El Hombre Encadenado – Capítulo 9 – No soy un Botín

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A partir de aquí el Capítulo 9 de la Novela El Hombre Encadenado.


Hacía frío. Tánger se frotó las manos de manera vigorosa tratando de que volviesen a la vida. Sus mitones dejaban al aire la parte final de cada una de sus pequeñas extremidades. A pesar del frío, necesitaba la destreza que le daban sus dedos para manejar las pequeñas palanquitas del espejo instalado en el piso superior del molino que servía como sede de la Hermandad. Ese espejo, allí colocado, era utilizado como repetidor del servicio de telégrafo de luz. Servía como enlace entre el puesto más allá del Sur y la Torre de la casa del Guardián en Lento Fluir. Allí, Tánger recibía, transcribía y repetía los mensajes orientando el espejo hacia la ciudad. Ella misma había insistido durante días a su padre Luca para lograr que se instalase allí y que ella formase parte de los turnos de su operación. Luca, obviamente, se resistió todo lo que pudo, hasta que la joven elevó la petición a su tío Tiago. A este, cómo no, le pareció una idea excelente que los jóvenes se comprometiesen de esa manera con la seguridad de la ciudad. Es más, en la siguiente reunión del Consejo de la Marca lo propuso para que el resto de localidades replicaran ese planteamiento.

Unos leves brillos en el sur le sacaron de su ensimismamiento. “Sólo es el mensaje de control. Todo sigue bien”. Mecánicamente pulsó la palanca de emisión tres veces consecutivas, el espejo cóncavo que estaba dirigido hacia la ciudad zumbó ligeramente debido a que el diafragma que lo cubría dejó pasar tres veces el brillo del sol. Tánger miró hacia Lento Fluir. Allí, en la torre de la Casa de los Guardianes, sobre el reloj que permanecía parado desde hacía más de tres años, cuando la magia dejó de manar libremente por la Marca, alguno de los Hudson recibió la señal y respondió con un brillo largo. “Todo sigue bien”, se dijo.

Miró de nuevo hacia la ciudad. Apoyada sobre la muralla erigida hacia unos años por su padre, se encontraba la escuela donde su madre estaría dando clase. Tánger ya había terminado la escuela antes del último verano, había cumplido dieciocho, pero seguía extrañando asistir a esas clases comunes donde niños y adolescentes de todas las edades eran enseñados por su madre con una paciencia infinita.

“Todo podría ser diferente”. Tánger tocó con las puntas de los dedos el pequeño saquito donde reposaban las tres piedras. Si aguzaba el oído, podría oír cómo zumbaban mientras el Poder caía por el sumidero que las tres piedras formaban, vibrando en un infinito juego de tonos violetas. Se volvió a colocar el saco bien fijo debajo de la ajustada cota de cuero que protegía su pecho.

De improviso, un temblor sacudió a Tánger. La torre del sur comenzó a lanzar destellos como si la persona que se encontrase a los mandos hubiese enloquecido. Muchos de ellos eran intraducibles. Tratando de mantener la calma, Tánger comenzó a replicar los mensajes que podía traducir. “Miles. Pausa. Son miles. Pausa. Flechas, bolas de fuego. Pausa…”. Un estruendo, atenuado por la distancia, hizo que todo lo demás perdiera interés. La torre del camino del sur comenzó a ser devorada por unas llamas anaranjadas. La columna de humo era espesa. Tánger notó cómo sudaba bajo la flexible cota de cuero con refuerzos en las zonas vitales. “¡Qué diablos pasa!” pensó, perdiendo el control. Volvió a tocar el saco de las piedras y lo agarró para deshacerse de él  pero paró en seco. “Se lo prometí. Nunca más”. Rápidamente se levantó en su puesto. Tomó la palanca que comandaba el diafragma y rápidamente tecleó “La torre depuesto del sur está siendo atacada. Espacio. Lo que hemos esperado hace años está ocurriendo. Nos atacan.”

Se fijó a la espalda las dos cimitarras curvas que había aprendido a manejar como extensiones de sus manos durante el entrenamiento militar al que toda la población había sido sometido una vez que la Magia y los Guardianes reconocieron que no podían hacer más que mantener el Escudo de la Zona, y saltó por la fachada de la torre agarrada al tubo de descenso que había hecho colocar para casos como este. Mientras bajaba los pisos hasta el suelo calculó mentalmente. “La torre está a unos diez kilómetros. Los caballos tardarán una hora aproximadamente. Los hombres nunca menos de dos”.

Por eso, cuando los vio aparecer por entre los árboles gritando como bestias salvajes supo que todo estaba perdido.

El primero que apareció la localizó al momento. Era grande, no musculoso pero sí fuerte, rapado y tatuado con grandes marcas azules., visibles a través de la mínima ropa que portaba Pesaría más de cien kilos, el doble que ella. Sus ojos, inyectados en sangre, y su boca, sin dientes, dieron cuenta de su descubrimiento. Tánger sabía que era fundamental que no indicase a los que venían detrás que ella estaba allí.

Avanzó corriendo hacia el salvaje desenfundando las espadas curvas. El hombre río profusamente pero, al menos, no dio la voz de alarma a los que le seguían. Les separaban de los otros unos cincuenta metros. “Los otros aún no me han visto. Han debido acudir por la curiosidad de ver qué hay en el molino abandonado” pensó. Corrió más rápido. Cuando le quedaban unos diez metros de distancia, el hombre balanceó la maza, un martillo de más de metro y medio, que le costaba manejar. Al cubrir el arco , dirigido con precisión hacia ella, el martillo zumbó como una piedra lanzada con una honda. Si le daba en la cabeza la mataría al instante pero Tánger era mucho más ágil que aquella maza. Sin parar de correr, dobló la espalda evitando la maza y lanzó un arco cruzado con ambas cimitarras. Las piernas del hombre fueron seccionadas y cayó al suelo entre gritos. Antes de que sufriese más de la cuenta, Tánger describió de nuevo otro arco, separando la cabeza del cuerpo del hombre. Era la primera vez que mataba a un hombre. Llevaba más de tres años practicando con sacos llenos de grano. La sangre que le salpicó el rostro y el cuerpo era pegajosa y la notó caliente. Sintió unas arcadas que no pudo refrenar y vomitó perdiendo unos segundos mientras el segundo hombre se acercaba alertado por los gritos de su compañero.

Este, menos grande, más ágil, también llevaba una maza pero más pequeña, más manejable. El primer golpe dio a Tánger en la pierna izquierda, bajo la rodilla. El golpe no le rompió ningún hueso gracias a las protecciones que llevaba, pero sí que hizo que cayera y la espada de la mano izquierda se le resbalase. Una flecha se clavó a escasos centímetros de su cara. Había un tercer hombre a unos quince metros, un arquero. Otra flecha rebotó en la placa que cubría su hombro derecho. Tánger agradeció las pequeñas placas de metal que su padre había encastrado entre los pliegues del cuero endurecido de su cota y de sus protecciones pero sintió un dolor muy parecido a cuando te acertaba una piedra lanzada por una honda debido al impacto de la cabeza de la flecha.

El hombre de la maza describió un nuevo arco apuntando a su cuerpo. Tánger estaba muy dolorida. Alguna vez había luchado contra Jeremías y éste le había propinado algún puñetazo pero nunca había sentido el dolor que ahora sentía en la pierna y en el hombro. La maza ya viajaba hacia su rostro. Sin mucho tiempo a pensar, giró sobre sí misma aplastando la flecha que se había clavado instantes atrás en el suelo, sintiendo cómo se rompía y cómo trataba de clavarse en su cuerpo entre los pliegues de sus protecciones, pero la cota volvió a hacer su trabajo. La maza golpeó el suelo y Tánger vio cómo se clavaba donde unos instantes antes estaba su cara. El hombre trató de levantarla de nuevo pero Tánger ya había cargado su brazo derecho y había lanzado un certero golpe al bárbaro. El brazo derecho fue seccionado de cuajo justo por el codo, el izquierdo no terminó de desprenderse, quedándose colgando por algo blanquecino que le parecieron unos tendones mezclados con los huesos. El hombre gritó más de lo que nunca había oido jamás gritar a un hombre. Sin embargo, dos flechas pasando a escasos centímetros de su cuerpo hicieron que volviera a concentrarse en lo que realmente era importante, mantener la vida.

La espada que había perdido estaba a un par de metros, seguramente el bárbaro la había alejado de un puntapié, ella no se había dado cuenta. Vio al arquero a unos diez metros. Sin pensarlo, lanzó la cimitarra que aún mantenía en la mano derecha. El hombre la miró con sorpresa, pero esquivó el arma. No era un hombre muy diferente que los que ella había conocido. Tenía el pelo más largo que su padre pero los mechones canosos que lo poblaban hizo que se lo recordase. Durante un par de segundos pensó si alguna chica como ella lo esperaba en su poblado bárbaro del Sur, quizá para festejar con el botín de la victoria, con los esclavos dispuestos para venderlos y hacerlos ricos. Sonrió. Cogió la espada del suelo. El hombre sacó un cuchillo largo y tiró el arco. El otro bárbaro, al que había cortado los brazos, seguía gritando.

“Mira a los ojos a tu oponente”, su padre Luca siempre se lo decía. Era evidente que Luca nunca había peleado en una situación parecida pero a Tánger no se le ocurriría dudar de la idoneidad de mirar a los ojos a su oponente. El bárbaro era el más pequeño de los tres. Sin tatuajes. Con ropa bastante normal para lo que ella estaba acostumbrada. Pelo largo y canoso. Y muy delgado. Cuando lanzó la primera estocada, Tánger se dio cuenta de que también era el más peligroso. El filo del cuchillo describió una trayectoria desde abajo hacia arriba, muy arriba, algo que ella nunca hubiera creído posible. Le corto el cuello. Tánger supo al instante que la herida era muy superficial, brotaría algo de sangre pero no era grave, pero lo que sintió le preocupó mucho más. Miedo. En un instante, toda la adrenalina de la situación le abandonó y fue sustituida por una sensación absoluta de miedo que estuvo a punto de paralizarla. Pero no podía permitírselo porque aquel hombre ya le estaba lanzando otra estocada, esta vez dirigida a ensartar ese largo cuchillo en su tripa. Tánger se giró un poco e hizo presa a la muñeca del hombre con la mano izquierda. Cuando él intentó desasirse, ella se giró dejando el brazo de él en su espalda pero sin soltar su muñeca. Cuando terminó de dar la vuelta impulsó al bárbaro que giró un poco desorientado. Muy poco. Lo suficiente para que ella lanzase un golpe de arriba a bajo. El hombre consiguió esquivar la espada tirando la cabeza para atrás pero, lamentablemente, al hacer eso, su abdomen quedó expuesto hacia adelante. El filo lo abrió en un instante y todos sus intestinos salieron expulsados en un instante, como si estuvieran allí guardados a presión.

