El Hombre Encadenado – Primera Parte – Disponibles en el blog los primeros doce capítulos

Hola a todos, os presento mi novela: El Hombre Encadenado.

Para ayudaros a decidiros si os interesa pongo a vuestra disposición los primeros doce capítulos totalmente libres. Si os gustan, la novela completa disponible en Amazon.

Me encantaría tener feedback por vuestra parte. ¿Os ha gustado? ¿pensáis que alguno de los personajes no está bien construido o, por el contrario, os encanta la personalidad de uno de ellos? ¿creéis que las tramas que han aparecido pueden engancharos? o por el contrario, ¿alguna ha perdido gas?….

Pero antes de nada, una sinopsis para todos aquellos que aún no habéis leído nada de esta historia:

Durante los últimos trescientos años, un hombre ha permanecido encadenado en la Gran Sala del Fortaleza del Norte, sede de la Orden de los Guardianes del Escudo. Todos los meses el Hombre Encadenado atrae el Poder Cósmico durante la Descarga, el acto en el que los Guardianes absorben la energía suficiente para poder hacer Magia en la conjunción de las lunas. Si embargo el Hombre está exhausto, se muere ¿Qué ocurrirá con los Guardianes y todo su poder mágico y terrenal si el Hombre Encadenado muere?

Lento Fluir es una pequeña población de la Marca del Sur, la región fronteriza del Continente a cientos de kilómetros de la Fortaleza, donde el dominio de los Guardianes casi no se percibe. Linda con los territorios de los señores de la guerra del Sur y de las Piratas del Mar. Los lugareños tratan por todos los medios de mantener la paz rodeados de enemigos. Luca y París, una joven pareja, busca la felicidad junto a su pequeña hija adoptada cuando se dan cuenta de que la niña tiene otras capacidades.

Y ahora, los capítulos publicados en el blog, los primeros doce. Podéis pinchar para ir a cada uno de ellos. Leedlos y no os olvidéis de comentar!! Y si queréis, continuad la aventura en la novela completa, en Amazon.

El Hombre Encadenado – Capítulo 1 – Una Marca de Nacimiento

El Hombre Encadenado – Capítulo 2 – Darle la vuelta

El Hombre Encadenado – Capítulo 3 – Sus Ojos

El Hombre Encadenado – Capítulo 4 – Tres Piedras… Pequeñas

El Hombre Encadenado – Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas

El Hombre Encadenado – Capítulo 6 – Una Cabeza

El Hombre Encadenado – Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.

El Hombre Encadenado – Capítulo 8 – El Fin de la Magia

El Hombre Encadenado – Capítulo 9 – No soy un Botín

El Hombre Encadenado – Capítulo 10 – El Retorno del Poder

El Hombre Encadenado – Capítulo 11 – Ensoñación

El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356

 

El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356

Si no has leído el resto de Capítulos de El Hombre Encadenado, por favor, navega por el blog para leerlos, los disfutarás!!

A partir de aquí, El Hombre Encadenado – Capítulo 12 – Dom 1356


“Dominique” susurró la voz. “Dom 1356, despierte por favor” repitió de manera mecánica la voz del control mientras la iluminación de la estancia aumentaba lentamente su intensidad y cambiaba de color hacia un amarillo cálido.

Dominique abrió los ojos. La película de plástico traspirable que le cubría por completo le permitía abrir los ojos y respirar con normalidad pero dificultaba sus movimientos por lo que se tenía que desplazar muy despacio para evitar destruirla antes de tomar su ducha matutina con radicales de iodo que atraparían, junto a la película protectora biodegradable, toda la radiación acumulada durante el sueño nocturno. Se levantó, desperezándose despacio, y fue al baño. Un haz de luz ultravioleta emitida por unas lámparas ocultas en el recinto de apenas tres metros cuadrados, lo irradiaron de arriba a abajo, activando su pituitaria, terminando de activar su reloj biológico y eliminando los restos de cansancio de la noche. Se encontraba bien, dispuesto para una jornada de actividad.

“Ducha” indicó con voz monótona. El rociador de agua empezó a expulsar líquido en forma de spray en todo el habitáculo de tal manera que toda la película que lo recubría fue desapareciendo poco a poco por el desagüe. La sensación que lo inundó fue de libertad cuando pudo volver a respirar sin ningún filtro, por mucho que el aire que aspirase estuviera colmatado de metales pesados.

“Secar” dijo, con la misma voz aburrida. El agua dejó de manar y fue sustituida por unos chorros de aire a una temperatura cercana a la de su cuerpo. Tras varios minutos, se encontraba completamente seco.

“Traje”. Un lateral del cuarto de baño se abrió y apareció un mono con un tono gris con el símbolo de los Vigilantes dibujado sobre el brazo derecho. “Autorización diaria habilitada” dijo la voz del control mientras un código 3D aparecía grabado por láser en la zona derecha del pecho, un código que le autorizaba a entrar en todos los lugares que tenía programados acceder en el día. Dom se colocó el traje que, automáticamente, se le ajustó al cuerpo y comprobó el contador de radiación que también se encontraba en el pecho al lado del código 3D. El contador permanecía de color verde, no había que preocuparse.

Sobre la mesilla, al lado de la cama, habían aparecido dos pastillas pequeñas de color verde. Dom las tomó y tragó automáticamente, sin agua. No había que malgastar líquido. Gracias a la dosis de alimento que suponían esas dos pastillas estaría nutrido y saciado por unas veinticuatro horas, treinta y dos si no hacía mucho ejercicio físico.

Se colocó delante de la puerta de la habitación. Extendió la mano hacia la misma, que se abrió con un pequeño ruido de deslizamiento. El pasillo al que salió el vigilante tendría unos cuatrocientos metros, en los que habría el mismo número de puertas y habitaciones. Dom vivía en la planta veinticuatro bajo la superficie, en un bloque dedicado a funcionarios de categorías medias. Al final del pasillo, la puerta llevaba directamente al muelle del metro que le llevaría a su destino. Hoy el día era diferente a los demás. Había sido convocado por los Directores al Consejo Mensual de Dirección. En la Cúpula. Sobre la superficie. Sintió cómo el sudor le bañaba la frente al recordar a dónde se dirigía. No le gustaba la superficie. A ninguno de los habitantes de La Zona les gustaba la superficie.

Subir hasta el nivel treinta y tres, hasta la cúpula de la dirección general, costaba unas tres horas de intercambios entre metros y comprobaciones de seguridad. Tras todo el viaje, el contador de radiación de Dom había subido un par de rayitas. Dom se encontraba esperando en una sala iluminada por luz natural, algo muy difícil de vivir en la Zona, de dimensiones bastante grandes, algo también complicado de ver. Él estaba sentado en un banco esperando su turno para entrar a la sala del consejo mensual de seguimiento frente a la mesa de la Secretaria del Director General. Una chica de unos veinte cinco años, atractiva y con tez bronceada, lo que probaba que era de una clase social acostumbrada a la luz de la superficie, tomaba notas y notas tras la mesa. A unos veinte metros se encontraba la puerta de entrada al consejo. Unas amplias claraboyas dejaban entrar la luz. Dom se levantó y avanzó con precaución hacia una de las más próximas. Dejó unos cinco metros de distancia de seguridad como si al acercase más algo malo pudiera pasar y el exterior le absorbiese y tirase de él hasta llevarlo fuera. El sol, pálido, iluminaba los edificios extrayendo reflejos que le hicieron guiñar los ojos. Dom sabía que él, como Vigilante, y el resto de la población que pertenecía a los Productores, nunca vivirían más allá de la superficie. Esos niveles superiores sólo se reservaban para viviendas y oficinas de los Directores, la casta que gobernaba la Zona. Productores y Vigilantes, se conformaban con pequeñas habitaciones en niveles bajo tierra con una protección ante la radiación mucho menos eficaz. De los Sacerdotes, la otra casta que poblaba la Zona, poco se sabía y mucho menos de dónde vivían. Dom hizo visera con su mano. Sabía perfectamente que estaban en invierno y que el sol no despedía una luz tan brillante como para resultar molesto para todos esos Directores, pero para él era tan reluciente que casi le quemaba los ojos. Oyó un pequeño carraspeo a su espalda, era la joven secretaria.

-¿Dom 1356? -Preguntó de manera retórica.

-A sus órdenes -respondió utilizando también la fórmula habitual de los de su clase.

-Bien -añadió ella satisfecha. No parecía como otros directores que había conocido. Dom sabía que sólo era una pose, pero aún así no pudo evitar que le resultara agradable-. Acompáñeme, por favor, ¿cómo prefiere que le llame?, ¿Dominique?

Dom había oído que los Directores no se trataban utilizando el código de su registro genético. El resto de clases no podían permitirse ese lujo. “Todo debe quedar trazado” se dijo mentalmente utilizando una de las principales reglas de los Vigilantes.

-Dom 1356. Por favor -respondió secamente. Otra respuesta no hubiera sido aceptada.

La joven sonrió mostrando una perfecta dentadura. Era un palmo más baja que Dom, un metro setenta más o menos, con una melena rubia peinada con enrevesadas coletas fijadas entre ellas con unos lápices de madera de vistosos colores. Dom había contado tres. Siete con el que tenía en la mano y los otros tres sobre su mesa. Su frente era amplia y la nariz resultaba muy conjuntada con unos pómulos afilados y vistosos. Las manos parecían suaves y cuidadas. El traje que vestía era de Director con lo que estaba realizado en un suave algodón con un añadido de material elástico en un color verde muy favorecedor, no como el gris con propiedades anti suciedad que vestía él. Calzaba unas botas acabadas en unos finos tacones de algo que era una muy buena imitación del cuero. Dom no creía que fuera cuero de verdad. Nunca había visto cuero de verdad. Pero, tuvo que admitir, “con los Directores nunca se sabe”.

A veces, en las noches de vigilia protegiendo alguna zona de producción sometida a una huelga o evitando que pobres engañados tratasen de escapar atravesando el escudo y muriendo al instante, alguno de los Vigilantes veteranos contaban experiencias ocurridas trabajando como seguridad en alguna fiesta de Directores. El lujo que reinaba, las locuras que hacían. Dom creía que nada de eso podía ser real, pero como decía el viejo adagio “con los Directores, nunca se sabe”.

Ella se percató de que la miraba y sonrió un poco más.

-Sabe, Dom 1356. Hace mucho tiempo que no recibimos a uno de los “suyos” por aquí. Tengo curiosidad por saber qué le trae ante el consejo mensual.

Dom se dio cuenta de que la Directora que hablaba con él debía de ser psicóloga social o investigadora del comportamiento. Él constituía el espécimen perfecto para su curiosidad. Decidió permanecer parapetado bajo la  apariencia de frío soldado que le servía de armadura en todas las situaciones aversivas a las que se enfrentaba en servicio.

-No tengo ni idea, señora- respondió mecánicamente y remarcando el “señora” para dejar claro  que la jerarquía le imposibilitaba cualquier relación con ella, aunque fuese una cálida charla.

-Está bien -dijo fastidiada al entender que aquél Vigilante quedaba lejos de su poder de fascinación-. Acompáñeme.

La joven lo guió por la estancia hasta llegar a la puerta que comunicaba con el consejo. La abrió y atravesó resuelta sin esperarle, tan rápido que él casi tuvo que corretear para colocarse a su altura. Se encontraban en un largo pasillo, con una mullida alfombra que hacía que las duras pisadas de Dom rebotasen. En las paredes del pasillo estaban colgados los cuadros de todos los directores generales desde el Evento. Desde Arthur Perkin, fundador de la Perkin´s Industrial S.A. y primer Director General. Un total de veinte directores hasta llegar al actual Julius. Julius Perkin, como le gustaba ser conocido aunque no tenía ningún parentesco con el original. Dom sólo lo había visto por la tele.

-Tiene suerte, Dom 1356 -dijo sonriendo la joven-. La Sala De Juntas es totalmente acristalada. Por eso la gente “de abajo” la llama “la Cúpula” -añadió remarcando la horrible manera cómo se referían los directores al resto de castas-. Hoy hace un día de invierno soleado. Disfrutará de la vista en todo su esplendor.

Y con esas palabras abrió una puerta y le indicó que pasase.

La sala era efectivamente espectacular. Debía de tener unos trescientos metros de longitud y el techo… el techo era una cúpula totalmente acristalada. La sensación era lo más cercano a estar en el exterior. Dom comenzó a sudar y sintió un pequeño ahogo.

