El Hombre Encadenado – Capítulo 11 – Ensoñación

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A partir de aquí el Capítulo 11 de la Novela El Hombre Encadenado: Ensoñación.


Le dolía la cabeza. Bajó la vista y vio sus pies descalzos, muy pálidos, destacando dramáticamente contra el suelo de obsidiana negra. Movió los dedos pulgares de ambos pies sin mayor motivo que el de demostrarse a sí misma que podía hacerlo. Podía hacerlo. “Hace frío”, pensó Tánger.

Volvió a mirar al frente. Todo estaba oscuro pero el viento que corría y que le movía el pelo le hacía pensar que se encontraba al aire libre. “Pero, ¿en dónde?”, se preguntó, “¿y por qué?”.  Lo último que recordaba era el fragor de la batalla. Allí, suspendida a unos treinta metros de altura, más allá de las murallas de Lento Fluir, lanzando con gestos de ambas manos dardos de muerte a todos aquellos que trataban de asaltar la población. Diez por aquí, doce por allá, cinco que manejaban una catapulta …. Mientras sorteaba cientos de flechas, proyectiles, gritos y espadazos de las tropas de los señores del Sur que habían decidido asaltar la ciudad. Y, poco a poco, cómo le iba costando cada vez más moverse, como si hubiese caído en unas arenas movedizas que la iban cubriendo hasta impedirle moverse, gradualmente, hasta que ya no pudo ni respirar y cayó.

Y, tras la caída, despertar allí de pie. En una estancia enorme y oscura. De suelo de obsidiana negra, frío y pulido. Miró hacia arriba, haciendo esfuerzos para vencer los mareos que trataban de hacerla caer de nuevo, y confirmó sus sospechas. Allí estaba el cielo de la noche con la miríada de estrellas iluminando como pequeñas cabezas de alfiler. Y dominándolo todo la gran luna Tánger y la pequeña París, con sus brillos de cristales rojizos, una dentro de la otra como si los centros de ambos satélites hubieran quedado encajados en el mismo momento. Sin quererlo se dio cuenta de dónde estaba y de cuándo o, al menos, de qué momento del mes en curso era. “París dentro de Tánger. El momento de la descarga de Poder” pensó, “la Gran Sala de la Fortaleza del Norte”, miró en derredor para confirmar sus sospechas pero la oscuridad que gobernaba la estancia no le permitia confirmar lo que suponía. Hasta que oyó su voz.

Tánger había hablado mucho con el Guardián Cloud. Mucho de muchas cosas pero, sobre todo, del Hombre Encadenado. De la Gran Sala en la que permanecía cautivo. De cómo y cuándo se producían las descargas de Poder, de cómo era él físicamente, qué ocurría si le mirabas… en fin, de todo lo que se le pudiera ocurrir que estuviese relacionado con ese misterioso Hombre Encadenado. Al Guardián las charlas con Tánger parecían gustarle de inicio pero, según avanzaban, perdía interés. A Tánger le ocurría todo lo contrario. Deseaba conocer todos los detalles.

Su voz era muy profunda y clara. A la vez de hombre y de mujer. Tánger se dio cuenta de que no había ser humano alguno que pudiera tener esa voz y tuvo que admitir con tristeza que quizá todo era sólo una ensoñación de su mente, pero aún así, trató de escuchar con atención lo que la voz le decía.

-Por fin, Tánger -dijo tomándose su tiempo con cada una de las palabras-. Tenía muchas ganas de conocerte. Ven hacía aquí.

Tánger no sabía muy bien dónde era ese “aquí” pero descubrió con sorpresa que más adelante había una pequeña zona de luz recortada contra la oscuridad por lo que supuso que sería “allí” donde debería ir, “allí” donde el Hombre permanecía preso, encadenado por las cadenas de la Magia, encantadas por el Guardián Supremo y su cohorte de altos hechiceros. Cada paso que daba, más segura se encontraba de que todo aquello no era real, pero en el fondo de su mente creyó oír una voz interior que le decía, “no pierdas la oportunidad de saber”.

-Sí, acércate -volvió a decir esa voz andrógina-. Muy bien, poco a poco.

Tánger podía ver ahora con claridad el pilar donde el Hombre estaba encadenado. Todo refulgía con una luz clara sobre la que sobrevolaban miríadas de chispitas violetas. Sintió cómo una electricidad la rodeaba, tan poderosa que su cabellera blanca se encrespó, y se detuvo un momento. La luna Tánger oscurecida en su parte central por la rojiza París, refulgía de violeta. “Violeta sobre rojo”, se dijo y reanudó la marcha.

-Queda poco, Tánger, quiero verte antes de morir -fraseó otra vez muy despacio el Hombre, provocando que Tánger comenzara a correr.

Por fin, llegó hasta su altura y le miró. Era un hombre de mediana edad, aún más alto que ella y muy musculoso. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de llagas allí donde las cadenas se apoyaban. Sorprendida, Tánger se percató de que no estaban tensas. Ella habría imaginado que el hombre estaría apretado por las cadenas pero estas parecían simplemente apoyarse y, aún así, las llagas eran horribles. Tánger percibió el olor a podredumbre y supo que el Hombre estaba a punto de morir.

-Sí, así es -volvió a decir él-. Voy a morir, pero aún no -y con esa palabra hizo un gesto y todas las cadenas cayeron al unísono. Las llagas desaparecieron y, con un nuevo gesto, aparecieron unos ropajes dorados para cubrir sus desnudez.

Arriba en el cielo, una luz violeta surgió de las lunas y, como un rayo sólido, les cubrió a ambos. Tánger sintió una paz inmensa y miró al Hombre que la sonreía.

-Este es el misterio del Poder, Tánger -le dijo-. Cada mes las lunas se interponen y el rayo de Poder surge y es canalizado en esta estancia a través del pilar y las cadenas a cada uno de los Guardianes. Nosotros, tú y yo, sólo somos como el pararrayos de la torre en la tormenta, Tánger. Sólo el pararrayos.

Tánger sintió, por debajo de la paz que la inundación de Poder le provocaba, un inmenso miedo. Miedo a quedar allí para siempre como el Hombre.

-No, no sientas miedo chiquilla -le dijo él de forma suave -. Aún debes hacer más cosas.

-¿Qué debo hacer, mi señor? -Preguntó ella, utilizando el formalismo que los plebeyos utilizaban con los señores. El Hombre soltó una carcajada.

-No soy tu señor, pequeña. No nos tratamos así entre familia, ¿verdad?

Tánger abrió la boca para contestar pero él le hizo una seña para que callase.

-Debo decirte algunas cosas importantes, déjame hablar. La primera es que debes venir hasta aquí, es de suma importancia que no dejes que te ocurra nada hasta venir a mí. Hay algo que debemos hacer juntos, algo muy importante. Y peligroso, sin duda. ¿Puedo contar con que vendrás hasta aquí?

Ella asintió, aún sometida por su orden de mantener silencio.

-Bien. La segunda es sobre el Poder y sobre cómo utilizarlo. Es importante que no quites la vida a otros directamente utilizando el Poder. Se requieren muchos años de práctica en los caminos de la Magia para controlar la incoherencia que se genera en el espacio-tiempo cuando un Mago utiliza Poder para matar. Mucha práctica para cualquiera, quizá algo menos para ti, pero práctica al fin y al cabo. Hay que saber cómo transferir Poder para rellenar el vacío que se crea con la desaparición de una vida. Si no lo haces, el Poder te será reclamado directamente a ti y, si todo el Poder se transfiere de ti,… morirás.

-Yo – balbuceó la joven- … ¿Espacio-tiempo? -Preguntó arqueando las cejas.

El Hombre sonrió y apoyo una mano en su hombro derecho.