Tánger volvió a sentir el golpe antes de saber quién se lo daba. Mientras caía al suelo vio el brazo colgando del bárbaro que aún quedaba, maltrecho, con vida. Cayó encima de las vísceras del despojo en el que se había convertido el que acababa de morir. Allí, entre todos aquellos restos, Tánger se sobrepuso a las arcadas para, con toda la fuerza de voluntad que pudo reunir, ponerse de rodillas e impulsar la espada que aún apretaba fuertemente en su mano derecha. El impulso fue tal que la espada se abrió camino en el bárbaro y no ofreció la resistencia necesaria para evitar que ambos se cayeran. Allí, sobre su última víctima, Tánger comenzó a temblar y a llorar sin poder parar.

Transcurridos unos instantes, Tánger se levantó. Algo dentro de ella había cambiado, quizá roto, anestesiado seguro. Miró a los cadáveres de los que hasta hacía unos instantes habían tratado matarla. Limpió las hojas de sus cimitarras, se colgó el arco atravesado y cargó el carcaj con las flechas del bárbaro que le había recordado a su padre. “Ya no volverá a su pueblo para repartir su botín con su hija. Yo no soy un botín”, pensó. Era evidente que habría más bárbaros en el bosque, debía ocultar de lamedor manera los cuerpos.

Las campanas de la ciudad empezaron a sonar. Tánger miró a la muralla. Allí donde se apoyaba el edificio de la Escuela. Allí, donde su madre París daba clase a todos los escolares de Lento Fluir. Allí exactamente donde ahora unas llamas anaranjadas se abrían paso. “¡Mamá!” Gritó, sorprendiéndose de oír su propia voz tan alto después de haber permanecido en absoluto silencio toda la batalla. Unos ruidos en la espesura seguidos de las profundas voces de aquellos hombres rudos del Sur hicieron que comenzase a correr dejando todo atrás. Si corría con suficiente velocidad podría cubrir los kilómetros que la separaban de la muralla en menos de una hora. Una gran bola de fuego impactó en la muralla y el edificio de la escuela, al menos parcialmente, desapareció entre una nube de humo. “¡Mamá, no!” volvió a gritar. Con un movimiento muy rápido se arrancó el saquito de las pequeñas piedras y saltó en dirección a la ciudad.

El Hombre Encadenado – Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.

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A partir de aquí el Capítulo 7 – Un Reloj. Otro Reloj.


A pesar de todos los esfuerzos realizados por Tánger para no hacer ruido mientras subía las escaleras de la casa familiar, tras su aventura con la Hermandad, poco podía hacer contra los finos sentidos desarrollados por sus padres a lo largo de incontables noches en vela, aguzando los oídos para tratar infructuosamente de saber cómo ella o su pequeño hermano Job estarían sin tener que levantarse de la cama y acercarse a cada una de sus habitaciones. Poco, por mucha magia que utilizase, podía hacer la joven frente a unos padres preocupados por saber dónde se había metido su hija mayor toda la noche. Así que ella tampoco se sorprendió mucho de ver sentado en su cama, y en posición de espera, a su padre cuando abrió la puerta de su habitación. Aunque aquella vez, y eso que Tánger había hecho muchas travesuras a lo largo de su corta pero intensa existencia, la joven descubrió algo, como una sombra desconocida, en los ojos y en la expresión de su padre.

Luca era un hombre joven aún, “a pesar de todo” solía decir con fingida melancolía. Superaba por pocos años los cuarenta  y, aunque no muy alto,  su forma física en general era atlética. Por muchos inventos que dispusiera en su Herrería siempre debía realizar una alta cuota de trabajo físico lo que, como un buen efecto secundario, lo mantenía en actividad contínua. Sin embargo, Tánger no pudo evitar fijarse en la expresión de su rostro. Si bien su pelo plateaba bastante más que como la chica lo solía recordar no era eso lo que hacía que ella se parase un momento a observar a su padre.  Al lado de sus ojos se agolpaban una colección inédita de arrugas de todos los tamaños que conferían un aspecto cansado y preocupado a su tez. Tánger se esforzó en hacer memoría, en intentar descubrir cuándo esos efectos de la edad habían aparecido. No lograba recordarlo.

– Tánger- dijo Luca con un tono monótono-. Debes llevar siempre esto encima- añadió, tirándole a las manos el colgante con el pequeño saquito que transportaba las tres piedras.

Esa situación, Luca sentado en la cama y Tánger de pie enfrente suyo, era una especie de inversión poética de la situación vital de ambos y, quizá, un adelanto de lo que podría ocurrir en un futuro. Tánger cogió al vuelo el pequeño colgante sin atreverse a mirar a los ojos a su padre.

– Padre… yo… – musitó, inundada por una vergüenza que la hacía enrojecer.

– No digas nada. Ven, por favor – dijo Luca y se levantó, tomando de la mano a su hija y guiándola fuera de la casa.

Ya había amanecido en Lento Fluir y las calles iban poblándose de ruido y gentes diversas que se zambullían en un nuevo día con ánimos renovados. Luca no le dirigió palabra alguna a lo largo del camino. Un par de pasos por detrás, aunque firmemente agarrada a su mano, Tánger caminaba silenciosa preguntándose cómo acabaría todo esto. Se sintió aliviada cuando descubrió que la llevaba a la Herrería. Después de la habitación que su padre tenía en la casa familiar, la Herrería era su sitio favorito en todo el mundo. Allí disfrutaba entre montañas de cachivaches y herramientas de todos los tamaños, alumbrada siempre por el fuego brillante de la forja.

La Herrería era uno de los edificios de la calle de Los Oficios, en la parte cercana al acantilado de Lento Fluir, sobre la Playa de Los Piratas. Junto a la Panadería del padre de Jeremías y enfrente de la Casa de las Luces, la tienda de velas y lámparas de aceite y de Magia de la pequeña población. El establecimiento de Luca ocupaba la esquina de su acera y tenía sólo una planta de techo muy alto, podría ser un segundo si se hubieran construido viviendas normales. Una gran chimenea destacaba en el techo a dos aguas que conectaba la forja en perenne funcionamiento con el exterior, expulsando una columna de humo gris.

Luca abrió la puerta y se dirigió detrás del mostrador de la zona de tienda, hacia el taller, abierto a un patio exterior que también conectaba con la calle por el otro lado y al que podían entrar los caballos y animales cuando el herrero  necesitaba cambiarles los aperos o herrarles.

Hizo un gesto a su hija para que lo siguiese hasta una pequeña puerta detrás de la que se oía un ruido rítmico como de martillo. Con esfuerzo, el pequeño herrero abrió la puerta y la sostuvo mientras indicaba a la joven que entrase. Una vez dentro, habló por primera vez desde que salieran de la casa familiar.

– Mira estas dos pequeñas máquinas, Tánger- le dijo, señalando a dos bultos que ocupaban la pequeña habitación.

Las máquinas qeu le señalaba, eran dos pequeños ingenios, como un par de mesas cuadradas, que atrajeron la atención de Tánger de manera instantánea.

Una pequeña lamina de metal, de una anchura de unos pocos centímetros, era desenrollada de una bobina colocada en uno de los extremos de cada mesa. La pequeña lámina era tirada por unos pequeños rodillos y brazos que la hacían pasar por unos émbolos, taladros, brocas y empujadores de diversos tamaños y dotados de diferentes movimientos. Todo ello sin que el continuo movimiento de la lámina de metal cesara. A los lados de la mesa, colgados de un pequeño raíl, había dispuestos unos cestaños no muy grandes. En diversas partes del recorrido de la lámina de metal, un pequeño tubito estaba estratégicamente colocado para que, mediante un soplo de un aire de origen desconocido, una pequeña piecita de metal de una forma determinada fuese empujada y cayese en el cestaño adecuado, acorde a su forma, tamaño y funcionalidad. Tánger miró con sorpresa a Luca y este le hizo un gesto para que observase dentro de los cestaños. En unos había pequeños cierres de cremalleras, en otros clips para juntar papeles, una agujas o alfileras en otros, dedales de diversos tamaños y dibujos, … toda una serie de piezas metálicas de uso cotidiano, que Tánger estaba aburrida de ver por su casa o por la escuela, pero que nunca se había parado a pensar de dónde venían.

– ¡Qué maravilloso invento, papá!- exclamó la chica mientras palmoteaba- . Es maravilloso cómo con ingenio se puede hacer todas esas pequeñas cosas.

Luca le dio la espalda.

– La verdad, Tánger, es que me gustaría ser el responsable de estos pequeños ingenios, pero no es así. Mira – dijo mientras señalaba una pequeña chapa identificadora en uno de ellos -. Aquí puedes ver quién es el responsable.

– Perkin´s. Decoletaje industrial S.A. – Leyó ella-. Pero ¿quién es Perkin´s? ¿qué es decole.. decoletaje?

– ¡No lo sé! – suspiró frustrado su padre – Cuando tenía dieciséis años mi padre me trajo aquí. A él, se las había enseñado su padre. Y su padre el suyo. Así sucesivamente. Ninguno sabemos de dónde vienen, ni quién las creo, sólo las guardamos y mantenemos. Cada mes, el Guardián Travis me trae un cargamento de bobinas. Nunca me ha dicho de dónde salen, por mucho que haya preguntado. Desde que mi padre me las enseñó me dedico a ellas, a hacer las pequeñas piezas de repuesto cuando uno de sus pequeños brazos mecánicos falla. A engrasarlas adecuadamente como mi padre me enseñó.

Tánger acarició las máquinas con la punta de sus dedos.

– Interesante – añadió.

– Esto no es todo, Tánger.

Luca se dirigió al fondo de la habitación. Allí, dos relojes redondos de pared, de esos que se cuelgan, estaban medio tirados. Tánger, escuchaba el típico “tic, tac”.

– Aquí – mostró Luca-. Un reloj. Como todos sabemos, los relojes son elementos mágicos. Los Guardianes los dotan de vida y el pueblo los utiliza para medir el tiempo- Tánger miró extrañada a su padre ante las obviedades que estaba diciendo-. Y aquí otro reloj. Exactamente igual al otro y mágico también ¿verdad?

– Papá, no sé a donde quieres llegar.

Luca le hizo un gesto inequívoco para que tuviera paciencia. Dejó el segundo reloj sobre una de las máquinas de Perkin´s y dio la vuelta al primero. Abrió la tapa trasera y Tánger pudo ver el pequeño vacío, la oquedad detrás de las agujas y la corona y esos pequeños reflejos violetas que vibraban tal y como siempre ocurría con los elementos mágicos.

Luca dejó el reloj en el suelo y tomó el otro. Le dio la vuelta y abrió la pequeña tapa trasera. Tánger se sorprendió de lo que su padre dejó al descubierto. Un montón de rueditas con pequeños salientes que encajaban unos dentro de otros, unas espirales pequeñas de metal que se hinchaba y relajaban, todo en movimiento, todo haciendo el característico “tictac” de un reloj.

