza. Pero no es un cantante de baladas. Y es que tampoco es un cantante pop, ni un one front man, aunque sea todo eso y seguramente más. Enorme potencial el que simplemente deja entrever en este trabajo el señor Miller aunque, he de reconocer que oir del tirón este disco puede resultar intenso. Capas y capas de producción que sobresaturan el momento final dejan como resultado una experiencia por la que hay que pasar para saber qué diablos se cuece en el Nueva York que se acerca al dos mil veinte y que, oyendo a este cantante, se ha saltado por completo los noventa y dos mil para afrontar esta época armado hasta los dientes con los mejores setenta.

El primer corte, Surrender, es una canción abigarrada, con pared de de sonido al estilo Phil Spector, que nos recuerda algún éxito de John Newman apuntalada por sus coros lejanos y que termina en un anti climax. Y ahí aparece Midnight, una oda desgarrada al Nueva York actual y al otro, al mítico, a aquel que todos tenemos grabado en el cerebro por las películas de Scorsese. Alguien puede sentirse sólo en la medianoche de la capital del mundo se pregunta Tor armado por su piano y su voz tan particular. Grandísima letra para esta grandísima canción que merece ser leida al menos una vez para entender por completo lo que nos quiere decir este piano man.

Pasamos a Always en la que Tor nos dice que sí, que sabe lo que son unas bases programadas  y que también las puede usar bien, que todo en esta vida no son los setenta y nos presenta una canción trepidante y muy actual, para conectar rápidamente, salvando las distancias, al estilo de unos One Republic refinados.

Carter & Cash fue mi primer contacto con él hace ya meses, escuchada en Radio 3, y es un pelotazo en toda regla. Diferente y atemporal, con ritmo, que te engancha y te descubres tarareando horas después. Si la escuchas y te gusta la escucharás más y más, garantizado.

Llega la balada por antonomasia del disco, Washington Square Park, donde Tor muestra la patita a las Adele del mundo y les dice «aquí estoy yo» y canta pasando por todas las fases de voz, desde el falsete hasta la profundidad, con una falsa desnudez bien producida que no deja sólo al cantante pero tampoco le molesta, haciendo poco a poco cada vez más, añadiendo cuerda y voces en los momentos precisos para darle épica al tema. A algunos les enamorará y a otros les cansará pero a todos les va a parecer un tema bueno y valiente.

Headlights, refresca la situación tan dramática del anterior tema y nos devuelve a la fórmula del éxito piano más voz que poco a poco va tomando forma en tema, de esos que sabes que en un concierto va a ser un momentazo, con voz en grito incluida. Gran canción.

Pasamos por cortes hasta llegar al que ahora mismo es mi tema preferido del disco, All Fall Down, he de reconocer que estoy totalmente entregado a esta pieza con un coro que te infecta directamente el centro neurológico del ritmo desde el inicio. No te abandona.

The Dirt es una balada du-dua y compone esa pequeña dosis de extraña rareza puramente americana y cincuentera que no desentona en un entorno tan iconoclasta como es este American English y hace que Tor sea más Joel que nunca.

Todo acaba con Stampede que encierra mucha producción y toques coldplayeros y nos sumerge en un pozo de melancolía pero con una luz al final del tunel.

American English me ha encantado. Desde la portada con esas letras a lo American Gigolo, esa foto excelente con ese toque totalmente setentero y ese look a lo Bryan Ferry de Tor. Un gran disco que puede que pase desapercibido pero que anuncia que Tor Miller de tan sólo veintidos años va a ser uno de los autores americanos con más proyección en los próximos años, sin duda. Descúbrelo.

American English. Tor Miller, 2016. Glassnote Records.

Nota Interludio: 9

A continuación os incrusto el disco en Spotify y algunos videos de youtube de actuaciones en directo bastante flipantes, demostrando la voz que tiene. No te lo pierdas.

Nothing´s Real (Shura, 2016)

Primer disco que traemos a Interludio Creativo y hemos elegido uno que seguro hace las delicias de todos aquellos que leeis este Blog. Este albúm, Nothing´s Real, se lanzó por Polydor el 8 de Julio de 2016 por lo que está todavía calentito.