-Lo sé. Es difícil incluso para ti. Te lo explicaré todo cuando estemos juntos, aquí en la Fortaleza. Por ahora confía en mí. Escucha, la última cosa que necesito decirte es esta…

El Hombre continuaba moviendo los labios pero sus palabras eran cada vez más difíciles de oír hasta que redujeron tanto su volumen que Tánger ya no pudo oírlas en absoluto. La expresión de la cara del Hombre cambió y comenzó, poco a poco, a deshacerse, como si estuviera hecho de cenizas compactadas, tal que al entrar una corriente de aire muy fuerte empiezan a separarse unas de otras y a arremolinarse siguiendo la ventolera. Tánger extendió sus manos hacia él mientras este hacia lo mismo hacia ella, pero cuando parecían que iban a tocarse, sólo unas pocas cenizas quedaron atrapados entre los dedos de ella. El pilar, el suelo y las cadenas, todo, desapareció ante los ojos de la chica que no pudo sino emitir un grito sordo.

Y entonces, como si tuviera un par de cuerdas atadas por un extremo a su espalda y por el otro a un caballo de pura sangre al que alguien le hubiera dado orden de comenzar a correr al galope, sintió un tirón increíble que le lanzó por los aires. En su camino parecía que se elevaba y dejaba atrás la sala, la obsidiana negra y hasta la oscuridad. Se sumergió en una luz que le hacía tanto daño a los ojos que tuvo que cerrarlos.

Tras un rato de locura sintió cómo se paraba y permanecía suspendida sin apenas moverse, flotando suavemente. Reunió fuerzas como pudo para volver a abrir los ojos. Ahora se encontraba suspendida sobre la calle de la herrería de su padre, otra vez en Lento Fluir. Si miraba hacia abajo podía ver a su padre Luca, su hermano Job y el Guardián Cloud. Los tres estaban de rodillas agachados sobre lo que parecía el cuerpo sin vida de alguien. Oyó un estruendo y, estirándose, ganó la suficiente altura como para sortear los tejados de la población y mirar hacia donde se había producido. Apretó los puños. A las afueras del pueblo continuaba la batalla. Los bárbaros sureños seguían tirando proyectiles de fuego con sus catapultas y la escuela aún seguía en llamas, aunque una fila de lugareños se iban pasando cubos de agua para extinguirlas. Tuvo que refrenarse para no dirigirse hacia allí y continuar la batalla exactamente donde la había dejado pero, entonces, una punzada de curiosidad le vino a la mente. Volvió a mirar hacia abajo. Allí las tres figuras continuaban arrodillados. Su padre decía algo a los otros dos mientras el Guardián negaba con la cabeza. No podía oírlos. Decidió descender un poco para escuchar lo que decían.

Su hermano Job lloraba desconsolado hipando y moviendo con los pequeños espasmos su roja cabellera. Estuvo tentada de posar su  mano en su hombro para consolarle pero las palabras del Guardián desviaron su atención.

-Debe tranquilizarse, Luca -decía el Guardián Cloud-. No debió matar. Es algo que incluso a mí no me está aún permitido. La Magia tiene normas y reglas. La gente cree que el Poder lo es todo, pero el Poder no es nada sin la inteligencia del mago que lo maneja.

-No me diga ni una tontería más, Cloud -rugió Luca -. Traígala inmediatamente de vuelta. Usted no podrá matar pero sé muy bien que puede revivir.

Tánger bajó un poco más, apenas a dos metros de los tres. Miró con más atención a la figura tumbada. No pudo reprimir un grito de sorpresa. Allí, tumbada boca arriba se encontraba ella, muerta.

Jeremías apareció corriendo y saludó de forma marcial a Luca.

-Señor Till. El incendio en la escuela está bajo control y puede ser sofocado, pero me temo que su esposa y algunos de los niños han sido tomados como prisioneros por esos sureños. No sabe cómo… – las palabras se quebraron en la garganta del joven cuando se percató de quién era la persona que estaba en el suelo. Cayó de rodillas y comenzó a llorar mientras musitaba palabras inconexas.

-Jeremías -interpeló secamente Luca-. No es momento ni lugar de perder los nervios. Cloud, por última vez, intente que Tánger vuelva de allí donde esté. Hágalo o me veré obligado a matarle yo mismo antes de que esos malnacidos del Sur acaben con todos nosotros -amenazó, llevándose las manos a la empuñadura del martillo de herrero que utilizaba como arma de combate y contra el que el pobre Guardián, casi sin Poder alguno, no sería rival.

Tánger sintió una oleada de simpatía por su padre y por Jeremías. Quizá no era el mejor momento pero se dio cuenta de lo mucho que les quería. Deseó poder decírselo en persona.

– Nada puedo hacer si ella no quiere volver- musitó el mago sin esperar que el otro le comprendiera-. Está bien, Luca, haré lo que pueda -concedió finalmente el Guardián que para la sorpresa de Tánger también lloraba. Comenzó a recitar un ensalmo.

Tánger sabía que debería escuchar el salmo y atender a las instrucciones de su mentor, el Guardián Cloud, pero lo que quería era buscar a su madre y al resto de chicos que esos señores del Sur habían secuestrado de la escuela. Se elevó y miró de nuevo hacia el exterior de la ciudad. Allí, en la lejanía, se veían unas estructuras donde parecía que los sureños habían establecido su cuartel general. Era obvio que era allí a donde habrían llevado a los prisioneros y que pronto los embarcarían camino del sur para ser vendidos como esclavos, en el mejor de los casos. Volvió a mirar abajo, mientras el ensalmo del Guardián subía el tono. Si no iba ya a por su madre, no podría salvarla, estaba segura. Por otro lado, había prometido ir a la Fortaleza del Norte y ayudar al Hombre Encadenado. Volvió a dudar.

El Hombre Encadenado – Capítulo 10 – El Retorno del Poder

A partir de aquí el Capitulo Diez de El Hombre Encadenado – El Retorno del Poder

Travis Cloud estaba sentado en el suelo de piedra de la sala debajo del salón de su casa, apoyada la espalda en la mesa sobre la que descansaba la cabeza de su mentor Torben, ahora callada y tratando de consumir de la manera más lenta posible los pocos retazos de magia que la separaban del silencio final. El Guardian Cloud descansaba derrotado en el suelo respirando muy lentamente y observando cómo el vaho que salía de su boca en cada expiración se iba difuminando bajo los pequeños destellos violetas del poco Poder que aún quedaba en la estancia.

“No me equivoqué”, pensó. Habían pasado más de tres años sin volver a sentir la Magia en la joven Till. “No me equivoqué” volvió a repetirse, como los millones de veces antes. “No, lo sé, ella tiene Poder por sí misma. Lo sentí, lo sentí como ahora siento este condenado frío húmedo que se mete por mis huesos como unos dedos delgados y larguiruchos . Ella es Poder en estado puro, tal y como dijo Torben que ocurriría, hace tantos años. Que aparecería alguien. Un hijo de los Piratas. O una hija. Con el Poder brotando de su ser como le ocurre a ese que está encadenado. Como El Hombre de la Fortaleza. Alguien sobre el que construir una nueva realidad. Alguien con el que luchar por todo el Poder, el mágico y el real”. Travis dudaba,  ya no sabía si realmente había vivido aquella noche en la que la joven Tánger Till le miró con su ojos violetas y él sintió cómo el Poder, el auténtico Poder, rezumaba en su interior. Y cómo su persona se sentía tentada de saltar hacia ella y absorberlo hasta agotarla. Si eso era posible.