– Qué… ¿qué es eso, papá? – Preguntó ella despacio.

– No lo sé. Lo conseguí de un mercader que apareció por la capital, por Bruma Azul, hace años. Anunciaba que poseía artefactos asombrosos y era cierto. Tenía muchos similares. Cosas que todos creemos que son mágicos, iguales y haciendo lo mismo pero sin utilizar Magia alguna. Sin utilizar Magia en absoluto.

– ¿Y tú qué crees?

– No lo sé, pequeña –  le dijo de manera cariñosa -. Pero piensa en una cosa. Imagínate que hay una forma de obtener cualquier cosa mediante la Magia. La alternativa es evidentemente posible pero complicada. Lo que es más, los que tienen acceso a la Magia la racionan. La entregan sólo a quien quieren y como quieren. Hacen que todo dependa de ellos. Poco a poco, la forma alternativa de hacer las cosas, más complicada y al alcance de pocos, se va perdiendo, haciendo que todo pase por aquellos que controlan la Magia. Imagínate que alguien que no necesita de ellos aparece. Alguien que también tiene acceso a la Magia pero fuera de su control. Alguien que también puede tener acceso a las alternativas. Alguien que puede distinguir qué es imprescindible de hacerse con Magia y qué podría tener sentido, simplemente, desarrollarlo por técnicos, por rueditas. Alguien que puede ir al margen de todo lo establecido. Con un criterio propio ¿Qué piensas que puede pasar?

Tánger, miró de nuevo a los relojes. Su padre añadió.

– Un reloj- dijo señalándose-. Y otro reloj- dijo señalándola.

– Madre mía – susurró Tánger.

– Por favor, sigue llevando las pequeñas piedras. Es mejor que nadie sepa qué es lo que eres. Sea lo que sea. Hazlo por mamá y por mí. Hazlo por Job. Hazlo por tí.

El Hombre Encadenado – Capítulo 6 – Una Cabeza

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A partir de aquí el Capítulo 6 – Una Cabeza.


Travis cerró la puerta de su casa tras decir adiós a los chavales que le habían acompañado desde la casa molino de la Hermandad. Sin respiración se apoyó en la puerta, azorado resbaló poco a poco apoyando la espalda en la puerta hasta sentarse en el suelo. “Es verdad.” Se dijo. Sin aliento. “Es verdad, al fin”.

Impulsado por un resorte interior, se puso en pie y fue corriendo al espacio central de la planta baja de la casa. Allí, en el salón donde solía organizar las comidas cuando tenía invitados, rebuscó con las manos los bordes de la alfombra que cubría gran parte de la habitación, un gran manto multicolor de lana de oveja, tintado y tratado para resultar cómodo y vistoso. Utilizando la Magia hizo que todos los elementos que se apoyaban en esa alfombra, mesas, sillas, todos, se elevaran grácilmente un par de metros. Tiró de uno de los bordes de la alfombra, evidentemente ayudado de nuevo por la Magia para aumentar su fuerza, y deslizó la alfombra hasta retirarla lo suficiente del suelo como para dejar al descubierto una trampilla  disimulada entre el resto de tablas del piso. Con un gesto, hizo que la trampilla se abriese y entonces, caminó sorteando los muebles voladores hasta llegar a las inmediaciones de la oquedad.

Miró hacia adentro. Unas escaleras se intuían y un olor agrio, ligeramente fétido que, por conocido, no le resultaba menos desagradable, le inundó las fosas nasales. Sabía que, como tantas otras veces, debía bajar por aquellas escaleras y hablar con lo que había abajo, pero eso no hacía que le resultase más sencillo. Sacudió la cabeza, como para apartar esos pensamientos y alejarlos de ese momento y lugar, y comenzó a descender. Las escaleras estaban iluminadas por unas llamas azules que no eran naturales. Como todo lo que ahí dentro se guardaba se alimentaban de Magia, de Poder puro.

Las escaleras estaban cada vez más humedas según descendía y el aire circundante era frío. “El frío es bueno” se repitió mentalmente. El frío era bueno para la Magia, la Magia funcionaba mejor a bajas temperaturas, o al menos aquella Magia que no era realizada por el Poder en sí, como le ocurría a Travis. Aquella Magia “de prestado” como solía pensar, pues él sólo podía utilizar el Poder que le era transmitido por otro. Y ese otro lo recibía de otro. Y así, hasta llegar a la fuente original, a aquel que se encontraba encadenado en la Fortaleza del Norte con esas dieciséis cadenas a los extremos de las cuales se colocaban los principales Guardianes de la Magia. “A no ser que alguien encuentre otra fuente” pensó, sonriendo por primera vez en su vida de manera natural, no para aparentar ser una persona “normal”.

“A no ser que se encuentre otra fuente que se pueda aprovechar para acabar con la Fortaleza y con todos esos vejestorios que la pueblan. Con todas esas ratas avaras ansiosas de Poder. Ansiosas de poseerlo para utilizarlo en ellos mismos, mucho simplemente para seguir viviendo, para mantenerlos con vida después de siglos. Esos vejestorios que únicamente comparten las migajas que les sobran con los siguientes de la cadena. Esos jerarcas que impiden que desarrollemos todo el potencial que el Poder nos permitiría“. Sonrió aún más porque sabía que ese relato le serviría para hacer que otros le siguieran en la revuelta que planeaba. Otros incautos ávidos de Poder, de otras migajas, algo superiores a las que ahora recibían, pero migajas al fin y al cabo. Unas nuevas migajas que él se encargaría de administrar tras acabar con los de la Fortaleza. Pero todo eso no era posible si sólo había una fuente de Poder, como todo el mundo aseguraba que ocurría. Todos menos aquel que le recogió y que le trató como su mentor.

Travis dejó las escaleras para atravesar un angosto pasadizo hasta llegar a una sala algo más ancha. Ahí, una pequeña mesa de madera y, sobre ella, la cabeza.

– Maestro- dijo Travis con una voz neutra que trataba de ocultar su agitación interior -. Lo he encontrado.

Lo que antes parecía una figura artificial, simplemente una reproducción realizada en barro de lo que podía parecer ser la cabeza de una anciano arrasado por la edad y una mala vida evidente, abrió súbitamente los ojos y gruñó con un deje en la voz que hacía que pareciese algo gutural.

– ¿Qué has encontrado, muchacho? – Preguntó la cabeza. Pero aunque la voz fue audible en toda la sala en la que ambos se encontraban, los labios casi no realizaron ningún movimiento. “No es necesario” se dijo Travis, como siempre interesado por todo lo que la cabeza representaba. “Al fin y al cabo, la cabeza sólo está viva por la Magia, sin ella no sería nada.”

– Otra fuente, maestro. Otra fuente de Poder.

La cabeza abrió mucho los ojos. Una especie de luz amarillenta se percibió por detrás de los ojos, como si el Poder iluminase por dentro la cabeza como una vela y, al mirar a los ojos de la cabeza, se intuyera la luz que había dentro. Como esas calabazas a las que los niños les colocaban una vela dentro después de vaciarlas y taladrarles unos ojos y una boca.

– Otra fuente de Poder- repitió la cabeza del que, antes, era conocido como Torben, Guardián de la Magia y maestro de Travis Cloud-. Otra fuente. Tanto tiempo buscándola y tenía razón – si la cabeza no estuviera sólo soportada por la Magia, actuando como un ancla para el alma del viejo Guardián que a través de la misma podía comunicarse con los vivos, Travis hubiera jurado que el viejo estaba llorando-. ¿Es la niña esa? ¿La hija de los Piratas?

– Sí, maestro. Se llama Tánger y es una niña Pirata con ojos violetas como los del Hombre Encadenado.

– Shhh – chistó el maestro sin mover los labios -. No hables nunca de él aquí. Este lugar está arrebatado al mundo de los muertos por su Magia y si él se entera, si alguna vez alguien intuye lo que aquí ocurre… Los dieciséis de la Fortaleza acabarán con nosotros antes de que podamos acabar lo que hemos empezado. Todo debe seguir el plan tal y como está diseñado. Si hay otra fuente y la de la Fortaleza se está agotando podemos pasar a la siguiente fase.

– Sí, maestro- dijo de manera mecánica Travis.

– Entonces, contacta con la Fortaleza y haz que ocurra – pidió el maestro Torben.

Travis volvió a asentir y buscó el espejo. A los pies de la pequeña mesa sobre la que descansaba el busto del maestro había apoyado un espejo de un tamaño medio, con un marco recargado decorado con pan de oro. El Guardian lo cogió del suelo y casi a tientas buscó en la pared detrás de la mesa hasta que encontró la alcayata donde colgarlo. Al lado de la cabeza, en la mesa, había un trapo ligero y trasparente. Travis lo colocó sobre la cabeza mientras pronunció el sortilegio adecuado. La superficie reflectante del espejo vibró con una luz azulada. La cara de Travis que se reflejaba en el espejo dio paso a la visión de una habitación en la que sólo se veía una cama que parecía bastante incómoda y una mesa en la que una figura estaba sentado leyendo un libro, de espaldas al espejo.

– Surio – susurró Travis-. Surio, por favor.

El tal Surio se giró despacio. Tenía el cráneo afeitado y vestía un hábito de textura áspera, como de tela de saco. Algo realmente incómodo a todas luces. Su cabeza tenía un tamaño algo superior a la media y no tenía cejas. Todo el conjunto le daba un aspecto de bola de queso que podría resultar cómico. Sin embargo, la forma en que su boca se apretaba en una línea de dureza sin límite hacía que el tal Surio no fuese una persona que pudiera parecer graciosa. Para nada.

– Travis – dijo con una voz profunda -. Creía que no tendría noticias tuyas nunca más.

– La paciencia es una virtud necesaria para todo Guardian. Y es necesaria aún más para nosotros y nuestra misión.

– Así es – reconoció Surio con un deje contrito-. Dame la información que consideres. Yo te actualizaré el estado de la Fortaleza.

– Hemos encontrado la fuente alternativa- dijo Travis silabeando las palabras y comprobando el efecto de sorpresa que provocaban en el otro-. Es hora de comenzar con el plan.

– El plan, una vez comenzado, no tiene vuelta atrás. Te pido confirmes – respondió despacio Surio -. Es muy importante.

Travis respiró varias veces antes de continuar. Tenía ganas de gritar, de insultar, de agarrar por el cuello al otro si fuera posible. De decirle que se dejase de tonterías e hiciese lo que debía hacer. Pero mantuvo la calma. Surio tenía por delante la ejecución de una tarea que nadie había afrontado. El asesinato uno a uno de los otros quince Guardianes Principales.

– Te lo confirmo – dijo por fin Travis.

La expresión del otro se tornó sombría.

– Sea.

Ambos guardianes se miraron unos instantes sin mediar palabra.