No era la primera vez que tenía esa sensación como de vértigo. Hacía unos años había defendido una zona muy específica del escudo. Le habían reclutado para vigilar un área en la que parecía que habían aumentado los intentos de franquearlo. Cientos de pobres productores trataban de pasar al otro lado olvidando que eso era imposible y que significaba una muerte segura. Sin embargo, movidos por la desesperación y engañados por algún estafador se acercaban a ese lugar armados únicamente por tres piedras pequeñas del tamaño de pequeños botones, con los que aseguraban que podrían abrir un boquete en el escudo y pasar al otro lado. Algunos no atendían a razones y debían ser eliminados, otros admitían el error y eran enviados a reeducar. Durante los meses que duró la misión, Dom tenía que patrullar a cielo abierto horas y horas. Hubo un momento en el que pensó él mismo en traspasar el escudo. Cualquier cosa que le permitiese volver a cubierto para siempre.

En el centro de la estancia de la cúpula una mesa alargada poblada por una docena de directores. Y en uno de sus extremos una gran pantalla. Un director técnico, el escalafón más bajo de los directores, se esforzaba en explicar algún estudio del que era responsable.

-Señores voy a tratar de volver a explicarlo -un murmullo recorrió la mesa de los directores-. El hecho del empeoramiento de la salud mental de la población es evidente. Los gráficos obtenidos del muestreo habitual de los comportamientos de los productores así lo prueban, miren.

El técnico hizo un gesto y en la pantalla aparecieron unos gráficos de barras. “Psicopatía, aumento del veinte por ciento. Suicidios, aumento del veinticinco por ciento. Depresión, más del sesenta por ciento del total de la población” leyó Dom.

-¿Lo ven? Más del sesenta por ciento de los productores tienen depresión. La Psicopatía comienza a ser tan habitual que ya no sabemos distinguir quién lo es y quién no. Los asesinatos son diarios. Las tasas de suicidio son tan altas que hemos eliminado de los habitáculos todos los elementos afilados y ningún traje lleva ya ni cinturones ni cordones. No se deja asomarse al exterior a nadie que no esté autorizado médicamente y los cambios a nivel del metro se han vallado para evitar que los suicidas se tirasen a todas horas del día.

El murmullo fue a más. Uno de los directores se levantó.

-¿No está siendo un poco exagerado, señor? -Preguntó con un deje de sorna- creía que cuando se eliminó el sexo para la reproducción y se realizaba todo por medios de laboratorio ya hubo índices de suicido tan elevados que tuvimos que volver al método tradicional -apuntó, levantando alguna que otra carcajada entre el resto.

-Por raro que parezca estamos casi peor que aquella ocasión. Sé que muchos no nos perdonan a los técnicos que recomendásemos la reproducción asistida y la eliminación del sexo para los habitantes de la Zona. Mis antecesores pidieron perdón y yo mismo lo reitero. Pero esto es diferente. La recombinación de material genético es necesario. Hemos llegado a un nivel que necesitamos cruzar nuestro ADN con otros, con pobladores del Continente. Las mutaciones incompatibles con la vida se suceden, y los que llegan a término lo hacen con mutaciones del comportamiento tanto o más peligrosas que las otras. Debemos aceptar la situación, Director General. Es necesario abrirnos al Continente. No ya porque es injusto que llevemos más de trescientos años aquí encerrados por ese escudo que nos obliga a compartir nuestro día a día con la radiación del Evento. Si no porque lo necesitamos para sobrevivir.

La mesa estalló en discusiones. Unos con otros. Levantados, sentados, haciendo aspavientos, señalándose entre ellos. Dom nunca hubiese creído que eso pudiera darse entre la clase dirigente de la Zona. La información aportada por el técnico no le sorprendió. Vivía el día a día de los niveles inferiores. Recogían los cuerpos de los suicidas con volquetes y cada día había más asesinatos, incluso en serie. La situación era insostenible. Aunque los Vigilantes mantendrían la calma si era necesario. Por cualquier medio.

-Un momento -Un hombre de bastante edad, con unas pequeñas gafas colocadas sobre la nariz, se levantó y trató de tranquilizarles -. Un momento, caballeros, señoras. Es evidente que tenemos un problema. El profesor sólo indica que debemos centrarnos en ver qué podemos hacer con este problema. No es una orden. Él no intenta darnos una orden, ¿verdad, profesor? -La pregunta parecía inocente, pero cualquier pregunta inocente en los labios de Julius Perkin se convertía en algo más letal que una amenaza proferida en una taberna del último nivel bajo tierra.

El profesor asintió lentamente.

-Muy bien. Claro que sí -dijo Julius-. Encontraremos una solución, profesor. La encontraremos. Mientras tanto, háganos el favor de no compartir este informe más allá de este cuarto.

-Claro, …, claro señor -añadió titubeando el técnico-. Así lo haré.

El técnico recogió sus cosas y atravesó la sala camino de la puerta en la que Dom se encontraba. Justo cuando llegaba a ella y se dirigía a salir de la sala, la profunda voz del director General cruzó la estancia como si de un rayo se tratara.

-No lo olvide, profesor. No lo comparta… con nadie.

El profesor dio una última mirada a la mesa de los directores. Cuando volvió la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Dom, este vio algo que conocía muy bien. Terror.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE DE «EL HOMBRE ENCADENADO»

El Hombre Encadenado – Capítulo 8 – El Fin de la Magia

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– Señor… Señor – el pequeño recorría las calles principales de Lento Fluir a la carrera, con un estrecho papel en su mano, ondeándolo al viento. El niño gritaba tratando de llamar la atención de Tiago Bell, el representante de la localidadr en el Consejo de la Marca-. Señor Bell, señor Bell.

Tiago, despreocupado, se paró en mitad de la calle, aparentando indiferencia mientras trataba de averiguar quién le llamaba. “Parece el pequeño de los Hudson” pensó. Cualquier otro crío habría despertado en él la más profunda indiferencia, todos menos ese. Jonás Hudson, su padre, era el responsable del “Telégrafo de luz”, el dispositivo de espejos con nombre rimbombante que su hermano Luca había puesto en funcionamiento algunos años atrás y que hacía posible la comunicación de la pequeña población con las de alrededor y, lo más importante para Tiago, con la capital, Bruma Azul.Tiago sabía que sólo una comunicación importante de la capital habría impulsado a Jonás a mandar tras él a su hijo pequeño. Así que se paró en seco donde se encontraba, en mitad de la calle principal de la localidad, con todo el resto de vecinos mirándole de reojo, y esperó pacientemente a que el pequeño llegase a su altura.

– Señor Bell, tome este mensaje. Es de Bruma Azul, del Consejo – le comunicó el pequeño, “como si hiciese falta gritarlo en mitad de la calle” pensó contrariado Tiago.

“Venga inmediatamente. Hágase acompañar del Guardián. Dígale que es urgente. Él sabrá proceder”. El mensaje no había sido traducido, seguía expresado en los puntos y las rayas con los que los encargados de los telégrafos se comunicaban y que eran apuntados siguiendo directamente los reflejos y la duración de los mismos en los espejos de comunicación. El señor Hudson había considerado que Tiago no necesitaba esa traducción pues el abecedario era una invención de su hermano Luca y ambos, Jonás y Tiago, lo habían aprendido directamente del inventor al mismo tiempo unos años atrás.

– Pequeño – dijo dirigiéndose al jovencísimo Hudson -. ¿Sabes dónde se encuentra el Guardián Cloud?

El pequeño lo miró y negó con la cabeza.

– Estará en su casa. Mi padre me ha dicho que era muy urgente darle este mensaje, nada más, señor.

Tiago buscó en una de sus bolsillos y le dio un par de monedas al chico. Pensativo, retomó su camino unos pasos. “Si no está en la Casa de los Guardianes, en cuyo campanario está colocado el espejo del Telégrafo, estará en su casa. Está a poca distancia desde aquí”.

Tiago caminó rápido, apresurado, casi tropezándose con las baldosas de la calle, recorriendo lo más rápido que podía los cientos de metros que le separaban de la casa donde Cloud vivía. Al llegar a la puerta, la golpeó con fuerza.

– Cloud, Cloud, ¡salga, es urgente!

Tras unos segundos en los que no pasó nada, que a Tiago se le hicieron eternos, una de las ventanas del primer piso se abrió y dejó ver a un Travis Cloud despeinado y con mala cara.

– ¿Qué ocurre, Bell? – gruñó el Guardián, con un tono de enfado, como si hubiera pasado una noche de perros.

– Rápido Cloud, necesito que lea un mensaje del Telégrafo.

El Guardián, sin cambiar de expresión, cerró rápidamente la ventana. Menos de un minuto después abría la puerta de la casa e indicaba a Tiago Bell que entrase en la misma.

Tiago, entregó el mensaje al Guardián sin darse cuenta de que este no sabía interpretar los garabaratos de la comunicación.

– Disculpe, Cloud. El mensaje nos pide que, con mucha urgencia, viajemos los dos hasta Bruma Azul. Dice que es muy urgente, que usted sabrá cómo proceder.

Cloud hizo un gesto de comprensión que Tiago no supo si catalogar de fastidio o de preocupación. Las palabras del Guardián le sacaron de dudas.

– Entiendo. Esto es preocupante. Discúlpeme unos minutos. ¿Está listo para salir?

– Claro. Tendremos que ir a por los caballos y haré algo de equipaje. Bruma Azul se encuentra a un par de días de viaje desde aquí.

El Guardián emitió una pequeña carcajada, antes de desaparecer por una de las puertas. Cuando reapareció, todos los síntomas de cansancio y apatía habían sido borrados de su faz.

– Prepárese, Bell. Vamos a viajar.

El Guardián giró ambas  manos entorno a un círculo imaginario mientras un ensalmo surgía lentamente de entre sus labios. Las palabras comenzaron a aumentar de volumen mientras giraba y giraba las manos. Al cabo de unos segundos, con sorpresa, Tiago pudo distinguir cómo las manos del Guardián dejaban un pequeño rastro de algo parecido a un humo violeta. Travis elevó el tono y giró un poco más despacio las manos. El humo se transformo en una especie de marco mientras el interior comenzaba a llenarse de reflejos. A Tiago siempre le sorprendía el uso de la Magía, pero aquella vez supo que lo que iba a ver iba a ser realmente especial.

Pasados un par de minutos, el Guardián movió sus manos y el conjunto de las brumas que formaban una especie de marco y un espacio en su interior,que resplandecía con reflejos violetas, ocupó un lugar enfrente de los dos. Travis cerró el conjuro con un “así sea” muy alto y, de pronto, detrás del marco brumoso ya no se veía la habitación de la casa sino un largo pasillo, que Tiago identifico como el pasillo de la casa del Consejo de Bruma Azul que conducía hacia la Gran Sala de Juntas del Consejo. Todo podía ocurrir si un Mago estaba implicado. “Increíble” se dijo maravillado.

El Guardián le hizo un gesto para que le siguiera y atravesaron el marco. Mientras pasaba a través, sintió un hormigueo generalizado que se detenía y se reanudaba, sobre todo en la parte inferior de la espalda y en la punta de las orejas. Un hormigueo que se convertía en algo casi insoportable. Una vez atravesado, el hormigueo cesó y fue sustituido por una sensación de frío. Por raro que todo pareciese acababan de recorrer una distancia enorme en un pequeño salto. Pero allí estaban. En la Casa del Consejo de Bruma Azul, a dos días de viaje de la casa del Guardián, allí en Lento Fluir.

Apremiado por el Guardián de una manera que hizo que el prodigio que acababa de vivir no lo detuviera, Tiago avanzó, casi corriendo, hasta llegar a la Gran Sala de Juntas. Allí, frente a un mapa donde se representaba una porción del Continente centrada en la Marca del Sur, la mesa estaba llena, con el resto de representantes ya sentados. Los presentes les hicieron un gesto impaciente para que se sentasen. Allí estaban todos los enviados de las poblaciones de la Marca del Sur junto a los Guardianes de cada encomienda: Bruma Azul, la capital, Lento Fluir, Suave Amanecer, Vientos Cálidos, Luz del Alba y Arroyo Azul. Cuando los doce estuvieron sentados, repartiéndose a ambos lados de la mesa y dejando sólo dos sillas vacías en la presidencia, aparecieron el Guardian de la Marca y el Representante del Consejo, las dos personas más poderosas de toda la región.