Y luego, la nada. Esa noche una explosión y después el vacío. Había tratado por todos los medios de formar parte de la vida de la muchacha y lo había conseguido. Era su mentor en la escuela, la persona, más allá de su familia, a la que ella acudía para consultarle una cosa o la otra. Su referente fuera de su casa. Pero nunca, nunca más, había sentido lo mismo. Como si, igual de repentino que el fogonazo que lo inundó todo aquella noche en el molino viejo donde los crios del pueblo jugaban a ser adultos aventureros antes de llegar a la edad de ser adultos aburridos, todo hubiera desaparecido, extinguido, como una llama sobre la que se echa un cubo de agua.

Los problemas no aparecen solos y la Magia de la Fortaleza había dejado de manar. La última comunicación de Surio había sido hacía seis meses. El plan continuaba, las noticias de nuevas muertes lo probaban, pero la cabeza, con su proverbial intuición, pensaba que Surio se impacientaba, que él y sus seguidores necesitaban alguna prueba para respaldar todo lo que habían hecho ya. De que la muerte accidental de diez de los dieciséis Guardianes Principales que habían orquestado no había sido para nada. “Vendría bien que esa chica tuya hiciese algo”, le había dicho la cabeza un par de veces. “Si fuese tan fácil” , pensó fastidiado él. ·

Tenía tan poco Poder que no podía pensar con claridad. Si tan sólo ese imbécil de Surio consiguiese que el Hombre Encadenado les diese una cantidad apreciable en el próximo paso de París por Tánger. Algo para volver a disponer de Magia de nuevo. No esas minucias que sólo les servían para mantener la Zona bajo el Escudo. Travis sacudió la cabeza, sabía que eso no tenía visos de ocurrir.

Cuando la cabeza abrió los ojos, Travis seguí sentado en el suelo. Por eso no se percató de que Torben volvía a la vida, saliendo de esa hibernación autoimpuesta para no consumir mucho Poder. Los ojos, secos tras tanto tiempo cerrados, tardaron mucho en poder moverse al unísono. Pero al final, lo hicieron. La voz fue aún más difícil de traer de nuevo del Otro Lado. 

-Travis -dijo carraspeando la cabeza-. Travis, levántate, estúpido ¿No lo notas?

Travis, como siempre le pasaba con la cabeza de su antiguo maestro, tuvo que ahogar sus deseos de cogerla de la mesa y lanzarla contra la pared para aplastarla y que nunca más le dijese nada. Respiró hondo. ¿A qué se refería su maestro? Sabía que debía hacerle caso, le había demostrado a lo largo de los años que poseía una visión de los acontecimientos fuera de lo común. 

Volvió a respirar hondo y trató de percibir tal y como le pedía Torben. Y lo notó. Allí, en el  fondo de la realidad, como una nota sostenida, muy baja al principio, monocorde, tanto que podía pasar desapercibida. Pero no. Allí estaba. Y no pudo contenerse.

-¡Poder! -Gritó, ansioso. Hambriento- ¡Poder!, ¡ahí está, demonios!, ¡ves cómo sí, cómo esa niña tenía Poder!

-Sí -confirmó la cabeza-. Tenías razón. Menos mal -concedió, aliviado.

Travis se levantó, aguzando aún más los sentidos. Ahí seguía, como un zumbido, aumentando el volumen poco a poco. Una nueva fuente de Poder que iluminaba toda la realidad sensorial de los dos magos. La estancia parecía incluso más iluminada que hacía unos momentos.

-Dios Todo Poderoso -susurró la cabeza con sorpresa-. Es increíble. Es realmente poderosa, Travis. Creo que más que el Hombre Encadenado.

La cabeza giró los ojos, poniéndolos en blanco. No se lo dijo al otro pero tenía miedo. Miedo del Poder desatado que estaban percibiendo. Nunca habría sospechado que sentiría eso cuando por fin encontrasen la nueva fuente tras tantos años de búsqueda infructuosa. Pero esa chica, esa chica pirata, era como una estrella a punto de explotar. O explotando, ¿quién lo sabía? No creía que Surio, Travis y él, juntos los tres y en su mejor momento, podrían domeñar a aquella rutilante potencia plena de Poder.

Travis Cloud, sin embargo, no pensaba en nada de eso. Sólo pensaba en que por fin podría decirle a Surio que moviese su gordo culo y viniese hasta el extremo de la Marca del Sur, a la población más fronteriza de todas aquellas que habían quedado bajo la protección de los Guardianes. Porque, juntos, cogerían a Tánger y la llevarían hasta la Fortaleza. De manera triunfal. Recogerían los pedazos en los que se había convertido todo el monstruo de la organización de los Guardianes y tomarían su poder. «El poder con el Poder», susurró sonriendo. «El poder para luego, acabar con todos los demás» pensó, aún más feliz.

Unos golpes súbitos despertaron a ambos de sus ensoñaciones.

-¡Señor Cloud!, ¡Señor Cloud!, Ábrame por favor, es importante- la voz de un niño, seguida de golpes en la puerta, les interrumpió.

-¿Quién es, Travis? -Preguntó la cabeza-. Ahora lo importante es lo que es. Debes ir a por esa muchacha y no despegarte ella. NO dejes que vuelva a desapracer. Debemos saber dónde está en todo momento – «Sea lo que sea que hagamos con ella. Es demasiado peligrosa para no controlarla», pensó, sin decirlo en voz alta.

Travis miró a su maestro con un odio incluso superior al habitual. Reconocía la voz, aunque no se lo dijo. “Para qué”, pensó. Era el pequeño de los Till, el hermano de Tánger, Job. El que era hijo de sus padres. Sin mediar palabra, dejó a la cabeza en su mesa y subió hacia su casa. Tropezó un par de veces debido a la poca iluminación de la estancia. Trabajosamente y utilizando las manos para guiarse, llegó hasta la trampilla que comunicaba el mundo inferior con el superior. En cualquier otra circunstancia, habría hecho un suave movimiento con las manos y la trampilla se habría abierto, permaneciendo los elementos de su salón en suspensión, todo gracias a la Magia. Sin embargo, ya no se podía permitir ese tipo de derroches. Empujó con el hombro la trampilla y sintió cómo el peso de la misma se oponía a su fuerza. Al tercer empellón, la trampilla se desencajó de su posición y giró sobre sus goznes con el chirrido acostumbrado. La alfombra estaba enrollada dejando el espacio para que girase la trampilla expedito. 

Los golpes continuaban en la puerta y los gritos de joven Job cada vez eran más estentóreos. Travis cerró la trampilla, volvió a colocar la alfombra y puso las sillas y mesa en su posición habitual para evitar que alguien se diese cuenta de que ahí abajo había algo. 

Con su gesto de enfado más trabajado abrió de manera violenta la puerta. 

-Jovencito -espetó con una voz seca y un gesto de censura en la mirada-. Espero que tengas una buena razón para golpear mi puerta.

Job Till, con esa pelirroja cabellera y esos ojos verdes heredados de su madre, tragó saliva asustado.

-Pero, no te quedes callado, demonios- rezongó el Guardian-. Y cuéntame qué te ha llevado a venir aquí gritando como un loco.

-Está bien, señor -tartamudeó-. Es mi hermana, señor. Los Señores de Sur nos atacan. ¿No lo ha oído, señor? La Escuela de mi madre arde. Y cuando todo parecía perdido, mi hermana apareció volando, lanzando flechas, matando a los invasores. Dándonos tiempo de preparar la defensa. Sin embargo, algo le pasó de repente … cayó desde el cielo desmayada y ahora casi no respira.