– Bien- dijo al fin Surio-. Te actualizo la situación aquí en la Fortaleza. El Hombre está cada vez peor. La periodicidad de la descarga de Poder no puede ser ya mensual y debemos conformarnos con una vez cada dos meses. Los Guardianes de otros territorios están preocupados. Cada vez más se quedan sin Poder antes de volver a disponer de él. Cada vez más quedan desabastecidas regiones bajo nuestra protección. El Guardián Principal Magnus ha indicado que, de seguir así, deberemos priorizar el escudo de La Zona y luego nosotros mismos y, después, el resto de las encomiendas. El temor a no disponer de la abundancia actual de Poder hace que los nervios crezcan por momentos en la Fortaleza. Muchos tratan de acumular Poder en objetos o en antiguos rituales, sin resultado. El miedo comienza a extenderse sin freno. Si atacamos ahora y, cuando todo esté a punto de colapsar, ofrecemos una alternativa, todos los que continúen con vida nos seguirán. Pero debemos tener alternativa para que nunca se desactive el escudo de La Zona.

– La tenemos, Surio. Tú y los tuyos no debéis temer.

– Yo no soy importante. Nosotros no somos importantes. El objetivo lo es.

– Así es – mintió Travis-. Así es.

El espejo vibró de nuevo y volvió a reflejar la cara sin expresión de Travis. Este lo descolgó y volvió a dejarlo apoyado en una pata de la mesa. Acto seguido retiró la tela transparente de la cabeza.

– Bendito loco – dijo la cabeza-. Va a empezar la revolución más grande desde el evento de La Zona. Y todo, absolutamente justificado por una buena causa – unos gruñidos que simulaban risas surgieron de la cabeza.

Travis asintió. Estaba aburrido. No tenía ganas de seguir viendo el espantajo de la cabeza, abriendo y cerrando los ojos y con esa voz de ultratumba parloteando continuamente. Realmente sólo soportaba aquel engendro porque le había demostrado una capacidad increíble de adelantarse a los acontecimientos. Pero en cuanto pudiera lo mandaría al estercolero lleno de gusanos del que no debería haber salido nunca. Aún no era el momento. Lo sería cuando todo estuviera mas encarrilado. Cuando sus consejos ya no tuviesen tanto valor y Travis se sintiese confiado de acabar lo que acababan de empezar.

– Hace frío, maestro – dijo por fin-. Debo volver a mis quehaceres. En cuanto empiecen a llegar las noticias de las muertes de Guardianes de la Fortaleza, los esclavistas y las piratas atacarán las poblaciones, acudirán como moscas a la miel espoleadas por el conocimiento de que la Fortaleza no puede proteger todo el territorio bajo su protección.

– Así es, Cloud – respondió el maestro-. Y ahí deberás estar atento.

– Sí. Me voy- susurró el Guardián y se dio la vuelta.

Comenzó a subir las escaleras. A cada escalón, dejaba más atrás a la cabeza y a esa Magia insana que inundaba ese lugar. Ese frío antinatural que la cabeza necesitaba para seguir entre los vivos.

Pasados unos minutos, la cabeza se quedó otra vez a solas en la pequeña habitación bajo el salón de la casa del Guardián, iluminada a duras penas por las luces azuladas del angosto pasillo y que estaban alimentadas por la Magia y parpadeaban de forma trémula. Antes de cerrar los ojos, evaluó la situación. Por fin, el estúpido de Travis había localizado otra fuente de Poder. Torben sabía, hacía muchos años que lo había sabido, que una descendiente de las piratas podría ser una fuente de Poder. Por eso había orientado a Travis a aceptar ese destino en el último pueblo de la última Marca, ese pueblo perdido entre el territorio protegido por los Guardianes de la Fortaleza y el fiero Sur. Por eso había elegido al propio Travis, tantos años atrás. Para hacerse con todo el Poder. Para no ser sólo una cabeza.

El Hombre Encadenado – Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas

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A partir de aquí, el Capítulo 5 – La Hermandad de los Niños Piratas.


 

Tánger se asomó a la ventana de su habitación. La casa de sus padres era un coqueto edificio en la calle principal de su ciudad, Lento Fluir, de tres alturas. En la altura inferior las zonas comunes: salón, cocina, comedor y una pequeña cuadra que Tánger debía adecentar todos los días antes de salir hacia la escuela. En la segunda altura, las habitaciones. Sus padres tenían la más grande y luego, a los lados de un pasillo central, la habitación de la nana Till, su abuela materna, luego la habitación de Tánger y la habitación de su hermano pequeño Job al final del pasillo. En la última altura, confundiéndose con el tejado de la casa, las dos habitaciones de esparcimiento de cada uno de sus padres.

Tánger calculó cuánta altura debería saltar para llegar al suelo. Unos diez metros. Miró a las dos lunas, arriba en el cielo. La pequeña París, con sus brillos rojizos como miríadas de cristales, transitaba cruzando por la parte inferior de la más grande Tánger. “La reunión de la Hermandad empieza en menos de una hora. O hago algo o voy a llegar tarde y el tonto de Jeremías me suplantará en el inicio de la sesión” pensó muy fastidiada.  Evaluó la situación de nuevo. Podía tratar de descolgarse por la cañería que recogía el agua de lluvia del tejado pero era difícil que no cayese en el intento. Sólo veía una salida. De una manera rápida se sacó el cordón de cuero que tenía alrededor del cuello y al que se fijaba un pequeño saquito coronado en su extremo superior por una cuerda con un nudo corredizo. Descorrió el nudo y miró a su interior. Tres pequeñas piedras, como botones, refulgían con un color violeta pálido. Con un movimiento rápido, escondió el cordón y el saquito dentro de un tiesto que estaba fijado en su ventana, ocultándolo bajo la tierra para que  no pudiera ser visto. Una vez que se dio por satisfecha y creyó que nadie podría localizar el pequeño colgante, se subió al alféizar de la ventana y, agarrándose de la cañería, trató de asegurar sus pies e iniciar el descenso. Como había previsto, la tarea de bajar por tal medio era casi imposible y tropezó casi al inicio de la misma, resbalando y perdiendo pie. Sin embargo, no pasó nada, no descendió ni un sólo centímetro. Muy al contrario, permaneció flotando al lado de la tubería. Con un movimiento muy suave descendió hasta que sus pies tocaron el suelo. “Voy a llegar tarde” pensó Tánger. Comenzó a correr. Era de noche y nadie parecía estar a esas horas en las calles de la ciudad. Una vez alejada lo suficiente del centro del casco urbano, Tánger dio una gran zancada y saltó. Comenzó a volar a una velocidad muy elevada mientras con un gesto de manos creaba una pequeña niebla que impedía que nadie la viese en su camino.

La Hermandad se reunía a la salida de la ciudad, en una cabaña abandonada, un molino casi derruído, que servía de centro de las correrías de los adolescentes de la zona. Desde la misma, se podía divisar tanto la playa de los Piratas como el camino hacia el Sur. Para llegar hasta ella había que sortear la muralla de la población, una edificación que todavía seguía en obras por muchos puntos de su perímetro por lo que los chicos sólo tenían que elegir bien el lugar en obras menos vigilado y deslizarse al exterior sin ser vistos. Una vez fuera de los muros de Lento Fluir, podían correr hasta la cabaña que constituía el único punto luminoso en la zona cercana a las murallas. Muchas veces habían sido desalojados por el servicio de vigilancia de la ciudad pero desde hacía un tiempo los vigilantes hacían la vista gorda con ellos. Preferían saber dónde estaban y tenerlos a todos juntos allí reunidos que tener que ir detrás de uno y otro durante horas.

Tánger seguía su camino volando a unos cuantos metros sobre los tejados del extrarradio de la ciudad y se preparó para pasar por encima de la muralla. Sabía, por experiencia, que los soldados que su padre había ayudado a entrenar se percatarían de su paso pues estaban preparados para detectar cualquier suceso que se saliese de lo corriente, así que se concentró hasta que consiguió que su cuerpo fuese, si no invisible, sí al menos un objeto casi transparente. Aceleró un poco más. Pasó por encima de la muralla con un suave rumor de aire que no llamó la atención de un par de soldados concentrados en otear si había una señal de los espejos que transmitían los mensajes de más allá, del camino hacia el Sur.

La Hermandad había sido una idea de Tánger hacía un par de años. Era una especie de club de aventuras inicialmente para aquellos que habían sido adoptados en Lento Fluir, todos aquellos que habían llegado a la orilla de la playa envíados por los Piratas. Al principio había supuesto un elemento integrador de todos estos chicos y chicas que se sentían diferentes e, incluso, a veces eran menospreciados por sus compañeros “legítimos”. Les había supuesto una forma de unirse y enfrentarse de manera unitaria a todas esas situaciones discriminatorias. El éxito había sido tal que muchos compañeros que no habían sido adoptados también querían pertenecer a la Hermandad. Tras mucho pensarlo, Tánger y sus amigos la habían abierto a todos los niños mayores de nueve años de Lento Fluir y ahora era un movimiento al que todos los niños o pertenecían o querían pertenecer.

La finalidad de la Hermandad era pasarlo bien y para ello, los chicos y chicas inventaban pruebas y retos con los que se retaban unos a otros y, al superarlos, ganaban puntos. Tenían una clasificación que listaba a todos sus integrantes. El primer clasificado tenía la potestad de ser el Hermano Mayor de la Hermandad y el resto, aún a regañadientes, tenían que obedecerle y asumir su mando. Desde el primer día, Tánger siempre había sido la Hermana Mayor pero en los últimos meses, Jeremías, un adoptado como ella, precismaente por el panadero del mismo nombre y muy amigo de su padre Luca, amenazaba con adelantarla. La rivalidad entre ambos era conocida por todo el pueblo y el resto de integrantes de la Hermandad se divertían proponiendo pruebas cada vez más rocambolescas para ver cómo salían de ellas los dos enfrentados. Tánger se había auto impuesto no utilizar la Magia en esos retos, pero cada vez le resultaba más difícil salir vencedora y temía que Jeremías la pasase en la clasificación por lo que se estaba replanteando utilizarla. Sin embargo, destaparse de tal manera sería peligroso no sólo para ella, sino también para sus padres. Además, su padre le había obligado a llevar siempre las tres pequeñas piedras encima atadas al cuello en un colgante que no debía quitarse nunca. Nerviosa se tocó por instinto el cuello donde debería tener ese colgante sintiendo, de nuevo, su ausencia. Cuando lo llevaba, las piedras de su interior, por un mecanismo que la chica no entendía y del que sólo percibía que empezaban a brillar con un color violeta, impedían que pudiera hacer ni el más pequeño truco de Magia. Al deshacerse del colgante, como en esa noche, el Poder corría de nuevo a través suyo y todo, absolutamente todo, era posible.