El Representante, Lewis Duham, habló primero mientras se sentaba en una de las dos sillas.

– Bienvenidos todos. Quisiera agradeceros la rapidez con la que habéis respondido a la llamada del Consejo, incluso aquellos de vosotros que os encontráis más alejados – dijo mientras saludaba con la mirada a Tiago -.

El Guardián de la Marca del Sur, Arthur Dupree, superior de todos los Guardianes de las poblaciones que formaban la Marca, carraspeó antes de añadir con una voz de barítono que provocaba que todos fijasen en él su atención.

– Algunos lo sabéis. Otros lo intuís. La realidad es que algo está ocurriendo y no debemos ocultar más la verdad – los cuchicheos interrumpieron al Guardián-. Por favor, un poco de silencio. Tres Guardianes de la Fortaleza del Norte han muerto en las últimas dos semanas en extrañas circunstancias. Además, no ha habido descarga de Poder en la Sala de la Fortaleza del Norte desde hace casi seis meses – algunos de los presentes silbaron con admiración -.  Seis meses. El Poder se agota por todos los sitios. Nuestras órdenes son mantener el Escudo pase lo que pase. El resto es secundario.

– Estamos en una situación de emergencia, señores – añadió Duham-. Como el Guardian Dupree acaba de decir, escasea la Magia y alguien parece estar atacando el lugar más protegido del poder de los Guardianes. Necesitamos prepararnos para lo peor.

Las caras de los representantes de las poblaciones eran un fiel reflejo del miedo. Las conversaciones se solapaban sin control. El Representante Duham hizo grandes aspavientos para lograr que la calma volviese a la sala.

– Señores, un momento. Todos sabemos qué quiere decir todo lo que acaban de oír. Es probable que quedemos a merced de nuestros enemigos no dentro de mucho. Tanto las Piratas como los Señores de la Guerra que pueblan el Sur, en cuanto conozcan que hay problemas de escasez de Magia, se lanzarán sobre todos nosotros. Hasta el momento, todos estos hechos son secretos y deben jurar con sus vidas que no extenderán su conocimiento. Pero se terminarán sabiendo. La Fortaleza ha comunicado al Guardián Dupree que creen que este mes sí habrá descarga pero la situación vital del Hombre Encadenado es, cuando menos, discutible.

Tiago hizo un gesto llamando la atención del resto. Duham le dio la palabra.

– En Lento Fluir llevamos años preparándonos para algo así – comenzó a decir ante los gestos de sorpresa del resto -. Mi hermano, el que alguno llamáis “científico” – pronunció la palabra lentamente de forma deliberada, remarcando la aversión que le producía- ha preparado una serie de protecciones contra posibles enemigos en previsión de que algo parecido ocurriese, que debiésemos recurri a nosotros mismo para protegernos ante un enemigo externo. Podemos compartir los planes con vosotros, creo que se pueden trasladar a todas ls poblaciones. Si dispusiéramos de un año o año y medio, creo que podríamos mejorar las defensas de las poblaciones de la Marca y, al menos, resistir los primeros ataques.

El Representante Duham asintió complacido ante la intervención de Tiago.

– Excelente señor Bell. Un plan ante la adversidad. Esto es lo que se necesita en situaciones de emergencia. Por favor, disponga de lo que necesite por parte del Consejo. Le conmino a preparar con el resto de responsables de cada localidad, de manera urgente, un plan de refuerzo de cada una de ellas. Trasplantaremos todo aquello que ustedes han hecho en Lento Fluir al resto de poblaciones observando sus peculiaridades.

El resto de responsables civiles asintieron aliviados ante el ofrecimiento de Tiago. “Aquí puede estar mi posibilidad de sustituir en un futuro a Lewis Duham” pensó él satisfecho.

– Señor – dijo tomando la palabra el Guardián Cloud y dirigiéndose a su superior Dupree-. Señor, el Representante ha comentado que han habido tres muertes en la Fortaleza. ¿Puede decirnos quienes han sido las víctimas?

El Guardián Dupree miró a su subordinado. Lo conocía desde hacía años y no le gustaba. No soportaba las preguntas que hacía, no soportaba cómo lo miraba, cómo hablaba. Desde la primera ver que el viejo Torben lo había traído a su presencia había sentido rechazo hacia él. Sin embargo, era un apregunta justa y debía tratar de contestarla.

– Tres Guardianes principales han muerto. Asesinados. Ya sólo quedan trece – los Guardianes presentes se llevaron las manos a la cabeza gritando “no es posible” -. No sabemos nada más. Creemos que no es casualidad que el Hombre esté tan enfermo y que esta ola de asesinatos se produzca.

– Señor – volvió a intervenir Travis -. Si alguien está asesinando Guardianes Principales en la Fortaleza, ninguno estamos a salvo. Si en el centro de nuestro poder nos asesinan…

Travis calló. No era necesario continuar. Si ni siquiera en la Fortaleza los Guardianes estaban a salvo. Si eso lo sabían los representantes del pueblo. Si los pueblos se debían proteger por sí mismos porque eran incapaces de protegerles los Guardianes y su Magia… si todo eso estaba ocurriendo, entonces no estaban ante una emergencia. Estaban ante el fin de los Guardianes y el fin de la Magia.

El Hombre Encadenado – Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.

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A partir de aquí el Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.


A pesar de todos los esfuerzos realizados por Tánger para no hacer ruido mientras subía las escaleras de la casa familiar, tras su aventura con la Hermandad, poco podía hacer contra los finos sentidos desarrollados por sus padres a lo largo de incontables noches en vela, aguzando los oídos para tratar infructuosamente de saber cómo ella o su pequeño hermano Job estarían sin tener que levantarse de la cama y acercarse a cada una de sus habitaciones. Poco, por mucha magia que utilizase, podía hacer la joven frente a unos padres preocupados por saber dónde se había metido su hija mayor toda la noche. Así que ella tampoco se sorprendió mucho de ver sentado en su cama, y en posición de espera, a su padre cuando abrió la puerta de su habitación. Aunque aquella vez, y eso que Tánger había hecho muchas travesuras a lo largo de su corta pero intensa existencia, la joven descubrió algo, como una sombra desconocida, en los ojos y en la expresión de su padre.

Luca era un hombre joven aún, “a pesar de todo” solía decir con fingida melancolía. Superaba por pocos años los cuarenta  y, aunque no muy alto,  su forma física en general era atlética. Por muchos inventos que dispusiera en su Herrería siempre debía realizar una alta cuota de trabajo físico lo que, como un buen efecto secundario, lo mantenía en actividad contínua. Sin embargo, Tánger no pudo evitar fijarse en la expresión de su rostro. Si bien su pelo plateaba bastante más que como la chica lo solía recordar no era eso lo que hacía que ella se parase un momento a observar a su padre.  Al lado de sus ojos se agolpaban una colección inédita de arrugas de todos los tamaños que conferían un aspecto cansado y preocupado a su tez. Tánger se esforzó en hacer memoría, en intentar descubrir cuándo esos efectos de la edad habían aparecido. No lograba recordarlo.

– Tánger- dijo Luca con un tono monótono-. Debes llevar siempre esto encima- añadió, tirándole a las manos el colgante con el pequeño saquito que transportaba las tres piedras.

Esa situación, Luca sentado en la cama y Tánger de pie enfrente suyo, era una especie de inversión poética de la situación vital de ambos y, quizá, un adelanto de lo que podría ocurrir en un futuro. Tánger cogió al vuelo el pequeño colgante sin atreverse a mirar a los ojos a su padre.

– Padre… yo… – musitó, inundada por una vergüenza que la hacía enrojecer.

– No digas nada. Ven, por favor – dijo Luca y se levantó, tomando de la mano a su hija y guiándola fuera de la casa.

Ya había amanecido en Lento Fluir y las calles iban poblándose de ruido y gentes diversas que se zambullían en un nuevo día con ánimos renovados. Luca no le dirigió palabra alguna a lo largo del camino. Un par de pasos por detrás, aunque firmemente agarrada a su mano, Tánger caminaba silenciosa preguntándose cómo acabaría todo esto. Se sintió aliviada cuando descubrió que la llevaba a la Herrería. Después de la habitación que su padre tenía en la casa familiar, la Herrería era su sitio favorito en todo el mundo. Allí disfrutaba entre montañas de cachivaches y herramientas de todos los tamaños, alumbrada siempre por el fuego brillante de la forja.

La Herrería era uno de los edificios de la calle de Los Oficios, en la parte cercana al acantilado de Lento Fluir, sobre la Playa de Los Piratas. Junto a la Panadería del padre de Jeremías y enfrente de la Casa de las Luces, la tienda de velas y lámparas de aceite y de Magia de la pequeña población. El establecimiento de Luca ocupaba la esquina de su acera y tenía sólo una planta de techo muy alto, podría ser un segundo si se hubieran construido viviendas normales. Una gran chimenea destacaba en el techo a dos aguas que conectaba la forja en perenne funcionamiento con el exterior, expulsando una columna de humo gris.

Luca abrió la puerta y se dirigió detrás del mostrador de la zona de tienda, hacia el taller, abierto a un patio exterior que también conectaba con la calle por el otro lado y al que podían entrar los caballos y animales cuando el herrero  necesitaba cambiarles los aperos o herrarles.

Hizo un gesto a su hija para que lo siguiese hasta una pequeña puerta detrás de la que se oía un ruido rítmico como de martillo. Con esfuerzo, el pequeño herrero abrió la puerta y la sostuvo mientras indicaba a la joven que entrase. Una vez dentro, habló por primera vez desde que salieran de la casa familiar.

– Mira estas dos pequeñas máquinas, Tánger- le dijo, señalando a dos bultos que ocupaban la pequeña habitación.

Las máquinas qeu le señalaba, eran dos pequeños ingenios, como un par de mesas cuadradas, que atrajeron la atención de Tánger de manera instantánea.

Una pequeña lamina de metal, de una anchura de unos pocos centímetros, era desenrollada de una bobina colocada en uno de los extremos de cada mesa. La pequeña lámina era tirada por unos pequeños rodillos y brazos que la hacían pasar por unos émbolos, taladros, brocas y empujadores de diversos tamaños y dotados de diferentes movimientos. Todo ello sin que el continuo movimiento de la lámina de metal cesara. A los lados de la mesa, colgados de un pequeño raíl, había dispuestos unos cestaños no muy grandes. En diversas partes del recorrido de la lámina de metal, un pequeño tubito estaba estratégicamente colocado para que, mediante un soplo de un aire de origen desconocido, una pequeña piecita de metal de una forma determinada fuese empujada y cayese en el cestaño adecuado, acorde a su forma, tamaño y funcionalidad. Tánger miró con sorpresa a Luca y este le hizo un gesto para que observase dentro de los cestaños. En unos había pequeños cierres de cremalleras, en otros clips para juntar papeles, una agujas o alfileras en otros, dedales de diversos tamaños y dibujos, … toda una serie de piezas metálicas de uso cotidiano, que Tánger estaba aburrida de ver por su casa o por la escuela, pero que nunca se había parado a pensar de dónde venían.

– ¡Qué maravilloso invento, papá!- exclamó la chica mientras palmoteaba- . Es maravilloso cómo con ingenio se puede hacer todas esas pequeñas cosas.

Luca le dio la espalda.

– La verdad, Tánger, es que me gustaría ser el responsable de estos pequeños ingenios, pero no es así. Mira – dijo mientras señalaba una pequeña chapa identificadora en uno de ellos -. Aquí puedes ver quién es el responsable.

– Perkin´s. Decoletaje industrial S.A. – Leyó ella-. Pero ¿quién es Perkin´s? ¿qué es decole.. decoletaje?

– ¡No lo sé! – suspiró frustrado su padre – Cuando tenía dieciséis años mi padre me trajo aquí. A él, se las había enseñado su padre. Y su padre el suyo. Así sucesivamente. Ninguno sabemos de dónde vienen, ni quién las creo, sólo las guardamos y mantenemos. Cada mes, el Guardián Travis me trae un cargamento de bobinas. Nunca me ha dicho de dónde salen, por mucho que haya preguntado. Desde que mi padre me las enseñó me dedico a ellas, a hacer las pequeñas piezas de repuesto cuando uno de sus pequeños brazos mecánicos falla. A engrasarlas adecuadamente como mi padre me enseñó.

Tánger acarició las máquinas con la punta de sus dedos.

– Interesante – añadió.