Travis, abrió los ojos ante la cascada de información. «¿cuánto tiempo llevaba ahía abajo compadeciéndome de mí mismo?» se dijo. Los Señores de la Guerra, esa escoria sureña, atacando la ciudad al fin. Habría muertos por doquier. Por mucho que ese simple de Luca se hubiera esforzado en dotar de defensas a la ciudad y todos los pobladores hubieran recibido formación militar, no tenían nada que hacer frente a un ejército del sur. Era un drama absoluto. Aunque, realmente, él sólo podía prestar atención a la última frase que había pronunciado Job. “Ahora casi no respira”. Todo lo demás no significaba nada para él. Preguntó:

-¿Ha matado a muchos? Tu hermana, quiero decir.

-Muchos, señor. Mi padre dice que dos cientos al menos, señor -respondió el pelirrojo.

“¡Mierda!” gritó enfadado Travis. “¿Cómo se le ha ocurrido matar?” pensó, furioso.

-Llévame a dónde la tengáis, ¡rápido, mocoso!

El Hombre Encadenado – Capítulo 9 – No soy un Botín

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A partir de aquí el Capítulo 9 de la Novela El Hombre Encadenado.


Hacía frío. Tánger se frotó las manos de manera vigorosa tratando de que volviesen a la vida. Sus mitones dejaban al aire la parte final de cada una de sus pequeñas extremidades. A pesar del frío, necesitaba la destreza que le daban sus dedos para manejar las pequeñas palanquitas del espejo instalado en el piso superior del molino que servía como sede de la Hermandad. Ese espejo, allí colocado, era utilizado como repetidor del servicio de telégrafo de luz. Servía como enlace entre el puesto más allá del Sur y la Torre de la casa del Guardián en Lento Fluir. Allí, Tánger recibía, transcribía y repetía los mensajes orientando el espejo hacia la ciudad. Ella misma había insistido durante días a su padre Luca para lograr que se instalase allí y que ella formase parte de los turnos de su operación. Luca, obviamente, se resistió todo lo que pudo, hasta que la joven elevó la petición a su tío Tiago. A este, cómo no, le pareció una idea excelente que los jóvenes se comprometiesen de esa manera con la seguridad de la ciudad. Es más, en la siguiente reunión del Consejo de la Marca lo propuso para que el resto de localidades replicaran ese planteamiento.

Unos leves brillos en el sur le sacaron de su ensimismamiento. “Sólo es el mensaje de control. Todo sigue bien”. Mecánicamente pulsó la palanca de emisión tres veces consecutivas, el espejo cóncavo que estaba dirigido hacia la ciudad zumbó ligeramente debido a que el diafragma que lo cubría dejó pasar tres veces el brillo del sol. Tánger miró hacia Lento Fluir. Allí, en la torre de la Casa de los Guardianes, sobre el reloj que permanecía parado desde hacía más de tres años, cuando la magia dejó de manar libremente por la Marca, alguno de los Hudson recibió la señal y respondió con un brillo largo. “Todo sigue bien”, se dijo.

Miró de nuevo hacia la ciudad. Apoyada sobre la muralla erigida hacia unos años por su padre, se encontraba la escuela donde su madre estaría dando clase. Tánger ya había terminado la escuela antes del último verano, había cumplido dieciocho, pero seguía extrañando asistir a esas clases comunes donde niños y adolescentes de todas las edades eran enseñados por su madre con una paciencia infinita.

“Todo podría ser diferente”. Tánger tocó con las puntas de los dedos el pequeño saquito donde reposaban las tres piedras. Si aguzaba el oído, podría oír cómo zumbaban mientras el Poder caía por el sumidero que las tres piedras formaban, vibrando en un infinito juego de tonos violetas. Se volvió a colocar el saco bien fijo debajo de la ajustada cota de cuero que protegía su pecho.

De improviso, un temblor sacudió a Tánger. La torre del sur comenzó a lanzar destellos como si la persona que se encontrase a los mandos hubiese enloquecido. Muchos de ellos eran intraducibles. Tratando de mantener la calma, Tánger comenzó a replicar los mensajes que podía traducir. “Miles. Pausa. Son miles. Pausa. Flechas, bolas de fuego. Pausa…”. Un estruendo, atenuado por la distancia, hizo que todo lo demás perdiera interés. La torre del camino del sur comenzó a ser devorada por unas llamas anaranjadas. La columna de humo era espesa. Tánger notó cómo sudaba bajo la flexible cota de cuero con refuerzos en las zonas vitales. “¡Qué diablos pasa!” pensó, perdiendo el control. Volvió a tocar el saco de las piedras y lo agarró para deshacerse de él  pero paró en seco. “Se lo prometí. Nunca más”. Rápidamente se levantó en su puesto. Tomó la palanca que comandaba el diafragma y rápidamente tecleó “La torre depuesto del sur está siendo atacada. Espacio. Lo que hemos esperado hace años está ocurriendo. Nos atacan.”

Se fijó a la espalda las dos cimitarras curvas que había aprendido a manejar como extensiones de sus manos durante el entrenamiento militar al que toda la población había sido sometido una vez que la Magia y los Guardianes reconocieron que no podían hacer más que mantener el Escudo de la Zona, y saltó por la fachada de la torre agarrada al tubo de descenso que había hecho colocar para casos como este. Mientras bajaba los pisos hasta el suelo calculó mentalmente. “La torre está a unos diez kilómetros. Los caballos tardarán una hora aproximadamente. Los hombres nunca menos de dos”.

Por eso, cuando los vio aparecer por entre los árboles gritando como bestias salvajes supo que todo estaba perdido.

El primero que apareció la localizó al momento. Era grande, no musculoso pero sí fuerte, rapado y tatuado con grandes marcas azules., visibles a través de la mínima ropa que portaba Pesaría más de cien kilos, el doble que ella. Sus ojos, inyectados en sangre, y su boca, sin dientes, dieron cuenta de su descubrimiento. Tánger sabía que era fundamental que no indicase a los que venían detrás que ella estaba allí.

Avanzó corriendo hacia el salvaje desenfundando las espadas curvas. El hombre río profusamente pero, al menos, no dio la voz de alarma a los que le seguían. Les separaban de los otros unos cincuenta metros. “Los otros aún no me han visto. Han debido acudir por la curiosidad de ver qué hay en el molino abandonado” pensó. Corrió más rápido. Cuando le quedaban unos diez metros de distancia, el hombre balanceó la maza, un martillo de más de metro y medio, que le costaba manejar. Al cubrir el arco , dirigido con precisión hacia ella, el martillo zumbó como una piedra lanzada con una honda. Si le daba en la cabeza la mataría al instante pero Tánger era mucho más ágil que aquella maza. Sin parar de correr, dobló la espalda evitando la maza y lanzó un arco cruzado con ambas cimitarras. Las piernas del hombre fueron seccionadas y cayó al suelo entre gritos. Antes de que sufriese más de la cuenta, Tánger describió de nuevo otro arco, separando la cabeza del cuerpo del hombre. Era la primera vez que mataba a un hombre. Llevaba más de tres años practicando con sacos llenos de grano. La sangre que le salpicó el rostro y el cuerpo era pegajosa y la notó caliente. Sintió unas arcadas que no pudo refrenar y vomitó perdiendo unos segundos mientras el segundo hombre se acercaba alertado por los gritos de su compañero.

Este, menos grande, más ágil, también llevaba una maza pero más pequeña, más manejable. El primer golpe dio a Tánger en la pierna izquierda, bajo la rodilla. El golpe no le rompió ningún hueso gracias a las protecciones que llevaba, pero sí que hizo que cayera y la espada de la mano izquierda se le resbalase. Una flecha se clavó a escasos centímetros de su cara. Había un tercer hombre a unos quince metros, un arquero. Otra flecha rebotó en la placa que cubría su hombro derecho. Tánger agradeció las pequeñas placas de metal que su padre había encastrado entre los pliegues del cuero endurecido de su cota y de sus protecciones pero sintió un dolor muy parecido a cuando te acertaba una piedra lanzada por una honda debido al impacto de la cabeza de la flecha.