Tánger vio la casa donde se reunía con sus amigos y oteó para encontrar un sitio discreto donde tomar tierra. Al este de la casa vio el lugar adecuado. Una vez en el suelo se sacudió un poco su ropa. Tánger acababa de cumplir ese verano quince años. Era muy delgada y espigada, le sacaba ya una cabeza a su padre Luca y su pelo, de color blanco, refulgía con la luz que provenía de la luna de su mismo nombre. Sus ojos violetas seguían siendo objeto de murmuraciones y suspiros de asombro. Era, en definitiva, una joven que llamaba la atención y era admirada y odiada a partes iguales en la ciudad.

Cuando abrió la puerta, el murmullo que poblaba la casa se transformó en gritos, algunos de alegría y otros de fastidio. Jeremías, sentado en la mesa principal que presidía el salón de las reuniones de la Hermandad, hizo un mohín de fastidio y se levantó de la silla central reservada para el Hermano Mayor, colocándose en la de al lado. Tánger sonrió dedicando a todos los presentes saludos y palabras de agradecimiento mientras avanzaba por la sala de manera resuelta y segura hasta llegar a la silla principal. La mesa disponía de un mazo con el que se solían dar por comenzadas las sesiones. Tánger, con un movimiento muy estudiado y mirando de reojo a Jeremías, dio dos golpes secos y gritó:

– Amigos, amigas. Se da por abierta la sesión de la Hermandad de los Niños Piratas. Que comiencen las aventuras –  declamó utilizando la fórmula ritual.

Los murmullos y el jolgorio dieron paso a un silencio ceremonial poco a poco. Cuando la situación pareció estar tranquila, Tánger continuó.

– Bien – dijo adoptando una pose ceremonial-. Si no recuerdo mal, había un reto que debemos revisar en esta sesión si se ha realizado satisfactoriamente o no.

Gritos de aprobación recorrieron la sala.

– Así es, Hermana – dijo Jeremías, utilizando sus atribuciones como segundo de la clasificación para meter baza-. En la última sesión se impuso un reto a las hermanas Luz y Brillo. Debían traer hasta aquí a un adulto, pero no un adulto cualquiera. Debían traernos un adulto poderoso. Hermanas ¿lo habéis conseguido?

Dos chicas morenas y bastante altas, casi tanto como Tánger, contestaron a la par.

– ¡Sí, hermanos! Os informamos que hemos superado el reto.

Las dos chicas traían a alguien con una capucha en la cabeza. Le susurraron algo y los tres avanzaron hasta situarse en frente de la mesa presidencial.

– Hemos traído un adulto importante de la comunidad. Él ha venido por propia iniciativa, aunque le hemos cubierto la cabeza para que no descubra dónde nos reunimos.

Tánger creía que no había adulto que no supiera que aquella casa abandonada, antiguo molino, era utilizada por la Hermandad. Muchos padres habían ayudado en su reconstrucción. Pero aún así le hizo bastante gracia la ocurrencia de las hermanas.

– ¿Y quién es él, hermanas? – Preguntó con verdadera curiosidad.

Las hermanas se miraron y quitaron la capucha a su invitado. Un susurro de incredulidad recorrió la sala. Nada menos que el Guardian Cloud, sonriendo, se atuso el pelo.

– Mis respetos a la Hermandad – dijo de manera alegre-. Me presento de manera muy humilde ante vosotros, ¿seré aceptado como invitado en la sesión de hoy?

– ¡Por supuesto!- dijo emocionada Tánger- Sois aceptado, Guardián.

El Guardián Cloud miró a Tanger e hizo un gesto de sumisión bajándola como si le hiciera una reverencia, reconociendo que en aquella situación la joven era merecedora de ella. Cuando el Guardián la miró a los ojos, algo hizo que por un momento, una pequeña fracción de tiempo, su expresión desapareciera. Tánger, que también lo miraba no llegó a detectarlo, sintió que algo raro le pasaba al Guardián pero no lo identificó con nada conocido. El Guardián sonrió, su rostro de nuevo lucía una expresión agradable.

– Siéntese aquí a mi derecha, Guardián. Segundo – dijo Tánger a Jeremías – cede tu sitio al Guardian. Hermanas, habéis conseguido la máxima puntuación. Veinte puntos para cada una.

La sala rugió con aprobación. Travis hizo un gesto de agradecimiento a Tánger y se sentó a la derecha. Jeremías, fastidiado y sin asiento, tuvo que quedarse de pie como un hermano cualquiera.

– Continuemos – dijo de manera triunfante Tánger -. Sigamos con el resto de aventuras. En la última sesión, el pequeño Jonás debía lograr traernos un pedazo de cristal del espejo de la torre de la plaza. Jonás, acércate y dinos cómo fue.

El Hombre Encadenado – Capítulo 3 – Sus Ojos

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Travis estaba mirándose en el espejo de la habitación de su casa. Todos los días, durante al menos una hora, Travis realizaba la misma rutina. En frente del espejo imaginaba los acontecimientos a los que se enfrentaría a lo largo del día y trataba de recordar las expresiones de otras personas en situaciones similares. Y frente al espejo, las representaba con su propio rostro. “Risa. Sorpresa. Asco. Decepción”, repasaba mentalmente, mientras movía las cejas, la comisura de los labios, arrugaba la frente e incluso abría la boca. “Amor”… Esa siempre le costaba más que ninguna otra. “Satisfacción. No olvides palmearte en la tripa”. Una tras otra. Mecánicamente hasta lograr alinear sus pensamientos con los músculos de su cara. Como un baile ensayado durante horas, días y años. Travis no era una persona normal. Y eso no se debía sólo a que fuese el Guardián de Lento Fluir desde hacía ya tiempo, casi veinte años. Tampoco porque debido a esto, ser el Guardián, dominaba los caminos de la Magia y tenía acceso al Poder. Travis Cloud era especial porque no sentía nada. Nada en absoluto. Y su rostro permanecía vacío de expresión de continuo.

De pequeño nadie le tenía en consideración. En su pueblo natal, Orilla Azul, la gente pensaba que el pequeño de los Cloud, el tal Travis, tenía alguna tara, alguna deformación mental, algún tipo de retraso. La gente solía palmear en la espalda a su padre con comprensión cuando al viejo le daba por hablar de su hijo.

“El pequeño retardado” le solían llamar.

El rostro de Travis no transmitía emoción alguna, y no es que eso le molestase pues poco o nada sentía. Todo lo que ocurría a su alrededor le daba bastante igual y permanecía alejado de los demás siempre que podía. Solía observar a la gente y se preguntaba qué sería aquello que les hacía sonreír, gritar furibundos o agarrarse por el cuello cuando bebían en alguna de las fiestas de su pequeño pueblo. Nada de eso tenía sentido para el pequeño Travis, que permanecía impasible y hierático, sin responder a ningún estímulo y hablando muy de vez en cuando.

Cuando el pequeño tuvo seis años, sus padres acudieron al Guardián de su zona para que lo inspeccionará. El Guardián, el viejo Torben Scrum, se quedó mirando al chaval y pidió a sus padres que abandonasen la habitación y les dejasen solos. Cuando sus padres se marcharon, el viejo Guardián se dirigió a Travis de manera dura.

“¿Qué quieres que pase, pequeño?”, le preguntó secamente. “No sé a qué te refieres, viejo”, respondió el pequeño Travis. El viejo lo golpeó en la cara. ¿Qué quieres que pase, pequeño?”, volvió a repetirle. Travis sintió el golpe sin comprender qué quería el viejo. La segunda vez que el viejo lo golpeó algo, como una comezón, empezó a poseerle. Con el tercer y cuarto golpe, aquella sensación se multiplicó por mil. Cuando el viejo iba a golpearle por quinta vez, el pequeño Travis detuvo su mano y fue él quien lo golpeó. Una, dos, tres… cogió el banquete en el que había estado sentado y, agarrándolo muy fuerte, lo estampó en el cráneo del Guardián cubriendo a patadas el cuerpo del anciano en cuanto este cayó al suelo. Poseído por algo que nunca había sentido, buscó por toda la habitación como un loco algo que hiciese realmente daño al anciano. Encontró un abrecartas bastante puntiagudo encima de la mesa que había en la habitación, medio oculto por unos papeles. Gritando con el abrecartas en la mano, listo para clavarlo, avanzó a la carrera hacia el viejo. Cuando le separaba sólo un palmo de su víctima y ya sentía cómo esa sensación nueva lo iba poseyendo, una fuerza mil veces más poderosa que él mismo lo paró en secó, haciendo que sus pequeños huesos crujieran bajo el envite. Esa fuerza que había aparecido de ningún lado, lo sacudió y lanzó por los aires, golpeándolo contra la pared y haciendo que el dolor de alguna costilla rota lo atrapase. Respirando con dificultad, acertó a levantarse mientras veía cómo el viejo Guardián, que parecía cerca de la muerte minutos antes, se ponía en pie y sonriendo maliciosamente le preguntaba, “¿has descubierto ahora lo que quieres que pasé?” Travis volvió a su expresión vacía y respondió. “Creo que sí. Quiero que mueras. Que ellos mueran. Que todos mueran. Que pueda hacer eso que has hecho tú. Sentir que ese poder que me ha atrapado, aplaste a los demás”. El viejo lo miró con una expresión divertida y le dijo “Para eso necesitarás hacer algo antes”.

Desde aquel día, observaba a los demás en todas las situaciones imaginables. Anotaba mentalmente sus expresiones, sus palabras e interjecciones. Y las reproducía mecánicamente en frente del espejo de su casa tal y como el viejo le había enseñado. “Muy bien” solía decirle “pero no olvides sonreír. Sonríe casi siempre, si puedes. La gente cree que alguien que sonríe a menudo no puede ser muy peligroso. Sonríeles y les tendrás más a tu merced de lo que te imaginas. Todo el mundo confía en alguien alegre. Sólo los taciturnos son raros y peligrosos.”

Torben, el viejo Guardián, tomó bajo su protección a Travis y se aseguró que el año que el joven Cloud cumplía quince años, era elegido en La Selección Anual de la Marca del Sur para entrar a formar parte de los aprendices de Mago de la Fortaleza del Norte. La Selección era especialmente complicada para alguien como Travis ya que tenía que pasar por muchas entrevistas con otros Guardianes pero gracias a los trucos que su viejo mentor le había enseñado, fue capaz de simular casi todos los sentimientos que estos esperaban. Rabia, decepción, alegría, arrogancia,… cada uno de esos sentimientos perfectamente catalogados y reproducidos hasta la saciedad en frente de un espejo, de tal manera que era capaz de acudir a ellos y utilizarlos cuando le convenía.

Por fin, tras la Selección, Travis llegó a la Fortaleza a continuar su aprendizaje de los caminos de la Magia con una pequeña sensación muy al fondo de su mente. Una pequeña intranquilidad, algo parecido a cuando un picor poseía una parte de su cuerpo y no era capaz de llegar a rascarse. Torben le dijo que aunque estuviese lejos de él siempre debía hacer lo mismo. Observar y reproducir. Observar y reproducir. Y así, poco a poco, pasó los años de estudio y aprendizaje.