– Esto no es todo, Tánger.

Luca se dirigió al fondo de la habitación. Allí, dos relojes redondos de pared, de esos que se cuelgan, estaban medio tirados. Tánger, escuchaba el típico “tic, tac”.

– Aquí – mostró Luca-. Un reloj. Como todos sabemos, los relojes son elementos mágicos. Los Guardianes los dotan de vida y el pueblo los utiliza para medir el tiempo- Tánger miró extrañada a su padre ante las obviedades que estaba diciendo-. Y aquí otro reloj. Exactamente igual al otro y mágico también ¿verdad?

– Papá, no sé a donde quieres llegar.

Luca le hizo un gesto inequívoco para que tuviera paciencia. Dejó el segundo reloj sobre una de las máquinas de Perkin´s y dio la vuelta al primero. Abrió la tapa trasera y Tánger pudo ver el pequeño vacío, la oquedad detrás de las agujas y la corona y esos pequeños reflejos violetas que vibraban tal y como siempre ocurría con los elementos mágicos.

Luca dejó el reloj en el suelo y tomó el otro. Le dio la vuelta y abrió la pequeña tapa trasera. Tánger se sorprendió de lo que su padre dejó al descubierto. Un montón de rueditas con pequeños salientes que encajaban unos dentro de otros, unas espirales pequeñas de metal que se hinchaba y relajaban, todo en movimiento, todo haciendo el característico “tictac” de un reloj.

– Qué… ¿qué es eso, papá? – Preguntó ella despacio.

– No lo sé. Lo conseguí de un mercader que apareció por la capital, por Bruma Azul, hace años. Anunciaba que poseía artefactos asombrosos y era cierto. Tenía muchos similares. Cosas que todos creemos que son mágicos, iguales y haciendo lo mismo pero sin utilizar Magia alguna. Sin utilizar Magia en absoluto.

– ¿Y tú qué crees?

– No lo sé, pequeña –  le dijo de manera cariñosa -. Pero piensa en una cosa. Imagínate que hay una forma de obtener cualquier cosa mediante la Magia. La alternativa es evidentemente posible pero complicada. Lo que es más, los que tienen acceso a la Magia la racionan. La entregan sólo a quien quieren y como quieren. Hacen que todo dependa de ellos. Poco a poco, la forma alternativa de hacer las cosas, más complicada y al alcance de pocos, se va perdiendo, haciendo que todo pase por aquellos que controlan la Magia. Imagínate que alguien que no necesita de ellos aparece. Alguien que también tiene acceso a la Magia pero fuera de su control. Alguien que también puede tener acceso a las alternativas. Alguien que puede distinguir qué es imprescindible de hacerse con Magia y qué podría tener sentido, simplemente, desarrollarlo por técnicos, por rueditas. Alguien que puede ir al margen de todo lo establecido. Con un criterio propio ¿Qué piensas que puede pasar?

Tánger, miró de nuevo a los relojes. Su padre añadió.

– Un reloj- dijo señalándose-. Y otro reloj- dijo señalándola.

– Madre mía – susurró Tánger.

– Por favor, sigue llevando las pequeñas piedras. Es mejor que nadie sepa qué es lo que eres. Sea lo que sea. Hazlo por mamá y por mí. Hazlo por Job. Hazlo por tí.

El Hombre Encadenado – Capítulo 6 – Una Cabeza

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A partir de aquí el Capítulo 6 – Una Cabeza.


Travis cerró la puerta de su casa tras decir adiós a los chavales que le habían acompañado desde la casa molino de la Hermandad. Sin respiración se apoyó en la puerta, azorado resbaló poco a poco apoyando la espalda en la puerta hasta sentarse en el suelo. “Es verdad.” Se dijo. Sin aliento. “Es verdad, al fin”.

Impulsado por un resorte interior, se puso en pie y fue corriendo al espacio central de la planta baja de la casa. Allí, en el salón donde solía organizar las comidas cuando tenía invitados, rebuscó con las manos los bordes de la alfombra que cubría gran parte de la habitación, un gran manto multicolor de lana de oveja, tintado y tratado para resultar cómodo y vistoso. Utilizando la Magia hizo que todos los elementos que se apoyaban en esa alfombra, mesas, sillas, todos, se elevaran grácilmente un par de metros. Tiró de uno de los bordes de la alfombra, evidentemente ayudado de nuevo por la Magia para aumentar su fuerza, y deslizó la alfombra hasta retirarla lo suficiente del suelo como para dejar al descubierto una trampilla  disimulada entre el resto de tablas del piso. Con un gesto, hizo que la trampilla se abriese y entonces, caminó sorteando los muebles voladores hasta llegar a las inmediaciones de la oquedad.

Miró hacia adentro. Unas escaleras se intuían y un olor agrio, ligeramente fétido que, por conocido, no le resultaba menos desagradable, le inundó las fosas nasales. Sabía que, como tantas otras veces, debía bajar por aquellas escaleras y hablar con lo que había abajo, pero eso no hacía que le resultase más sencillo. Sacudió la cabeza, como para apartar esos pensamientos y alejarlos de ese momento y lugar, y comenzó a descender. Las escaleras estaban iluminadas por unas llamas azules que no eran naturales. Como todo lo que ahí dentro se guardaba se alimentaban de Magia, de Poder puro.

Las escaleras estaban cada vez más humedas según descendía y el aire circundante era frío. “El frío es bueno” se repitió mentalmente. El frío era bueno para la Magia, la Magia funcionaba mejor a bajas temperaturas, o al menos aquella Magia que no era realizada por el Poder en sí, como le ocurría a Travis. Aquella Magia “de prestado” como solía pensar, pues él sólo podía utilizar el Poder que le era transmitido por otro. Y ese otro lo recibía de otro. Y así, hasta llegar a la fuente original, a aquel que se encontraba encadenado en la Fortaleza del Norte con esas dieciséis cadenas a los extremos de las cuales se colocaban los principales Guardianes de la Magia. “A no ser que alguien encuentre otra fuente” pensó, sonriendo por primera vez en su vida de manera natural, no para aparentar ser una persona “normal”.

“A no ser que se encuentre otra fuente que se pueda aprovechar para acabar con la Fortaleza y con todos esos vejestorios que la pueblan. Con todas esas ratas avaras ansiosas de Poder. Ansiosas de poseerlo para utilizarlo en ellos mismos, mucho simplemente para seguir viviendo, para mantenerlos con vida después de siglos. Esos vejestorios que únicamente comparten las migajas que les sobran con los siguientes de la cadena. Esos jerarcas que impiden que desarrollemos todo el potencial que el Poder nos permitiría“. Sonrió aún más porque sabía que ese relato le serviría para hacer que otros le siguieran en la revuelta que planeaba. Otros incautos ávidos de Poder, de otras migajas, algo superiores a las que ahora recibían, pero migajas al fin y al cabo. Unas nuevas migajas que él se encargaría de administrar tras acabar con los de la Fortaleza. Pero todo eso no era posible si sólo había una fuente de Poder, como todo el mundo aseguraba que ocurría. Todos menos aquel que le recogió y que le trató como su mentor.

Travis dejó las escaleras para atravesar un angosto pasadizo hasta llegar a una sala algo más ancha. Ahí, una pequeña mesa de madera y, sobre ella, la cabeza.

– Maestro- dijo Travis con una voz neutra que trataba de ocultar su agitación interior -. Lo he encontrado.

Lo que antes parecía una figura artificial, simplemente una reproducción realizada en barro de lo que podía parecer ser la cabeza de una anciano arrasado por la edad y una mala vida evidente, abrió súbitamente los ojos y gruñó con un deje en la voz que hacía que pareciese algo gutural.

– ¿Qué has encontrado, muchacho? – Preguntó la cabeza. Pero aunque la voz fue audible en toda la sala en la que ambos se encontraban, los labios casi no realizaron ningún movimiento. “No es necesario” se dijo Travis, como siempre interesado por todo lo que la cabeza representaba. “Al fin y al cabo, la cabeza sólo está viva por la Magia, sin ella no sería nada.”

– Otra fuente, maestro. Otra fuente de Poder.

La cabeza abrió mucho los ojos. Una especie de luz amarillenta se percibió por detrás de los ojos, como si el Poder iluminase por dentro la cabeza como una vela y, al mirar a los ojos de la cabeza, se intuyera la luz que había dentro. Como esas calabazas a las que los niños les colocaban una vela dentro después de vaciarlas y taladrarles unos ojos y una boca.

– Otra fuente de Poder- repitió la cabeza del que, antes, era conocido como Torben, Guardián de la Magia y maestro de Travis Cloud-. Otra fuente. Tanto tiempo buscándola y tenía razón – si la cabeza no estuviera sólo soportada por la Magia, actuando como un ancla para el alma del viejo Guardián que a través de la misma podía comunicarse con los vivos, Travis hubiera jurado que el viejo estaba llorando-. ¿Es la niña esa? ¿La hija de los Piratas?

– Sí, maestro. Se llama Tánger y es una niña Pirata con ojos violetas como los del Hombre Encadenado.

– Shhh – chistó el maestro sin mover los labios -. No hables nunca de él aquí. Este lugar está arrebatado al mundo de los muertos por su Magia y si él se entera, si alguna vez alguien intuye lo que aquí ocurre… Los dieciséis de la Fortaleza acabarán con nosotros antes de que podamos acabar lo que hemos empezado. Todo debe seguir el plan tal y como está diseñado. Si hay otra fuente y la de la Fortaleza se está agotando podemos pasar a la siguiente fase.

– Sí, maestro- dijo de manera mecánica Travis.

– Entonces, contacta con la Fortaleza y haz que ocurra – pidió el maestro Torben.

Travis volvió a asentir y buscó el espejo. A los pies de la pequeña mesa sobre la que descansaba el busto del maestro había apoyado un espejo de un tamaño medio, con un marco recargado decorado con pan de oro. El Guardian lo cogió del suelo y casi a tientas buscó en la pared detrás de la mesa hasta que encontró la alcayata donde colgarlo. Al lado de la cabeza, en la mesa, había un trapo ligero y trasparente. Travis lo colocó sobre la cabeza mientras pronunció el sortilegio adecuado. La superficie reflectante del espejo vibró con una luz azulada. La cara de Travis que se reflejaba en el espejo dio paso a la visión de una habitación en la que sólo se veía una cama que parecía bastante incómoda y una mesa en la que una figura estaba sentado leyendo un libro, de espaldas al espejo.

– Surio – susurró Travis-. Surio, por favor.

El tal Surio se giró despacio. Tenía el cráneo afeitado y vestía un hábito de textura áspera, como de tela de saco. Algo realmente incómodo a todas luces. Su cabeza tenía un tamaño algo superior a la media y no tenía cejas. Todo el conjunto le daba un aspecto de bola de queso que podría resultar cómico. Sin embargo, la forma en que su boca se apretaba en una línea de dureza sin límite hacía que el tal Surio no fuese una persona que pudiera parecer graciosa. Para nada.

– Travis – dijo con una voz profunda -. Creía que no tendría noticias tuyas nunca más.

– La paciencia es una virtud necesaria para todo Guardian. Y es necesaria aún más para nosotros y nuestra misión.

– Así es – reconoció Surio con un deje contrito-. Dame la información que consideres. Yo te actualizaré el estado de la Fortaleza.

– Hemos encontrado la fuente alternativa- dijo Travis silabeando las palabras y comprobando el efecto de sorpresa que provocaban en el otro-. Es hora de comenzar con el plan.

– El plan, una vez comenzado, no tiene vuelta atrás. Te pido confirmes – respondió despacio Surio -. Es muy importante.

Travis respiró varias veces antes de continuar. Tenía ganas de gritar, de insultar, de agarrar por el cuello al otro si fuera posible. De decirle que se dejase de tonterías e hiciese lo que debía hacer. Pero mantuvo la calma. Surio tenía por delante la ejecución de una tarea que nadie había afrontado. El asesinato uno a uno de los otros quince Guardianes Principales.

– Te lo confirmo – dijo por fin Travis.

La expresión del otro se tornó sombría.

– Sea.

Ambos guardianes se miraron unos instantes sin mediar palabra.