El hombre de la maza describió un nuevo arco apuntando a su cuerpo. Tánger estaba muy dolorida. Alguna vez había luchado contra Jeremías y éste le había propinado algún puñetazo pero nunca había sentido el dolor que ahora sentía en la pierna y en el hombro. La maza ya viajaba hacia su rostro. Sin mucho tiempo a pensar, giró sobre sí misma aplastando la flecha que se había clavado instantes atrás en el suelo, sintiendo cómo se rompía y cómo trataba de clavarse en su cuerpo entre los pliegues de sus protecciones, pero la cota volvió a hacer su trabajo. La maza golpeó el suelo y Tánger vio cómo se clavaba donde unos instantes antes estaba su cara. El hombre trató de levantarla de nuevo pero Tánger ya había cargado su brazo derecho y había lanzado un certero golpe al bárbaro. El brazo derecho fue seccionado de cuajo justo por el codo, el izquierdo no terminó de desprenderse, quedándose colgando por algo blanquecino que le parecieron unos tendones mezclados con los huesos. El hombre gritó más de lo que nunca había oido jamás gritar a un hombre. Sin embargo, dos flechas pasando a escasos centímetros de su cuerpo hicieron que volviera a concentrarse en lo que realmente era importante, mantener la vida.

La espada que había perdido estaba a un par de metros, seguramente el bárbaro la había alejado de un puntapié, ella no se había dado cuenta. Vio al arquero a unos diez metros. Sin pensarlo, lanzó la cimitarra que aún mantenía en la mano derecha. El hombre la miró con sorpresa, pero esquivó el arma. No era un hombre muy diferente que los que ella había conocido. Tenía el pelo más largo que su padre pero los mechones canosos que lo poblaban hizo que se lo recordase. Durante un par de segundos pensó si alguna chica como ella lo esperaba en su poblado bárbaro del Sur, quizá para festejar con el botín de la victoria, con los esclavos dispuestos para venderlos y hacerlos ricos. Sonrió. Cogió la espada del suelo. El hombre sacó un cuchillo largo y tiró el arco. El otro bárbaro, al que había cortado los brazos, seguía gritando.

“Mira a los ojos a tu oponente”, su padre Luca siempre se lo decía. Era evidente que Luca nunca había peleado en una situación parecida pero a Tánger no se le ocurriría dudar de la idoneidad de mirar a los ojos a su oponente. El bárbaro era el más pequeño de los tres. Sin tatuajes. Con ropa bastante normal para lo que ella estaba acostumbrada. Pelo largo y canoso. Y muy delgado. Cuando lanzó la primera estocada, Tánger se dio cuenta de que también era el más peligroso. El filo del cuchillo describió una trayectoria desde abajo hacia arriba, muy arriba, algo que ella nunca hubiera creído posible. Le corto el cuello. Tánger supo al instante que la herida era muy superficial, brotaría algo de sangre pero no era grave, pero lo que sintió le preocupó mucho más. Miedo. En un instante, toda la adrenalina de la situación le abandonó y fue sustituida por una sensación absoluta de miedo que estuvo a punto de paralizarla. Pero no podía permitírselo porque aquel hombre ya le estaba lanzando otra estocada, esta vez dirigida a ensartar ese largo cuchillo en su tripa. Tánger se giró un poco e hizo presa a la muñeca del hombre con la mano izquierda. Cuando él intentó desasirse, ella se giró dejando el brazo de él en su espalda pero sin soltar su muñeca. Cuando terminó de dar la vuelta impulsó al bárbaro que giró un poco desorientado. Muy poco. Lo suficiente para que ella lanzase un golpe de arriba a bajo. El hombre consiguió esquivar la espada tirando la cabeza para atrás pero, lamentablemente, al hacer eso, su abdomen quedó expuesto hacia adelante. El filo lo abrió en un instante y todos sus intestinos salieron expulsados en un instante, como si estuvieran allí guardados a presión.

Tánger volvió a sentir el golpe antes de saber quién se lo daba. Mientras caía al suelo vio el brazo colgando del bárbaro que aún quedaba, maltrecho, con vida. Cayó encima de las vísceras del despojo en el que se había convertido el que acababa de morir. Allí, entre todos aquellos restos, Tánger se sobrepuso a las arcadas para, con toda la fuerza de voluntad que pudo reunir, ponerse de rodillas e impulsar la espada que aún apretaba fuertemente en su mano derecha. El impulso fue tal que la espada se abrió camino en el bárbaro y no ofreció la resistencia necesaria para evitar que ambos se cayeran. Allí, sobre su última víctima, Tánger comenzó a temblar y a llorar sin poder parar.

Transcurridos unos instantes, Tánger se levantó. Algo dentro de ella había cambiado, quizá roto, anestesiado seguro. Miró a los cadáveres de los que hasta hacía unos instantes habían tratado matarla. Limpió las hojas de sus cimitarras, se colgó el arco atravesado y cargó el carcaj con las flechas del bárbaro que le había recordado a su padre. “Ya no volverá a su pueblo para repartir su botín con su hija. Yo no soy un botín”, pensó. Era evidente que habría más bárbaros en el bosque, debía ocultar de lamedor manera los cuerpos.

Las campanas de la ciudad empezaron a sonar. Tánger miró a la muralla. Allí donde se apoyaba el edificio de la Escuela. Allí, donde su madre París daba clase a todos los escolares de Lento Fluir. Allí exactamente donde ahora unas llamas anaranjadas se abrían paso. “¡Mamá!” Gritó, sorprendiéndose de oír su propia voz tan alto después de haber permanecido en absoluto silencio toda la batalla. Unos ruidos en la espesura seguidos de las profundas voces de aquellos hombres rudos del Sur hicieron que comenzase a correr dejando todo atrás. Si corría con suficiente velocidad podría cubrir los kilómetros que la separaban de la muralla en menos de una hora. Una gran bola de fuego impactó en la muralla y el edificio de la escuela, al menos parcialmente, desapareció entre una nube de humo. “¡Mamá, no!” volvió a gritar. Con un movimiento muy rápido se arrancó el saquito de las pequeñas piedras y saltó en dirección a la ciudad.

El Hombre Encadenado – Capítulo 6 – Una Cabeza

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A partir de aquí el Capítulo 6 – Una Cabeza.


Travis cerró la puerta de su casa tras decir adiós a los chavales que le habían acompañado desde la casa molino de la Hermandad. Sin respiración se apoyó en la puerta, azorado resbaló poco a poco apoyando la espalda en la puerta hasta sentarse en el suelo. “Es verdad.” Se dijo. Sin aliento. “Es verdad, al fin”.

Impulsado por un resorte interior, se puso en pie y fue corriendo al espacio central de la planta baja de la casa. Allí, en el salón donde solía organizar las comidas cuando tenía invitados, rebuscó con las manos los bordes de la alfombra que cubría gran parte de la habitación, un gran manto multicolor de lana de oveja, tintado y tratado para resultar cómodo y vistoso. Utilizando la Magia hizo que todos los elementos que se apoyaban en esa alfombra, mesas, sillas, todos, se elevaran grácilmente un par de metros. Tiró de uno de los bordes de la alfombra, evidentemente ayudado de nuevo por la Magia para aumentar su fuerza, y deslizó la alfombra hasta retirarla lo suficiente del suelo como para dejar al descubierto una trampilla  disimulada entre el resto de tablas del piso. Con un gesto, hizo que la trampilla se abriese y entonces, caminó sorteando los muebles voladores hasta llegar a las inmediaciones de la oquedad.