El Poder no le fue ofrecido en cantidades apreciables hasta el cuarto o quinto año de estudio en la Fortaleza. Pequeñas migajas que un profesor ofrecía a sus alumnos para que pudiesen comprobar que todo aquello que explicaban era verdad. Nada más. Pero al cabo de ese tiempo, llegó el momento para el que llevaba preparándose desde que el viejo Torben le había acogido. “Cuando recibas el Poder sabrás qué es sentir. Sabrás qué es eso que los otros llaman amor. Sabrás por qué los demás hacen guerras y se matan unos a otros. Por qué el mundo gira y por qué tú has venido a él”, le repetía y él se preguntaba qué sería aquello que merecía la pena tanto como para permitir que el resto del mundo viviese. “No te dejes vencer por cómo eres”, le solía decir Torben, “si acabas con los demás, ¿a quién someterás cuando recibas el Poder? Permíteles que vivan sabiendo que te deben su existencia”.

Travis fue llamado por el Gran Guardián Magnus Sparks, que le esperaba a la entrada de la Sala, esa sala de la Fortaleza del Norte donde el Hombre Encadenado permanecía preso desde hacía siglos. Atado a un poste mediante cadenas físicas y mágicas para evitar que escapase y los Magos quedasen si su único método de acceso a la Magia, sin su Fuente de Poder.

– Travis – le dijo el Gran Guardián, mirándole a los ojos -. Hoy pasarás a formar parte de nuestra Hermandad. Ningún hombre será más poderoso que tú a partir de ahora. Todo lo que has aprendido será por fin de utilidad. Sin embargo, todo Mago debe pasar una prueba que hará que sepamos si es merecedor de este Honor.

– Decidme señor qué he de hacer – respondió de manera ritual el aprendiz reproduciendo, de la mejor manera que supo, servidumbre en su mirada -. No dudéis que os serviré.

– Entrad en la Sala. Salid de ella tras comprobar vuestra valía.

La Sala del Hombre Encadenado era un recinto espacioso sin techumbre. Un suelo de obsidiana reproducía dos círculos concéntricos cuyo centro era un pilote en el que una figura humana encadenada descansaba respirando de manera dificultosa.

“No sientas piedad por él”, le habían dicho sus maestros a Travis y realmente Travís no sentía piedad por ese hombre. Por ninguno, en realidad.

El círculo interior estaba teñido de rojo y el exterior de un color violeta pálido. Por todo el perímetro del exterior, múltiples pilotes a los que morían las cadenas que amarraban al hombre del centro.

La sala sólo tenía una entrada, la que acababa de franquear Travis, y la misma debía servir de salida. Los muros tendrían veinte metros de altura, y la piedra de la que estaban hechos no ofrecía ningún resquicio que pudiese ser utilizado para apoyar un pie o una herramienta. Era una superficie plana y bruñida, imposible de escalar.

Travis había aprendido, a lo largo de sus años de estudio en la Fortaleza, la topología de la sala y entendía la finalidad de cada uno de los elementos que la formaban. El círculo interior representaba a la la pequeña luna París, con su tono rojizo. El círculo exterior, pálido y violeta, la mayor, Tánger. Y los pilotes exteriores, unidos por cadenas al pilote central, estaban situados de tal manera que los Guardianes podían colocarse en cada uno de ellos y recibir la descarga de Poder de una manera segura, alejados del Hombre, a salvo de sus coletazos de ira. Travis sabía que todo aquello estaba construido esperando la noche de cada mes en la que la pequeña París se interponía a la mayor Tánger y el rayo azul daba de pleno al Hombre Encadenado. Y éste estallaba en Poder para volver a reconstruirse, unos pocos segundos después. Cada mes. Unos tras otro. Desde hacía siglos.

Sin embargo, esa noche no era una de esas y el rayo azul no surgiría del cielo, ni atravesaría la estancia ni, de ninguna manera, el Hombre Encadenado explotaría en luz. El Poder no saldría de él a no ser que él quisiera y esa era la prueba a la que debía enfrentarse el aprendiz para lograr ser considerado Guardián, para entrar a formar parte de los Magos. ¿Sería capaz de acercarse a él, desafiarlo y obtener su preciado regalo?

Travis avanzó por el pasillo que conectaba la puerta con el círculo exterior viendo cómo la obsidiana del suelo reflejaba un gemelo suyo oscuro e invertido. La Sala era enorme. Un cálculo por lo bajo del diámetro del círculo exterior daría unos cien metros. En el centro, la pequeña figura del Encadenado, permanecía inmóvil, sin percatarse de la nueva presencia que cruzaba la Sala.

Travis tocó uno de los pilotes externos. La madera que lo formaba tenía el extremo superior ligeramente chamuscado, como un testigo mudo de la infinidad de descargas que había presenciado. La cadena que moría en el pilote estaba formada por eslabones de un metal brillante. Cada eslabón de un tamaño similar a la cabeza del aprendiz. La cadena permanecía en suspensión, vibrando ligeramente pero no en tensión.

Atravesó el perímetro exterior y se encaminó, siguiendo una de las cadenas, al círculo interior. Contó mentalmente dieciséis cadenas. El círculo interior tenía un diámetro aproximado de cincuenta metros. Travis paró sobre el perímetro rojizo que representaba la lunar menor, París, y se dio la vuelta para otear dónde quedaba la puerta de entrada. A unos cien metros de esa posición. Si corría podría llegar en unos veinte segundos. Nunca había sido un gran velocista.

Los profesores les habían contado que dos de cada tres aprendices no superaban ese círculo en la primera cita con el Hombre Encadenado. Pánico, congoja, ansiedad. La mayoría paraba y corría hacia la puerta, golpeándola y pidiendo a gritos que la abrieran cuanto antes. Travis no sentía nada. Como siempre.

Siguió su camino hacia el centro. Ahora ya era evidente que había un hombre ahí. Esperando. Travis trató de ver si podía ver su cara pero permanecía oculta, dándole la espalda. Quedaba veinte metros cuando algunas de las cadenas empezaron a tensarse y el ambiente comenzó a crepitar, primero suavemente pero luego con una fuerza desatada. Una corriente de viento circular empezó a descender del cielo tomando como centro el pilote del hombre. Travis estaba a menos de cinco metros y en las crónicas con las que les habían preparado para ese momento nunca ningún profesor había hablado de nada igual. La figura encadenada comenzó a incorporarse y las descargas de electricidad eran cada vez más seguidas e intensas. Continuó acercándose. Ya distinguía claramente la figura, de espaldas a él y veía como todas las cadenas que lo amarraban e impedían que se moviera estaban totalmente en tensión bajo la fuerza sobre humana que el prisionero estaba desplegando. La figura, desnuda bajo las cadenas, se levantó por completo. Era más alto que el propio Travis, casi alcanzaba los dos metros de altura, y su melena hasta la cintura se movía con el viento que dominaba toda la sala. El aprendiz no tuvo miedo pero supo que estaba en una situación en la que lo normal es que acabase en su propia muerte. Siguió avanzando y rodeó al hombre para poder verle el rostro. El hombre tenía la cabeza enhiesta, mirando hacia arriba y con los ojos cerrados.

– Eh, tú – le interpeló Travis -. Mírame. He venido aquí por ti. Mírame.

El Hombre abrió los ojos. La descarga que siguió fue de una potencia inusitada. Travis fue despedido por la onda expansiva y voló. Fue tomando velocidad y por un momento creyó que iba a estrellarse con uno de los muros brillantes de la sala pero justo cuando cualquier otro se hubiera desmayado ante lo inevitable, movió ligeramente una mano y, suavemente, paró hasta detenerse en el aire. Al momento, se incorporó justo al lado de la puerta que se abrió para descubrir al Gran Guardián, Magnus Sparks.

– Puede pasar Guardián Travis Cloud – le dijo sonriente.

De aquel día, Travis siempre recordaría dos cosas. La primera, la sensación plena de felicidad cuando recibió el Poder del Hombre Encadenado. Aunque esa sensación se había repetido en las incontables ocasiones en la que había vuelto a estar en contacto con la Fuente de Poder, nunca había sido tan intensa como la que sintió aquel día. Para alguien como Travis, que la mayor parte de su existencia no había sentido más que la nada, esa plenitud de recibir el Poder y utilizarlo a su antojo, era algo que muy pocos podrían entender.

Lo segundo que recordaba, incluso más que lo anterior, era algo del rostro del Hombre. Un detalle. Sus ojos. De aquel color violeta sobrehumano. Un color que nunca más había vuelto a ver. Nunca más hasta que la vio a ella. La pequeña hija pirata del Herrero y de la Maestra de Lento Fluir.

El Hombre Encadenado – Capítulo 2 – Darle la vuelta

Si no has leído el capítulo 1 de El Hombre Encadenado, por favor léelo aquí
De aquí en adelante, el Capítulo 2 de El Hombre Encadenado: Darle la Vuelta.


Tánger empujó con todas sus fuerzas la puerta marcada oon el símbolo del triángulo. Nada. Buscó algo para auparse, un pequeño tocón de madera que encontró como tope de la puerta del estudio de su madre París y, no sin esfuerzo, lo aproximó a la puerta del triángulo. Encaramada a él giro la manilla y empujó de nuevo. Lo hizo con tal fuerza que estuvo a punto de caerse del impulso. “Aquí está”, pensó.

Tres cosas gustaban a Tánger sobre todas las cosas. La primera, el chocolate con leche de la nana Till. La abuela preparaba el mejor chocolate de la región y Tánger tenía la suerte de probarlo siempre que quería. A veces había que convencer a la abuela, darle muchos besos para conseguirlo o hacerle muchas cosquillas. Pero, si le daba los mimos suficientes, Tánger sabía que podría disfrutar de la mejor taza de chocolate con leche en muchos kilómetros a la redonda.

La segunda era dar sustos a mamá y papá. Le encantaba buscar un rincón muy escondido, o meterse en un armario, o detrás de una puerta y de ahí, saltarles encima poniendo una cara muy fea. Los gritos que daban la hacían reír más que ninguna otra cosa en el mundo. Y, ¡las caras! Como si un Guardián fuera a hacerlos desaparecer desintegrándolos con un sortilegio. Era verdad que, desde que mamá llevaba un bebé en la tripa, Tánger tenía cuidado de sólo darle sustos a papá, pero también era cierto que papá era el más despistado de los dos y la presa más fácil, así que la diversión estaba asegurada.

Por último, la tercera cosa que más le gustaba a Tánger en el mundo, era curiosear en el estudio de su papá. El de mamá estaba también bien, pero mamá era tan ordenada, tenía todo colocado en su exacto lugar, que las pocas veces que Tánger había entrado y tocado un papel, había sido llamada de inmediato para recibir una charla sobre lo malo que era no respetar las cosas privadas de cada uno. Tánger no quería hacer nada con lo que encontraba en el cuarto de papá, sólo curiosear un poquito. Y si podía, darle uno de sus sustos para verle la cara que se le quedaba.