– Bien- dijo al fin Surio-. Te actualizo la situación aquí en la Fortaleza. El Hombre está cada vez peor. La periodicidad de la descarga de Poder no puede ser ya mensual y debemos conformarnos con una vez cada dos meses. Los Guardianes de otros territorios están preocupados. Cada vez más se quedan sin Poder antes de volver a disponer de él. Cada vez más quedan desabastecidas regiones bajo nuestra protección. El Guardián Principal Magnus ha indicado que, de seguir así, deberemos priorizar el escudo de La Zona y luego nosotros mismos y, después, el resto de las encomiendas. El temor a no disponer de la abundancia actual de Poder hace que los nervios crezcan por momentos en la Fortaleza. Muchos tratan de acumular Poder en objetos o en antiguos rituales, sin resultado. El miedo comienza a extenderse sin freno. Si atacamos ahora y, cuando todo esté a punto de colapsar, ofrecemos una alternativa, todos los que continúen con vida nos seguirán. Pero debemos tener alternativa para que nunca se desactive el escudo de La Zona.

– La tenemos, Surio. Tú y los tuyos no debéis temer.

– Yo no soy importante. Nosotros no somos importantes. El objetivo lo es.

– Así es – mintió Travis-. Así es.

El espejo vibró de nuevo y volvió a reflejar la cara sin expresión de Travis. Este lo descolgó y volvió a dejarlo apoyado en una pata de la mesa. Acto seguido retiró la tela transparente de la cabeza.

– Bendito loco – dijo la cabeza-. Va a empezar la revolución más grande desde el evento de La Zona. Y todo, absolutamente justificado por una buena causa – unos gruñidos que simulaban risas surgieron de la cabeza.

Travis asintió. Estaba aburrido. No tenía ganas de seguir viendo el espantajo de la cabeza, abriendo y cerrando los ojos y con esa voz de ultratumba parloteando continuamente. Realmente sólo soportaba aquel engendro porque le había demostrado una capacidad increíble de adelantarse a los acontecimientos. Pero en cuanto pudiera lo mandaría al estercolero lleno de gusanos del que no debería haber salido nunca. Aún no era el momento. Lo sería cuando todo estuviera mas encarrilado. Cuando sus consejos ya no tuviesen tanto valor y Travis se sintiese confiado de acabar lo que acababan de empezar.

– Hace frío, maestro – dijo por fin-. Debo volver a mis quehaceres. En cuanto empiecen a llegar las noticias de las muertes de Guardianes de la Fortaleza, los esclavistas y las piratas atacarán las poblaciones, acudirán como moscas a la miel espoleadas por el conocimiento de que la Fortaleza no puede proteger todo el territorio bajo su protección.

– Así es, Cloud – respondió el maestro-. Y ahí deberás estar atento.

– Sí. Me voy- susurró el Guardián y se dio la vuelta.

Comenzó a subir las escaleras. A cada escalón, dejaba más atrás a la cabeza y a esa Magia insana que inundaba ese lugar. Ese frío antinatural que la cabeza necesitaba para seguir entre los vivos.

Pasados unos minutos, la cabeza se quedó otra vez a solas en la pequeña habitación bajo el salón de la casa del Guardián, iluminada a duras penas por las luces azuladas del angosto pasillo y que estaban alimentadas por la Magia y parpadeaban de forma trémula. Antes de cerrar los ojos, evaluó la situación. Por fin, el estúpido de Travis había localizado otra fuente de Poder. Torben sabía, hacía muchos años que lo había sabido, que una descendiente de las piratas podría ser una fuente de Poder. Por eso había orientado a Travis a aceptar ese destino en el último pueblo de la última Marca, ese pueblo perdido entre el territorio protegido por los Guardianes de la Fortaleza y el fiero Sur. Por eso había elegido al propio Travis, tantos años atrás. Para hacerse con todo el Poder. Para no ser sólo una cabeza.

El Hombre Encadenado – Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas

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Tánger se asomó a la ventana de su habitación. La casa de sus padres era un coqueto edificio en la calle principal de su ciudad, Lento Fluir, de tres alturas. En la altura inferior las zonas comunes: salón, cocina, comedor y una pequeña cuadra que Tánger debía adecentar todos los días antes de salir hacia la escuela. En la segunda altura, las habitaciones. Sus padres tenían la más grande y luego, a los lados de un pasillo central, la habitación de la nana Till, su abuela materna, luego la habitación de Tánger y la habitación de su hermano pequeño Job al final del pasillo. En la última altura, confundiéndose con el tejado de la casa, las dos habitaciones de esparcimiento de cada uno de sus padres.

Tánger calculó cuánta altura debería saltar para llegar al suelo. Unos diez metros. Miró a las dos lunas, arriba en el cielo. La pequeña París, con sus brillos rojizos como miríadas de cristales, transitaba cruzando por la parte inferior de la más grande Tánger. “La reunión de la Hermandad empieza en menos de una hora. O hago algo o voy a llegar tarde y el tonto de Jeremías me suplantará en el inicio de la sesión” pensó muy fastidiada.  Evaluó la situación de nuevo. Podía tratar de descolgarse por la cañería que recogía el agua de lluvia del tejado pero era difícil que no cayese en el intento. Sólo veía una salida. De una manera rápida se sacó el cordón de cuero que tenía alrededor del cuello y al que se fijaba un pequeño saquito coronado en su extremo superior por una cuerda con un nudo corredizo. Descorrió el nudo y miró a su interior. Tres pequeñas piedras, como botones, refulgían con un color violeta pálido. Con un movimiento rápido, escondió el cordón y el saquito dentro de un tiesto que estaba fijado en su ventana, ocultándolo bajo la tierra para que  no pudiera ser visto. Una vez que se dio por satisfecha y creyó que nadie podría localizar el pequeño colgante, se subió al alféizar de la ventana y, agarrándose de la cañería, trató de asegurar sus pies e iniciar el descenso. Como había previsto, la tarea de bajar por tal medio era casi imposible y tropezó casi al inicio de la misma, resbalando y perdiendo pie. Sin embargo, no pasó nada, no descendió ni un sólo centímetro. Muy al contrario, permaneció flotando al lado de la tubería. Con un movimiento muy suave descendió hasta que sus pies tocaron el suelo. “Voy a llegar tarde” pensó Tánger. Comenzó a correr. Era de noche y nadie parecía estar a esas horas en las calles de la ciudad. Una vez alejada lo suficiente del centro del casco urbano, Tánger dio una gran zancada y saltó. Comenzó a volar a una velocidad muy elevada mientras con un gesto de manos creaba una pequeña niebla que impedía que nadie la viese en su camino.

La Hermandad se reunía a la salida de la ciudad, en una cabaña abandonada, un molino casi derruído, que servía de centro de las correrías de los adolescentes de la zona. Desde la misma, se podía divisar tanto la playa de los Piratas como el camino hacia el Sur. Para llegar hasta ella había que sortear la muralla de la población, una edificación que todavía seguía en obras por muchos puntos de su perímetro por lo que los chicos sólo tenían que elegir bien el lugar en obras menos vigilado y deslizarse al exterior sin ser vistos. Una vez fuera de los muros de Lento Fluir, podían correr hasta la cabaña que constituía el único punto luminoso en la zona cercana a las murallas. Muchas veces habían sido desalojados por el servicio de vigilancia de la ciudad pero desde hacía un tiempo los vigilantes hacían la vista gorda con ellos. Preferían saber dónde estaban y tenerlos a todos juntos allí reunidos que tener que ir detrás de uno y otro durante horas.

Tánger seguía su camino volando a unos cuantos metros sobre los tejados del extrarradio de la ciudad y se preparó para pasar por encima de la muralla. Sabía, por experiencia, que los soldados que su padre había ayudado a entrenar se percatarían de su paso pues estaban preparados para detectar cualquier suceso que se saliese de lo corriente, así que se concentró hasta que consiguió que su cuerpo fuese, si no invisible, sí al menos un objeto casi transparente. Aceleró un poco más. Pasó por encima de la muralla con un suave rumor de aire que no llamó la atención de un par de soldados concentrados en otear si había una señal de los espejos que transmitían los mensajes de más allá, del camino hacia el Sur.

La Hermandad había sido una idea de Tánger hacía un par de años. Era una especie de club de aventuras inicialmente para aquellos que habían sido adoptados en Lento Fluir, todos aquellos que habían llegado a la orilla de la playa envíados por los Piratas. Al principio había supuesto un elemento integrador de todos estos chicos y chicas que se sentían diferentes e, incluso, a veces eran menospreciados por sus compañeros “legítimos”. Les había supuesto una forma de unirse y enfrentarse de manera unitaria a todas esas situaciones discriminatorias. El éxito había sido tal que muchos compañeros que no habían sido adoptados también querían pertenecer a la Hermandad. Tras mucho pensarlo, Tánger y sus amigos la habían abierto a todos los niños mayores de nueve años de Lento Fluir y ahora era un movimiento al que todos los niños o pertenecían o querían pertenecer.

La finalidad de la Hermandad era pasarlo bien y para ello, los chicos y chicas inventaban pruebas y retos con los que se retaban unos a otros y, al superarlos, ganaban puntos. Tenían una clasificación que listaba a todos sus integrantes. El primer clasificado tenía la potestad de ser el Hermano Mayor de la Hermandad y el resto, aún a regañadientes, tenían que obedecerle y asumir su mando. Desde el primer día, Tánger siempre había sido la Hermana Mayor pero en los últimos meses, Jeremías, un adoptado como ella, precismaente por el panadero del mismo nombre y muy amigo de su padre Luca, amenazaba con adelantarla. La rivalidad entre ambos era conocida por todo el pueblo y el resto de integrantes de la Hermandad se divertían proponiendo pruebas cada vez más rocambolescas para ver cómo salían de ellas los dos enfrentados. Tánger se había auto impuesto no utilizar la Magia en esos retos, pero cada vez le resultaba más difícil salir vencedora y temía que Jeremías la pasase en la clasificación por lo que se estaba replanteando utilizarla. Sin embargo, destaparse de tal manera sería peligroso no sólo para ella, sino también para sus padres. Además, su padre le había obligado a llevar siempre las tres pequeñas piedras encima atadas al cuello en un colgante que no debía quitarse nunca. Nerviosa se tocó por instinto el cuello donde debería tener ese colgante sintiendo, de nuevo, su ausencia. Cuando lo llevaba, las piedras de su interior, por un mecanismo que la chica no entendía y del que sólo percibía que empezaban a brillar con un color violeta, impedían que pudiera hacer ni el más pequeño truco de Magia. Al deshacerse del colgante, como en esa noche, el Poder corría de nuevo a través suyo y todo, absolutamente todo, era posible.

Tánger vio la casa donde se reunía con sus amigos y oteó para encontrar un sitio discreto donde tomar tierra. Al este de la casa vio el lugar adecuado. Una vez en el suelo se sacudió un poco su ropa. Tánger acababa de cumplir ese verano quince años. Era muy delgada y espigada, le sacaba ya una cabeza a su padre Luca y su pelo, de color blanco, refulgía con la luz que provenía de la luna de su mismo nombre. Sus ojos violetas seguían siendo objeto de murmuraciones y suspiros de asombro. Era, en definitiva, una joven que llamaba la atención y era admirada y odiada a partes iguales en la ciudad.

Cuando abrió la puerta, el murmullo que poblaba la casa se transformó en gritos, algunos de alegría y otros de fastidio. Jeremías, sentado en la mesa principal que presidía el salón de las reuniones de la Hermandad, hizo un mohín de fastidio y se levantó de la silla central reservada para el Hermano Mayor, colocándose en la de al lado. Tánger sonrió dedicando a todos los presentes saludos y palabras de agradecimiento mientras avanzaba por la sala de manera resuelta y segura hasta llegar a la silla principal. La mesa disponía de un mazo con el que se solían dar por comenzadas las sesiones. Tánger, con un movimiento muy estudiado y mirando de reojo a Jeremías, dio dos golpes secos y gritó:

– Amigos, amigas. Se da por abierta la sesión de la Hermandad de los Niños Piratas. Que comiencen las aventuras –  declamó utilizando la fórmula ritual.

Los murmullos y el jolgorio dieron paso a un silencio ceremonial poco a poco. Cuando la situación pareció estar tranquila, Tánger continuó.

– Bien – dijo adoptando una pose ceremonial-. Si no recuerdo mal, había un reto que debemos revisar en esta sesión si se ha realizado satisfactoriamente o no.

Gritos de aprobación recorrieron la sala.