Miró hacia adentro. Unas escaleras se intuían y un olor agrio, ligeramente fétido que, por conocido, no le resultaba menos desagradable, le inundó las fosas nasales. Sabía que, como tantas otras veces, debía bajar por aquellas escaleras y hablar con lo que había abajo, pero eso no hacía que le resultase más sencillo. Sacudió la cabeza, como para apartar esos pensamientos y alejarlos de ese momento y lugar, y comenzó a descender. Las escaleras estaban iluminadas por unas llamas azules que no eran naturales. Como todo lo que ahí dentro se guardaba se alimentaban de Magia, de Poder puro.

Las escaleras estaban cada vez más humedas según descendía y el aire circundante era frío. “El frío es bueno” se repitió mentalmente. El frío era bueno para la Magia, la Magia funcionaba mejor a bajas temperaturas, o al menos aquella Magia que no era realizada por el Poder en sí, como le ocurría a Travis. Aquella Magia “de prestado” como solía pensar, pues él sólo podía utilizar el Poder que le era transmitido por otro. Y ese otro lo recibía de otro. Y así, hasta llegar a la fuente original, a aquel que se encontraba encadenado en la Fortaleza del Norte con esas dieciséis cadenas a los extremos de las cuales se colocaban los principales Guardianes de la Magia. “A no ser que alguien encuentre otra fuente” pensó, sonriendo por primera vez en su vida de manera natural, no para aparentar ser una persona “normal”.

“A no ser que se encuentre otra fuente que se pueda aprovechar para acabar con la Fortaleza y con todos esos vejestorios que la pueblan. Con todas esas ratas avaras ansiosas de Poder. Ansiosas de poseerlo para utilizarlo en ellos mismos, mucho simplemente para seguir viviendo, para mantenerlos con vida después de siglos. Esos vejestorios que únicamente comparten las migajas que les sobran con los siguientes de la cadena. Esos jerarcas que impiden que desarrollemos todo el potencial que el Poder nos permitiría“. Sonrió aún más porque sabía que ese relato le serviría para hacer que otros le siguieran en la revuelta que planeaba. Otros incautos ávidos de Poder, de otras migajas, algo superiores a las que ahora recibían, pero migajas al fin y al cabo. Unas nuevas migajas que él se encargaría de administrar tras acabar con los de la Fortaleza. Pero todo eso no era posible si sólo había una fuente de Poder, como todo el mundo aseguraba que ocurría. Todos menos aquel que le recogió y que le trató como su mentor.

Travis dejó las escaleras para atravesar un angosto pasadizo hasta llegar a una sala algo más ancha. Ahí, una pequeña mesa de madera y, sobre ella, la cabeza.

– Maestro- dijo Travis con una voz neutra que trataba de ocultar su agitación interior -. Lo he encontrado.

Lo que antes parecía una figura artificial, simplemente una reproducción realizada en barro de lo que podía parecer ser la cabeza de una anciano arrasado por la edad y una mala vida evidente, abrió súbitamente los ojos y gruñó con un deje en la voz que hacía que pareciese algo gutural.

– ¿Qué has encontrado, muchacho? – Preguntó la cabeza. Pero aunque la voz fue audible en toda la sala en la que ambos se encontraban, los labios casi no realizaron ningún movimiento. “No es necesario” se dijo Travis, como siempre interesado por todo lo que la cabeza representaba. “Al fin y al cabo, la cabeza sólo está viva por la Magia, sin ella no sería nada.”

– Otra fuente, maestro. Otra fuente de Poder.

La cabeza abrió mucho los ojos. Una especie de luz amarillenta se percibió por detrás de los ojos, como si el Poder iluminase por dentro la cabeza como una vela y, al mirar a los ojos de la cabeza, se intuyera la luz que había dentro. Como esas calabazas a las que los niños les colocaban una vela dentro después de vaciarlas y taladrarles unos ojos y una boca.

– Otra fuente de Poder- repitió la cabeza del que, antes, era conocido como Torben, Guardián de la Magia y maestro de Travis Cloud-. Otra fuente. Tanto tiempo buscándola y tenía razón – si la cabeza no estuviera sólo soportada por la Magia, actuando como un ancla para el alma del viejo Guardián que a través de la misma podía comunicarse con los vivos, Travis hubiera jurado que el viejo estaba llorando-. ¿Es la niña esa? ¿La hija de los Piratas?

– Sí, maestro. Se llama Tánger y es una niña Pirata con ojos violetas como los del Hombre Encadenado.

– Shhh – chistó el maestro sin mover los labios -. No hables nunca de él aquí. Este lugar está arrebatado al mundo de los muertos por su Magia y si él se entera, si alguna vez alguien intuye lo que aquí ocurre… Los dieciséis de la Fortaleza acabarán con nosotros antes de que podamos acabar lo que hemos empezado. Todo debe seguir el plan tal y como está diseñado. Si hay otra fuente y la de la Fortaleza se está agotando podemos pasar a la siguiente fase.

– Sí, maestro- dijo de manera mecánica Travis.

– Entonces, contacta con la Fortaleza y haz que ocurra – pidió el maestro Torben.

Travis volvió a asentir y buscó el espejo. A los pies de la pequeña mesa sobre la que descansaba el busto del maestro había apoyado un espejo de un tamaño medio, con un marco recargado decorado con pan de oro. El Guardian lo cogió del suelo y casi a tientas buscó en la pared detrás de la mesa hasta que encontró la alcayata donde colgarlo. Al lado de la cabeza, en la mesa, había un trapo ligero y trasparente. Travis lo colocó sobre la cabeza mientras pronunció el sortilegio adecuado. La superficie reflectante del espejo vibró con una luz azulada. La cara de Travis que se reflejaba en el espejo dio paso a la visión de una habitación en la que sólo se veía una cama que parecía bastante incómoda y una mesa en la que una figura estaba sentado leyendo un libro, de espaldas al espejo.

– Surio – susurró Travis-. Surio, por favor.

El tal Surio se giró despacio. Tenía el cráneo afeitado y vestía un hábito de textura áspera, como de tela de saco. Algo realmente incómodo a todas luces. Su cabeza tenía un tamaño algo superior a la media y no tenía cejas. Todo el conjunto le daba un aspecto de bola de queso que podría resultar cómico. Sin embargo, la forma en que su boca se apretaba en una línea de dureza sin límite hacía que el tal Surio no fuese una persona que pudiera parecer graciosa. Para nada.

– Travis – dijo con una voz profunda -. Creía que no tendría noticias tuyas nunca más.

– La paciencia es una virtud necesaria para todo Guardian. Y es necesaria aún más para nosotros y nuestra misión.

– Así es – reconoció Surio con un deje contrito-. Dame la información que consideres. Yo te actualizaré el estado de la Fortaleza.

– Hemos encontrado la fuente alternativa- dijo Travis silabeando las palabras y comprobando el efecto de sorpresa que provocaban en el otro-. Es hora de comenzar con el plan.

– El plan, una vez comenzado, no tiene vuelta atrás. Te pido confirmes – respondió despacio Surio -. Es muy importante.

Travis respiró varias veces antes de continuar. Tenía ganas de gritar, de insultar, de agarrar por el cuello al otro si fuera posible. De decirle que se dejase de tonterías e hiciese lo que debía hacer. Pero mantuvo la calma. Surio tenía por delante la ejecución de una tarea que nadie había afrontado. El asesinato uno a uno de los otros quince Guardianes Principales.

– Te lo confirmo – dijo por fin Travis.

La expresión del otro se tornó sombría.

– Sea.

Ambos guardianes se miraron unos instantes sin mediar palabra.