El estudio era espaciosa, con el techo inclinado siguiendo la forma del tejado de la casa. En el centro de la estancia, una gran mesa en la que su padre dibujaba sus inventos. Siempre estaba dibujando, y los papeles azules de gran tamaño con líneas blancas garabateada que producía, se multiplicaban por toda la estancia. Al fondo, una gran estantería llena de libros y papeles azules doblados o enrollados sobresaliendo por muchos sitios y, más a la derecha, una mesa larga con muchos cachivaches de los que Tánger no conocía el nombre pero que le parecían que servirían para hacer Magia: una vasija transparente con un tubito de cristal por dentro colocados ambos sobre una pequeña estufita, un brazo largo con una lupa gigante a través de la cual alguna vez había mirado Tánger y casi se había mareado de lo grande que le parecía todo… Cacharros de ese estilo: extraños y misteriosos. Sobre todos ellos destacaba el espejo bola que tanto le gustaba. Un espejo cóncavo, en el que si te ponías delante, tu cara se alargaba a lo largo de toda su superficie, hinchándose y deformándose, formando caras que asustaban y daban risa a la vez.

A pesar de todo estos utensilios misteriosos, la pequeña sabía que la gran mesa de dibujo era el mejor sitio para curiosear. Grande, de roble, con dos columnas de cajones y un tablero que tapaba su frontal, de tal manera que si ella se escondía en el hueco que dejaba por dentro, no la podían ver desde la puerta y, mientras, podía mirar en los cajones sin ser descubierta. Hacía unas semanas había encontrado un pequeño cajón disimulado en lo que parecía un nudo de la madera y había descubierto algo parecido a unos botones de metal. Ella no sabía qué eran, pero algo importante y secreto debían ser si su padre los había guardado allí.

Mientras se afanaba en tratar de abrir todos los cajones secretos que pudiera, escuchó unas voces. “Vaya, es papá, quizá pueda asustarle”, se dijo. Pero enseguida se dio cuenta de que su padre no estaba sólo. Al principio no distinguió la voz de su acompañante, pero tras prestar un poco de atención y fruncir el ceño para concentrarse, lo identificó. “El tío Tiago”, susurró con fastidio. Tánger sabía que su padre se enfadaría mucho si lo asustaba en presencia de su hermano mayor Tiago. El tío Tiago era representante de Lento Fluir en el Consejo de la Marca del Sur y era muy serio y respetable. “Y aburrido” pensó Tánger. “Nada que ver con papá y mamá”, concluyó. Ya no tenía tiempo de esconderse en ningún otro lado, pues la puerta con el triángulo marcado, se abría y su padre y su tío iban a entrar, así que optó por quedarse muy quieta en el hueco de la mesa sin meter nada de ruido. Pasándose por la lengua por la parte de encía en donde hacía poco dos paletas de leche habían ocupado su lugar, Tánger frunció de nuevo el ceño tratando de no moverse y escuchar todo lo que su padre y su tío contaban.

– Pero al final, ¿aceptan implantar el sistema o no, Tiago? – preguntó Luca mientras se sentaba detrás de la mesa y colocaba los pies a escasos centímetros de la pequeña Tánger-. Por un lado dices que a todo el mundo le parece mala idea, pero por otro lado parece que el Guardián de la Marca ha dado su brazo a torcer.

– Es complicado, Luca. Todos los trámites en el Consejo lo son- respondió Tiago con un tono en la voz que a Tánger le volvió a parecer “aburrido”-. Algunos de los colegas de las otras poblaciones de la Marca pensaban que todo esto del sistema de comunicaciones les olía mucho a Ciencia y no estaban de acuerdo en hacer nada que pudiese hacer creer a los Guardianes que la Marca que promovían estudios científicos, sea eso lo que sea. Pero por otro lado, muchos de los integrantes del Consejo han sido marinos o han convivido con marinos. En los barcos, las comunicaciones a larga distancia mediante banderas o espejos son muy extendidas. Y no digamos las piratas. Ellas utilizan esos sistemas de continuo, y nadie diría que están ejerciendo la Ciencia.

– ¡Qué manía con lo de la Ciencia! – resoplo Luca.

– Está prohibida desde que tuvo lugar el Evento, Luca – respondió con calma su hermano.

– Eso fue hace mucho… Siglos, incluso – dijo levantando las manos, Luca-. Hace tanto que dudo que nadie sepa ni qué es lo que pasó, ni qué es eso que temen tanto y llaman Ciencia.

– Puede que tengas razón. Pero no olvides que el Hombre sigue encadenado en la Torre del Norte y que los Guardianes continúan utilizándolo para mantener el escudo alrededor de La Zona. Y para hacer Magia.

– Magia. Hace años que no veo a un Guardián hacer magia. ¿Qué es lo último que has visto tú mágico, querido hermano? ¿Unos fuegos artificiales en la fiestas del solsticio?

– Yo volé, hermano. No lo olvides nunca.

Luca calló un poco enfadado. Tiago le llevaba más de diez años y había sido aspirante a Guardián. Como aspirante le fueron revelados algunos pequeños sortilegios junto con la Fuente de Poder, el enlace directo con el Hombre Encadenado. Una pequeña cantidad, nada más y Tiago, con esa pequeña cantidad y ese pequeño conjunto de frases y sortilegios, fue capaz de volar durante un día entero por toda la región. Luca sólo tenía seis o siete años cuando ocurrió, pero todo el pueblo lo recordaba cómo si hubiese sido ayer.

– Un aspirante, nada más, un par de conjuros y una mínima fracción de Poder y pude volar. ¿Qué podrán hacer los Guardianes Principales en la Fortaleza del Norte? – era un pregunta retórica, claro, pero Luca se atrevió a contestar.

– ¿Y si no pueden hacer nada?, ¿y si el Hombre está agotado después de siglos de ser exprimido para obtener Poder?

– Eres incorregible, hermano – concluyó desganado Tiago-. Que sepas que en el Consejo algunos ya me llaman “el hermano del científico”, y te puedes imaginar lo humillante que eso es para mí y para Lento Fluir.

Luca sonrió.

– Diles que no soy más que un pequeño Herrero. Un técnico de muy bajo nivel , quizá. “El hermano del Técnico” no queda igual de rimbombante.

– No es una broma, Luca- dijo severo Tiago-. Lento Fluir puede ayudar al resto de la Marca con tus ideas, pero hay que saber cómo plantearlas. Por ahora, la comunicación mediante tus espejos cóncavos ha sido aprobada. Incluso los Guardianes permitirán colocarlos en las torres de sus centros en cada población.

– Controlando así todo lo que se transmita, una buena jugada por parte del Guardián de la Marca- interrumpió Luca.

– Supervisión, creo que lo llamó – dijo Tiago sonriendo por primera vez-. Está claro que nada que pase en la Marca les debe ser ajeno.

– Pues, mi siguiente propuesta va un poco en ese sentido.

– ¿A qué te refieres? – preguntó intrigado Tiago.

– Permíteme una pregunta, ¿por qué estamos tranquilos en Lento Fluir, o en el resto de la Marca, si a un lado tenemos a las Piratas más fieras del Continente y al sur están los esclavistas y todos los señores de la guerra que te puedas imaginar?

– Supongo que porque los Guardianes y su Magia, por mucho que dudes de ella, nos protegen como lo llevan haciendo desde hace siglos.

– Ya – dijo pensativo Luca, mirando hacia bajo y encontrándose con la mirada violeta de Tánger-. Mira qué tenemos aquí – dijo mientras cogía a la pequeña por la pechera y la sentaba en su regazo-. ¿Tratando de asustar a tu anciano padre, señorita?

– Luca, no tienes ni treinta y cinco años, por Dios. ¿Qué tal estás, Tánger? Dichosos los ojos, no te veo mucho pequeña sobrina – dijo Tiago, mientras trataba de hacer un arrumaco a la pequeña que ésta sorteo sin disimulo.

– Mira Tiago, te voy a contar algo con ayuda de Tánger. A ver, Tánger, ¿qué hacemos con un problema para el que no encontramos solución? – preguntó Luca a su hija.

Tánger se tocó con la lengua la encía, sintiendo los piquitos de las nuevas paletas y frunció mucho el ceño. Al cabo de unos segundos dijo triunfante.

– ¡Darle la vuelta! – gritó la niña.

– ¡Eso es! – dijo sonriendo Luca – Eso es. Darle la vuelta. Durante muchos años, diez, todos los Guardianes de la Marca nos dijeron a París y a mí que no podíamos ser padres. Sometieron a París a mil encantamientos. Las noches de dos lunas debíamos seguir un ritual exhaustivo que no voy a describir. Imposiciones de manos y filtros curativos. Nada de nada. Después de adoptar a Tánger decidir volver a repasar todos los puntos y ¿sabes de qué me di cuenta? – su hermano negó lentamente, sin saber muy bien a dónde iba el razonamiento de Luca-. Pues me di cuenta de que todos esos practicantes de Magia se habían centrado en mi mujer, no en mí. Así que ¿qué hice con el problema? Darle la vuelta. ¿Y si mi mujer no era el problema?, ¿y si lo era yo?

Luca le hizo un gesto a Tiago buscando su comprensión, pero este seguía sin saber a dónde quería llegar, así que continuó.

– Fui a dónde los Guardianes y les pedí que me sometieran a mí a los encantamientos y filtros. Revisé los calendarios que me iban bien a mí, no a París. París estaba fenomenal, el problema era yo. Deje de probar la cerveza e hidromiel, carne solo dos veces por semana, mucho pescado y verdura … y así, y después de tiempo… ya sabes. Darle la vuelta, ¿comprendes?

– Bien, hermano, me algro de que me hagas otra vez tío pero sigo sin ver a dónde quieres llegar.

Luca, fastidiado, dio una especia de gruñido y añadió.

– Está bien. Uno más uno dos, Tiago. ¿ Cómo nos protegemos de nuestros enemigos? Mediante la magia de los Guardianes. Nuestros enemigos son el problema, está claro, pero imagínate por un momento que le damos la vuelta. Imagínate que los Guardianes se quedan sin magia, o deciden no ayudarnos. Imagínate que nuestra solución se transforma en nuestro problema. Imagínate qué le pasaría a nuestro pequeño Lento Fluir si lo único que nos separa de todos esos peligros deja de existir. Lo que te digo es que deberíamos prepararnos por si acaso para ello. Disponer de defensas para defendernos por nosotros mismos por si no tenemos otra opción.

– Darle la vuelta – dijo riendo Tánger.

– Darle la vuelta – dijo Tiago despacio. Se levantó como un resorte y corrió hacia la puerta, pero antes de franquearla se giró y dijo. – ¡Darle la vuelta! Hermano, quiero que despliegues tu plan en esos papeles azules. Todo el plan. Te doy dos meses. Esto no puede salir de aquí. Debemos prepararnos. Darle la vuelta, ¡cómo no lo había visto hasta ahora!