– Así es, Hermana – dijo Jeremías, utilizando sus atribuciones como segundo de la clasificación para meter baza-. En la última sesión se impuso un reto a las hermanas Luz y Brillo. Debían traer hasta aquí a un adulto, pero no un adulto cualquiera. Debían traernos un adulto poderoso. Hermanas ¿lo habéis conseguido?

Dos chicas morenas y bastante altas, casi tanto como Tánger, contestaron a la par.

– ¡Sí, hermanos! Os informamos que hemos superado el reto.

Las dos chicas traían a alguien con una capucha en la cabeza. Le susurraron algo y los tres avanzaron hasta situarse en frente de la mesa presidencial.

– Hemos traído un adulto importante de la comunidad. Él ha venido por propia iniciativa, aunque le hemos cubierto la cabeza para que no descubra dónde nos reunimos.

Tánger creía que no había adulto que no supiera que aquella casa abandonada, antiguo molino, era utilizada por la Hermandad. Muchos padres habían ayudado en su reconstrucción. Pero aún así le hizo bastante gracia la ocurrencia de las hermanas.

– ¿Y quién es él, hermanas? – Preguntó con verdadera curiosidad.

Las hermanas se miraron y quitaron la capucha a su invitado. Un susurro de incredulidad recorrió la sala. Nada menos que el Guardian Cloud, sonriendo, se atuso el pelo.

– Mis respetos a la Hermandad – dijo de manera alegre-. Me presento de manera muy humilde ante vosotros, ¿seré aceptado como invitado en la sesión de hoy?

– ¡Por supuesto!- dijo emocionada Tánger- Sois aceptado, Guardián.

El Guardián Cloud miró a Tanger e hizo un gesto de sumisión bajándola como si le hiciera una reverencia, reconociendo que en aquella situación la joven era merecedora de ella. Cuando el Guardián la miró a los ojos, algo hizo que por un momento, una pequeña fracción de tiempo, su expresión desapareciera. Tánger, que también lo miraba no llegó a detectarlo, sintió que algo raro le pasaba al Guardián pero no lo identificó con nada conocido. El Guardián sonrió, su rostro de nuevo lucía una expresión agradable.

– Siéntese aquí a mi derecha, Guardián. Segundo – dijo Tánger a Jeremías – cede tu sitio al Guardian. Hermanas, habéis conseguido la máxima puntuación. Veinte puntos para cada una.

La sala rugió con aprobación. Travis hizo un gesto de agradecimiento a Tánger y se sentó a la derecha. Jeremías, fastidiado y sin asiento, tuvo que quedarse de pie como un hermano cualquiera.

– Continuemos – dijo de manera triunfante Tánger -. Sigamos con el resto de aventuras. En la última sesión, el pequeño Jonás debía lograr traernos un pedazo de cristal del espejo de la torre de la plaza. Jonás, acércate y dinos cómo fue.

El Hombre Encadenado – Capítulo 4 – Tres Piedras… Pequeñas

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A partir de aquí, el Capítulo 4 -Tres Piedras … Pequeñas.


Paris estaba ya de casi seis meses y se pasaba las noches en vela girando de un lado a otro, intentando encontrar la postura que le permitiese dormir del tirón un par de horas. Era muy difícil pero cuando la lograba, cuando se podía colocar de una manera que encajaba su espalda sin mucho dolor a un lado o al otro, la agarraba como si fuera oro puro y caía en un sueño instantáneo que se le pasaba como un suspiro. Un vacío sin sueños, un paréntesis temporal en el que se sumía, colocada como un saco de grano tirado al azar en la descarga de una carreta. Su cuerpo, en esos breves escarceos, trataba por todas las maneras de resarcirse y absorber todo el descanso posible. Aún así, su espalda se resentía bastante y era habitual verla paseando por la casa, estirándose y girando el cuello, tratando de hacer desaparecer los nudos en los que se le habían convertido los ligamentos y articulaciones de la mayor parte de su espalda.

En uno de esos paseos, con el que había interrumpido los preparativos de las clases del día siguiente, pasó por delante del cuarto que Luca utilizaba como “guarida”. Ese cuarto donde su marido dibujaba los planos de sus inventos y trataba “ de no chamuscar demasiado” su casa, como ella le solía decir cada vez que le veía llevar hasta allí un barreño de polvo oscuro y engrudo pastoso. La puerta siempre solía estar cerrada a cal y canto y Paris no solía molestarlo allí por una razón muy sencilla. Y es que a ella tampoco le gustaba que la interrumpiesen en el cuarto que constituía su reducto de paz, ese que utilizaba para preparar sus clases y ejercicios de la escuela o también para probar la encuadernadora de libros que había construido. Una máquina con la que editaba los libros que escribía: cuentos, fábulas e, incluso, alguna novela. Libros que luego Luca leía y se dedicaba a criticar durante semanas y semanas. Si bien era cierto que  luego le insistía e insistía en llevarlos a la librería de maese Lur en Bruma Azul, la capital de la Marca. Y allí, en esa librería, los libros de París eran muy apreciados, con ventas de cientos de unidades.

Sin embargo aquella vez, la puerta en la que el propio Luca había tallado un triángulo de unas dimensiones apreciables para distinguirla de cualquier otra de la casa, estaba abierta de par en par, algo que por inusual, provocó un ataque de curiosidad inmediato en París. Casi como una niña, asomó la cabeza al interior tratando de no ser vista, y eso que las dimensiones de la barriga que tenía no lo hacía nada fácil. En la mesa, Luca estaba totalmente enfrascado en un plano enorme. De vez en cuando, tachaba algo y resoplaba muy fastidiado. Debajo de la otra mesa, la alargada, el “laboratorio” como a él le gustaba llamarla, la pequeña Tánger jugaba con unas piezas de madera que Luca le había tallado hacía unos años. Prismas de revolución las llamaba Luca. Un cono, una esfera, un cilindro, el resultado de una figura básica, un cuadrado, un triángulo, girada alrededor de un eje fijo para que formase el milagro del volumen. Todos ellos de madera, tallados con sumo cuidado para que la superficie quedase suave y sin astillas que pudieran herir las pequeñas manos de la hija de ambos.

Un nuevo resoplido de Luca atrajo la atención de Paris. Su marido, con esas arrugas en la frente que denotaban que estaba en máxima concentración, no se percataba de su “enorme” presencia en el rellano del cuarto. Algo se le resistía y por experiencia, París sabía que Luca daría vueltas y vueltas hasta llegar a la solución. Nadie diría que aquel delgado, bajito y canoso hombre en el que se había convertido a lo largo de los años su marido, pudiera resultar tan sumamente tenaz. Muchas veces lo miraba de reojo mientras hacía sus tareas o comía o tomaba el desayuno y se preguntaba si acaso no hubiera cambiado tanto que ya no fuera aquel delgadurrio adorable del que se había enamorado. Ese pequeño que sufría horrores para levantar el martillo de la fragua familiar que le había tocado levantar tras la muerte de su padre, sacándole prematuramente de la escuela. Hacía tanto años de eso, tanto tiempo, que ahora le parecía otra vida. Sin embargo, en esos momento de concentración tal que ni siquiera se percataba de su presencia, París ce daba cuenta de que por todos los años que hubiesen pasado y todas las vueltas que diese la vida, detrás de aquel cejo fruncido se encontraba ese Luca que conocía desde niño y al que amaba con todo su ser. Ese cabezota que nunca se rendía, por mucho que todos los Guardianes de la Fortaleza del Norte le dijeran que lo que intentaba era imposible. Ese loco maravilloso que siempre mantenía su punto de vista, por diferente del de los demás que fuese o por solo que se encontrase en su defensa.

Como si le estuviera leyendo la mente, Luca levantó los brazos e hizo un gesto de victoria, cayendo inmediatamente en la cuenta de que su mujer le debía llevar escrutando desde hacía algún tiempo.

– ¡Hola! – le dijo- ¿qué haces ahí parada?

– Viendo al genio trabajando – respondió París de manera socarrona- ¿Qué es eso que se te resiste tanto?

– Bueno – dijo doblando el enorme plano que cubría la mesa de trabajo -. Estaba preparando la propuesta para mi hermano, ya sabes, la defensa de la ciudad.

-¿Sigues con eso, Luca? No sé si es buena idea. Ya tienes fama de ser un poco proclive a la Ciencia. Si promueves una defensa en paralelo a la de los Guardianes, la gente te mirará con suspicacia.

– No podemos hacer otra cosa – le dijo, mientras ambos miraban a la pequeña Tánger que jugaba con las figuras de madera -. Si queremos tener alguna oportunidad cuando vengan a por ella.- dijo bajando al máximo el volumen de su voz-.

París avanzó hasta la mesa de dibujo.

– Está bien,  ¿y qué estás preparando? – preguntó con un interés renovado.

Luca desdobló el plano, volviendo a cubrir la mesa.

– He descubierto muchas cosas estos meses -le confió-.

“La ciudad”, continuó, “dispone de un sistema amurallado que habrá que mejorar y restaurar, pero que tiene cimientos sobre los que se puede construir. Lento Fluir se encuentra en un promontorio, un alto, encima de la playa de los Piratas. Por el Sur, el corte en la montaña que acaba en la playa. Al norte, el camino que nos conecta con el resto de la región y que se convierte en el embudo ante cualquier ataque. La conclusión es obvia. Protejamos el norte y preparemos rutas de escape por el sur. A tal efecto, he diseñado la reconstrucción de las murallas que nos deberían aislar de las embestidas por tierra. Pero esto no debe engañarnos. No somos un pueblo guerrero y no lo seremos a corto plazo. Sin la ayuda de los Guardianes y su magia, por muchas catapultas de las que dispongamos, no podremos rechazar un ataque por pequeño que sea. Así que debemos oradar la montaña con túneles y fijar cuerdas, de tal manera que dispongamos medios que permitan escapar por la playa a una parte importante de la población. No toda, pero una gran parte.”

París, miró a su marido.

– ¿Esas murallas son anteriores al Evento que ocurrió en La Zona? – Preguntó.

– No lo sé realmente, París – respondió-. Es posible que incluso después del Evento, la ciudad tuviese esas murallas, quizá hasta la firma del acuerdo con los Piratas, el pacto de no agresión si cuidábamos de sus hijos. La realidad es que los restos existen. Y debemos aprovecharnos de ello.

– Si atacan por tierra la estrategia sería huir por la playa.

– Eso es. Mi propuesta es establecer puntos de información a lo largo de la frontera sur, de manera análoga al sistema de transmisión con espejos que ya tenemos con el resto de ciudades de la Marca. Si disponemos de tiempo podremos evacuar mejor por la montaña y estos sistemas nos avisarán de que viene a por nosotros. Las murallas que pretendo reconstruir nos darán tiempo, pero nada más. No pienso que podamos ganar, por pequeña que sea la fuerza atacante.

El plano, el papel grande azul que tenía Luca, representaba la ciudad desde un punto de vista superior. Luca había dibujado las murallas y las zonas de fortificaciones.

– ¿Crees que tendremos alguna oportunidad frente los Piratas o los Esclavistas del Sur? – Preguntó París.

Luca miró hacia abajo, pero enseguida una sonrisa acudió a su expresión.

– Por supuesto – respondió-. Ellos no saben que nosotros estamos preparados.

París miró a la pequeña Tánger que seguía jugando debajo de la mesa alargada, “el laboratorio”. Algo había cambiado. Los prismas con los que jugaba giraban y giraban mientras flotaban en el aire, impulsados por una fuerza que no podía ser otra cosa más que Magia. Tánger reía, mientras sus ojos violetas refulgían con destellos vivos. Las piezas de madera se movían dirigidas por los movimientos de sus manos.

– Vendrán a por ella – concluyó París-. No sé si serán los Piratas, los Esclavistas o los propios Guardianes.

Luca miró a Tánger y a su mujer.

– Lo sé – musitó.

– Tu plan me da esperanza por los ataques de los primeros pero ¿qué pasa con los Guardianes? ¿Cómo nos libraremos de ellos? Es evidente que alguien como Tánger no puede serles indiferente.

Luca se agachó por un momento y rebuscó en la mesa de su despacho. Al poco, y con un golpe, puso tres pequeñas piedras, como tres botones, sobre la misma.

– Esto es lo que te propongo – dijo triunfante.

– Tres piedras – dijo París-. Tres piedras…. Pequeñas.

– Sí, París. Tres piedras pequeñas.