– Bien- dijo al fin Surio-. Te actualizo la situación aquí en la Fortaleza. El Hombre está cada vez peor. La periodicidad de la descarga de Poder no puede ser ya mensual y debemos conformarnos con una vez cada dos meses. Los Guardianes de otros territorios están preocupados. Cada vez más se quedan sin Poder antes de volver a disponer de él. Cada vez más quedan desabastecidas regiones bajo nuestra protección. El Guardián Principal Magnus ha indicado que, de seguir así, deberemos priorizar el escudo de La Zona y luego nosotros mismos y, después, el resto de las encomiendas. El temor a no disponer de la abundancia actual de Poder hace que los nervios crezcan por momentos en la Fortaleza. Muchos tratan de acumular Poder en objetos o en antiguos rituales, sin resultado. El miedo comienza a extenderse sin freno. Si atacamos ahora y, cuando todo esté a punto de colapsar, ofrecemos una alternativa, todos los que continúen con vida nos seguirán. Pero debemos tener alternativa para que nunca se desactive el escudo de La Zona.

– La tenemos, Surio. Tú y los tuyos no debéis temer.

– Yo no soy importante. Nosotros no somos importantes. El objetivo lo es.

– Así es – mintió Travis-. Así es.

El espejo vibró de nuevo y volvió a reflejar la cara sin expresión de Travis. Este lo descolgó y volvió a dejarlo apoyado en una pata de la mesa. Acto seguido retiró la tela transparente de la cabeza.

– Bendito loco – dijo la cabeza-. Va a empezar la revolución más grande desde el evento de La Zona. Y todo, absolutamente justificado por una buena causa – unos gruñidos que simulaban risas surgieron de la cabeza.

Travis asintió. Estaba aburrido. No tenía ganas de seguir viendo el espantajo de la cabeza, abriendo y cerrando los ojos y con esa voz de ultratumba parloteando continuamente. Realmente sólo soportaba aquel engendro porque le había demostrado una capacidad increíble de adelantarse a los acontecimientos. Pero en cuanto pudiera lo mandaría al estercolero lleno de gusanos del que no debería haber salido nunca. Aún no era el momento. Lo sería cuando todo estuviera mas encarrilado. Cuando sus consejos ya no tuviesen tanto valor y Travis se sintiese confiado de acabar lo que acababan de empezar.

– Hace frío, maestro – dijo por fin-. Debo volver a mis quehaceres. En cuanto empiecen a llegar las noticias de las muertes de Guardianes de la Fortaleza, los esclavistas y las piratas atacarán las poblaciones, acudirán como moscas a la miel espoleadas por el conocimiento de que la Fortaleza no puede proteger todo el territorio bajo su protección.

– Así es, Cloud – respondió el maestro-. Y ahí deberás estar atento.

– Sí. Me voy- susurró el Guardián y se dio la vuelta.

Comenzó a subir las escaleras. A cada escalón, dejaba más atrás a la cabeza y a esa Magia insana que inundaba ese lugar. Ese frío antinatural que la cabeza necesitaba para seguir entre los vivos.

Pasados unos minutos, la cabeza se quedó otra vez a solas en la pequeña habitación bajo el salón de la casa del Guardián, iluminada a duras penas por las luces azuladas del angosto pasillo y que estaban alimentadas por la Magia y parpadeaban de forma trémula. Antes de cerrar los ojos, evaluó la situación. Por fin, el estúpido de Travis había localizado otra fuente de Poder. Torben sabía, hacía muchos años que lo había sabido, que una descendiente de las piratas podría ser una fuente de Poder. Por eso había orientado a Travis a aceptar ese destino en el último pueblo de la última Marca, ese pueblo perdido entre el territorio protegido por los Guardianes de la Fortaleza y el fiero Sur. Por eso había elegido al propio Travis, tantos años atrás. Para hacerse con todo el Poder. Para no ser sólo una cabeza.

El Hombre Encadenado – Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas

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A partir de aquí, el Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas.


 

Tánger se asomó a la ventana de su habitación. La casa de sus padres era un coqueto edificio en la calle principal de su ciudad, Lento Fluir, de tres alturas. En la altura inferior las zonas comunes: salón, cocina, comedor y una pequeña cuadra que Tánger debía adecentar todos los días antes de salir hacia la escuela. En la segunda altura, las habitaciones. Sus padres tenían la más grande y luego, a los lados de un pasillo central, la habitación de la nana Till, su abuela materna, luego la habitación de Tánger y la habitación de su hermano pequeño Job al final del pasillo. En la última altura, confundiéndose con el tejado de la casa, las dos habitaciones de esparcimiento de cada uno de sus padres.

Tánger calculó cuánta altura debería saltar para llegar al suelo. Unos diez metros. Miró a las dos lunas, arriba en el cielo. La pequeña París, con sus brillos rojizos como miríadas de cristales, transitaba cruzando por la parte inferior de la más grande Tánger. “La reunión de la Hermandad empieza en menos de una hora. O hago algo o voy a llegar tarde y el tonto de Jeremías me suplantará en el inicio de la sesión” pensó muy fastidiada.  Evaluó la situación de nuevo. Podía tratar de descolgarse por la cañería que recogía el agua de lluvia del tejado pero era difícil que no cayese en el intento. Sólo veía una salida. De una manera rápida se sacó el cordón de cuero que tenía alrededor del cuello y al que se fijaba un pequeño saquito coronado en su extremo superior por una cuerda con un nudo corredizo. Descorrió el nudo y miró a su interior. Tres pequeñas piedras, como botones, refulgían con un color violeta pálido. Con un movimiento rápido, escondió el cordón y el saquito dentro de un tiesto que estaba fijado en su ventana, ocultándolo bajo la tierra para que  no pudiera ser visto. Una vez que se dio por satisfecha y creyó que nadie podría localizar el pequeño colgante, se subió al alféizar de la ventana y, agarrándose de la cañería, trató de asegurar sus pies e iniciar el descenso. Como había previsto, la tarea de bajar por tal medio era casi imposible y tropezó casi al inicio de la misma, resbalando y perdiendo pie. Sin embargo, no pasó nada, no descendió ni un sólo centímetro. Muy al contrario, permaneció flotando al lado de la tubería. Con un movimiento muy suave descendió hasta que sus pies tocaron el suelo. “Voy a llegar tarde” pensó Tánger. Comenzó a correr. Era de noche y nadie parecía estar a esas horas en las calles de la ciudad. Una vez alejada lo suficiente del centro del casco urbano, Tánger dio una gran zancada y saltó. Comenzó a volar a una velocidad muy elevada mientras con un gesto de manos creaba una pequeña niebla que impedía que nadie la viese en su camino.

La Hermandad se reunía a la salida de la ciudad, en una cabaña abandonada, un molino casi derruído, que servía de centro de las correrías de los adolescentes de la zona. Desde la misma, se podía divisar tanto la playa de los Piratas como el camino hacia el Sur. Para llegar hasta ella había que sortear la muralla de la población, una edificación que todavía seguía en obras por muchos puntos de su perímetro por lo que los chicos sólo tenían que elegir bien el lugar en obras menos vigilado y deslizarse al exterior sin ser vistos. Una vez fuera de los muros de Lento Fluir, podían correr hasta la cabaña que constituía el único punto luminoso en la zona cercana a las murallas. Muchas veces habían sido desalojados por el servicio de vigilancia de la ciudad pero desde hacía un tiempo los vigilantes hacían la vista gorda con ellos. Preferían saber dónde estaban y tenerlos a todos juntos allí reunidos que tener que ir detrás de uno y otro durante horas.