El Hombre Encadenado – Capítulo 1 – Una Marca de Nacimiento

Aquella noche sólo tres parejas se habían presentado como voluntarias para recibir a las pequeñas embarcaciones. En ellas, niños y niñas de hasta seis meses alcanzarían la orilla después de ser abandonadas a unos metros por las chalupas piratas.

Como era ya tradición en la noche de solsticio, los pequeños bebés que habían nacido de las mujeres piratas, eran enviados a tierra para ser adoptados por las poblaciones costeras. Las fieras capitanas y comendadoras piratas, dejaban al cargo de los apacibles habitantes de las pequeñas poblaciones de la Marca del Sur a sus pequeños.

Sólo dos reglas prevalecían en el trato a lo largo de los años. La primera. Mientras los pequeños fueran criados con amor y delicadeza las cinco poblaciones no serían atacadas. Y la segunda y más importante, cualquier mujer pirata era libre de reclamar uno de aquellos bebés en cualquier momento. En la práctica estas reclamaciones no se solían producir más que en contadas ocasiones. La más conocida era la de Estela Azul, la Gran Comendadora Pirata, que fue reclamada cuando contaba con unos quince años por su madre, la Capitana Ursula.

La Capitana se presentó en Dulce Costa, la población que tocó recibir a los pequeños el año que envío a su bebé, y reclamó que la niña le fuese devuelta antes de tres días o el pueblo sería destruido. Al final del tercer día, los molineros del pueblo, arrasados en lágrimas, llevaron hasta el puerto del pueblo a una asustada adolescente. Allí, Ursula, rebuscó detrás de la oreja derecha de la joven. “Aquí está “ gritó por fin, “la marca del mar, tal y como yo misma le hice a mi pequeña hace años”. Todo entraba un poco en la leyenda, pero parece que sí, que la pequeña Estela había sido marcada con un pequeño pez tatuado detrás de la oreja derecha y así fue reconocida por su madre y llevada a su navío. El resto es historia. La asustadiza Estela se convirtió en la más grande Pirata jamás conocida e incluso construyó el primero de los dirigibles que arrasaron la Costa del Este. Se nombró a sí misma Gran Comendadora pues dominaba el Mar y el Aire y así es recordada y cantada por todos los pueblos de las cuatro Costas del Continente.

Luca no sabía cuánto de verdad o mentira había en la historia de Estela Azul, pero como su mujer París solía decirle, lo primero que haría sería revisar de abajo a arriba al bebé. Ni una marca de nacimiento, ni tatuaje, ni nada que habilitase el poder reconocerlo de mayor. “¿Puede ser pelirrojo?” Le había preguntado a París, sonriendo al hacerlo. “O pelirroja.” Contestó ella. “Sí, puede serlo. Yo soy pelirroja. Mi abuelo paterno era pelirrojo. Venía de las montañas, cerca de La Zona, en realidad. Eso no me preocupa. Pero ninguna marca de nacimiento”, “ni tatuaje” añadió Luca, sonriendo. “Ni tatuajes, por supuesto” confirmó ella.

Al ser voluntarios para la recepción de los bebés se habían encargado de todos los preparativos y, eso, les daba la prebenda de rechazar el primer bebé que recogiesen si no satisfacía sus expectativas. El bebé sería adoptado por otra familia, por eso no había problema, la supervivencia de los poblados costeros se fundamentaba en que esos bebés creciesen sanos y felices, pero algunos de los padres voluntarios se hacían sus expectativas. O simplemente, como Luca y Paris, no querían que tras convertirse en sus padres el bebé fuese reclamado años después y llevado lejos de ellos. “No. Eso no.” Pensó Luca. “Hoy conoceré a mi hijo o hija y lo será para siempre, nada de que nadie venga luego a llevárselo de mi lado.” Luca no era un valiente, pero sólo imaginar que alguien pudiera ir a arrebatarle a su hijo o hija años después de esa noche, le hacía apretar la vara clavada en la arena en el hoyo que formaba su puesto de espera hasta hacerse daño en las manos. La vara se movió ligeramente, era la señal de que Paris le enviaba un mensaje atado a un anillo. Oyó el zumbido al resbalar el anillo por el cable que unía su vara a la de París y sintió un golpe seco en la madera. Atado al anillo un pequeño papel. Rápidamente, Luca descubrió un poco, lo suficiente para leer pero no para llamar la atención del resto de puestos, el candil que guardaba para revisar de arriba a abajo al bebé. “Nada de marcas de nacimiento” se podía leer en la elegante letra de su mujer. “Nada de marcas, está claro” se dijo Luca mientras oteaba al mar desde su parapeto.

Luca no entendía muy bien por qué toda la operación debía hacerse de noche. El Guardián de Lento Fluir, su pueblecito, les había explicado, un poco por encima, que la razón era que los esclavistas del Sur acechaban porque los hijos de las Piratas se convertirían de adultos en los mejores soldados del Continente si eran entrenados adecuadamente. Luca seguía sin entender por qué los esclavistas del Sur no atacaban directamente a las poblaciones de la Marca del Sur y se hacían con todos los hijos de las piratas en tierra y de día, pero cuando se lo preguntó al Guardián en la reunión preparatoria, este simplemente dijo “eso no puede pasar” y su cara y el codazo de París le persuadió de seguir preguntando. Era el mismo razonamiento que el Guardián les había dado cuando se evidenció que no podrían tener niños. “Eso no pasará” les dijo cuando Luca le enumeró todas las posibilidades que se le ocurrían para tratar de revertir la situación. Luca eligió callarse aunque en el fondo seguía pensando que podían hacer algo más.

Las luces en el mar hicieron que olvidase esos temas y se centrase en lo que había venido a hacer. “Allí están” se dijo y volvió a sentir el cable tensarse y un anillo que llegaba con el mensaje de París. Lo leyó, esta vez era distinto, “Tranquilo, amor”, escrito con esa “r” tan hermosamente trazada por su mujer que le recordaba a un ramo de flores. Miró al cielo y vio las dos lunas entre brumas. La pequeña París y la mayor Tánger. Una pequeña, aproximadamente un cuarto de la otra, rojiza y que brillaba intensamente, y la otra mayor pero más pálida y lejana, con una luz violeta suave formando un halo. Su mujer se llamaba París en honor a la luna pequeña y Luca creía que el nombre la describía perfectamente. París no era muy alta, un metro sesenta aproximadamente, pero su sangre caliente, su alegría de vivir y su mata pelirroja hacía que todo el mundo conociese y apreciase a la maestra de la escuela de Lento Fluir. Su mujer conseguía hacer cualquier cosa y, en el camino, conseguía crear un movimiento popular para lograrlo.

El primer capazo llegó a la orilla. Luca se incorporó para salir en su busca, pero alguien de las otras parejas ya estaba recogiendo al bebé en su interior. “Magnus, el pintor.” Pensó Luca. “Tiene casi cincuenta años, creo que esperaba este día más que yo incluso”.

Detuvo sus pensamientos, el segundo capazo, con la pequeña luz titileando en su interior, apareció en la orilla apenas a cinco metros de donde se encontraba. “Allá voy” pensó, y salió disparado en su busca. Cuando llegó a su altura vio un montón de ropa blanca y unos pequeños pies y manos tratando de quitárselos de la cara. Luca ayudó al pequeño. En el interior, un bebé que no sabía si bostezar o llorar. Rápidamente lo recogió y llevó hasta su puesto. Una vez dentro, destapó el candil y miró al bebé. Era una nena, muy, muy pálida y con unos ojos violetas enormes. Luca no había visto ese color de ojos en su vida y, en milésimas de segundo, supo que ya nunca podría dejar de querer a esa pequeña. “Eres muy pálida, mi vida” le dijo suavemente mientras le colocaba la mantita blanca de tal manera que la tapase pero dejase la cara libre. Súbitamente, la bebé hizo presa de uno de sus dedos y gorgojeoó abriendo mucho los ojos. “Te gusto, ¿verdad?” Le susurró Luca, “tú a mí también. Nunca te faltará de nada, cielo.”

Luca corrió hasta el puesto de registro, donde lo esperaba París junto al Guardián, llevando en las manos su preciado tesoro. Estuvo a punto de caerse tres veces de tanto mirar y hacer carantoñas a la pequeña. Una vez llegó allí, París se la arrebató de las manos mientras el Guardián comenzaba los trámites.

– ¿Todo es correcto, señor Bell? – preguntó el Guardián siguiendo las preguntas de la normativa. – ¿Acoge a este bebé?

– Sí, sí, por supuesto, señor- respondió Luca, mientras París le sonreía con unas lágrimas asomándose por los ojos.

– ¿Todo es correcto, señora Till? – Preguntó el Guardián a París- ¿Acoge a este bebé?

– Sí, señor – respondió rápidamente Paris demostrando toda la sangre fría que pudo reunir.

– Está bien. ¿Bajo qué nombre la inscribimos? – les preguntó. Luca miró a París. De alguna manera ambos conocían el nombre que iban a poner a su hija, Luca sólo tuvo que verbalizarlo.

– Tánger, señor. Nuestra hija se llamará Tánger.

Un par de horas más tarde, ya en su casa, París se empeñaba en colocarle a una medió dormida Tánger una pequeña ropita de dormir con un triángulo, el símbolo de la herrería de Luca, bordado en el pecho. Cada cierto tiempo se oía a Luca decir “déjala, no le hace falta, ¿no ves que está dormida? Mañana la vestiremos bien. Por hoy, que duerma con esa saya pirata”, pero París insistía. Dio la vuelta al bebé, le estiró los brazos y justo en el interior del brazo, cerca de la axila izquierda lo vio. Gritó algo ininteligible. Luca supo al instante que no era buena señal y corrió a la habitación.

– ¿la revisaste, Luca?- Preguntó a su marido con un deje de enfado.

– Sí, -mintió Luca- de arriba a abajo, como dijimos.

– ¿De arriba a abajo? – le dijo ella mientras señalaba la pequeña mancha cuadrada cerca de la axila. – Entonces ¿qué es esto, Luca?

Luca miró a la bebé y de repente todo el estrés acumulado a lo largo de la jornada le cayó encima. “Da igual” pensó “nadie va a venir a por Tánger. Y si viene se tendrá que enfrentar a mí. Me la tendrá que quitar de mis manos una vez haya muerto, por lo menos”. Sabía que quizá eso terminase ocurriendo, quizá. Pero miró muy de frente a su mujer y la besó, abrazándola. Ella lloró un poco. Volvieron a mirar a la pequeña Tánger, que se esforzaba en tratar de fijar sus enormes ojos violetas en uno de los nudos de su ropa de dormir. París le cogió una de sus manitas y la pequeña dio un respingo que les hizo reír a los tres.

– Está bien, París – reconoció Luca. – Igual no he revisado del todo a la pequeña Tánger. Eso que se ve ahí, sí, yo creo que parece una pequeña marca de nacimiento.