El Hombre Encadenado – Capítulo 2 – Darle la vuelta

Si no has leído el capítulo 1 de El Hombre Encadenado, por favor léelo aquí
De aquí en adelante, el Capítulo 2 de El Hombre Encadenado: Darle la Vuelta.


Tánger empujó con todas sus fuerzas la puerta marcada oon el símbolo del triángulo. Nada. Buscó algo para auparse, un pequeño tocón de madera que encontró como tope de la puerta del estudio de su madre París y, no sin esfuerzo, lo aproximó a la puerta del triángulo. Encaramada a él giro la manilla y empujó de nuevo. Lo hizo con tal fuerza que estuvo a punto de caerse del impulso. “Aquí está”, pensó.

Tres cosas gustaban a Tánger sobre todas las cosas. La primera, el chocolate con leche de la nana Till. La abuela preparaba el mejor chocolate de la región y Tánger tenía la suerte de probarlo siempre que quería. A veces había que convencer a la abuela, darle muchos besos para conseguirlo o hacerle muchas cosquillas. Pero, si le daba los mimos suficientes, Tánger sabía que podría disfrutar de la mejor taza de chocolate con leche en muchos kilómetros a la redonda.

La segunda era dar sustos a mamá y papá. Le encantaba buscar un rincón muy escondido, o meterse en un armario, o detrás de una puerta y de ahí, saltarles encima poniendo una cara muy fea. Los gritos que daban la hacían reír más que ninguna otra cosa en el mundo. Y, ¡las caras! Como si un Guardián fuera a hacerlos desaparecer desintegrándolos con un sortilegio. Era verdad que, desde que mamá llevaba un bebé en la tripa, Tánger tenía cuidado de sólo darle sustos a papá, pero también era cierto que papá era el más despistado de los dos y la presa más fácil, así que la diversión estaba asegurada.

Por último, la tercera cosa que más le gustaba a Tánger en el mundo, era curiosear en el estudio de su papá. El de mamá estaba también bien, pero mamá era tan ordenada, tenía todo colocado en su exacto lugar, que las pocas veces que Tánger había entrado y tocado un papel, había sido llamada de inmediato para recibir una charla sobre lo malo que era no respetar las cosas privadas de cada uno. Tánger no quería hacer nada con lo que encontraba en el cuarto de papá, sólo curiosear un poquito. Y si podía, darle uno de sus sustos para verle la cara que se le quedaba.

El estudio era espaciosa, con el techo inclinado siguiendo la forma del tejado de la casa. En el centro de la estancia, una gran mesa en la que su padre dibujaba sus inventos. Siempre estaba dibujando, y los papeles azules de gran tamaño con líneas blancas garabateada que producía, se multiplicaban por toda la estancia. Al fondo, una gran estantería llena de libros y papeles azules doblados o enrollados sobresaliendo por muchos sitios y, más a la derecha, una mesa larga con muchos cachivaches de los que Tánger no conocía el nombre pero que le parecían que servirían para hacer Magia: una vasija transparente con un tubito de cristal por dentro colocados ambos sobre una pequeña estufita, un brazo largo con una lupa gigante a través de la cual alguna vez había mirado Tánger y casi se había mareado de lo grande que le parecía todo… Cacharros de ese estilo: extraños y misteriosos. Sobre todos ellos destacaba el espejo bola que tanto le gustaba. Un espejo cóncavo, en el que si te ponías delante, tu cara se alargaba a lo largo de toda su superficie, hinchándose y deformándose, formando caras que asustaban y daban risa a la vez.

A pesar de todo estos utensilios misteriosos, la pequeña sabía que la gran mesa de dibujo era el mejor sitio para curiosear. Grande, de roble, con dos columnas de cajones y un tablero que tapaba su frontal, de tal manera que si ella se escondía en el hueco que dejaba por dentro, no la podían ver desde la puerta y, mientras, podía mirar en los cajones sin ser descubierta. Hacía unas semanas había encontrado un pequeño cajón disimulado en lo que parecía un nudo de la madera y había descubierto algo parecido a unos botones de metal. Ella no sabía qué eran, pero algo importante y secreto debían ser si su padre los había guardado allí.

Mientras se afanaba en tratar de abrir todos los cajones secretos que pudiera, escuchó unas voces. “Vaya, es papá, quizá pueda asustarle”, se dijo. Pero enseguida se dio cuenta de que su padre no estaba sólo. Al principio no distinguió la voz de su acompañante, pero tras prestar un poco de atención y fruncir el ceño para concentrarse, lo identificó. “El tío Tiago”, susurró con fastidio. Tánger sabía que su padre se enfadaría mucho si lo asustaba en presencia de su hermano mayor Tiago. El tío Tiago era representante de Lento Fluir en el Consejo de la Marca del Sur y era muy serio y respetable. “Y aburrido” pensó Tánger. “Nada que ver con papá y mamá”, concluyó. Ya no tenía tiempo de esconderse en ningún otro lado, pues la puerta con el triángulo marcado, se abría y su padre y su tío iban a entrar, así que optó por quedarse muy quieta en el hueco de la mesa sin meter nada de ruido. Pasándose por la lengua por la parte de encía en donde hacía poco dos paletas de leche habían ocupado su lugar, Tánger frunció de nuevo el ceño tratando de no moverse y escuchar todo lo que su padre y su tío contaban.

– Pero al final, ¿aceptan implantar el sistema o no, Tiago? – preguntó Luca mientras se sentaba detrás de la mesa y colocaba los pies a escasos centímetros de la pequeña Tánger-. Por un lado dices que a todo el mundo le parece mala idea, pero por otro lado parece que el Guardián de la Marca ha dado su brazo a torcer.

– Es complicado, Luca. Todos los trámites en el Consejo lo son- respondió Tiago con un tono en la voz que a Tánger le volvió a parecer “aburrido”-. Algunos de los colegas de las otras poblaciones de la Marca pensaban que todo esto del sistema de comunicaciones les olía mucho a Ciencia y no estaban de acuerdo en hacer nada que pudiese hacer creer a los Guardianes que la Marca que promovían estudios científicos, sea eso lo que sea. Pero por otro lado, muchos de los integrantes del Consejo han sido marinos o han convivido con marinos. En los barcos, las comunicaciones a larga distancia mediante banderas o espejos son muy extendidas. Y no digamos las piratas. Ellas utilizan esos sistemas de continuo, y nadie diría que están ejerciendo la Ciencia.

– ¡Qué manía con lo de la Ciencia! – resoplo Luca.

– Está prohibida desde que tuvo lugar el Evento, Luca – respondió con calma su hermano.

– Eso fue hace mucho… Siglos, incluso – dijo levantando las manos, Luca-. Hace tanto que dudo que nadie sepa ni qué es lo que pasó, ni qué es eso que temen tanto y llaman Ciencia.

– Puede que tengas razón. Pero no olvides que el Hombre sigue encadenado en la Torre del Norte y que los Guardianes continúan utilizándolo para mantener el escudo alrededor de La Zona. Y para hacer Magia.

– Magia. Hace años que no veo a un Guardián hacer magia. ¿Qué es lo último que has visto tú mágico, querido hermano? ¿Unos fuegos artificiales en la fiestas del solsticio?

– Yo volé, hermano. No lo olvides nunca.

Luca calló un poco enfadado. Tiago le llevaba más de diez años y había sido aspirante a Guardián. Como aspirante le fueron revelados algunos pequeños sortilegios junto con la Fuente de Poder, el enlace directo con el Hombre Encadenado. Una pequeña cantidad, nada más y Tiago, con esa pequeña cantidad y ese pequeño conjunto de frases y sortilegios, fue capaz de volar durante un día entero por toda la región. Luca sólo tenía seis o siete años cuando ocurrió, pero todo el pueblo lo recordaba cómo si hubiese sido ayer.

– Un aspirante, nada más, un par de conjuros y una mínima fracción de Poder y pude volar. ¿Qué podrán hacer los Guardianes Principales en la Fortaleza del Norte? – era un pregunta retórica, claro, pero Luca se atrevió a contestar.

– ¿Y si no pueden hacer nada?, ¿y si el Hombre está agotado después de siglos de ser exprimido para obtener Poder?

– Eres incorregible, hermano – concluyó desganado Tiago-. Que sepas que en el Consejo algunos ya me llaman “el hermano del científico”, y te puedes imaginar lo humillante que eso es para mí y para Lento Fluir.

Luca sonrió.

– Diles que no soy más que un pequeño Herrero. Un técnico de muy bajo nivel , quizá. “El hermano del Técnico” no queda igual de rimbombante.

– No es una broma, Luca- dijo severo Tiago-. Lento Fluir puede ayudar al resto de la Marca con tus ideas, pero hay que saber cómo plantearlas. Por ahora, la comunicación mediante tus espejos cóncavos ha sido aprobada. Incluso los Guardianes permitirán colocarlos en las torres de sus centros en cada población.

– Controlando así todo lo que se transmita, una buena jugada por parte del Guardián de la Marca- interrumpió Luca.

– Supervisión, creo que lo llamó – dijo Tiago sonriendo por primera vez-. Está claro que nada que pase en la Marca les debe ser ajeno.

– Pues, mi siguiente propuesta va un poco en ese sentido.

– ¿A qué te refieres? – preguntó intrigado Tiago.

– Permíteme una pregunta, ¿por qué estamos tranquilos en Lento Fluir, o en el resto de la Marca, si a un lado tenemos a las Piratas más fieras del Continente y al sur están los esclavistas y todos los señores de la guerra que te puedas imaginar?

– Supongo que porque los Guardianes y su Magia, por mucho que dudes de ella, nos protegen como lo llevan haciendo desde hace siglos.

– Ya – dijo pensativo Luca, mirando hacia bajo y encontrándose con la mirada violeta de Tánger-. Mira qué tenemos aquí – dijo mientras cogía a la pequeña por la pechera y la sentaba en su regazo-. ¿Tratando de asustar a tu anciano padre, señorita?

– Luca, no tienes ni treinta y cinco años, por Dios. ¿Qué tal estás, Tánger? Dichosos los ojos, no te veo mucho pequeña sobrina – dijo Tiago, mientras trataba de hacer un arrumaco a la pequeña que ésta sorteo sin disimulo.

– Mira Tiago, te voy a contar algo con ayuda de Tánger. A ver, Tánger, ¿qué hacemos con un problema para el que no encontramos solución? – preguntó Luca a su hija.

Tánger se tocó con la lengua la encía, sintiendo los piquitos de las nuevas paletas y frunció mucho el ceño. Al cabo de unos segundos dijo triunfante.

– ¡Darle la vuelta! – gritó la niña.

– ¡Eso es! – dijo sonriendo Luca – Eso es. Darle la vuelta. Durante muchos años, diez, todos los Guardianes de la Marca nos dijeron a París y a mí que no podíamos ser padres. Sometieron a París a mil encantamientos. Las noches de dos lunas debíamos seguir un ritual exhaustivo que no voy a describir. Imposiciones de manos y filtros curativos. Nada de nada. Después de adoptar a Tánger decidir volver a repasar todos los puntos y ¿sabes de qué me di cuenta? – su hermano negó lentamente, sin saber muy bien a dónde iba el razonamiento de Luca-. Pues me di cuenta de que todos esos practicantes de Magia se habían centrado en mi mujer, no en mí. Así que ¿qué hice con el problema? Darle la vuelta. ¿Y si mi mujer no era el problema?, ¿y si lo era yo?

Luca le hizo un gesto a Tiago buscando su comprensión, pero este seguía sin saber a dónde quería llegar, así que continuó.

– Fui a dónde los Guardianes y les pedí que me sometieran a mí a los encantamientos y filtros. Revisé los calendarios que me iban bien a mí, no a París. París estaba fenomenal, el problema era yo. Deje de probar la cerveza e hidromiel, carne solo dos veces por semana, mucho pescado y verdura … y así, y después de tiempo… ya sabes. Darle la vuelta, ¿comprendes?

– Bien, hermano, me algro de que me hagas otra vez tío pero sigo sin ver a dónde quieres llegar.

Luca, fastidiado, dio una especia de gruñido y añadió.

– Está bien. Uno más uno dos, Tiago. ¿ Cómo nos protegemos de nuestros enemigos? Mediante la magia de los Guardianes. Nuestros enemigos son el problema, está claro, pero imagínate por un momento que le damos la vuelta. Imagínate que los Guardianes se quedan sin magia, o deciden no ayudarnos. Imagínate que nuestra solución se transforma en nuestro problema. Imagínate qué le pasaría a nuestro pequeño Lento Fluir si lo único que nos separa de todos esos peligros deja de existir. Lo que te digo es que deberíamos prepararnos por si acaso para ello. Disponer de defensas para defendernos por nosotros mismos por si no tenemos otra opción.