Shura es una cantante muy joven, veinticinco años la contemplan, nacida en la ciudad de Manchester y si bien es cierto que en las Islas la música forma parte fundamental de la educación y, por tanto, es un vergel de producción, de estilos y de innovación contínua, no es menos cierto que Manchester es el enclave donde muchas de las revoluciones musicales han tenido origen, siendo la más representativa el movimiento Madchester, por lo que la actividad en esta ciudad es especialmente intensa y representativa. Shura toma la electrónica como via de expresión con todas las tonalidades y posibilidades de los últimos 30 años desarrolladas en ese enclave.

El otro punto fundamental sobre el que bascula la artista es el actual revival de los 80 que está teniendo lugar en todas las expresiones de la cultura: cine (Drive), series de tv (Stranger Things, Narcos, …), música (La Rouge o incluso temas de Arcade Fire, …). Shura lo adapta a sus cualidades resultando en una especie de Madonna pero con una elegancia y sensibilidad a flor de piel. No es en vano la comparación con Madonna ya que hay arreglos que nos recuerdan a la reina del pop de la época de Like a Virgin pero, como digo, Shura consigue que no chirríen y los aprovecha con una personalidad tal que al instante te descubres viajando a su mundo y explorándolo como si fuese absolutamente nuevo y único.

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Once canciones separadas por dos cortes introductorios llamados (i) y (ii) a modo de separación de las antiguas caras de los discos de vinilos presentan este Nothing´s Real.

Destaca su voz cercana a, otra vez, Madonna en ocasiones y en otras a una Kylie Minogue menos chillona, rebosante de calidad y frescura. Controla los tiempos y las canciones y les da un toque especial a  cada una.

Empieza la homónima Nothing´s Real mostrando todas las virtudes pero sin elevar por encima del bien el conjunto del corte. Touch, la tercera, sí que lo consigue y es en la primera que vemos el verdadero potencial de esta autora y cantante. Es hipnótica la base y cómo su voz va susurrando la letra estrofa tras estrofa. Un gran tema, delicado y redondo.

Kids´N¨Stuff contínua la senda de Touch sin quizá llegar a esa altura pero abriendo nuevos puntos de conexión con la Cicconne.

Indecision actúa como un trasunto del archifamoso Celebration de Madonna. Las comparaciones se repiten y sin embargo nunca como algo que menoscabe el trabajo de la de Manchester, simplemente como una categoría en la que sus temas encajan, nada más.

What Happened to Us? conecta de una manera sorprendente con el mejor Fleetwood Mac y con algo diferente y bonito, resultando una canción otra vez redonda y menos electrónica, más preparada para el Mainstream a pesar de la letra explícita. Esta es mi preferida del disco.

Tongue Tied también raya el nivel alto y me convence de que este disco es muy interesante, que Shura es un valor a seguir y que podría funcionar en radiofórmula tranquilamente.

Make it Up, la canción con la que la descubrí, explicita a lo que nos referimos con la vuelta a los ochenta y está también preparada para sonar mucho en la radio.

White Lights es la típica ida de olla de algunos discos, una canción de más de diez minutos que comienza normal pero luego se mantiene durante minutos y minutos en una trasgresión que seguramente gustará a los que también buscan mezclas y bases en este disco pero que no convencerá al resto. Algo similar le ocurre a The Space Tapes, un tema que en concierto es muy probable que eleve a la audiencia y que Shura utilice para demostrar sus valores en una vertiente más ácida y muy conectada con lo que hablábamos al principio de la tradición de Manchester.

En definitiva, un disco muy, muy interesante de una artista con escasos veinticinco años y que a pesar de que ya tenía otros EPs publicados no conocía y que está llamada a decir mucho en el futuro. La seguiremos con mucha atención.

Nothing´s Real, Shura, 2016. Polydor. Música Electropop, Indietrónica.

Nota Interludio: 8

A continuación os dejo el albúm en Spotify y os inserto algunas canciones de Shura de Youtube. Por favor, escuchadlo, no os defraudará.