Tánger seguía su camino volando a unos cuantos metros sobre los tejados del extrarradio de la ciudad y se preparó para pasar por encima de la muralla. Sabía, por experiencia, que los soldados que su padre había ayudado a entrenar se percatarían de su paso pues estaban preparados para detectar cualquier suceso que se saliese de lo corriente, así que se concentró hasta que consiguió que su cuerpo fuese, si no invisible, sí al menos un objeto casi transparente. Aceleró un poco más. Pasó por encima de la muralla con un suave rumor de aire que no llamó la atención de un par de soldados concentrados en otear si había una señal de los espejos que transmitían los mensajes de más allá, del camino hacia el Sur.

La Hermandad había sido una idea de Tánger hacía un par de años. Era una especie de club de aventuras inicialmente para aquellos que habían sido adoptados en Lento Fluir, todos aquellos que habían llegado a la orilla de la playa envíados por los Piratas. Al principio había supuesto un elemento integrador de todos estos chicos y chicas que se sentían diferentes e, incluso, a veces eran menospreciados por sus compañeros “legítimos”. Les había supuesto una forma de unirse y enfrentarse de manera unitaria a todas esas situaciones discriminatorias. El éxito había sido tal que muchos compañeros que no habían sido adoptados también querían pertenecer a la Hermandad. Tras mucho pensarlo, Tánger y sus amigos la habían abierto a todos los niños mayores de nueve años de Lento Fluir y ahora era un movimiento al que todos los niños o pertenecían o querían pertenecer.

La finalidad de la Hermandad era pasarlo bien y para ello, los chicos y chicas inventaban pruebas y retos con los que se retaban unos a otros y, al superarlos, ganaban puntos. Tenían una clasificación que listaba a todos sus integrantes. El primer clasificado tenía la potestad de ser el Hermano Mayor de la Hermandad y el resto, aún a regañadientes, tenían que obedecerle y asumir su mando. Desde el primer día, Tánger siempre había sido la Hermana Mayor pero en los últimos meses, Jeremías, un adoptado como ella, precismaente por el panadero del mismo nombre y muy amigo de su padre Luca, amenazaba con adelantarla. La rivalidad entre ambos era conocida por todo el pueblo y el resto de integrantes de la Hermandad se divertían proponiendo pruebas cada vez más rocambolescas para ver cómo salían de ellas los dos enfrentados. Tánger se había auto impuesto no utilizar la Magia en esos retos, pero cada vez le resultaba más difícil salir vencedora y temía que Jeremías la pasase en la clasificación por lo que se estaba replanteando utilizarla. Sin embargo, destaparse de tal manera sería peligroso no sólo para ella, sino también para sus padres. Además, su padre le había obligado a llevar siempre las tres pequeñas piedras encima atadas al cuello en un colgante que no debía quitarse nunca. Nerviosa se tocó por instinto el cuello donde debería tener ese colgante sintiendo, de nuevo, su ausencia. Cuando lo llevaba, las piedras de su interior, por un mecanismo que la chica no entendía y del que sólo percibía que empezaban a brillar con un color violeta, impedían que pudiera hacer ni el más pequeño truco de Magia. Al deshacerse del colgante, como en esa noche, el Poder corría de nuevo a través suyo y todo, absolutamente todo, era posible.

Tánger vio la casa donde se reunía con sus amigos y oteó para encontrar un sitio discreto donde tomar tierra. Al este de la casa vio el lugar adecuado. Una vez en el suelo se sacudió un poco su ropa. Tánger acababa de cumplir ese verano quince años. Era muy delgada y espigada, le sacaba ya una cabeza a su padre Luca y su pelo, de color blanco, refulgía con la luz que provenía de la luna de su mismo nombre. Sus ojos violetas seguían siendo objeto de murmuraciones y suspiros de asombro. Era, en definitiva, una joven que llamaba la atención y era admirada y odiada a partes iguales en la ciudad.

Cuando abrió la puerta, el murmullo que poblaba la casa se transformó en gritos, algunos de alegría y otros de fastidio. Jeremías, sentado en la mesa principal que presidía el salón de las reuniones de la Hermandad, hizo un mohín de fastidio y se levantó de la silla central reservada para el Hermano Mayor, colocándose en la de al lado. Tánger sonrió dedicando a todos los presentes saludos y palabras de agradecimiento mientras avanzaba por la sala de manera resuelta y segura hasta llegar a la silla principal. La mesa disponía de un mazo con el que se solían dar por comenzadas las sesiones. Tánger, con un movimiento muy estudiado y mirando de reojo a Jeremías, dio dos golpes secos y gritó:

– Amigos, amigas. Se da por abierta la sesión de la Hermandad de los Niños Piratas. Que comiencen las aventuras –  declamó utilizando la fórmula ritual.

Los murmullos y el jolgorio dieron paso a un silencio ceremonial poco a poco. Cuando la situación pareció estar tranquila, Tánger continuó.

– Bien – dijo adoptando una pose ceremonial-. Si no recuerdo mal, había un reto que debemos revisar en esta sesión si se ha realizado satisfactoriamente o no.

Gritos de aprobación recorrieron la sala.

– Así es, Hermana – dijo Jeremías, utilizando sus atribuciones como segundo de la clasificación para meter baza-. En la última sesión se impuso un reto a las hermanas Luz y Brillo. Debían traer hasta aquí a un adulto, pero no un adulto cualquiera. Debían traernos un adulto poderoso. Hermanas ¿lo habéis conseguido?

Dos chicas morenas y bastante altas, casi tanto como Tánger, contestaron a la par.

– ¡Sí, hermanos! Os informamos que hemos superado el reto.

Las dos chicas traían a alguien con una capucha en la cabeza. Le susurraron algo y los tres avanzaron hasta situarse en frente de la mesa presidencial.

– Hemos traído un adulto importante de la comunidad. Él ha venido por propia iniciativa, aunque le hemos cubierto la cabeza para que no descubra dónde nos reunimos.

Tánger creía que no había adulto que no supiera que aquella casa abandonada, antiguo molino, era utilizada por la Hermandad. Muchos padres habían ayudado en su reconstrucción. Pero aún así le hizo bastante gracia la ocurrencia de las hermanas.

– ¿Y quién es él, hermanas? – Preguntó con verdadera curiosidad.

Las hermanas se miraron y quitaron la capucha a su invitado. Un susurro de incredulidad recorrió la sala. Nada menos que el Guardian Cloud, sonriendo, se atuso el pelo.

– Mis respetos a la Hermandad – dijo de manera alegre-. Me presento de manera muy humilde ante vosotros, ¿seré aceptado como invitado en la sesión de hoy?

– ¡Por supuesto!- dijo emocionada Tánger- Sois aceptado, Guardián.

El Guardián Cloud miró a Tanger e hizo un gesto de sumisión bajándola como si le hiciera una reverencia, reconociendo que en aquella situación la joven era merecedora de ella. Cuando el Guardián la miró a los ojos, algo hizo que por un momento, una pequeña fracción de tiempo, su expresión desapareciera. Tánger, que también lo miraba no llegó a detectarlo, sintió que algo raro le pasaba al Guardián pero no lo identificó con nada conocido. El Guardián sonrió, su rostro de nuevo lucía una expresión agradable.

– Siéntese aquí a mi derecha, Guardián. Segundo – dijo Tánger a Jeremías – cede tu sitio al Guardian. Hermanas, habéis conseguido la máxima puntuación. Veinte puntos para cada una.

La sala rugió con aprobación. Travis hizo un gesto de agradecimiento a Tánger y se sentó a la derecha. Jeremías, fastidiado y sin asiento, tuvo que quedarse de pie como un hermano cualquiera.

– Continuemos – dijo de manera triunfante Tánger -. Sigamos con el resto de aventuras. En la última sesión, el pequeño Jonás debía lograr traernos un pedazo de cristal del espejo de la torre de la plaza. Jonás, acércate y dinos cómo fue.