– Darle la vuelta – dijo riendo Tánger.

– Darle la vuelta – dijo Tiago despacio. Se levantó como un resorte y corrió hacia la puerta, pero antes de franquearla se giró y dijo. – ¡Darle la vuelta! Hermano, quiero que despliegues tu plan en esos papeles azules. Todo el plan. Te doy dos meses. Esto no puede salir de aquí. Debemos prepararnos. Darle la vuelta, ¡cómo no lo había visto hasta ahora!

El Hombre Encadenado – Capítulo 1 – Una Marca de Nacimiento

Aquella noche sólo tres parejas se habían presentado como voluntarias para recibir a las pequeñas embarcaciones. En ellas, niños y niñas de hasta seis meses alcanzarían la orilla después de ser abandonadas a unos metros por las chalupas piratas.

Como era ya tradición en la noche de solsticio, los pequeños bebés que habían nacido de las mujeres piratas, eran enviados a tierra para ser adoptados por las poblaciones costeras. Las fieras capitanas y comendadoras piratas, dejaban al cargo de los apacibles habitantes de las pequeñas poblaciones de la Marca del Sur a sus pequeños.

Sólo dos reglas prevalecían en el trato a lo largo de los años. La primera. Mientras los pequeños fueran criados con amor y delicadeza las cinco poblaciones no serían atacadas. Y la segunda y más importante, cualquier mujer pirata era libre de reclamar uno de aquellos bebés en cualquier momento. En la práctica estas reclamaciones no se solían producir más que en contadas ocasiones. La más conocida era la de Estela Azul, la Gran Comendadora Pirata, que fue reclamada cuando contaba con unos quince años por su madre, la Capitana Ursula.

La Capitana se presentó en Dulce Costa, la población que tocó recibir a los pequeños el año que envío a su bebé, y reclamó que la niña le fuese devuelta antes de tres días o el pueblo sería destruido. Al final del tercer día, los molineros del pueblo, arrasados en lágrimas, llevaron hasta el puerto del pueblo a una asustada adolescente. Allí, Ursula, rebuscó detrás de la oreja derecha de la joven. “Aquí está “ gritó por fin, “la marca del mar, tal y como yo misma le hice a mi pequeña hace años”. Todo entraba un poco en la leyenda, pero parece que sí, que la pequeña Estela había sido marcada con un pequeño pez tatuado detrás de la oreja derecha y así fue reconocida por su madre y llevada a su navío. El resto es historia. La asustadiza Estela se convirtió en la más grande Pirata jamás conocida e incluso construyó el primero de los dirigibles que arrasaron la Costa del Este. Se nombró a sí misma Gran Comendadora pues dominaba el Mar y el Aire y así es recordada y cantada por todos los pueblos de las cuatro Costas del Continente.

Luca no sabía cuánto de verdad o mentira había en la historia de Estela Azul, pero como su mujer París solía decirle, lo primero que haría sería revisar de abajo a arriba al bebé. Ni una marca de nacimiento, ni tatuaje, ni nada que habilitase el poder reconocerlo de mayor. “¿Puede ser pelirrojo?” Le había preguntado a París, sonriendo al hacerlo. “O pelirroja.” Contestó ella. “Sí, puede serlo. Yo soy pelirroja. Mi abuelo paterno era pelirrojo. Venía de las montañas, cerca de La Zona, en realidad. Eso no me preocupa. Pero ninguna marca de nacimiento”, “ni tatuaje” añadió Luca, sonriendo. “Ni tatuajes, por supuesto” confirmó ella.

Al ser voluntarios para la recepción de los bebés se habían encargado de todos los preparativos y, eso, les daba la prebenda de rechazar el primer bebé que recogiesen si no satisfacía sus expectativas. El bebé sería adoptado por otra familia, por eso no había problema, la supervivencia de los poblados costeros se fundamentaba en que esos bebés creciesen sanos y felices, pero algunos de los padres voluntarios se hacían sus expectativas. O simplemente, como Luca y Paris, no querían que tras convertirse en sus padres el bebé fuese reclamado años después y llevado lejos de ellos. “No. Eso no.” Pensó Luca. “Hoy conoceré a mi hijo o hija y lo será para siempre, nada de que nadie venga luego a llevárselo de mi lado.” Luca no era un valiente, pero sólo imaginar que alguien pudiera ir a arrebatarle a su hijo o hija años después de esa noche, le hacía apretar la vara clavada en la arena en el hoyo que formaba su puesto de espera hasta hacerse daño en las manos. La vara se movió ligeramente, era la señal de que Paris le enviaba un mensaje atado a un anillo. Oyó el zumbido al resbalar el anillo por el cable que unía su vara a la de París y sintió un golpe seco en la madera. Atado al anillo un pequeño papel. Rápidamente, Luca descubrió un poco, lo suficiente para leer pero no para llamar la atención del resto de puestos, el candil que guardaba para revisar de arriba a abajo al bebé. “Nada de marcas de nacimiento” se podía leer en la elegante letra de su mujer. “Nada de marcas, está claro” se dijo Luca mientras oteaba al mar desde su parapeto.

Luca no entendía muy bien por qué toda la operación debía hacerse de noche. El Guardián de Lento Fluir, su pueblecito, les había explicado, un poco por encima, que la razón era que los esclavistas del Sur acechaban porque los hijos de las Piratas se convertirían de adultos en los mejores soldados del Continente si eran entrenados adecuadamente. Luca seguía sin entender por qué los esclavistas del Sur no atacaban directamente a las poblaciones de la Marca del Sur y se hacían con todos los hijos de las piratas en tierra y de día, pero cuando se lo preguntó al Guardián en la reunión preparatoria, este simplemente dijo “eso no puede pasar” y su cara y el codazo de París le persuadió de seguir preguntando. Era el mismo razonamiento que el Guardián les había dado cuando se evidenció que no podrían tener niños. “Eso no pasará” les dijo cuando Luca le enumeró todas las posibilidades que se le ocurrían para tratar de revertir la situación. Luca eligió callarse aunque en el fondo seguía pensando que podían hacer algo más.

Las luces en el mar hicieron que olvidase esos temas y se centrase en lo que había venido a hacer. “Allí están” se dijo y volvió a sentir el cable tensarse y un anillo que llegaba con el mensaje de París. Lo leyó, esta vez era distinto, “Tranquilo, amor”, escrito con esa “r” tan hermosamente trazada por su mujer que le recordaba a un ramo de flores. Miró al cielo y vio las dos lunas entre brumas. La pequeña París y la mayor Tánger. Una pequeña, aproximadamente un cuarto de la otra, rojiza y que brillaba intensamente, y la otra mayor pero más pálida y lejana, con una luz violeta suave formando un halo. Su mujer se llamaba París en honor a la luna pequeña y Luca creía que el nombre la describía perfectamente. París no era muy alta, un metro sesenta aproximadamente, pero su sangre caliente, su alegría de vivir y su mata pelirroja hacía que todo el mundo conociese y apreciase a la maestra de la escuela de Lento Fluir. Su mujer conseguía hacer cualquier cosa y, en el camino, conseguía crear un movimiento popular para lograrlo.

El primer capazo llegó a la orilla. Luca se incorporó para salir en su busca, pero alguien de las otras parejas ya estaba recogiendo al bebé en su interior. “Magnus, el pintor.” Pensó Luca. “Tiene casi cincuenta años, creo que esperaba este día más que yo incluso”.

Detuvo sus pensamientos, el segundo capazo, con la pequeña luz titileando en su interior, apareció en la orilla apenas a cinco metros de donde se encontraba. “Allá voy” pensó, y salió disparado en su busca. Cuando llegó a su altura vio un montón de ropa blanca y unos pequeños pies y manos tratando de quitárselos de la cara. Luca ayudó al pequeño. En el interior, un bebé que no sabía si bostezar o llorar. Rápidamente lo recogió y llevó hasta su puesto. Una vez dentro, destapó el candil y miró al bebé. Era una nena, muy, muy pálida y con unos ojos violetas enormes. Luca no había visto ese color de ojos en su vida y, en milésimas de segundo, supo que ya nunca podría dejar de querer a esa pequeña. “Eres muy pálida, mi vida” le dijo suavemente mientras le colocaba la mantita blanca de tal manera que la tapase pero dejase la cara libre. Súbitamente, la bebé hizo presa de uno de sus dedos y gorgojeoó abriendo mucho los ojos. “Te gusto, ¿verdad?” Le susurró Luca, “tú a mí también. Nunca te faltará de nada, cielo.”

Luca corrió hasta el puesto de registro, donde lo esperaba París junto al Guardián, llevando en las manos su preciado tesoro. Estuvo a punto de caerse tres veces de tanto mirar y hacer carantoñas a la pequeña. Una vez llegó allí, París se la arrebató de las manos mientras el Guardián comenzaba los trámites.

– ¿Todo es correcto, señor Bell? – preguntó el Guardián siguiendo las preguntas de la normativa. – ¿Acoge a este bebé?

– Sí, sí, por supuesto, señor- respondió Luca, mientras París le sonreía con unas lágrimas asomándose por los ojos.

– ¿Todo es correcto, señora Till? – Preguntó el Guardián a París- ¿Acoge a este bebé?

– Sí, señor – respondió rápidamente Paris demostrando toda la sangre fría que pudo reunir.

– Está bien. ¿Bajo qué nombre la inscribimos? – les preguntó. Luca miró a París. De alguna manera ambos conocían el nombre que iban a poner a su hija, Luca sólo tuvo que verbalizarlo.

– Tánger, señor. Nuestra hija se llamará Tánger.

Un par de horas más tarde, ya en su casa, París se empeñaba en colocarle a una medió dormida Tánger una pequeña ropita de dormir con un triángulo, el símbolo de la herrería de Luca, bordado en el pecho. Cada cierto tiempo se oía a Luca decir “déjala, no le hace falta, ¿no ves que está dormida? Mañana la vestiremos bien. Por hoy, que duerma con esa saya pirata”, pero París insistía. Dio la vuelta al bebé, le estiró los brazos y justo en el interior del brazo, cerca de la axila izquierda lo vio. Gritó algo ininteligible. Luca supo al instante que no era buena señal y corrió a la habitación.

– ¿la revisaste, Luca?- Preguntó a su marido con un deje de enfado.

– Sí, -mintió Luca- de arriba a abajo, como dijimos.

– ¿De arriba a abajo? – le dijo ella mientras señalaba la pequeña mancha cuadrada cerca de la axila. – Entonces ¿qué es esto, Luca?

Luca miró a la bebé y de repente todo el estrés acumulado a lo largo de la jornada le cayó encima. “Da igual” pensó “nadie va a venir a por Tánger. Y si viene se tendrá que enfrentar a mí. Me la tendrá que quitar de mis manos una vez haya muerto, por lo menos”. Sabía que quizá eso terminase ocurriendo, quizá. Pero miró muy de frente a su mujer y la besó, abrazándola. Ella lloró un poco. Volvieron a mirar a la pequeña Tánger, que se esforzaba en tratar de fijar sus enormes ojos violetas en uno de los nudos de su ropa de dormir. París le cogió una de sus manitas y la pequeña dio un respingo que les hizo reír a los tres.

– Está bien, París – reconoció Luca. – Igual no he revisado del todo a la pequeña Tánger. Eso que se ve ahí, sí, yo creo que parece una pequeña marca de nacimiento.

El Hombre Encadenado – Una historia de aventuras

Hola a todos.

A partir de ahora, además de los artículos habituales recomendando o criticando una serie, libro, película o similar, vamos a compartir con todos vosotros los capítulos de una historia de aventuras. La historia se llama «El Hombre Encadenado» y no está ambientada ni ahora, ni antes, ni en el futuro, … Simplemente es una historia de aventuras, de esas aventuras a que todos nos gustan… o eso esperamos.

Cada cierto tiempo publicaremos un nuevo capítulo y si queréis comentarla o criticarla, proponer nuevas tramas o decir cualquier cosa sobre ella, por favor no dudéis en hacerlo. Podéis hacer comentarios aquí en el blog, o en Twitter o enviándonos un correo.

Esperamos que os guste. Hacédnoslo saber, amig@s!!